SALAMANCA: SECRETOS Y RINCONES DE LA VIEJA CIUDAD UNIVERSITARIA


Nos quedaba todo un día por delante para disfrutar de la capital salmantina tras haber ya extasiado nuestro espíritu habiendo ascendido hasta La Peña de Francia. Hicimos bien en madrugar, y tras visitar el sagrado santuario a más de 1700 m de altura, llegamos a la ciudad universitaria por antonomasia antes de las 12.30 horas. Como digo, todo el día por delante para descubrir cada recoveco de la ciudad, cada edificio de la misma, y por supuesto, cada misterioso dibujo de las fachadas tanto de la universidad como de la catedral. Sí, me refiero a la obligación moral que tiene cada visitante de Salamanca de buscar la rana en la fachada principal de la universidad o el curiosísimo cosmonauta de la fachada de la catedral.

Entramos directamente al centro de la ciudad helmántica sin problema alguno, provenientes de la comarca de la Sierra de Francia. De las dos ocasiones en las que nos hemos presentado en Salamanca, en ninguna de ellas hemos tenido problema para circular y estacionar el vehículo. Tengo que decir que es el río Tormes, irregular por cierto en cuanto a su caudal dependiendo de la época del año, el que proporciona el límite entre el casco antiguo y las afueras de la ciudad. Una vez atraviesas uno de los puentes y sobrepasas el río se puede considerar que estás dentro del núcleo histórico de la ciudad. Una de las avenidas que circunvalan el centro, la Avenida del Doctor Esperabe, nos dio acceso a una perpendicular (calle San Pablo), en la que estacionamos sin problema además de tener las inmensas torres de la catedral a tan sólo un paso. Sin plano en mano (la Oficina de Turismo se encontraba cerrada), pero con dichas torres como referencia nos dispusimos a ascender metros y metros por las recónditas calles salmantinas en dirección a la Catedral. Aquí podemos decir que comenzamos una nueva aventura:

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La pendiente de la primera calle que nos encontramos era considerable. Aquí nos encontramos la primera sorpresa, y es que si no habíamos tenido suficientes con las anteriores (“la moza las ánimas”, “el cerdito de San Antón”, “los retratos de Mogarraz” o la recién visitada “Virgen de la Peña”), una nos esperaba con los brazos abiertos. Una magnífica y de las que me placen como las que más, una de las leyendas que se guardaba en el corazón de la ciudad salmantina, y nunca mejor dicho cuando me refiero al corazón, porque cuenta la leyenda que dentro, en el interior, en el subsuelo del solar en el que entraríamos, habría estado durante años mostrando a discípulos deseosos de cultivarse de ciencias ocultas el mismísimo Satanás. Así lo explicaban los carteles indicadores. Nos encontrábamos en la antigua “cripta de San Cebrián”, donde impartió sus doctrinas el diablo, enmascarado de sacristán.

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A parte de haber entrada totalmente gratuita, es uno de los lugares que recomiendo visitar, pues en lo más profundo del solar, unas escaleras (no las que unen el lugar con el inframundo, como se cuenta), dan acceso a una ascensión que nos regaló unas maravillosas vistas panorámicas del casco de la ciudad desde una torre muy bien situada. Invito a que vosotros mismos seáis los que vayáis contemplando lo que los indicadores cuentan de la “leyenda de la cueva” y de cómo fue finalmente descubierto el maestro camuflado de sacristán.

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Tras la visita a la supuesta escuela de artes ocultas, durante muchos años, de Satanás, continuamos con nuestro rumbo, ascendiendo lo que nos quedaba de calle para girar a la derecha. Entramos de lleno en la plaza en la que se levanta la impresionante catedral gótica de Salamanca (mejor dicho, las dos catedrales, posteriormente explicaremos a qué me refiero). Sin embargo, en un primer momento, al entrar en la bonita plaza de Anaya, lo que llama la atención es un grandioso edificio perteneciente a la Facultad de Filología, también conocido como el edificio de Anaya.

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En frente, como decía, la Catedral deslumbra los ojos de cualquiera que se fije en ella, y hace incluso parecer inmensamente pequeño a uno, más aún si te dispones a acercarse a la misma, como fue nuestro caso. Tras realizar alguna fotografía desde el lateral de la catedral, buscamos aquí mismo la Puerta de Ramos, donde encontramos el astronauta, que en realidad fue incorporado a la construcción en 1992. Es de admirar que localicéis tal figura en menos de 2 minutos; nosotros, tardamos alguno más: a nosotros nos costó más de cinco con cuatro ojos.

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Salamanca (11)Posteriormente nos dirigimos hacia la fachada principal para contemplar la maravillosa arquitectura que la conforma, así como para examinar tanta riqueza decorativa de figuras pertenecientes a la Catedral Nueva. Y es aquí donde descubrimos algo que no sabíamos: dos son las catedrales que hay en Salamanca, dos conjuntos arquitectónicos transformados en uno sólo pero manteniendo amplias diferencias entre la que fue la Antigua Catedral y la que se denomina Catedral Nueva.

La Antigua Catedral, que se comenzó a construir en el siglo XII y se puso su último ladrillo en el XIV, es de estilo románico aunque con algunas zonas en las que predomina el estilo gótico que en los siglos XIII y XIV empezaba a utilizarse en el antiguo reino.

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En cuanto a la Catedral Nueva o llamada de La Asunción, comenzó a construirse en el siglo XVI y finalizó su obra en el XVIII; como particularidad, es mencionable que guarda en sus paredes tres de los estilos utilizados a lo largo de la historia en las grandes construcciones: el gótico, el barroco, y el renacentista.

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Ahora aquí, nuestro consejo. Existen diversas maneras de contemplar la belleza que tanto la Catedral Antigua como la Nueva despliegan, sin embargo me veo obligado a aconsejaros a hacerlo de una manera que os agradará, incluso impactará de manera sobresaliente. Es obvio que si lo que tenéis es un interés en conocer cada capilla de ambas catedrales a modo exhaustivo, nuestro consejo es que paguéis por la visita completa (concretamente 4,75 € por persona). Pero si queréis contemplar la belleza desde las alturas, no dudéis en seguir nuestro consejo: dirigíos hacia la entrada de la Catedral Antigua, donde os darán la opción de realizar la visita a ambos templos, como decía, desde las alturas. Cierto es que, en algún momento puede ser algo temeroso si alguien sufre de vértigo. Yo, tengo que reconocer que me sobresalté en varias ocasiones y es que la altura hasta la cual uno llega proporciona la mejor vista de toda la ciudad, pero al mismo tiempo impacta en uno de forma contundente, pues dicha altura supera en diversas torres los 35 metros sobre el suelo.

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Salamanca (13)Además de la visita desde las alturas, pudimos contemplar la Sala de la Mazmorra, la Sala Alta, la sala de la Bóveda, la terraza de la Torre Mocha, la pasarela hacia la Torre del Gallo, el balcón interior de la Catedral Nueva (desde donde vimos el interior de la misma), y la Terraza Norte. Nosotros, y nos consta que es algo ya habitual desde hace unos meses, tuvimos también la oportunidad de visitar la Sala del Reloj y la Sala del cuerpo de Campanas. En cuanto a la entrada, 3,75 € por persona y la experiencia, tan única como imponente.

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Tras esta segunda experiencia (tras la de la Cueva del Diablo), y una vez con los pies en tierra, recorrimos la Rúa Mayor (una de las calles principales del casco antiguo de la urbe), hasta encontrarnos con una que la cruza (Calle Palominos) y girar a nuestra izquierda para paralizarnos ante uno de los edificios emblema de la ciudad, la Casa de las Conchas.

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Frente a ésta, a la que también se puede acceder, se levanta el también imponente edificio de la Universidad Pontificia, perteneciente al siglo XVII y con varias estancias en su interior que son de contundente hermosura. A parte de poder visitar el Aula Magna, el luminoso claustro interior y diversas salas, tiene acceso también a unas torres superiores (Torres de Clerecía) desde las cuales también es recomendable vislumbrar la maravillosa ciudad universitaria y todos sus tejados (no es comparable a la altura a la que uno sube en las torres de las Catedrales, mucho más imponentes). Todo ello también por un módico precio, 3,75 € por persona. El acceso lo encontraréis en la calle Compañía, la que, como anteriormente dije, es perpendicular a la Rúa Mayor.

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Tras la contemplación de lo anteriormente descrito volvimos sobre nuestros pasos para colocarnos sobre la arteria de la Rúa Mayor y dirigirnos dirección a la Plaza Mayor superando numerosas ofertas de restaurantes y bares que presentaban bonitas mesas en el mismo centro de la calle, por supuesto, peatonal. Además, el tiempo acompañaba, incluso por momentos sentíamos algo de calor llegando casi a los 30º C, que nos hacían buscar la sombra en algunos instantes. A todo esto, fuimos a parar a una plaza, la llamada Plaza del Corrillo, por la que atravesaba una calzada y en la que encontramos otra obra de arte construida como templo religioso, la Iglesia de San Martín. La fachada no posee una exquisitez arquitectónica que sí puede tener la de la Universidad o la de la Catedral Nueva, pero lo que llama la atención en este templo del catolicismo es que si cruzamos la calzada y nos dirigimos por la misma plaza hacia, digamos, el pasillo de entrada a la archiconocida Plaza Mayor de Salamanca, daremos con una ventana que nos ofrece su ábside hacia abajo, maravilla arquitectónica ya que no es explicable que el peso de la ventana se mantenga sobre apenas nada. Este ventanón que nos encontraremos pertenece a la Iglesia de San Martín.

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Por fin, llegamos a uno de los puntos neurálgicos de Salamanca, de Castilla – León podría decir, e incluso del territorio nacional me atrevería. Y es que, ¿quién no ha oído hablar de la Plaza Mayor de Salamanca? Entramos por uno de los vértices de la misma, venidos de la Plaza del Corrillo y nos acogió con los brazos abiertos la fastuosa plaza que en tantas ocasiones he oído nombrar.

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Típica plaza castellana del siglo XVIII pero que en su origen era ya plaza importante, llamada de San Martín, albergando el mercado de la villa caracterizado tanto por el intercambio de ganado como de todo tipo de alimentos y artilugios. Finalmente quedó, tras diversas remodelaciones y restauraciones, una inmensa plaza cuadrada en la que aguardan sublimes soportales hoy convertidos en restaurantes, bares y cafés (algún comercio de otro tipo también), que trae a la mente de uno inmediatamente el recuerdo de la Plaza Mayor de Madrid. Ni mejor, ni peor, no soy quién para juzgar cuál de las dos es más espectacular porque posiblemente esté hablando de dos de las joyas más hermosas del panorama arquitectónico no sólo nacional, sino internacional. En ambas podría pasar una eternidad contemplando las fachadas de los edificios que forman el cuadrado perfecto que a su vez conforma dichas plazas.

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Tras esto, salimos por otro de los vértices de la plaza tras el cual fuimos a dar de nuevo a la Plaza de San Martín. Dimos varios paseos buscando la mejor oferta hostelera hasta que dimos con una que nos pareció atractiva. Íbamos dispuestos a comer de menú (en casi todos los sitios, y había muchos, ofrecían menús con grandes carteles). En la calle Francisco Vitoria, muy cercana a la Casa de las Conchas, encontramos un establecimiento llamado La Luna, por el que nos decantamos gracias a la variedad que tenía el menú; la calidad, sin embargo, nos dejó un poco disgustados. Comimos, de primero, patatas revolconas y, de segundo, unos solomillos de cerdo con salsa de cabrales que no brillaron por su excelencia (ni por la de la carne en sí, ni por la salsa). Además tuvimos una “no muy buena experiencia” ya que una de las múltiples palomas que son dueñas de las alturas en la ciudad quiso dejarnos un recuerdo que gracias a dios, cayó cerca de uno de los platos y no dentro de él. La comida nos salió por menos de 24 € en total, pero habría pagado un poco más por comer más cómodamente y mejor. No acertamos esta vez, y es que, alguna vez ocurre cuando uno va a la aventura.

Pero la aventura continuaba y no podíamos irnos sin dar nuestra más sincera enhorabuena a la rana que bien se ha ganado la fama de habitantes, visitantes y estudiantes de la ciudad, y que, según nos dijeron, se esconde en un punto concreto de la fachada de la Universidad de Salamanca (que no la Pontificia). Sin embargo, quisimos primero tomar un rico granizado de limón y un café para “la persona que está a mi lado” en uno de los cafés que hay en la Plaza Mayor, en el Café Novelty, siendo el más antiguo de la ciudad con sus más de 100 años, lo que han hecho del local un enclave de reunión para los personajes más ilustres de cada época (tanto es así, que es donde se llevó a cabo la fundación de Radio Nacional de España). Granizado en mano, ahora sí decidimos poner rumbo a la rana. Recorrimos de nuevo la Rúa Mayor, en forma de despedida, atravesamos y dejamos a la derecha la Casa de las Conchas y la Universidad Pontificia, y en vez de regresar por la calle Francisco Vitoria, en la cual habíamos comido, tomamos la paralela calle Libreros. Pronto fuimos a dar con la plazoleta que se forma en torno a la estatua de Fray Luis de León y que no se cansa de examinar desde hace siglos (y los que le queden) la impresionante fachada de la Universidad de Salamanca.

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Impresionante no en cuanto a volumen, ya que uno espera algo espectacular tanto en dimensiones como en ornamentación, sin embargo, es extremadamente estrecha, pero no por ello menos agraciada. La Universidad de Salamanca presume de ser la más antigua de España, y la cuarta de Europa (por detrás de la de Bolonia, Oxford y París). Por supuesto, conocimos a la famosa rana, uno de los requisitos fundamentales en nuestra visita a la ciudad y durante un buen rato disfrutamos de la paz (tensa por la gente que se agrupaba en la plazuela) que transmitía el lugar.

Tras este descubrimiento decidimos regresar a la Plaza de Anaya (dónde se ubican las Catedrales) y tomar la calle Tostado para ir a dar a parar a la Plaza del Concilio de Trento. Aquí, recomiendo totalmente ir, pues nos encontramos con una de las obras maestras (inesperadas) que vimos en nuestra visita. Hablo del impresionante convento de San Esteban, que bien parecía una auténtica catedral tanto por su belleza como, esta vez sí, por sus dimensiones. Increíbles las panorámicas que pudimos hacer desde la tremenda plaza, presidida también por una figura esculpida de Francisco de Vitoria.

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Poco más pudimos ver de la capital salmantina y capital de la cultura en el año 2002, pues era un domingo que se preparaba para miles de regresos a la capital. Eso sí, no quisimos irnos sin hacer una maravillosa panorámica de la ciudad ataviada e imponente gracias a los salientes de las torres de las catedrales (¡que sí, Salamanca tiene dos!) desde un punto que elegimos y acertamos, esta vez sí. Salimos, ya con el coche, del casco antiguo y nos paramos en el Puente Romano, dónde un gran parque con una pista de atletismo nos daba la posibilidad de situar nuestra cámara y trípode para poder hacer la panorámica con, y sin nosotros, como hacemos en todos los sitios que visitamos para intentar no aparecer en las fotografías que os mostramos, y que como dije en una de nuestras primeras entradas, son originales, es decir, nuestras. Absolutamente todas.

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Gracias de nuevo Salamanca, y hasta pronto.

CUMBRES DE CULTO: LA VIRGEN DE LA PEÑA DE FRANCIA


Despertamos pronto en nuestro hotel de Mogarraz con la esperanza de que la meteorología nos acompañara para, ya que habíamos disfrutado el día anterior de un día gris y lluvioso, comprobar cómo era la comarca con sol y buenas temperaturas. Las cortinas de nuestra habitación escondían la respuesta, la cual fue grata, pues, efectivamente, pocas o ninguna nube cubrían un cielo que hacía sólo horas dejaba caer gotas de agua intermitentemente. Las oscuras nubes se despidieron dando paso a un sol que sin embargo, no desplegaba el calor excesivo que podía recibir cualquier zona de la península.  Y es que no sé si podemos considerar que la comarca de Las Hurdes junto a la Sierra de Francia forman un microclima, pero según nos informaban familiares del tiempo que hacía en el resto del país, no se parecía en nada. De hecho nos plantaríamos posteriormente en Salamanca capital y comprobaríamos de primera mano cómo allí el sol sí se mostraba mucho más furioso. Antes de viajar a la capital salmantina, sin embargo, disfrutaríamos de algo que pocas veces he podido sentir: Libertad (literalmente).

Tras un desayuno decente en el ya nombrado Hotel Spa Villa de Mogarraz volvimos a por las maletas, y tras ello, bajamos para realizar el check out, pero de paso también, que nos informaran de qué opciones teníamos para visitar dentro de la comarca antes de dirigirnos hacia Salamanca. Nos dieron varias, una la de visitar un pueblo típico de la zona (pero habiendo visto ya Mogarraz y La Alberca lo descartamos inminentemente). La otra idea a mí me emocionó más que a “la persona que tengo a mi lado”. Más que emoción, la sensación que recibí podría definirse como presagio, una sensación que me invitó de manera muy fuerte a poner todo el empeño posible a escoger la opción de subir hasta la Peña de Francia. Poca información nos facilitaron en el hotel, únicamente la de que encontraríamos unas preciosas vistas desde arriba disfrutando de un soleado día como el que cubría nuestras cabezas.

Carretera y manta hacia el punto más alto de la comarca. Sabríamos dentro de poco lo que nos depararía nuestra elección. Cogimos la misma carretera que la noche anterior tenía un aspecto casi lúgubre y terrorífico, pero el sol del día la mostraba de otra manera, paradisiaca podría decir, gracias al espesor de una vegetación que convierte el lugar en único. La dirección que tomamos por aquellas estrechas carreteras fue hacia el pueblo de El Casarito. Al llegar a El Casarito, pueblo que no sobrepasará los cincuenta habitantes, hay una indicación en la entrada que señala la localidad de San Martin del Castañar. No se debe hacer caso a la indicación (información que nos facilitaron en el hotel), con lo cual traspasamos el pueblo y por fin encontramos la indicación que nos dirigiría a la Peña de Francia. La carretera tomó un aspecto todavía más estrecho del que ya mostraba, y además comenzó a empinarse de manera muy audaz. El desnivel era importante. Pronto empezamos a encontrar y a adelantar ciclistas que decoraban la carretera haciendo parecer que éramos uno de los coches participantes en la Vuelta Ciclista a España, y después supe que en múltiples ocasiones ha acabado alguna de las etapas de la Vuelta en la cumbre hacia la que nos dirigíamos.

Ascendíamos metros y metros en altitud comenzando a contemplar un paisaje que desde abajo ya era maravilloso. Poco a poco fuimos dejando atrás la maleza debido a la altitud que íbamos alcanzando empezando a encontrarnos con un terreno bastante más estéril y pedregoso, y sin embargo las vistas dejaban de ser maravillosas para ser imponentes. La carretera, tan estrecha como antes comentaba, rodeaba por completo la montaña que subíamos. No podíamos superar los 40 kms por hora, y si algún vehículo se cruzaba en nuestro camino, uno de los dos tenía que echarse prácticamente fuera de la carretera. Afortunadamente era temprano y no había demasiado tránsito. Hacía aproximadamente media hora que salimos del hotel y ya estábamos casi en la cumbre de la misteriosa Peña de Francia. Misteriosa empezando por el nombre (¿qué hace una sierra en plena provincia de Salamanca llamándose Francia?). No era éste el último secreto que aguardaba el monte. Según llegamos nos encontramos con un repetidor televisivo de varios metros de altura que tenía cierta semejanza con un cohete espacial. Rompía totalmente con lo que allí nos encontraríamos.

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En primer lugar, explicaré el porqué del nombre tanto del monte como de la sierra. Y es que tras la Reconquista cristiana sobre los musulmanes, la comarca fue repoblada por franceses (Gastón, Coupet…). De ahí que todavía haya derivaciones de apellidos de procedencia francesa.

Al llegar prácticamente a la cumbre de la montaña una valla nos obligó a dejar el coche para continuar durante unos trescientos metros a pie hasta llegar a lo más alto. Allí muchas cosas empezaron a sorprendernos, comenzando por un monasterio convertido hoy en hospedaje, en cuyo restaurante tomamos un refresco.

A continuación, nos aproximamos a uno de los riscos que parecen estar en la parte más alta no solo de la montaña sino de toda la cordillera. La sensación que comencé a sentir fue una de las mejores que he tenido últimamente. Total libertad, paz interior, alegría, dominio de una grandísima extensión de tierra que desde aquel lugar se divisaba. Los minutos u horas que pasamos allí me parecieron segundos porque podría haberme quedado en aquel enclave toda una eternidad. Tras aquel majestuoso rato nos dimos cuenta de que un reloj de sol estaba construido en piedra en el centro de “la rotonda” que hay en la explanada de la parte alta del monte. Esta zona recibe el nombre de “El Salto del Niño” por la imponente caída que hay desde el lugar.  Por otra parte, tengo que decir que pudimos ver cabras montesas en la lejanía desde el lugar donde éramos reyes de kilómetros a la redonda.

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En cuanto al paisaje, era inmejorable, pasemos al plano litúrgico: allí se levanta el Santuario de la Virgen de la Peña, comandada por la orden de los dominicos. La leyenda y la magia volvían a llamar a nuestra puerta. Un monasterio con una iglesia en la que curiosamente se da misa diariamente (y cuanto menos es curioso simplemente por la distancia que deben recorrer los feligreses para acudir a su cita con dios). Eso sí, lo hacen sólo en meses estivales, pues en invierno la nieve hace inexpugnable el ascenso al santuario.

Pudimos descubrir, a parte del recinto religioso que hay allí construido, la extraña virgen que tan venerada es en aquellas alturas (1727 metros). Una pequeña virgen que en alguna ocasión ha sido robada (en la última de estas ocasiones el propio ladrón decidió devolverla tras tenerla en su poder durante unos años). Hablo de una virgen que guardan en la pequeña gruta en la que fue encontrada, que prácticamente no ha sido modificada. No es la típica capilla que encontramos en toda iglesia. Y es que podemos decir que lo que han hecho ha sido construir un gran templo al aire libre, con estas pequeñas capillas a las que todos tienen acceso. Una de ellas, bajando unas pequeñas escaleras, guarda a la pequeña y cuanto menos extraña pieza que representa a la Virgen de la Peña de Francia.

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La virgen, a la que se venera desde hace más de seis siglos, fue encontrada por un francés: Simon Roldan, un estudiante parisino al que se le produjo la advocación de la virgen que antes comentaba y al que recomendó buscar la imagen de la misma en tierras de Occidente. Las palabras que la Virgen de Peña mentó, fueron: “Simon, vela y no duermas, busca en Occidente hasta encontrar una imagen semejante a mí. Allí sabrás cómo actuar después”. Cuatro años estuvo Simon buscando dicha imagen en tierras de Bretaña y finalmente desalentado decidió volver a París, pasando por Santiago para hacer una peregrinación religiosa. Confundido, llegó a tierras salmantinas dónde casualmente escuchó en la localidad de San Martín del Castañar algo sobre alguna extraña virgen que había sido vista en las alturas de la sierra. Desde entonces y durante tres días estuvo (exhausto) buscando por la Sierra de Francia, hasta que de nuevo la Virgen de la Peña se le apareció indicándole dónde estaba la imagen y solicitándole que tras cavar y encontrarla la colocara en lo más alto de la montaña, construyendo un santuario que pasaría a llamarse Santuario de la Virgen de la Peña. Así lo hizo, y en el año 1434 comenzó la construcción del templo. En él se pueden, además, encontrar imágenes de San Andrés a parte de capillas, como antes explicaba, dedicadas al Santo Cristo y al propio Santiago.

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Otra de las capillas improvisadas que hay, está formada por una escultura construida mediante tiras de hierro y que muestra una imagen de Santiago Apóstol sobre su caballo y con una cruz sobre su mano derecha; este rinconcito es llamado el Balcón de Santiago. Esta capilla, junto con las de San Andrés, la capilla del Cristo y la ya mentada capilla de la Virgen de la Peña de Francia, están situadas justo en el lugar dónde se encontraron sus respectivas imágenes.

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Después de un par de horas en aquellas alturas decidimos volver a la civilización, dirigiéndonos hacia la capital de la provincia en la que nos situábamos, Salamanca.

PASEANDO POR LAS TRADICIONES Y LEYENDAS DE DOS DE LOS PUEBLOS MÁS BONITOS DE ESPAÑA: MOGARRAZ Y LA ALBERCA


Es obvio que para nosotros un fin de semana sin asuntos laborales por delante es sinónimo de viaje, de nuevas tierras por conocer. Sin embargo, el pasado fin de semana (primero de Agosto) estuvimos titubeando sobre si viajar, dónde viajar y cómo viajar hasta el último momento. Y es que hasta el viernes no tomamos la decisión final. Lo que yo pretendía en realidad era, que mi mente se trasladara lo más lejos posible, ya que el estrés que invadía mi cuerpo y mi mente la anterior semana hacía complicado el hecho de afrontar un fin de semana más en nuestra ciudad, rodeado de lo que nos envuelve cada día de la semana. En fin, necesitaba evadirme totalmente aunque fuera por 48 horas.

El destino, como comentaba, fue elegido casi en el descuento, concretamente el viernes a mediodía. Escogimos la zona de la Sierra de Francia, concretamente una pequeña villa denominada Mogarraz, muy cercana a la localidad de La Alberca, bastante más afamada. Sinceramente no estaba muy convencido en un primer momento del destino que nos esperaba, pero poco a poco fui empapándome de información sobre la región salmantina que tocaríamos y comenzó a engancharme. ¿Dónde nos hospedaríamos? Escogimos el Hotel Spa Villa de Mogarraz, con alojamiento, sesión de spa y desayuno incluido por un precio de 98€ para los dos. Respecto a los precios que había por la zona en hoteles considerablemente interesantes era cuanto menos sorprendente un precio tan económico. Marcharíamos rumbo a la Sierra de Francia, limítrofe con la mítica y misteriosa comarca de Las Hurdes, dónde tantas leyendas y tradiciones se guardan como un tesoro esperando a ser descubierto. Gracias a varios documentales, libros y reportajes era conocedor del arraigo con el que los habitantes de aquella comarca se acogen a sus milenarias tradiciones y las resguardan del paso del tiempo para que sigan tan intactas como hace siglos. El viernes por la noche nos aprovisionamos de toda la información necesaria para crear una ruta que nos llevaría por las localidades de Mogarraz, La Alberca, Salamanca, y alguna que otra sorpresa más, que posteriormente describiré.

Mogarraz (plano zona)

Dicho y hecho, salimos el sábado por la mañana sobre las nueve de la mañana, y tras una hora y media de viaje pusimos nuestros pies en la capital de provincia que se encuentra a más altura respecto al nivel del mar en toda España. Efectivamente hablo de Ávila, que tendrá una entrada en nuestro blog dentro de muy poco. Tras un suculento y económico desayuno en uno de los centros comerciales que se ubican en la periferia de la ciudad, cogimos de nuevo el coche para enfrentarnos a nuestro verdadero viaje. Desde Ávila podíamos tomar dos caminos: uno, era sencillo, continuar por la A-5 hasta llegar a Salamanca desde donde deberíamos dirigirnos, ya por carreteras comarcales hasta lo más profundo de la Sierra de Francia; sin embargo, escogimos la senda más salvaje, y pusimos rumbo a Piedrahita por medio de una carretera comarcal en buen estado y sin excesiva circulación, acompañados de un paisaje embellecido por la Sierra de Gredos que íbamos dejando a nuestra izquierda hasta plantarnos en otra serranía que prácticamente la daba continuación, la Sierra de Béjar. Los pueblos que comenzábamos a dejar atrás empezaban a ser pintorescos, muy bonitos. Sobrepasamos entre ellos Barco de Ávila y la propia localidad de Béjar. Tras esto, el paisaje se volvió agreste. La meteorología también, pues lo que comenzó en Madrid como una soleada jornada se convirtió en un nuboso y fresco día en el que la lluvia comenzaba a hacer acto de presencia. Los últimos kilómetros antes de alcanzar la localidad en la que nos hospedaríamos convirtieron mis deseos en realidad. Y es que realmente pareció que habíamos recorrido cientos y cientos de kilómetros. Dejamos atrás las altas temperaturas de la capital, los terrenos que en estos meses nos brindan un color amarillento por la falta de vegetación y la abundancia de campos estériles para adentrarnos en algo asombroso, en una maraña verde que envolvía por completo la carretera, que en los últimos kilómetros incluso dejó de mostrarnos la línea que limita un carril del otro. Nos adentramos en un carreteril, en buen estado, eso sí, pero en el que uno casi tenía que parar si se encontraba con un coche en dirección contraria.

Fue entrar en la villa de Mogarraz, chocar casi con el Hotel Spa Villa de Mogarraz, y sacar nuestros cuerpos del coche para comprobar cómo un ambiente totalmente opuesto al que sentía tan sólo hacía unas horas envolvía todo mi cuerpo. Estábamos inmersos en una sierra tan verde como infinita, en una pequeña localidad que impactó nuestras retinas por sus maravillosas construcciones de pizarra y granito y sus magníficas vigas de madera formando una ornamentación inigualable en dichas construcciones. Comprobamos porqué Mogarraz está, como una placa muestra en la entrada del pueblo, dentro de la red de los pueblos más bonitos de España, distinción que no tienen más de 24 localidades españolas.

Mogarraz (3)

Nuestros primeros pasos nos guiaron hacia el hotel, un hotel con encanto y rústico a la vez, completamente reformado para dar una sensación de cobijo al huésped, la cual debe ser tan acogedora en verano como en invierno. La recepción era pequeña, parece en diversos aspectos que nos encontramos en un hotel familiar, lo que favorece el trato que recibe el cliente. Tras recibir los consejos de la recepcionista sobre qué ver y visitar durante nuestra estancia en la comarca, subimos a dejar nuestras cosas para inmediatamente bajar de nuevo a comer. La propia recepcionista nos aconsejó un restaurante que está situado en la misma entrada de Mogarraz, un pueblo de poco más de 300 habitantes. La distancia entre el hotel y el restaurante, llamado Mirasierra, unos 15 ó 20 metros. En cuanto a la distancia entre el hotel y la plaza de la villa, no más de 400, con lo cual todo andando. Lo que sí debemos aconsejar es reservar en el restaurante Mirasierra, ya que debe llenarse todos los fines de semana. Nosotros tuvimos suerte ya que falló alguna reserva y pudieron atendernos a las 15.30.

Tuvimos tiempo para dar un pequeño paseo por la villa y adaptarnos a la maravilla que estábamos viviendo. ¡Y es que era justo lo que necesitaba! Paz, naturaleza, frescor en el ambiente (casi frío por momentos) y un clima de desconexión que me hizo entrar en éxtasis para no abandonarme en todo el fin de semana.

Mogarraz (mapa_turistico)

Como dije anteriormente,  hasta las 15.30 no nos dieron posibilidad de sentarnos en el restaurante Mirasierra, con lo cual investigamos durante la media horita que nos sobraba por las calles de la villa… o más bien por la calle, puesto que es una estrecha y larga calle la que recorre Mogarraz casi de principio a fin hasta desembocar en la plaza. Una calle que comienza en la llamada Ermita del Humilladero, con una pizca de misterio y otra de poder gracias a la cruz que se presenta en piedra ante ella.

Mogarraz (4)

Pero no es esto lo que llama la atención a los ojos de uno cuando entra en Mogarraz. Es algo mucho más obvio y misterioso. Y es que en cada fachada aparecen los retratos de personas que parecen de otra época. Esto ocurre en cada casa y construcción mogarreña, incluyendo la propia iglesia. La razón la explica un cartel cercano a la ermita del Humilladero. En el año 1967, el fotógrafo Alejandro Martín Criado retrató a cada habitante mayor de edad de la localidad para poner su fotografía en el entonces documento de identidad; dicho archivo fotográfico fue después rescatado por Florencio Maíllo, quién plasmó cada uno de los 388 retratos con la intención de dar un toque de morbo al mostrarse eterna y públicamente a lo ancho y largo el pueblo. Es cierto que la sensación que uno percibe al verlas es un tanto virulenta. Puede significar un poco macabro para alguno porque es cierto que cuando uno clava la mirada en alguna de ellas, ésta parece responderte fijándose todavía más en ti. Lo que no deja lugar a dudas es que el sello de originalidad que da a Mogarraz es único y exclusivo.

Mogarraz (5)

Mogarraz (12)Llegamos hasta la plaza en poco más de 5 minutos, lo que tardamos en recorrer la calle que atraviesa la villa. Chocamos directamente con la Iglesia de Nuestra Señora de las Nieves, en la que, a parte de encontrarnos con más rostros inmortalizados, comprobamos que el campanario estaba separado del resto del edificio sagrado. Tiene una explicación lógica,  y es que en vez de construir una iglesia entera dejaron la torre que servía allá por el siglo XVI de vigilancia para construir la parroquia principal en torno a ella. Lo que no pudieron fue unir ambos edificios por completo.

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Tras ello, bajamos a la plaza Mayor, que curiosamente se encontraba vestida de gala para darnos a entender que eran fiestas en la villa. Realmente nos adelantamos, pues las fiestas son el segundo fin de semana de Agosto. No obstante, alrededor de la plaza estaban colocadas las barreras que se utilizaban en festejos y corridas de toros en todas las plazas castellanas antaño, algo que allí, como explico, se sigue haciendo. El ayuntamiento, con la misma estructura y arquitectura que cualquiera de las otras edificaciones del lugar, diferenciándose de ellas tan sólo por las banderas de la comunidad de Castilla y León y la de la provincia de Salamanca, se mostraba majestuoso, pero eso sí, se anteponía a la iglesia, con lo cual no dejaba ver en plenitud la parroquia mogarreña. Supongo que la misma pared del fondo del ayuntamiento sirve como muro limítrofe de la parroquia. Poco o nada de ambiente había en el lugar, lo que invocaba a una reacción absoluta que no me canso de decir que mi mente necesitaba el pasado fin de semana.

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Pero el misterio y la tradición volvieron a dar un toque todavía más mágico a lo que estábamos viviendo. Tras dar una vuelta en torno a la iglesia nos encontramos con un macabro muro denominado por el cartel que allí rezaba “CALAVERNARIO” y que explicaba que aquella placa conmemora todos los cuerpos que allí iban a parar cuando no se podían almacenar en el cementerio.

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La tradición llamó a nuestras puertas cuando volviendo por la calle principal dirección a la entrada del pueblo nos encontramos con el fabuloso cerdo de San Antón. Recuerdo a mi padre haberme contado en varias ocasiones que antaño un cerdo se soltaba por las calles del pueblo el día de San Antón y los vecinos participaban en su alimentación durante un año entero hasta rifarle un año después y bien engordado para aprovechar toda su carne. Bien, pues o retrocedimos algún siglo que otro en el tiempo o habíamos encontrado un lugar que quedó anclado en él manteniendo una tradición que yo consideraba extinguida. Allí sollozaba plácidamente el cerdito recibiendo el frescor de una fuente bajo la que se resguardaba.

Mogarraz (10)

Poco más nos dio tiempo a hacer antes de caminar de nuevo hacia la entrada del pueblo con destino el Restaurante Mirasierra.

Llegamos al restaurante a las 15.30. Reitero que lo aconsejable es reservar con anterioridad pues, a pesar de no tener sensación de haber gente en el pueblo, el restaurante estaba abarrotado. Las vistas desde el interior del restaurante de toda la Sierra de Francia son maravillosas.

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Veríamos ahora a qué nivel estaba la comida… Adelanto que espectacular, tanto en cantidad como, más si cabe, en calidad. Primero una tabla de quesos, todos ellos castellano-leoneses, junto a un gazpacho para mí que estaba exquisito. “La persona que está a mi lado” tomó una de las decisiones más acertadas que tomamos en todo el viaje, y fue la de degustar las patatas “meneás” que aparecían en la carta (un puré de patatas al que se le da sabor con pimentón y ajo, coronado con torreznos). Con ellas enloquecimos. No son aconsejables, son totalmente imprescindibles si coméis en este restaurante.

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Pero aún faltaba un plato fuerte. Yo no me lo pensé mucho a la hora de escoger un solomillo de bobino de la tierra con patatas fritas, y mi acompañante volvió a acertar de lleno escogiendo unos medallones de carne de ternera, también con patatas, que tuve la oportunidad de probar. Todo retocado por una sabrosa tarta de queso que supuso el remate final a una de las mejores comilonas a las que me he enfrentado últimamente. El precio, no fue muy económico, pero vista la calidad de lo que tomamos no me pareció desproporcionado. Concretamente 75€, unos 37€ por persona.

Acabamos casi a las 17.30 la gran comida y aunque estaba en nuestros planes dar un paseo antes de la sesión de spa que nos esperaba a las 18.00, subimos directos al hotel para coger el albornoz y descender hasta la planta -2, en la que nos esperaba una hora de relajación que nos evadiría por completo de la realidad. El spa se componía de una piscina con varias caídas de agua a distinta presión, una zona de piedras sobre las cuales caminar (pediluvio) para mejorar la circulación en pies y piernas, una sauna, un baño turco, una ducha de sensaciones, diversas camas de baldosas a altas temperaturas, varias piscinas con hidromasaje, un jacuzzi y una pequeña piscina de agua fría. Nos explicaron a la entrada cómo realizar el circuito y una vez comenzado cada uno iba por libre. Éramos un grupo de unas 10 personas (cinco parejas) y no había problemas de espacio. Dispusimos, como dije antes, de una hora. Tras aquella hora parecía no tener fuerza en el cuerpo, pero lo mejor era que mi mente alcanzó por fin el punto de quedarse en blanco, sin preocupaciones, sin agobios y con la posibilidad de abrir los balcones de mi habitación para disfrutar de un paraje simplemente maravilloso, de ensueño.

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Eran las 19.30 y el día comenzaba a despedirnos llevándose un frescor único para traernos una temperatura menor a los 14 grados. Rápidamente nos dispusimos a coger el coche para poder disfrutar de los últimos rayos de sol en la sonada localidad de La Alberca, también entre los 24 pueblos más bellos del país. Y no lo digo yo, por ahora. El trayecto entre Mogarraz y La Alberca, separados por tan sólo 7 kilómetros, me trajo a la mente una de las magníficas leyendas que moran en la zona. El paraje influía en que, si uno no iba conduciendo, cayera tarde o temprano en trance, sobre todo si es conocedor de la leyenda de La Mora. Y es que una moza musulmana de impresionante hermosura residió antaño en la villa de Mogarraz. De familia humilde y con pocos recursos todas las mañanas bajaba al río a por agua que aprovisionaría a su familia para toda la jornada. Una de esas mañanas en las que la mora atravesaba malezas y monte para llenar su cuenco de agua, fue alcanzada por un hechicero que la ofreció fortuna si a cambio se entregaba a él. Ante la negativa de ésta, el hechicero enfureció, enviando un embrujo que condenaba a la joven a vivir bajo el agua durante la eternidad con un atisbo de mínima esperanza, pues la concedería salir cada noche de San Juan de las aguas del río para poder encontrar el amor de alguien que recorriera los majestuosos bosques de la comarca. Efectivamente ocurrió que un vecino de Mogarraz, conocido por ser el veterinario de la población, acudió al pueblo colindante de Monforte, separado tan solo por una ladera en la que la vegetación es tan extensa que impide ver la luz del sol en pleno día, y curiosamente por allí íbamos circulando, lo que hacía mezclarse la fantasía con la realidad que estábamos viviendo. El veterinario tuvo que acudir a Monforte a sanar a una res que llevaba varios días enferma y a la noche tuvo que adentrarse en el bosque para regresar a su pueblo. Aquella era una noche de San Juan. Dicen que el veterinario, entre el cansancio, la penumbra de una incesante noche y las cervezas que había ingerido aquella misma tarde entró en un estado de pánico en el que confundía esa fantasía y la realidad que de momento nosotros sí diferenciábamos, divisó cómo una hermosa joven salía del agua. Laila intentó abrazar al joven, que no intentó zafarse del encanto que desprendía la joven. Sin embargo el hombre llevaba un anillo de casado, lo que causó gran dolor en Laila, que arrastró al hombre hasta lo más profundo del río Tejada. Obviamente el joven murió ahogado.  Dicen que la mora sigue apareciendo la noche de San Juan en uno de los senderos que atraviesa aquella serranía y que pasa cerca del río en el que descansa el resto del tiempo, esperando ser algún día rescatada del embrujo al que fue sometida. Este suceso, hecho o leyenda, cada uno como lo quiera mirar, llegó a mi cabeza y a la de “la persona que tengo al lado” durante los 7 kilómetros que separan las localidades de Mogarraz y La Alberca.

La Alberca (1)Tras despertar de este pequeño sueño en el que mis ojos se mantenían abiertos, nos plantamos en La Alberca, localidad de muchísima fama por la reputación que la persigue por encontrarse, al igual que Mogarraz, entre los pueblos más bonitos del panorama nacional. Notamos un cambio importante respecto al ambiente que se vivía en Mogarraz, aunque en realidad la villa en sí era del mismo estilo. Las casas tienen las mismas características vigas de madera que las hacen únicas y exclusivas y tanto la estructura como los materiales han de ser también los mismos. La única diferencia notable era que en las fachadas de La Alberca ya no aparecían los rostros de aquellos antiguos habitantes mogarreños que aparecían en la localidad vecina. Por lo demás, aparcamos el coche en la carretera que atraviesa por la parte baja el pueblo y subimos a pie por una de las callejuelas (casi más bien era un camino) hasta alcanzar una de las calles que desembocan en la plaza, la calle Tablado, que parecía de lo más comercial que podíamos encontrar en aquella zona. Obviamente, allí encontramos nuestro imancito de La Alberca.

Mogarraz (9)Lo que sí apreciamos fue que, otra similitud con el vecino pueblo de Mogarraz, en la parte superior de las puertas de casi todas las casas aparecían, tanto la fecha de construcción de la casa, como, en algunas de ellas, un símbolo con una clara “I”, una “H” en medio y una “S” a su derecha. Comenzamos a notar una impresionante devoción que se parecía respirar desde que pusimos el primer pie en la localidad. El símbolo, cataloga claramente todas las casas que lo sostienen como cristianas y devotas con el significado de: Iesus Hominum Salvator (Jesús Salvador de los Hombres).

En algunas otras aparecía el símbolo de la Santa Inquisición, con una cruz en medio, una hoja de palma en el lado izquierdo de ésta, y la espada a la derecha.

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La Alberca (17)La siguiente parada que hicimos fue la Plaza Mayor, a la que llegamos siguiendo el curso de la calle, y que se mostraba pletórica. Es una típica plaza castellana con soportales, muy regular, cuadrada completamente y en la que, a parte de la casa consistorial, llama la atención otra de las muchas cruces que se pueden encontrar en la zona, lo que en Galicia habríamos denominado, un crucero o cruceiro.

 

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Pero a pesar de la meteorología que se cernía sobre nuestras cabezas no estábamos en tierras gallegas. Las oscuras nubes amenazaban con descargar en cualquier momento, sin embargo un largo paseo nos dio tiempo a dar antes de que las aguas cayesen sobre nuestras cabezas, y lo hicieron con fuerza. No obstante para entonces, ya habíamos completado una caminata que nos dio para contemplar la, ahora sí, imponente iglesia parroquial de la localidad, la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, finalizada en el mismo año que la Catedral Nueva de Salamanca, el 1733.

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Adelanto que antes de llegar a la iglesia por una de las magníficas callecitas empedradas que salen de la plaza para llevarte a la parroquia, fuimos a topar con un muro que volvió a destapar mis ansias de misterio y tradición, que van de la mano en toda aquella comarca. Chocamos con un muro, como decía, en el cual se explicaba que la moza de ánimas rezaría su plegaria durante la eternidad por las calles de la villa, esquila en mano, para dar salvación a las ánimas del purgatorio. El mosaico que mostraba la explicación y la plegaria que “la moza las ánimas” reza durante su trayecto se encontraba escoltado por dos calaveras.

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Bonita leyenda si no fuese porque supimos minutos después que día tras día, este macabro y misterioso personaje sigue paseando cada tarde, justo cuando los últimos rayos de sol lanzan su bienvenida a la noche que moldea la localidad con una belleza singular y un poder místico como en pocos lugares he contemplado. Fuimos conscientes de que la leyenda, convertida y mantenida durante siglos en tradición, se hacía realidad tras oír varios toques o pequeñas campanadas y comprobar como una mujer mayor dobló la esquina para dirigirse calle arriba con una esquila en mano y una cruz en la otra para entonar la anteriormente mostrada plegaria en la esquina a la que llegaría tras recorrer unos metros. ¡Eso es magia! Que todavía permanezcan tradiciones, no sé si centenarias, incluso milenarias, como esta, es auténtica magia. Y todo gracias a que los habitantes de una villa lo han hecho posible. Y seguramente lo mantendrán durante mucho tiempo porque comprobé como, poco antes de que la moza pasara ante nosotros, un niño de no más de trece años nos explicaba con total naturalidad que “la señora con la esquila que sale todos los días del año estaría a punto de pasar para ir rezando en cada esquina y tocando el instrumento en petición a las ánimas del purgatorio”. Comprobé que no debe ser tan dificultoso mantener una tradición si se educa con total naturalidad a la población de determinado lugar desde la juventud para mantener tan vivo como siempre algo que se lleva haciendo desde hace siglos, sin que un acontecimiento así tenga que considerarse un tabú.

Tras observar a “la moza de ánimas” doblar la esquina y, con las últimas luces naturales del día, regresamos a la plaza, no sin antes encontrarnos con el cerdo en granito en honor al marrano de San Antón, que como en Mogarraz, andaba por las calles de la localidad a sus anchas. Lógicamente sería más complicado localizarle, pues La Alberca es una localidad de unos mil habitantes, frente a los poco más de trescientos del municipio vecino, lo que hacía muchísimo más difícil encontrarnos con el puerco de carne y hueso.

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Tras haber contemplado un rito litúrgico que no imaginaba ni en mis mejores pretensiones, descendimos de nuevo al mundo de los vivos para disponernos a tomar algo en las múltiples terracitas que había en la plaza, pertenecientes a los diversos bares y restaurantes que se resguardaban en los soportales de la misma. Fueron pocos los minutos en los que estuvo cayendo aquella tromba de agua, pero fue suficiente para empapar toda silla y mesa que había en la plaza. Además, la tormenta invitó a muchos de los presentes a recogerse, como dicen allí, para cenar y descansar. Nosotros, sin embargo, aprovechamos para buscar un sitio para cenar. Escogimos el bar-restaurante El Soportal, que nos dio la posibilidad de cenar en la planta superior con la puerta del balcón abierta y presidiendo desde allí la emblemática plaza albercana. A pesar de estar con el estómago abarrotado de la comida que degustamos en Mogarraz, tenemos la obligación de poner una nota de diez a los productos que nos pusieron en El Soportal, un plato de jamón ibérico de exquisita calidad, una ración de queso curado muy sabroso y unas croquetas artesanas que no pudimos acabar pero que estaban deliciosas.

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Además, tenemos que agradecer al joven que nos atendió, un camarero bejarano que nos comentó que tan sólo llevaba una semanita en el pueblo salmantino y estaba tan alucinado como nosotros del marcado espíritu religioso que se proyecta en toda la villa y de las costumbres y tradiciones que, lejos de ir perdiéndose con el paso de los años, han sabido forjar y reforzar hasta nuestros días. Mérito increíble a los albercanos y agradecimientos a todos ellos por la amabilidad, la sensatez, ternura y educación con la que atendieron nuestras preguntas. Y sobre todo, albercanos, agradeceros el ser participantes de vuestros ritos sin tener que presenciarlos desde el palco de un teatro o un cine, sino ver y corroborar que hay lugares en los que el tiempo se ha detenido para mostrarnos que siguen perviviendo costumbres que hace siglos comenzaron a formarse gracias a vuestra profunda e incesante fe y a vuestro carácter.

Tras la cena, nos encontrábamos en la Plaza Mayor, prácticamente sin gente ya (sólo unos vecinos amenizaban la fresca noche celebrando lo que me imagino se atribuía a una despedida de soltero en la cual el futuro novio iba vestido de vaca, riendo y tocando diversos instrumentos). Hicimos unas últimas fotografías junto al crucero que existe en medio de la plaza y ante la casa más llamativa que hay en todo el pueblo gracias a las flores que decoran los balcones, casa en la que todo el que visita La Alberca, recuerda seguro.

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El frescor que dejó la lluvia sobre las calles comenzó a convertirse en frío, la chaqueta o el jersey eran necesarios y aun así el frío traspasaba las ropas. El ambiente sin embargo, y aún quedando la plaza totalmente vacía, cuando, hacía unas horas, quioscos de especias, golosinas y frutos secos (a parte de las terracitas) la llenaban, seguía siendo mágico, pero echábamos de menos la cama, ya que nuestros cuerpos llevaban una paliza considerable tras haber madrugado y viajado durante el día. Decidimos regresar al coche pero no pudimos bajar por la calle que habíamos subido, pues no había iluminación alguna, y sinceramente daba un poco de miedo, incluso a mí, amante del misterio. Recorrimos toda la calle Tablado hasta llegar a la Carretera de Mogarraz, que rodea el pueblo, y montar en nuestro coche.

El trayecto de vuelta fue diferente al de ida. No por ello menos mágico y misterioso. La impresionante vegetación que presenta la comarca pareció tomar un color mucho más oculto e incluso terrorífico. La sinuosa carretera dejaba lugar a la imaginación dando pie a que en cada curva pudiera aparecer, por qué no, Laila, la mora de la leyenda que en el camino de ida vino a mi mente. Los 7 kilómetros se hicieron largos, sobre todo para la conductora. No le gusta conducir de noche y mucho menos sobre una tierra, cuanto menos, encantada, ya que es una persona muy temerosa. Mirar su rostro y no poder comentarle todas las cosas que a mí se me iban pasando por la cabeza en aquel trayecto era gracioso, pero al mismo tiempo sentía impotencia de no poder contarle todas las cosas que iban surcando mi imaginación.

A pesar de todo, llegamos a nuestra morada aquella noche, y tras un breve paseo nocturno por el centro de Mogarraz, en el que los rostros de las fachadas tomaban un aspecto quizás algo más lúgubre, fuimos a dormir.

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La palabra que más puedo utilizar para describir lo que aconteció el pasado sábado 2 de Agosto es “desconexión”. Buscaba aislarme totalmente de la monotonía que uno siente en un sector como el que ocupo (el turístico), en estas fechas en las que damos el máximo de nosotros para completar una temporada alta lo más satisfactoria posible. Pero esto influye en que uno tenga la necesidad de aislarse y evadirse en algún momento, con lo cual, os puedo asegurar que no hay mejor destino que el que se narra en esta entrada.