AYLLÓN: LA VILLA MEDIEVAL POR LA QUE NO PASA EL TIEMPO


Saliéndose va del reino el Campeador leal,

de siniestro, San Esteban, una buena ciudad,

por diestro, Ayllón, allí son las torres que moros las han,

pasó por Alcubilla, que de Castilla fin es ya…

Fragmento del “Cantar del Mío Cid”, versos 395-398.

El Cantar del Mío Cid es una de las obras literarias más importantes de la historia del castellano. Hablamos de una obra escrita (obviamente en castellano antiguo) en lengua romance, tratándose de la primera obra narrativa extensa en castellano que fue compuesta, según los expertos, allá por el año 1200. Habla de los últimos años del nombrado caballero Don Rodrigo Díaz, el Cid Campeador, en los cuales el hidalgo camina, cabalga, lucha, sirve, ama, es amado y desterrado por su rey, Alfonso VI.

Ésta, una de las piezas literarias más importantes de la historia de nuestra lengua, nombra, entre otras, la localidad por la que hoy nuestros pies tendrán oportunidad de trotar hasta conocer el último resquicio histórico en la zona. Llena está Ayllón de ello, lo he respirado nada más salir del coche, antes incluso, cuando nuestras retinas han contemplado que la antigua puerta de El Arco nos ha invitado a dejar en extramuros nuestro vehículo a motor para viajar unos ochocientos años en el tiempo y plantarnos en plena edad media. Disfrutemos pues de un día entero en la villa de Ayllón, tierra casi de unión entre las hoy dos Castillas, Castilla la Mancha (Guadalajara) y Castilla y León (Segovia y Soria), debido a su posición geográfica.

Llegamos a la antiquísima villa antes de las 11.00 horas, debido a que deberíamos dirigirnos hacia la Iglesia de San Miguel para recoger las acreditaciones que nos darían derecho a ser partícipes de la ruta teatralizada que organiza el ayuntamiento de la localidad y que daría comienzo a las 12.00 horas. El precio de cada entrada fue de 6,50 €. La ruta, de la cual después iremos hablando, fue simplemente inmejorable. Tremendos los actores, ingeniosos los guiones y guionistas, magníficas las escenas y perfecta la guía, Mari Carmen.

Nuestra llegada, como decía, se produjo poco antes de las 11.00. El consejo es aparcar ante El Arco, puerta que da acceso al casco antiguo de Ayllón, a la vera del río Aguisejo. Comprobaréis que es donde aparca todo el mundo. Antes comentaba que al bajar del coche recibí un golpe de viento con sabor a historia que se agravó con un soplido todavía más fuerte una vez atravesamos la única puerta de entrada y salida del pueblo, la puerta de El Arco.

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Ayllón (11)A partir de ahí, empezaba a entonar una música medieval que en realidad sólo producía mi cerebro, pero que no dejó de acompañarme durante toda mi estancia en Ayllón. Nada más atravesar el arco, se puede contemplar ya alguna que otra construcción que da pistas de lo que va a ser capaz de ofrecer la villa. No obstante, seguimos nuestro camino sin detenernos ante ninguna de las maravillas arquitectónicas que se oponían a ambos lados de la calle principal, por la que caminábamos, pues nuestro principal destino era, como antes dije, la Iglesia de San Miguel, dónde nos esperaba la persona con la cual había hablado la mañana anterior para facilitarnos las acreditaciones y abonar los 6,50 € por persona de la visita. Llegamos a dicha iglesia, que ha dejado de ser lugar de culto para ser una mezcla de punto de información y museo donde uno puede encontrar piezas arqueológicas de valor incalculable y fechas que pueden variar desde la prehistoria hasta nuestros días. Posteriormente sabremos porqué hay obras escultóricas y de pintura de arte contemporáneo esparcidas por todo el pueblo.

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Tras pasar un rato con Mariana y recoger los tickets e instrucciones de la hora a la que deberíamos estar en el Palacio de Los Contreras para dar comienzo a la ruta guiada y teatralizada (12.00), fuimos a retomar fuerzas a una de las cafeterías que había en mitad de la plaza, con una tranquila y bonita terracita en la que nos sirvieron unas suculentas tostadas con un buen pan de pueblo.

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Eran las 11.15 horas de la mañana y poco más nos daría tiempo a hacer, ya que en aproximadamente media hora debíamos plantarnos en la puerta de El Arco, junto al Palacio de los Contreras, conocido también como residencia del Condestable Don Álvaro de Luna, y es que realmente allí residió durante buena parte del siglo XI. Algunas fotos en la parte exterior de la puerta de entrada al pueblo con el puente y el río en el que montones de patos se refrescaban, a pesar de los justos 20ºC que había, precedieron a la ruta, que sin demora, dio comienzo a las 12.00 horas exactas.

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Nos avisaron de la prohibición de realizar instantáneas a los actores, por ello no encontraréis ninguna en nuestro blog. Tras ello, Mari Carmen (la guía) dio rienda suelta a la obra móvil que presenciaríamos durante las casi dos próximas horas. El primer personaje que apareció por la calle que viene de la Plaza fue Don Amancio, un historiador del pueblo que parecía tener cultura como pocos, sapiencia como no muchos y ganas de hablar como ninguno; historiador del pueblo en el que nos encontrábamos, hecho que hacía que el Sr. Amancio no dejara de contar las mil y una maravillas que en su tierra existieron y todavía hoy son visibles. Como decía, la primera pieza arquitectónica que sobresale de las demás es el Palacio de Los Contreras, edificio construido por Juan de Contreras en 1497. La fachada es espectacular, con tres escudos de armas inclinados mostrando algo poco usual. El artesonado encontrado en su interior confirmó que la edificación fue construida anteriormente a la fecha citada.

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De la mano de Mari Carmen continuamos hasta la Plaza Mayor, una plaza porticada, con el Ayuntamiento (antiguo Palacio de los Villena) presidiendo la misma, y junto a la emblemática Iglesia románica de San Miguel, de la que hemos hablado antes. Desde la misma plaza pudimos comenzar a descubrir nuevos lugares a los que después tendríamos posibilidad de aproximarnos para investigar. Llama la atención lo que debió ser una impresionante torre de defensa musulmana, que todavía hoy se mantiene en pie. Está ubicada en lo alto del cerro que parece resguardar la villa, y se la conoce con el nombre de Torre de La Martina.

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Ayllón (1)Entre todos los acontecimientos que reúne Ayllón desde que tiene vida propia, hay uno que fue de enorme relevancia histórica. Y es que, en 1406, Catalina de Lancaster sufre la muerte de su marido, Enrique III de Trastámara, no pudiendo coronar a su hijo, el que sería Juan II, con tan sólo dos años de edad. Se asume una regencia sobre el trono de Castilla por parte de Catalina, pero compartida con Fernando de Antequera, su cuñado. Muchísimos fueron los enfrentamientos de ambos debido a la forma de gobernar sobre Castilla pero antes de que se produjese un grave conflicto se firma un tratado mediante el cual Fernando ocupará el trono de Aragón, gracias al compromiso de Caspe (1412 Caspe), con el apoyo total de Catalina, que vio aquí la clara salida de que Fernando dejara de involucrarse en temas castellanos y se dedicase de lleno a los aragoneses. Fue impecable la representación que el anterior hecho tuvo lugar en la iglesia de San Miguel por parte de los actores de la ruta.

Ayllón (13)Nuestro paseo por la villa continuó tornándose hacia la Plaza del Obispo Velosillo, en la cual preside el genial Palacio del Velosillo. Además de observar la grandeza arquitectónica que tiene este edificio, construido en el siglo XVI, comprobamos que hoy es un edificio dedicado a numerosas funciones. Lo chocante es que cuando entramos empezamos a encontrar obras artísticas que parecían más bien contemporáneas, recientes. Encontramos cuadros pictóricos de estilo abstracto, esculturas parecidas a las de Botero, es decir, el edificio facilitaba a nuestras mentes un billete de tren que recorreríamos en cinco segundos y mediante el cual nos transportaríamos cinco siglos. En la actualidad, el edificio alberga la biblioteca y el Museo de Arte Contemporáneo de Ayllón. Hay que decir que desde 1979 se facilita una beca a 8 de los graduados en Bellas Artes mediante la cual pasan un mes estival en la localidad, dando rienda suelta a su imaginación y a su don artístico, de ahí que muchas de las obras que los principiantes artistas tengan un hueco en el Museo del Palacio del Velosillo.

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Tras la visita al Palacio del Velosillo donde concluyó la estupenda visita guiada, tomamos la decisión de ascender a lo más alto de la villa. Nos dirigimos por la calle Termiño hasta cruzarnos con la calle Real en la cual encontramos varias estrechas callejuelas que tomaban un gran desnivel para acelerar la llegada a la siguiente calle que encontraríamos, y que prácticamente nos colocaba ya en el paseo de las Bodegas, dónde pudimos ver cómo las cuevas que hoy todavía persisten son capaces de conservar el vino que se produce en tierras segovianas.

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Aquellas callejuelas que recorrimos hasta la ascensión a Los Paredones debieron albergar numerosos acontecimientos, alguno de ellos nos lo mostró la visita teatralizada en la que se representaba lo mal que lo debieron pasar algunos judíos conversos en época en la que la Santa Inquisición investigaba con lupa cada movimiento de los habitantes de aquellas villas medievales como la que pisábamos, y mediante la cual se obligaba a llevar a cabo toda costumbre cristiana tanto en vida, como en los enterramientos, costumbres que algunos de los nuevos judíos conversos ni siquiera conocían. Tanto la horca como la hoguera fueron buenos testigos de muchos de aquellos hechos.

Una vez llegamos a lo más alto del cerro contemplamos el Cristo de piedra que hay allí construido y que parece ser guardián de toda la villa.

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Ayllón (17)Curioso que en aquellas alturas, al otro lado del cerro, presida increíblemente bien conservada una torre de origen musulmán. He aquí la riqueza cultural y arquitectónica española, que es capaz de tener dos perlas en lo alto de la corona que protege la villa: una fortaleza árabe del siglo VIII-IX y un monumento cristiano. Poco podemos decir sobre la fortaleza o castillo que hubo en lo alto del cerro, que fue un edificio militar, seguramente adosado a la torre de la que hablamos, pero del que no quedan prácticamente restos.

Hay que decir que desde aquellas alturas la panorámica era inmejorable, y a pesar de que el día empezó a pintarse de un color grisáceo, se divisaba perfectamente la cordillera que toma el nombre de Sierra de Ayllón (perteneciente a la vertiente nororiental del Sistema Central y la submeseta norte, que cubre gran parte de Castilla). Las vistas arropaban kilómetros y kilómetros a la redonda. A pesar de disfrutar del sosegado impulso de la suave brisa que atizaba nuestros rostros, nos vimos obligados a descender de nuevo a la villa para seguir descubriendo joyas.

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Ayllón (21)La siguiente fue el Antiguo Convento de las Concepcionistas, y más adelante la Iglesia románica de San Juan, en la cual se orquestaba justamente una boda cuando llegamos. Y es que el edificio es hoy propiedad de manos privadas, con lo cual, nos encontramos que se estaba celebrando tal evento. Pudimos ver que la boda que estaba teniendo lugar en el edificio era una boda medieval. La gente iba vestida de época. No pudimos visitarlo pues, aunque tampoco llevábamos mucha idea de ello, ya que la entrada suponía otros 6 € por persona que eran excesivos para ver el claustro y alguna de las dependencias del lugar. No obstante, invitamos a acceder a los que llevéis tiempo de sobra para visitar la villa porque supimos que uno de los propietarios del antiguo convento realiza una magnífica explicación de lo que fue en su día el lugar.

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Ayllón (20)Poco más nos quedaba por descubrir de Ayllón, como no, la enorme Iglesia de Santa María la Mayor, que puede contemplarnos a todos los que andemos por las calles de su villa desde una altura superior a los 40 metros gracias a su imponente campanario, que al mismo tiempo sirve de referencia al viajero, ya que casi desde cualquier callejuela se ve asomar la tremenda obra. A finales del siglo XVII se hundió la antigua parroquia allí existente y se construyó en su lugar la nueva iglesia de estilo neoclásico, toda de sillería, que actualmente ocupa aquel lugar. La entrada al edificio es gratuita, ya que actualmente sigue siendo templo de culto (siempre y cuando esté abierto).

Ayllón (26)La siguiente parada fue una de las que más relevancia tuvo, y es que sigo diciendo, entrada tras entrada, que una de las mayores señales del potencial cultural de un lugar se encuentra en su gastronomía, y si Ayllón no nos había fallado en el plano histórico, seguramente no lo haría en este. Nos dirigimos a la plaza principal, donde hay dos claras ofertas gastronómicas. Leyendo ambas cartas, tomamos la decisión de entrar en el restaurante en el cual horas antes habíamos desayunado, el Restaurante Pemar. Impresionantes fueron los huevos rotos con chistorra que nos pusieron de primero (éramos dos, pero bien habrían valido para cuatro), como también lo fue el secreto ibérico que adornó nuestra visita al restaurante. Buenísima relación calidad-precio, pues la cuenta fue inferior a 40 € habiendo comido mucho y bien.

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Tras la suculenta comida recorrimos por última vez las empedradas calles de la villa que nos dirigió a extramuros mediante nuestro nuevo paso por la Puerta del Arco, donde el majestuoso Palacio de Los Contreras parecía despedirse también de nuestra compañía. Cogimos el coche para realizar nuestra última visita a tierras ayllonenses. Tomamos dirección a Burgos por la SG-945 donde encontraríamos un enclave que dio el toque mágico que quizás había faltado en el interior de la localidad. Se respiraba una paz sin igual en el lugar y yacía un edificio eclesiástico con una espectacular fachada que transmitía la sensación de espiritualidad que los monjes deben respirar en su interior. Varios minutos fueron los que anduvimos en la explanada frente al Convento de San Francisco, conocido actualmente como el Exconvento. Por mucho que os guste y os enamore el pueblo no subestiméis dicho convento y dejéis de visitarlo, porque sé que a veces contemplar tanta belleza en poco tiempo nos vuelve perezosos y lo que ésta visita debe suponer no es un trastorno sino una guinda en el sabroso pastel cultural, histórico y arquitectónico que pudimos saborear en tierras de Ayllón. Visita obligada pues.

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Con esto completamos la visita a otra de las localidades que aparecen en lospueblosmasbonitosdeespana.org

Podemos dar fe de que Ayllón, merece estar aquí.

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VILLAJOYOSA: EL TOQUE DE COLOR DE LA COSTA BLANCA


Llegamos aquella tarde de Junio a eso de las 18.00 horas a la ciudad de Villajoyosa. Lo primero que nos encontramos fue el cartel que da la bienvenida al forastero con un: ¡Bienvenido a La Vila Joiosa! Dicha denominación, es tan oficial como la otra.

Llegamos desde Torrevieja en poco más de una hora y una vez dentro de la ciudad, que apenas supera los 30.000 habitantes, seguimos las indicaciones que nos enviaban al puerto (realmente no teníamos idea de dónde dejar el coche). Sin embargo, y aquí va una puntualización que os servirá de gran ayuda, una vez que hayáis bajado hasta la mismísima playa principal de la localidad, no giréis a la izquierda, lo que os haría llegar al puerto; girad a la derecha e iréis a parar a una zona de estacionamiento público para vehículos sin coste alguno. Realmente es un trozo de playa habilitado como un pequeño parking en el que, si no llegáis en horas muy conflictivas, podréis aparcar sin ningún problema. Para que tengáis un poco más de información, la calle paralela a la playa es denominada calle Arsenal y debéis dirigiros hacia la zona denominada Partida Puntes del Moro, dónde se encuentra el lugar de estacionamiento del que os hablo.

Una vez allí, nos dirigimos hacia el paseo marítimo, calle Arsenal, en el cual comenzamos a darnos cuenta de la diversidad de colores que adornaban las casas de la localidad, lo que gracias al sol que pegaba aquel maravilloso día de finales de Junio, embellecía de forma brutal la postal que se cernía ante nuestros ojos. Tanto si destinábamos la mirada hacia la playa como si, con un giro de 180º, contemplábamos los variados colores de las viviendas, divisábamos una maravilla. La primera imagen que me vino a la mente cuando comprobé lo que era capaz de transmitirme el conjunto de viviendas y sus colores, fue la de uno de los destinos más demandados actualmente en el Mediterráneo cuando hablamos de cruceros, y es que la profesión tira mucho. Hablo de la región de La Spezia, localidad italiana que se encuentra en el golfo del mismo nombre que la localidad y que muestra un encanto muy particular por el colorido que presentan sus casas. La Vila Joiosa se me asimiló muchísimo a las imágenes que corren en mi mente de la región de Cinque Terre (La Spezia), y a las que, por cierto, podéis acceder en montones de catálogos del actual verano 2014 (como es el caso de Pullmantur) que se han inclinado por este destino como poderío turístico del Mediterráneo en cuanto a cruceros. A todo esto, la localidad me comenzó a enamorar. El sol ayudaba, la temperatura, no excesiva, echaba una mano y los colores que empezaban a formar tanto el mar como el cielo en su fusión en aquel lejano horizonte hacían que el momento fuese sencillamente precioso. Posteriormente, incluso mejoró.

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La localidad está situada en una fuerte pendiente, es decir, sobre un montículo. Decidimos pues, ascender para perdernos por las fastuosas calles de la localidad. Enseguida estas callejuelas dieron paso a que mi imaginación se pusiera a trabajar para hacer retroceder el reloj y rememorar alguna de las luchas que allí debieron suceder entre piratas y habitantes del lugar, o como después supimos, cruentas batallas entre moros y cristianos (de aquí que se celebren unas de las fiestas más populares del territorio nacional conmemorando esas luchas entre ambas culturas).

Sigamos con nuestra ruta, que nos llevó, tras conocer la bonita plaza principal en la que había varias opciones de restauración, a tomar una calle con una buena cuesta arriba. Cogimos la calle Costera del Mar hasta llegar a la plaza de la Generalitat, y nos dimos cuenta que entre las fachadas de las casas de la parte izquierda de dicha calle (izquierda si uno sube), sobresalían trozos de muralla que bien denotaban el ser muy antiguas. Efectivamente comprobé después que son resquicios de la muralla que ordenó construir Felipe II durante el siglo XVI para defender la ciudad de los constantes ataques de piratas berberiscos. Empalmada a las mismas murallas, fuimos a parar a una iglesia que, aunque bastante erosionada por el paso del tiempo, dejaba ver la hermosura del conjunto histórico artístico de la ciudad. Hablamos de la Iglesia de la Assumpció.

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Posteriormente decidimos dar el paso definitivo de perdernos por las callejuelas vileras: desde la Avenida del País Valenciá fuimos buscando el camino que nos introdujera en la maraña de calles, y qué mejor lugar para empezar el paseo por la Carrer Major, por la cual descendimos hasta la Plaza Castelar donde, tras la esquina, vimos la parte frontal de la Iglesia que habíamos intuido desde extramuros.

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Villajoyosa (8)Desde aquí, podría contaros exactamente el recorrido que realizamos pero mi consejo es que, una vez que hayáis llegado a este punto, dejéis que vuestras piernas os guíen sin rumbo fijo a través de las preciosas calles de la ciudad. Calles como la Carrer Arxius, la calle María Amada, Carrer Costereta y unas cuantas más podrán daros muestra de la belleza que el pequeño casco antiguo de La Vila Joiosa posee. Todas, o prácticamente todas, dan a parar, eso sí, a la más atractiva de todas, la Carrer Major. Os aconsejo buscar también la Carrer Frai Posidonio Major, desde la cual comprobaréis cómo el río Amadorio divide la ciudad en dos partes y podréis divisar el lado adverso de la orilla del río, una zona en la que también encontraréis una belleza urbanística de importancia. Entre las diversas calzadas de la localidad podréis encontrar algunas plazuelas o placitas en las que, os aseguro, el cuerpo os invitará a sentaros para respirar el sosiego que el casco histórico pone en bandeja al turista. No perdáis de vista el Ayuntamiento, en una construcción igual de llamativa que el resto de edificaciones pero que diferenciaréis gracias a las banderas de la localidad y de la Comunidad Valenciana que afloran en la fachada. Dicho edificio lo encontraréis bajando por la Carrer Major.

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Sin daros cuenta, recorreréis calle tras calle hasta ir descendiendo y dar a parar a la avenida que después nombraré. Aprovecho también para decir que, aunque no íbamos ataviados para darnos un baño, sí pudimos acercarnos a la arena para calificar el estado de la misma, algo que nos pareció asombroso. Sin duda, Playa Centro es de las mejores playas que hemos conocido en la zona levantina, con una arena fina y clara y una explanada lo bastante ancha (unos 30 metros) y lo bastante larga (más de 1 km) como para soportar la gran cantidad de turistas que acuden al lugar verano tras verano y evitar así que se produzcan aglomeraciones de gente que conviertan la jornada playera en incómoda; el mar además, parecía claro y limpio, a pesar de tener la desembocadura del río Amadorio cerca de dicha playa. Además de esta playa, situada en el centro de la localidad, también hay otras cercanas algo más pequeñas, incluso calas, de calidad muy similar y con un grado de ocupación más bajo.

Sublime (sobre todo para la mente) fue el paseo que dimos hasta dar de nuevo, casi sin querer, con la Avinguda Jose Maria Esquerdo Zaragoza, concretamente con la hermosa plaza desde la que en el inicio de nuestro tránsito contemplamos la playa.

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Algo había cambiado, eran pasadas las 20.30 de la tarde y ya prácticamente nadie quedaba en la playa. El color del cielo en la puesta de sol era todavía más lindo que horas antes. Cuanto más se iba escondiendo éste, más se iba formando un color indescriptible, que tan sólo con una imagen se puede mostrar.

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Tan sólo quedaba decantarnos por un lugar para dar rienda suelta al paladar, que ya eran horas de cenar. Escogimos una creperie y nuevamente acertamos de lleno. Los refrescos acompañados por unas aceitunas con guiso de la tierra dieron paso a unos asombrosos crepes que contenían bechamel, huevo, champiñones, bacon y jamón de york. La simpática camarera de origen francés nos comentó que eran unos crepes de diseño italiano, ya que la cocinera era del país de la bota. Ya les felicitamos in situ, pero volvemos a hacerlo desde aquí. De los mejores crepes que hemos comido sin duda, en la Crepería La Florentina, en la calle Arsenal nº 22. Además, desde el lugar pudimos contemplar una de las más inolvidables puestas de sol que he contemplado en todo lo que va de 2014.

Nuestra visita a La Vila Joiosa acabó aquí, esperamos poder acudir el año que viene en lo que nos han contado son unas de las más populares fiestas de Moros y Cristianos y que se celebran entre el 24 y el 31 de Julio (aunque en nuestro sector es temporada alta y nos será muy complicado, no obstante, lo intentaremos). Podremos conocer la ciudad a fondo, aunque nuestra primera impresión fue simplemente magnífica.

SALAMANCA: SECRETOS Y RINCONES DE LA VIEJA CIUDAD UNIVERSITARIA


Nos quedaba todo un día por delante para disfrutar de la capital salmantina tras haber ya extasiado nuestro espíritu habiendo ascendido hasta La Peña de Francia. Hicimos bien en madrugar, y tras visitar el sagrado santuario a más de 1700 m de altura, llegamos a la ciudad universitaria por antonomasia antes de las 12.30 horas. Como digo, todo el día por delante para descubrir cada recoveco de la ciudad, cada edificio de la misma, y por supuesto, cada misterioso dibujo de las fachadas tanto de la universidad como de la catedral. Sí, me refiero a la obligación moral que tiene cada visitante de Salamanca de buscar la rana en la fachada principal de la universidad o el curiosísimo cosmonauta de la fachada de la catedral.

Entramos directamente al centro de la ciudad helmántica sin problema alguno, provenientes de la comarca de la Sierra de Francia. De las dos ocasiones en las que nos hemos presentado en Salamanca, en ninguna de ellas hemos tenido problema para circular y estacionar el vehículo. Tengo que decir que es el río Tormes, irregular por cierto en cuanto a su caudal dependiendo de la época del año, el que proporciona el límite entre el casco antiguo y las afueras de la ciudad. Una vez atraviesas uno de los puentes y sobrepasas el río se puede considerar que estás dentro del núcleo histórico de la ciudad. Una de las avenidas que circunvalan el centro, la Avenida del Doctor Esperabe, nos dio acceso a una perpendicular (calle San Pablo), en la que estacionamos sin problema además de tener las inmensas torres de la catedral a tan sólo un paso. Sin plano en mano (la Oficina de Turismo se encontraba cerrada), pero con dichas torres como referencia nos dispusimos a ascender metros y metros por las recónditas calles salmantinas en dirección a la Catedral. Aquí podemos decir que comenzamos una nueva aventura:

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La pendiente de la primera calle que nos encontramos era considerable. Aquí nos encontramos la primera sorpresa, y es que si no habíamos tenido suficientes con las anteriores (“la moza las ánimas”, “el cerdito de San Antón”, “los retratos de Mogarraz” o la recién visitada “Virgen de la Peña”), una nos esperaba con los brazos abiertos. Una magnífica y de las que me placen como las que más, una de las leyendas que se guardaba en el corazón de la ciudad salmantina, y nunca mejor dicho cuando me refiero al corazón, porque cuenta la leyenda que dentro, en el interior, en el subsuelo del solar en el que entraríamos, habría estado durante años mostrando a discípulos deseosos de cultivarse de ciencias ocultas el mismísimo Satanás. Así lo explicaban los carteles indicadores. Nos encontrábamos en la antigua “cripta de San Cebrián”, donde impartió sus doctrinas el diablo, enmascarado de sacristán.

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A parte de haber entrada totalmente gratuita, es uno de los lugares que recomiendo visitar, pues en lo más profundo del solar, unas escaleras (no las que unen el lugar con el inframundo, como se cuenta), dan acceso a una ascensión que nos regaló unas maravillosas vistas panorámicas del casco de la ciudad desde una torre muy bien situada. Invito a que vosotros mismos seáis los que vayáis contemplando lo que los indicadores cuentan de la “leyenda de la cueva” y de cómo fue finalmente descubierto el maestro camuflado de sacristán.

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Tras la visita a la supuesta escuela de artes ocultas, durante muchos años, de Satanás, continuamos con nuestro rumbo, ascendiendo lo que nos quedaba de calle para girar a la derecha. Entramos de lleno en la plaza en la que se levanta la impresionante catedral gótica de Salamanca (mejor dicho, las dos catedrales, posteriormente explicaremos a qué me refiero). Sin embargo, en un primer momento, al entrar en la bonita plaza de Anaya, lo que llama la atención es un grandioso edificio perteneciente a la Facultad de Filología, también conocido como el edificio de Anaya.

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En frente, como decía, la Catedral deslumbra los ojos de cualquiera que se fije en ella, y hace incluso parecer inmensamente pequeño a uno, más aún si te dispones a acercarse a la misma, como fue nuestro caso. Tras realizar alguna fotografía desde el lateral de la catedral, buscamos aquí mismo la Puerta de Ramos, donde encontramos el astronauta, que en realidad fue incorporado a la construcción en 1992. Es de admirar que localicéis tal figura en menos de 2 minutos; nosotros, tardamos alguno más: a nosotros nos costó más de cinco con cuatro ojos.

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Salamanca (11)Posteriormente nos dirigimos hacia la fachada principal para contemplar la maravillosa arquitectura que la conforma, así como para examinar tanta riqueza decorativa de figuras pertenecientes a la Catedral Nueva. Y es aquí donde descubrimos algo que no sabíamos: dos son las catedrales que hay en Salamanca, dos conjuntos arquitectónicos transformados en uno sólo pero manteniendo amplias diferencias entre la que fue la Antigua Catedral y la que se denomina Catedral Nueva.

La Antigua Catedral, que se comenzó a construir en el siglo XII y se puso su último ladrillo en el XIV, es de estilo románico aunque con algunas zonas en las que predomina el estilo gótico que en los siglos XIII y XIV empezaba a utilizarse en el antiguo reino.

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En cuanto a la Catedral Nueva o llamada de La Asunción, comenzó a construirse en el siglo XVI y finalizó su obra en el XVIII; como particularidad, es mencionable que guarda en sus paredes tres de los estilos utilizados a lo largo de la historia en las grandes construcciones: el gótico, el barroco, y el renacentista.

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Ahora aquí, nuestro consejo. Existen diversas maneras de contemplar la belleza que tanto la Catedral Antigua como la Nueva despliegan, sin embargo me veo obligado a aconsejaros a hacerlo de una manera que os agradará, incluso impactará de manera sobresaliente. Es obvio que si lo que tenéis es un interés en conocer cada capilla de ambas catedrales a modo exhaustivo, nuestro consejo es que paguéis por la visita completa (concretamente 4,75 € por persona). Pero si queréis contemplar la belleza desde las alturas, no dudéis en seguir nuestro consejo: dirigíos hacia la entrada de la Catedral Antigua, donde os darán la opción de realizar la visita a ambos templos, como decía, desde las alturas. Cierto es que, en algún momento puede ser algo temeroso si alguien sufre de vértigo. Yo, tengo que reconocer que me sobresalté en varias ocasiones y es que la altura hasta la cual uno llega proporciona la mejor vista de toda la ciudad, pero al mismo tiempo impacta en uno de forma contundente, pues dicha altura supera en diversas torres los 35 metros sobre el suelo.

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Salamanca (13)Además de la visita desde las alturas, pudimos contemplar la Sala de la Mazmorra, la Sala Alta, la sala de la Bóveda, la terraza de la Torre Mocha, la pasarela hacia la Torre del Gallo, el balcón interior de la Catedral Nueva (desde donde vimos el interior de la misma), y la Terraza Norte. Nosotros, y nos consta que es algo ya habitual desde hace unos meses, tuvimos también la oportunidad de visitar la Sala del Reloj y la Sala del cuerpo de Campanas. En cuanto a la entrada, 3,75 € por persona y la experiencia, tan única como imponente.

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Tras esta segunda experiencia (tras la de la Cueva del Diablo), y una vez con los pies en tierra, recorrimos la Rúa Mayor (una de las calles principales del casco antiguo de la urbe), hasta encontrarnos con una que la cruza (Calle Palominos) y girar a nuestra izquierda para paralizarnos ante uno de los edificios emblema de la ciudad, la Casa de las Conchas.

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Frente a ésta, a la que también se puede acceder, se levanta el también imponente edificio de la Universidad Pontificia, perteneciente al siglo XVII y con varias estancias en su interior que son de contundente hermosura. A parte de poder visitar el Aula Magna, el luminoso claustro interior y diversas salas, tiene acceso también a unas torres superiores (Torres de Clerecía) desde las cuales también es recomendable vislumbrar la maravillosa ciudad universitaria y todos sus tejados (no es comparable a la altura a la que uno sube en las torres de las Catedrales, mucho más imponentes). Todo ello también por un módico precio, 3,75 € por persona. El acceso lo encontraréis en la calle Compañía, la que, como anteriormente dije, es perpendicular a la Rúa Mayor.

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Tras la contemplación de lo anteriormente descrito volvimos sobre nuestros pasos para colocarnos sobre la arteria de la Rúa Mayor y dirigirnos dirección a la Plaza Mayor superando numerosas ofertas de restaurantes y bares que presentaban bonitas mesas en el mismo centro de la calle, por supuesto, peatonal. Además, el tiempo acompañaba, incluso por momentos sentíamos algo de calor llegando casi a los 30º C, que nos hacían buscar la sombra en algunos instantes. A todo esto, fuimos a parar a una plaza, la llamada Plaza del Corrillo, por la que atravesaba una calzada y en la que encontramos otra obra de arte construida como templo religioso, la Iglesia de San Martín. La fachada no posee una exquisitez arquitectónica que sí puede tener la de la Universidad o la de la Catedral Nueva, pero lo que llama la atención en este templo del catolicismo es que si cruzamos la calzada y nos dirigimos por la misma plaza hacia, digamos, el pasillo de entrada a la archiconocida Plaza Mayor de Salamanca, daremos con una ventana que nos ofrece su ábside hacia abajo, maravilla arquitectónica ya que no es explicable que el peso de la ventana se mantenga sobre apenas nada. Este ventanón que nos encontraremos pertenece a la Iglesia de San Martín.

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Por fin, llegamos a uno de los puntos neurálgicos de Salamanca, de Castilla – León podría decir, e incluso del territorio nacional me atrevería. Y es que, ¿quién no ha oído hablar de la Plaza Mayor de Salamanca? Entramos por uno de los vértices de la misma, venidos de la Plaza del Corrillo y nos acogió con los brazos abiertos la fastuosa plaza que en tantas ocasiones he oído nombrar.

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Típica plaza castellana del siglo XVIII pero que en su origen era ya plaza importante, llamada de San Martín, albergando el mercado de la villa caracterizado tanto por el intercambio de ganado como de todo tipo de alimentos y artilugios. Finalmente quedó, tras diversas remodelaciones y restauraciones, una inmensa plaza cuadrada en la que aguardan sublimes soportales hoy convertidos en restaurantes, bares y cafés (algún comercio de otro tipo también), que trae a la mente de uno inmediatamente el recuerdo de la Plaza Mayor de Madrid. Ni mejor, ni peor, no soy quién para juzgar cuál de las dos es más espectacular porque posiblemente esté hablando de dos de las joyas más hermosas del panorama arquitectónico no sólo nacional, sino internacional. En ambas podría pasar una eternidad contemplando las fachadas de los edificios que forman el cuadrado perfecto que a su vez conforma dichas plazas.

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Tras esto, salimos por otro de los vértices de la plaza tras el cual fuimos a dar de nuevo a la Plaza de San Martín. Dimos varios paseos buscando la mejor oferta hostelera hasta que dimos con una que nos pareció atractiva. Íbamos dispuestos a comer de menú (en casi todos los sitios, y había muchos, ofrecían menús con grandes carteles). En la calle Francisco Vitoria, muy cercana a la Casa de las Conchas, encontramos un establecimiento llamado La Luna, por el que nos decantamos gracias a la variedad que tenía el menú; la calidad, sin embargo, nos dejó un poco disgustados. Comimos, de primero, patatas revolconas y, de segundo, unos solomillos de cerdo con salsa de cabrales que no brillaron por su excelencia (ni por la de la carne en sí, ni por la salsa). Además tuvimos una “no muy buena experiencia” ya que una de las múltiples palomas que son dueñas de las alturas en la ciudad quiso dejarnos un recuerdo que gracias a dios, cayó cerca de uno de los platos y no dentro de él. La comida nos salió por menos de 24 € en total, pero habría pagado un poco más por comer más cómodamente y mejor. No acertamos esta vez, y es que, alguna vez ocurre cuando uno va a la aventura.

Pero la aventura continuaba y no podíamos irnos sin dar nuestra más sincera enhorabuena a la rana que bien se ha ganado la fama de habitantes, visitantes y estudiantes de la ciudad, y que, según nos dijeron, se esconde en un punto concreto de la fachada de la Universidad de Salamanca (que no la Pontificia). Sin embargo, quisimos primero tomar un rico granizado de limón y un café para “la persona que está a mi lado” en uno de los cafés que hay en la Plaza Mayor, en el Café Novelty, siendo el más antiguo de la ciudad con sus más de 100 años, lo que han hecho del local un enclave de reunión para los personajes más ilustres de cada época (tanto es así, que es donde se llevó a cabo la fundación de Radio Nacional de España). Granizado en mano, ahora sí decidimos poner rumbo a la rana. Recorrimos de nuevo la Rúa Mayor, en forma de despedida, atravesamos y dejamos a la derecha la Casa de las Conchas y la Universidad Pontificia, y en vez de regresar por la calle Francisco Vitoria, en la cual habíamos comido, tomamos la paralela calle Libreros. Pronto fuimos a dar con la plazoleta que se forma en torno a la estatua de Fray Luis de León y que no se cansa de examinar desde hace siglos (y los que le queden) la impresionante fachada de la Universidad de Salamanca.

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Impresionante no en cuanto a volumen, ya que uno espera algo espectacular tanto en dimensiones como en ornamentación, sin embargo, es extremadamente estrecha, pero no por ello menos agraciada. La Universidad de Salamanca presume de ser la más antigua de España, y la cuarta de Europa (por detrás de la de Bolonia, Oxford y París). Por supuesto, conocimos a la famosa rana, uno de los requisitos fundamentales en nuestra visita a la ciudad y durante un buen rato disfrutamos de la paz (tensa por la gente que se agrupaba en la plazuela) que transmitía el lugar.

Tras este descubrimiento decidimos regresar a la Plaza de Anaya (dónde se ubican las Catedrales) y tomar la calle Tostado para ir a dar a parar a la Plaza del Concilio de Trento. Aquí, recomiendo totalmente ir, pues nos encontramos con una de las obras maestras (inesperadas) que vimos en nuestra visita. Hablo del impresionante convento de San Esteban, que bien parecía una auténtica catedral tanto por su belleza como, esta vez sí, por sus dimensiones. Increíbles las panorámicas que pudimos hacer desde la tremenda plaza, presidida también por una figura esculpida de Francisco de Vitoria.

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Poco más pudimos ver de la capital salmantina y capital de la cultura en el año 2002, pues era un domingo que se preparaba para miles de regresos a la capital. Eso sí, no quisimos irnos sin hacer una maravillosa panorámica de la ciudad ataviada e imponente gracias a los salientes de las torres de las catedrales (¡que sí, Salamanca tiene dos!) desde un punto que elegimos y acertamos, esta vez sí. Salimos, ya con el coche, del casco antiguo y nos paramos en el Puente Romano, dónde un gran parque con una pista de atletismo nos daba la posibilidad de situar nuestra cámara y trípode para poder hacer la panorámica con, y sin nosotros, como hacemos en todos los sitios que visitamos para intentar no aparecer en las fotografías que os mostramos, y que como dije en una de nuestras primeras entradas, son originales, es decir, nuestras. Absolutamente todas.

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Gracias de nuevo Salamanca, y hasta pronto.