TÚNEZ, PARTE III: EL EMBRUJO DEL DESIERTO

Afortunadamente cogimos las dos primeras plazas del autobús. Íbamos justo encima del conductor y nuestra visibilidad era espléndida. Nos dirigíamos hacia la ciudad oculta de Matmata. El paisaje comenzó a mostrarnos toda la fuerza y poderío del color de la arena empezando a dibujar un desierto ante nosotros. Eso sí, de momento rodábamos a través de un desierto de tipo estepario o desierto de estepa en el que encontrábamos todavía algún matorral y algunas rocas que no lograba tapar por completo la arena. Lo que divisábamos más bien era tierra con piedras, pero no aquella arena que formaba dunas que sólo había visto hasta el momento en películas y documentales.

tunez

No obstante, todo este paisaje empezó a atraerme de una forma muy especial y extraña. Recuerdo que comenzamos a subir una serie de repechos que sobrepasaban una cadena montañosa plenamente desierta. El color verde no existe allí. Lo que nos encontraríamos en nuestro próximo destino era una de las civilizaciones más antiguas de la humanidad persistentes todavía hoy. Los bereberes. Esta civilización, por supuesto anterior a todas las religiones predominantes hoy en día, aunque colonizada por alguna de ellas, en concreto la musulmana, nos contaban que tenía la particularidad de construir sus casas bajo la propia tierra del suelo que pisábamos en aquel momento. Aquel día comeríamos en una típica casa bereber ambientada para ser visitada.

tunez

Nuestro autobús paró en una explanada. A pocos metros un pequeño agujero con una puerta de madera se divisaba. Curiosamente había indicaciones de que en la entrada de lo que parecía una gruta ponía “Restaurante” e incluso “Hotel”. Al entrar comprobé con fascinación cómo realmente habían construido bajo tierra una vivienda con todas las comodidades posibles. Entre las dependencias de “la casa bereber” llamaba la atención un patio que a su vez tenía otras puertas que eran las entradas a las habitaciones que se anunciaban en el cartel “Hotel”. Allí descansamos un buen rato bien atendidos por las gentes de aquel lugar que parecían estar acostumbrados a tratar con turistas pero que al mismo tiempo daban la sensación de no haber visto jamás nada ajeno a aquellos paisajes que rodeaban sus hogares. Comimos bien, al menos yo que no soy tan escrupuloso como “la persona que está a mi lado”. Fueron varios los platos típicos del país que conformaron el menú, entre los cuales estaba el brik (especie de empanadilla de hojaldre frito rellena de huevo y verduras) y un consomé (chorba) que no me disgustó nada. El postre, una baklawa, una especie de hojuela con miel (elemento también típico de la zona), dejó un buen sabor de boca. Y por supuesto el té no faltó a su cita, aunque no fue de los mejores tés que saboreamos en tierras tunecinas.

tunez

Tras el descanso, la comida y unos cuantos kilómetros más en carretera llegamos a una nueva casa troglodita en la que todavía hoy habitan aquellas gentes. En la puerta de otra de aquellas grutas transformadas en hogar había una jaima, como el que tiene en su jardín una hamaca…

tunez

Una vez dentro de aquella casa contemplamos todas y cada una de las estancias que ocupaban los habitantes de la misma. Vimos los extraños ropajes que vestían. Y como atracción para el turista ejercían sus labores como cualquier otro día normal para ellos, una de las mujeres cosía, otra molía trigo y fabricaba un fabuloso pan que probamos con una mezcla de miel exquisita que ellos mismos fabricaban in situ y aceite de oliva.

tunez

Vimos como era un típico dormitorio bereber y demás estancias. También había un patio en esta dependencia. Tengo que decir que me resultó curioso ver la simbología que había por toda la casa gracias a los diversos dibujos que había en varios puntos de la misma. Por ejemplo, una gran “mano de Fátima” decoraba la parte superior de la entrada ahuyentando la mala fortuna y atrayendo la fertilidad junto a un enorme pez de colores platino y azul que invocaba a Alá para que no implantara la escasez de alimento en la casa. Increíble cómo la religión musulmana coloniza una cultura existente antes que la propia religión y se produce una mezcla maravillosa que persiste en la actualidad. Finalizamos la visita a la casa y nos dispusimos a montar de nuevo en el autobús.

tunez

La temperatura sería cercana a los 35ºC y nos dirigíamos todavía más hacia el interior, lo que haría que el calor fuese incluso aumentando. Sólo jugaba a nuestro favor que a pesar de ser aproximadamente las 16.00 horas locales, la tarde parecía empezar a caer, y es que aunque nos costó coger que el día allí empezaba pasadas las 6 de la mañana y finalizaba sobre las 17.30, acabamos acostumbrándonos.

Como decía, nos dirigíamos hacia Douz, también denominada “la puerta del desierto” y ya sólo el nombre empezó a embrujarme. He aquí uno de los secretos que os serán de mayor utilidad: en el autobús,  ¡coged las dos plazas de detrás del conductor! Machram nos comentó que en breve pasaríamos del desierto de estepa al desierto de arena. Yo esperaba con ansiedad el momento de comprobar si ese paisaje de dunas que alguna vez había visto en televisión realmente existía. Fue impresionante ver cómo, una vez superada la cadena montañosa, el paisaje se volvió más salvaje. Fue una locura comenzar a ver que la carretera empezaba a desaparecer por culpa de serpenteantes oleadas de arena fina que iban invadiendo la misma. Llegó un momento en el que era difícil ver por dónde circulaba el autocar. Ya no había piedras, ni hierbajos, ni por supuesto, un sólo árbol.

tunez

Llegamos a Douz, “la puerta del desierto”, y comprobé que el paisaje que alguna vez vi en televisión efectivamente existía, pero su hermosura se multiplicaba por mil. Quedé literalmente impactado. Atravesamos el pueblo de Douz. No me explicaba cómo podía vivir esa gente en medio de la absoluta nada, tan sólo lo que parecía un palmeral había cerca del pueblo (posteriormente aprendí que era un oasis). Llegamos a una explanada perturbada tan sólo por las dunas formadas por arena fina y que gracias a la caída del sol transformaba en blanquecina cuando hacía tan sólo unos minutos era mucho más anaranjada.

tunez

El paraje era hermoso, la temperatura era suavizada por una leve brisa que hacía golpear granitos de arena contra tu cuerpo (de ahí que nos cubrieran con un traje típico  de touareg de pies a cabeza para evitar que la arena nos molestase), el lugar tenía un encanto tan peculiar como misterioso, la luna asomaba en lo alto del cielo y un paseo en dromedario acabó de colorear uno de los momentos más apasionantes que he vivido en toda mi vida.

tunez

La fantasía parecía envolverlo todo pero lo mejor era que vivía una realidad, no una fantasía. Tras un paseo de unos 45 minutos en dromedario y guiados por un genial personaje habitante de Douz (era simpatiquísimo y además de hacernos fotos, quiso posar con nosotros también en alguna de ellas), volví ya maravillado al autobús que nos acercó al hotel en el que nos hospedaríamos esa noche.

tunez

No eran más de las 19.30 pero tras la cena, el día había acabado, con una nota superior al sobresaliente, teniendo en cuenta que al día siguiente deberíamos estar en pie sobre las 5.30 para ser recogidos por el autobús a las 6.30 ya desayunados.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s