TÚNEZ, PARTE II: EL MISTERIO TUNECINO SE DESTAPA

Mi primera noche en el país árabe digamos que no fue de lo más agradable. El hotel en el que nos alojaron (durante poco más de cuatro horas) dejaba bastante que desear: nos llevaron a una especie de bungalow con estructura musulmana en su edificación, eso sí, con un mobiliario bastante mal conservado, y al que llegó un pequeño hombre (claramente musulmán por el tipo de ropajes que vestía: túnica hasta los pies y gorro típico tunecino) con el mando del aire acondicionado en mano; obviamente no hablaba castellano y yo no estaba para hablar un perfecto francés y menos cuando eres interrumpido metiéndote en la cama a las dos de la mañana en un mal alojamiento y en un lugar al que como mínimo guardas respeto. A pesar de la calurosa y agobiante humedad que había en el ambiente pasamos una gélida noche gracias al distinguido señor del aire acondicionado que se paseó aquella noche por nuestras alcobas.

Pocas horas después tocó vestirse de viajero… Ver la luz de la mañana fue como tomar un respiro de aire puro tras llevar horas encerrado en una habitación. Empezamos con un buen desayuno que nos dieron en el cuestionado hotel. Un buen desayuno, todo hay que decirlo. Tras ello al autobús. Machram, nuestro guía al que ya os presenté, comenzó a avanzarnos las muchas cosas que visitaríamos los días venideros. Este día emprendimos la ruta hacia el sur del país con la intención de llegar hasta la puerta del desierto.

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La luz del día comenzó a mostrarnos las primeras imágenes de un país pobre. Las casas, de adobe, dejaban ver su inestabilidad con sus esquinas torcidas y con sus irregulares lados. Según empezamos a dejar la costa (podemos también decir la civilización) y nos dirigimos hacia el interior, la zona más deprimida económicamente, comenzamos a encontrarnos tanquecillos o bidones que contenían combustible. Eran gasolineras improvisadas que vendían el litro a menos de 40 céntimos de euro. Y a medida que íbamos hacia el sur y nos acercábamos a la frontera con Libia iban aumentando su frecuencia, a la vez que el precio del carburante iba también disminuyendo. Comprobábamos cómo, a parte de estas “gasolineras clandestinas” que encontrábamos por el camino aparecían de vez en cuando “chiringuitos” en los que colgaban a los corderos ya despellejados y boca abajo listos para cocinar.

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Las carreteras eran tan largas que parecían eternas y nuestro potente autobús de no menos de 12 o 13 años de edad adelantaba a todo tipo de vehículos incluyendo carros tirados por mulas y demás.

El primer destino de nuestra aventura africana era la ciudad de El Jem. Fue la primera gran ciudad africana que visitamos. Lo de gran ciudad entre comillas, ya que eso de altos edificios y centros financieros con impresionantes rascacielos comprobamos que allí no había llegado. Y seguramente tarde mucho en llegar. Era una ciudad, como dije, con todas las casas de adobe, de barro, y decoradas con bastante colorido. Pero todas eran casas bajas, no había grandes edificios. Según nos aproximábamos al centro de la ciudad empezó a vislumbrarse la primera maravilla de todas las que posteriormente nos encontramos. No he estado en Roma, a pesar de lo que he viajado es una de las ciudades que me falta por visitar, sin embargo todos hemos visto en miles de imágenes el Coliseo. Lo más parecido que he visto en directo al Coliseo romano lo vi en El Jem. Un colosal teatro romano se levantaba en lo más profundo de la ciudad.

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Bajamos del autobús y disfrutamos de aproximadamente una hora de libertad para subir y bajar por el recinto y vagar por todas las dependencias de la magnífica edificación. Quedé bastante impresionado con el teatro. Después comprobé que era el tercero más grande del mundo y el mayor de toda África. Recuerdo que la subida hasta el tercer piso del graderío fue sorprendente.

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Desde allí contemplé por primera vez una ciudad musulmana desde las alturas y vi que había una calle principal respecto a la cual se conformaban todas las demás, mucho más estrechas. Eso si mirábamos hacia el exterior del recinto. Al mirar hacia adentro contemplábamos un magnífico escenario que seguro fue testigo de cientos de luchas entre gladiadores durante siglos y siglos. Puedo decir firmemente que la visita me encantó.

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Túnez empezaba a atraparme.

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Tras la visita a El Jem, nuestro siguiente destino era Matmata.

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