TÚNEZ, PARTE IV: UN GRAN E INTENSO DÍA EN EL SAHARA

Comenzamos el día con muchísimo ánimo debido al embrujo que cubría todo mi cuerpo y mente gracias a la maravilla contemplada el día anterior. ¡El desierto me había fascinado!

Tras un potente desayuno pusimos rumbo a El Jerid (El país de las Palmeras) con destino Tozeur. Por una carretera estrechísima y en una recta que parecía infinita, divisábamos un paisaje totalmente desértico, pero al mismo tiempo parecíamos ir avanzando hacia una lejana cadena montañosa que empezaba a descubrirse en el horizonte. Mediante esa carretera por la cual nos aproximábamos a la frontera con Argelia llegamos a un lugar de ensueño. Un lugar fascinante por su rareza. Jamás he visto nada igual y difícilmente debe existir un lugar parecido a “Chott El Jerid” (Lago salado).

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Obviamente hicimos un alto para contemplar la magia del lugar. Era como estar en medio de la nada. Para poder explicarlo, nos situábamos en una llanura kilométrica por la que atravesaba una estrecha carretera, como anteriormente dije, y a unos 20 metros sobre el nivel del mar. Había pequeños charcos en algunas zonas, charcos de agua salada, y es que nuestro guía nos comentó que en algunas épocas del año aquella inmensa llanura se llena de agua salina y deja esos resquicios de sal que encontramos nosotros.
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Se pueden arrancar del suelo pequeñas porciones que uno lógicamente se puede llevar a casa, lo malo es que al ser pura sal, la piedra es muy frágil, y lo más fácil es que llegue hecha añicos.  A pesar de ser un día caluroso corría una cierta brisa que suavizaba la temperatura del lugar. Hay que tener en cuenta además, que no eran tan siquiera las 9.00 de la mañana, con lo cual el sol todavía no apretaba con la mayor fuerza posible, como sí lo hizo más tarde.

Impresionado aún por el lago salado, en este caso seco, llegamos a aquella cadena montañosa de la que hablaba anteriormente. La frontera argelina quedaba a menos de 20 kms lo que indicaba que estábamos en el interior de África, en medio del mismísimo desierto del Sahara. Sin embargo llegamos a un enclave en el cual las palmeras eran tan altas que sobresalían por encima de las colinas que había ante nuestros ojos.

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El paraje era nuevamente indescriptible. ¿Cómo era posible que en medio de la nada naciese un paraje natural como el que había en aquel enclave? Estábamos en un Oasis, concretamente llegamos a los Oasis de Tamerza y Chebika. Un guía (bereber) de la zona nos mostró el lugar. Primero subimos a lo alto del asentamiento que allí había. Realmente parecía un antiguo pueblo abandonado y prácticamente en ruinas.

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Sin embargo, lo bonito no eran las casas sino el paisaje en el que nos encontrábamos, donde entre otras, se rodaron escenas de películas como “Memorias de África” o “El Paciente Inglés”. Toda la naturaleza que parecía salir de la mismísima nada salía de un lugar. Nos fuimos adentrando en el oasis. Íbamos avanzando entre palmeras y flores por la ladera de una montaña en la que aparecían fósiles de mejillones y otros crustáceos (no olvidemos que hace millones de años esta zona estaba cubierta por el mar), hasta dar con un riachuelo que era el que daba vida a toda aquella maravilla. Fuimos siguiendo el agua pero a contracorriente hasta llegar a un pequeño estanque formado por la caída de una imponente cascada.

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El agua del pequeño estanque que había en el corazón de aquel oasis era azul celeste debido a los minerales que hay en la roca de aquella cadena montañosa, perteneciente a la cordillera del “Gran Átlas“. Volvimos entre palmeras, esta vez por la ribera del riachuelo, atravesando el oasis por el lado contrario al cual lo habíamos recorrido en la ida.

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Tras esto nos esperaba la gran aventura de recorrer el desierto de dunas montados en un 4×4 dirección al enclave en el cual Peter Jackson decidió rodar la saga “Star Wars”.

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Nuevamente en medio de la nada y tras una descarga excitante de adrenalina gracias a las “burrerías” que el conductor del todoterreno iba haciendo, apareció esa sorpresa. Una sorpresa de cartón piedra. Casitas del mismo color que la arena del desierto hacen que parezca que existe un pueblo que en realidad no existe. La astucia de los comerciantes del lugar ha hecho que tras el rodaje de una de las películas de la saga “Star Wars” no se derribaran las casitas que se prefabricaron para el mismo, comenzando a tener un cierto interés turístico que ha hecho del lugar una visita muy recomendable, sobre todo por el paisaje del que está rodeado.

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Posteriormente y tras un paseo algo más tranquilo que el anterior, volvimos hacia nuestro autobús, que nos esperaba para llevarnos a comer a la localidad más cercana. Recuerdo que comimos un revuelto de verduras frescas de primero y un buen plato de carne (no sé muy bien de qué pero descartado queda el cerdo) de segundo. No me disgustó, mientras que “la persona que está a mi lado” me ofreció gentilmente su ración, pues la comida seguía sin ser de su agrado…

Tras la comida viajamos rumbo al hotel, que se situaba en la ciudad de Tozeur, y descansamos por la tarde, agradeciéndolo enormemente, y disfrutando de la gran piscina que tenía el hotel de circuito en el que nos alojamos, que en esta ocasión sí que hacía honor a su categoría de 4 estrellas.

Había un “extra opcional” que consistía en una cena con espectáculo que elegimos contratar (por unos 40 dinares por persona, 20 € al cambio). Tomamos una gran decisión…

Machram y nuestro chófer durante todo el circuito nos esperaban sobre las 19.30 en la puerta del hotel para llevarnos al lugar donde disfrutaríamos de la esperada cena que nos ofrecerían. No salimos de la ciudad de Tozeur, me dio la impresión de que apenas llegábamos a las afueras de la pequeña localidad. Bajamos del autobús y ya a pie nos dirigimos hacia un recinto flanqueado por unas grandes y hermosas puertas de estilo árabe. Nada más entrar, un largo pasillo con antorchas a ambos lados que iluminaban nuestro camino. Tras brindar con un sabroso y refrescante cocktail (sin alcohol-recordemos que los musulmanes practicantes no toman alcohol-) compuesto por frutas exóticas como el mango, nos llevaron hacia una enorme explanada. Se trataba de una gran explanada de tierra en la que rodeados de antorchas presenciaríamos un espectáculo ecuestre que hicieron ponerse los pelos de uno como escarchas…

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Fue realmente bello. Había varios jinetes, algunos con trajes oscuros de temible guerrero musulmán y con magníficos caballos negros y otro de ellos con vestimenta también de guerrero pero blanca y con un hermoso caballo blanco. Todos realizaron magníficos números ecuestres, incluso simulando una lucha entre uno de los guerreros negros y el blanco. Éste último salió victorioso. Como decía, todavía no había comenzado la cena y ya había merecido la pena pagar esos 40 dinares que pagamos por persona.

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Posteriormente al número ecuestre, le siguió uno en el cual un encantador de serpientes y tarántulas era el protagonista. Él y nuestras parejas, que también salieron a escena para soportar que dicho encantador rodeara sus brazos con serpientes de diversos tipos. No tan impresionante como el primer número pero notable.

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Antes de llevarnos al comedor nos condujeron a unas jaimas, en las cuales “mujeres del desierto”, bereberes en realidad, hacían labores típicas diarias como muestra para los espectadores (lo habíamos vivido anteriormente en las casas bereberes). Algunas cosían, otras hacían aquel sabroso pan que anteriormente probamos y molían trigo… Después de esta pequeña visita sí nos condujeron hacia el comedor.

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El comedor realmente estaba bajo una especie de gran jaima. En medio, un pequeño escenario nos daba una pista sobre lo que podía acontecer.
tunezEl menú estaba elegido. Mientras nos servían un imponente consomé (chorba) tan delicioso como abrumador (por la temperatura que teníamos, y es que esa noche fue de las más calurosas de todo el viaje no bajando seguro de los 28 grados), un primer grupo de musulmanes con una típica vestimenta se dispusieron a tocar una
alocada pero hipnótica música para que una joven nos mostrara una especie de danza del vientre mientras hacía malabarismos colocándose diversos artilugios sobre la cabeza y ganándose los aplausos de los 30-35 viajeros que disfrutábamos de la noche. A todo esto, gastronómicamente hablando íbamos por un segundo plato compuesto de verduras y especias a montones que hacían subir los calores de más de uno (ensalada mechuia), empezando por mí. Posteriormente, bajaron del escenario los músicos que racialmente se calificarían de norteafricanos (por su tez morena pero no oscura) y llegaron unos nuevos artistas con la piel realmente oscura que parecían más bien subsaharianos. Eran hombres del desierto, touareg, hombres, y un niño que también participaba en las extrañas danzas que iban mostrándonos junto a la música en directo que ellos iban ofreciéndonos con pequeños pero contundentes instrumentos de percusión.  Con ellos nos iban sirviendo el plato estrella de la noche, por supuesto, un cus-cus que fue de los mejores que probamos en todos los días que pasamos en Túnez. Una vez finalizada la tanda de bailes y músicas que nos ofrecieron los touaregs, nos pusieron en las mesas los postres: esta noche tocaba probar un Makrouhd, un exquisito dátil recubierto de una masa de hojaldre y miel. Estábamos realmente llenos, yo especialmente ya que como siempre comía mi ración y parte de la de “la persona que está a mi lado” que aunque parecía ir abriendo el apetito y acostumbrándose a la gastronomía rica y típica tunecina (por cierto, no muy variada) no era capaz de acabar con su ración completa bajo ningún concepto.

Finalizamos la cena y los espectáculos y llegamos al hotel cerca de las 23.00 horas, lo que era una auténtica noche de ronda teniendo en cuenta el ritmo de vida que allí llevan a cabo y sobretodo sabiendo el duro día que nos esperaba ya que nos dispondríamos a regresar a la costa (y por qué no decir a la civilización) y abandonaríamos nuestro amado desierto…

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