Gante, la última perla de Flandes


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Nos dispusimos a salir, como teníamos previsto y tras el fabuloso desayuno de Bujas, camino de Gante. Gante, como mencioné ya en alguna entrada estaba situada justo a medio camino entre las ciudades de Brujas y Bruselas, donde pasaríamos esa, nuestra última noche. No es que no quisiera ver Gante pero el cansancio ya acumulado de cuatro días sin descanso y la resaca de tanta maravilla vista hasta el momento pesaban en mí haciéndome notar una cierta desgana. Desgana que no tardó en desaparecer. 25 fueron los minutos que tardamos en bajar del tren que nos alejó de nuestra inolvidable Brujas. Una vez en la estación de Gante despejamos nuestra primera duda. La estación dispone de consignas para las maletas de todos los tamaños, y menos mal, pues marchábamos con todos nuestros bártulos. Tras esto nos dirigimos hacia la salida de la estación, donde pronto vimos una parada de tranvía que nos acercaba hacia el centro de la ciudad. De momento, sobre la ciudad, nada llamativo, una estación poco atractiva y poco más. Pronto cometimos un error a tener en cuenta para el turista, y fue no llevar cambio. Sólo llevábamos un billete de 50 euros y con él subimos al tranvía dónde no disponían de semejante cambio para nuestro billete. Nos bajamos por nuestro propio pie, aunque tampoco nos hubieran dicho nada de no haber pagado, ya que normalmente uno sube con el ticket ya comprado de las máquinas que hay en cada parada y posteriormente nadie controla si llevas tal billete. No obstante nos bajamos, cambiamos monedas y para arriba de nuevo.

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Ahora sí hasta el mismísimo centro de la ciudad. ¡Y vaya ciudad de nuevo! El contraste de las afueras de Gante se pronunciaba al mostrarnos su maravilloso casco antiguo. Y todo en un día nuevamente primaveral e incluso demasiado caluroso por momentos. La camiseta de manga corta era suficiente. Estábamos en el centro sobre las dos y media de la tarde, y no os preocupéis porque no os quedáis sin comer a estas horas en la región de Flandes, como a nosotros nos habían comentado. Todo lo contrario, era difícil encontrar un hueco en alguna de las mesas exteriores que había en aquel majestuoso enclave. Nuevamente estábamos sentados comiendo entre iglesias, conventos, preciosas casitas y un gran canal, en Korenmarkt, donde también se encontraba el antiguo edificio de Correos. Presidiendo, por supuesto, una imponente catedral se alzaba. El sol no llegaba a quemar pero amenazaba con hacerlo y eso hacía que los y las jóvenes del lugar (se notaba que estábamos en una ciudad universitaria) aparcaran sus miles de bicicletas y dejaran colgar sus pies sobre el canal casi tocando el agua.

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Tras acabar con nuestro apetito, paseamos por aquel pequeño casco antiguo divisando a nuestro paso algunos lugares que hay que diferenciar de los demás por su belleza. La catedral de San Bavón, como dije, era imponente, algo que comprobamos era ya normal en las ciudades de la región de Flandes. Bajo la catedral un refrescante jardín en el que reposaban turistas, habitantes y estudiantes de la ciudad; y muy próximos a ella, el campanario (Belfort) y la iglesia de San Nicolás.

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Pasear a ambos lados del enorme canal que traspasaba Gante era bellísimo. Tanto en uno como en otro lado se conformaban dos plazas, una de ellas mayor que la otra pero a cada cual más bonita. Por supuesto había una Grote Markt, de forma cuadrada también y compuesta por casitas preciosas con aquella típica estructura del norte de Europa.

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ganteHabía, como en Amberes una contundente fortaleza (el castillo de los Condes de Flandes o Gravensteen) que daba pistas sobre las batallas que antaño contempló la ciudad, en manos de unos y otros en múltiples ocasiones. Grandiosas son esas típicas casitas que comentaba, acabadas en tejado triangular y que ya conocíamos. Quizá en Gante tuve la sensación de que las edificaciones en general, eran más incoloras o para ser más preciso, más grisáceas que en Brujas, menos llamativas pero igual de impresionantes, incluso alguna de ellas más sorprendente no por su color pero si por el misterio que despliegan esos latigazos negruzcos o marrones que el paso de los siglos ha ido pintando en sus fachadas.

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Ante todos estos puntos, entre los que sin lugar a dudas, destaca la catedral, llama la atención uno en particular, uno desde el cual se es capaz de ver todo lo demás. Y es que hablo sin duda del lugar desde el que mejores instantáneas se pueden obtener. Me refiero al puente de St. Michel. Es magnífico contemplarlo, bello sobrepasar el canal sobre él e impresionante fotografiarlo comprobando cómo nos da la posibilidad de meter en una sola imagen todos los puntos más encantadores del núcleo histórico, todos esos puntiagudos picos de las magníficas edificaciones góticas que tienen las fortalezas e iglesias de toda la región. Obligatoria es una fotografía en el Puente de Saint Michel como obligatorio me parece el paso del viajero por la ciudad de Gante, ciudad que ha evolucionado hasta nuestros días para mostrarnos resquicios de una villa medieval que son hoy cuna y residencia de miles de estudiantes centroeuropeos.

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Un último inciso; el neerlandés seguía siendo el idioma más hablado en la ciudad, por no decir el único. Cierto es que sin problema tanto en francés como en inglés nos atendieron de manera tan encantadora como en el resto de lugares de la región.

A pesar de quedar tan encantados como quedamos de nuestra visita a Gante, no aconsejo pernoctar en la ciudad pues considero suficiente una visita de tres horas para conocer plenamente lo interesante de la ciudad.

Sin más, considero que ésta fue la guinda que pusimos en la riquísima tarta de Flandes que nos llevábamos de vuelta a casa-antes a Bruselas para disfrutar de nuestra última noche en tierras flamencas-. Simplemente nos quedaba llegar hasta la estación donde la consigna guardaba nuestros bultos y otra media horita de trayecto hasta nuestro destino, de nuevo Bruselas.

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Una ciudad de cuento: Brujas


 

La “CIUDAD MEDIEVAL” por antonomasia. Así describiría la ciudad de Brujas. Como un pueblo salido de un cuento que te envuelve con recovecos estrechos y misteriosos, puentes asombrosos que unen sus encantadoras callecitas… Todo esto, además, envuelto por una atmósfera de naturaleza divina decorada por sus grandiosos parques (en concreto uno muy especial). Me atrevería a decir que la ciudad de Brujas es una de las localidades que quedarán marcadas en mi mente por y para siempre. Sin duda ocupa ahora mismo uno de los primeros puestos en mi ranking.

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Tras esta breve introducción, que ni por asomo puede describir la sensación que a uno llega la primera vez que se planta en la Grote Markt (Plaza Principal) de Brujas, me dispongo a contar cómo fue nuestro día y medio en la ciudad.

Cogimos nuestros bártulos para trasladarnos de la capital belga (Bruselas) a la famosa ciudad de Brujas. Nos levantamos temprano, como todos los días que pasamos en Flandes. Tras un valeroso desayuno, nos dirigimos a la Estación Central de Bruselas para coger un tren destino Brujas. Tuvimos que darnos prisa en sacar los billetes para poder coger el tren. El billete a Brujas cuesta 14 € por persona. Si hay menores de 25 años cuesta tan sólo 6. Es más de un 50 % de descuento. Tras esta breve aclaración que espero os sirva de ayuda prosigo con nuestro viaje. El trayecto a Brujas no duró más de una hora. Para ser exactos fueron 55 minutos los que tardamos en llegar a la ciudad atravesando la ciudad de Gante, que al día siguiente visitaríamos. Pusimos pie en la pequeña estación de Brujas y preguntamos qué autobús nos dejaba en alguna zona cercana al centro. Casi todos, nos dijeron. Cogimos uno tras una espera de 5 minutos y os puedo asegurar que lo recomendable es hacerlo. Caminando hay un buen trecho hasta el centro, con lo cual os aconsejo como decía, coger el autobús. Como dije al principio, lo primero que se respira en la ciudad es pureza y naturaleza. Vas viendo en el trayecto de 12 minutos que aproximadamente tarda desde la estación hasta el centro que el paraje es maravilloso. Un entorno en el que te encuentras montones de especies de árboles y flores que van metiéndote en el papel que definitivamente coges una vez te presentas en la “Grote Markt”. A medida que íbamos avanzando y acercándonos al casco antiguo íbamos quedándonos más y más impactados gracias al peculiar estilo medieval que las casas tenían. No había ni un bloque de pisos de los que vemos a millares en nuestras ciudades. Únicamente casitas de como mucho tres plantas y tan sencillas que desplegaban un encanto que nos alcanzaba de lleno. Tras la zona residencial, que ya era bonita (pues lo embellecía el canal que rodea la ciudad) empezamos a meternos de lleno en el centro. El autobús se metía por callecitas por las cuales yo no pasaría ni en bici por su estrechez y lo hacía de una manera que parecía no tener ninguna complicación. A todo esto decidimos bajarnos sin preguntar sintiendo que, debido a las edificaciones que nos rodeaban, el centro estaba realmente cerca.

¡Qué aire se respiraba allí! El día de nuevo era soleado y de una temperatura tan agradable que por momentos nos hacía tener calor. Caminamos un poco y de repente, ¡zás!, desembocamos en la Grand Place, la Grote Markt , como ellos la llaman. ¡Simplemente maravilloso! Era una plaza típica de la región pero con el mayor encanto que he sentido yo en ninguna plaza de las que anteriormente habían visto mis ojos (incluyo la Plaza Mayor de Salamanca). Tenía forma cuadrada también, como las de Bruselas y Amberes, pero desplegaba algo que no se puede explicar con palabras. Era como si ese lugar del mundo no hubiese evolucionado hasta nuestros días y hubiese quedado estancado en la Edad Media.

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Las casas que componían en cuadrado eran las típicas de la zona, todas pegadas unas a otras y con sus fachadas acabadas en triángulo en su parte superior. Pero tenían algo que no habíamos contemplado en las de Amberes por ejemplo, un color especial, diferente del que tiene Sevilla, pero sin duda especial. Las casas tenían un colorido que era capaz de dibujar una sonrisa en nuestros rostros, al menos en el mío. Me sentí de nuevo dentro de un cuento del medievo. Sólo me faltaba mi montura, mi caballo y por supuesto mi traje o, por qué no, mi armadura de caballero. La plaza estaba formada en dos de los cuatro lados que constituían el cuadrado que comentaba por esas preciosas casitas, pero los otros dos restantes ponían la guinda al pastel.

En uno de los laterales, se dibujaba un edificio encomiable por su estructura, con pequeños balconcitos a los que posteriormente tuvimos oportunidad de subir y con acabados de oro que emocionaban aún más al que contempla la maravillosa plaza. Era la Corte Provincial.

brujasPero la joya de la corona está por explicar: en el lado que considero referencial del cuadrado que componía la plaza, un maravilloso edificio religioso, ahora con fines turísticos, se alzaba hasta tocar el cielo gracias a un campanario espectacular, el allí llamado Belfort. El edificio era tan imponente que resultaba complicado sacar alguna instantánea en la que se mostrase el edificio entero desde sus pies hasta el campanario. La villa, porque de nuevo la ciudad se convirtió en villa, al menos para nosotros, me pareció ser la más bonita que mis ojos habían visto hasta la fecha. Hoy, me reafirmo en ello.

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Todo aquello únicamente no había hecho más que comenzar. Todavía teníamos nuestras maletillas en las manos con lo cual decidimos dirigirnos al hotel. No nos costó mucho encontrarlo, pues se encontraba justo en la calle de atrás del edificio principal de la plaza, el que tenía el campanario. El hotel no hizo más que sumar encanto a nuestro ya alto índice de belleza contenida que teníamos en el cuerpo. Hablaremos del hotel en otra entrada. Una ducha rápida para depurarnos del trayecto y de nuevo a buscar maravillas por la pequeña ciudad en la que estábamos, una ciudad de cuento. Nos dimos cuenta que el edificio del campanario estaba abierto por dentro y que por medio de su claustro podíamos atravesar desde la calle donde se encontraba nuestro hotel hasta el medio de la plaza (pasando por debajo de la torre del campanario). Increíble, como antes decía, daba la sensación de habernos trasladado de repente a la Edad Media. La espada me la dejé en el hotel.

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Comenzamos a alejarnos de la plaza en búsqueda de otra de las maravillas que nos habían comentado que tenía la ciudad, el “Minnewater” o “Lago de los enamorados”. El paseo hasta allí era largo pero se nos hizo corto por la cantidad de joyas que nuestros ojos iban encontrando al doblar cada esquina. Que si una impresionante iglesia, que si un convento, que si una magnífica y tranquila placita, que si el canal que bordeaba la villa o alguno de sus hermosos puentes… En cada paso que dábamos algo sorprendente se mostraba ante nosotros.

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Por fin llegamos al lago. Realmente el “Minnewater” era un parque lleno de tonalidades verdes gracias a los montones de especies de árboles y arbustos que había. En medio de tanta naturaleza inundada por el canal que desembocaba en el lago encontrábamos algún castillo, alguna fortaleza, y por último una explanada de césped en la que la gente reposaba, jugaba y se divertía gracias al grandioso y soleado día que nos hizo.

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brujasTras la visita al “Lago de los enamorados” (hasta el nombre rebosa belleza) con la cual quedamos encantados nos dispusimos a volver de nuevo al centro de la ciudad para verla ahora con detalle. Uno de los primeros puntos ante los cuales nos paramos fue el Beaterio.Para entender lo que realmente es sirve con comentar que es un pequeño pueblo dentro de la ciudad de Brujas. Está flanqueado por unos grandes portones, que están abiertos, y deja ver montones de casitas pequeñísimas de cal, tan blanquecinas como algunas de las flores que adornan el lugar con un gran jardín de narcisos y demás flores. Precioso el lugar que sigue siendo sitio residencial de monjas. El beaterio, por supuesto estaba compuesto por una iglesia mayor que estaba también abierta al público.

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Tras esto decidimos ir hacia uno de los canales más importantes de la ciudad, Dijver. Hacia allí nos dirigimos, pero inesperadamente nos encontramos con uno de los tesoros de la villa, el “Puente de San Bonifacio”. En realidad no era sólo el puente, era el enclave en que estaba situado, en un entorno de naturaleza rodeado por cipreses y algún sauce que maravillaban todavía más los ojos de cualquiera que pueda contemplarlo.

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Para que uno se haga una idea, el centro de la ciudad era como el de una villa medieval en la que todas las puertas de las grandes edificaciones (casi todas con carácter religioso) estaban abiertas, pudiendo de esta manera entrar por una de ellas y salir por el claustro o por el patio del edificio, donde otra puertecita te sacaba a otra callejuela que guardaba seguro otra sorpresa. Por lo tanto había momentos en los que quedabas totalmente desorientado. Tras unas horas de pasear por el centro empezamos a “coger el tranquillo” y hasta descubríamos atajos que nos llevaban a alguna de las plazas donde tomar un gofre, un buen café o chocolate caliente, o como en mi caso, un delicioso batido de vainilla. Fue un pequeño alto en la visita de una ciudad que ya me había enamorado.

Tras un breve descanso seguimos caminando por las mil callejuelas que te invitaban a entrar simplemente por no saber dónde ibas a salir y qué ibas a encontrar a la vuelta de la esquina. Punto mágico nos pareció un lugar con banquitos de piedra, cercano al “Puente de San Bonifacio”, en el que había una escultura del español LUIS VIVES (curioso cuanto menos). En aquel enclave lleno de sombras gracias a los árboles que cubrían el lugar, parecía no pasar el tiempo. Si te asomabas al puente veías de vez en cuando una barquita repleta de turistas pasar, si no merecía la pena simplemente disfrutar del momento que se quedará guardado eternamente en mi mente.

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Fuimos en dirección contraria al Lago de los enamorados para ver hasta donde podíamos llegar. Íbamos siguiendo el canal, la paz que se respiraba era sólo interrumpida por algún carruaje que de vez en cuando pasaba a nuestro lado. Seguíamos el canal y cada puente era un espectáculo. Por cierto, ¿sabéis de dónde viene el nombre de Brujas? De la palabra “puente”. En neerlandés “Brugge” quiere decir puentes. Haceros la idea de la cantidad de puentes construidos sobre el canal que rodea la ciudad y por momentos la atraviesa. El nombre de Brujas no tiene nada que ver con las brujas que nosotros conocemos, aunque la ciudad os aseguro que parece estar encantada.

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Continuamos nuestra visita comenzando a explorar los sitios por brujasdentro. Vimos algunas iglesias y en concreto entramos en una de ellas famosa mundialmente por conservar en un tarrito sangre de la Virgen María. Otro motivo para “devotos” de acudir a la ciudad. Detrás de la gran plaza principal (Grote Markt) había otra igual de maravillosa (justo donde se encontraba la iglesia que os decía, llamada de la Santa Sangre). También, por supuesto era cuadrada como las demás y el ayuntamiento estaba situado en dicha plaza, denominada “Burg”. El ayuntamiento era un edificio también extraordinario. Todas las construcciones que formaban el cuadrado de dicha plaza de Burg eran extraordinarias realmente. El que estaba enfrente del ayuntamiento era espectacular. La diversa ornamentación que tenía no lo convertía en recargado. Había montones de escudos y bajo ellos rezaban diversos apellidos, pertenecientes a las familias de nobles que habían gobernado en Brujas desde hace siglos. Impresionante.

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brujasPero llamaba la atención una fachada pequeñita situada justo en el vértice de la plaza y que tenía sus puertas abiertas (si no te acercas bien no eres capaz de comprobar que por medio de ella hay una de las salidas de la plaza). Era una fachada espectacular, blanquecina y dorada que se componía de una cruz en lo alto y por la que, como he dicho, si entrabas, salías de la plaza para atravesar por un puente que daba continuación a esta edificación el canal. Salías a Dijver, sin duda un lugar por el que un paseo se hace una de las cosas más maravillosas del mundo.

Tras recorrer calles y calles por la villa decidimos volver a la plaza central y comprobamos que el edificio situado a la izquierda del campanario estaba abierto al público. Era el mencionado al principio de la entrada que tenía balcones hermosos. ¿Por qué no probar suerte a ver si podemos tomar algo en uno de ellos? Desde abajo parecía haber gente en alguno de ellos. Entramos en el edificio y efectivamente estaba abierto al público. En la parte de abajo mostraban la historia de la ciudad, en la segunda planta había una cervecería (típico de la región) en la que estaban esos balcones que daban la oportunidad de contemplar la plaza desde cierta altura. Aprovechamos durante un rato la buena vista que desde allí había y volvimos al hotel, que recuerdo, era acogedor y encantador. Descanso rápido y a conocer esta maravilla de noche…

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Todos los adjetivos que pueda utilizar para describir la ciudad de noche se quedan cortos. Antes de ver los mismos puentes, las mismas calles, las mismas plazas que habíamos visto de día, queríamos ir a cenar. Sin nombrar el sitio, que en posteriores entradas nombraré, sin duda, comimos la mejor comida de todo el viaje. Curiosamente no fue excesivamente caro para lo que habíamos pagado en ocasiones anteriores. Fue la mejor cena. El paseo posterior nos dejó unas imágenes del canal inolvidables. Pronto fuimos a nuestro hotelito para descansar tras un día grandioso. Seguíamos inmersos en un cuento.

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brujasAl día siguiente lo primero que hicimos fue buscar un buen sitio para desayunar. Recorrimos varias calles hacia una de ellas que habíamos visto el día anterior llena de tiendas de chocolates y efectivamente encontramos un sitio muy mono en el que nos metimos antes de que se nos hiciera tarde. El desayuno fue muy bueno. No fueron unas tostadas con aceite de oliva, jamón ibérico y tomate pero, ¿qué esperábamos? Eso en España, allí, lo típico. Me pusieron un chocolate caliente en un tarrito para echarme yo mismo en una gran taza de leche junto a tres troci
tos de chocolate y un bombón praliné
, a cual más rico, cada uno de un tipo (chocolate puro, chocolate con leche y chocolate blanco).

Tras el desayuno decidimos subir al campanario , donde nos cobraron 8 € a cada uno. Un máximo de 30 personas podían subir en el mismo turno a la torre con lo cual tuvimos que esperar un buen rato a que bajaran todos los que allí quedaban. La espera fue de unos 15 minutos y mereció la pena. Desde arriba pudimos contemplar unas vistas increíbles de la ciudad. Además las campanas no tocaban como todos los demás campanarios sino que entonaban canciones, emblemáticas canciones. Pudimos ver las últimas panorámicas de la villa que nunca olvidaremos.

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El cuento estaba a punto de finalizar, el trayecto, no sé muy bien por qué, fue algo triste, aunque nuestra sonrisa seguía mostrándose en nuestras caras debido al hechizo que la ciudad de Brujas había dejado en nosotros, y que estoy seguro, nos durará mucho, mucho tiempo.

Amberes: capital oriental de Flandes


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Comprobamos antes de iniciar el viaje a Bélgica que era un país bastante húmedo, es decir que la lluvia está a la orden del día y que el sol brilla por su ausencia. Sin embargo, éste era el segundo día en Bélgica (el primero entero lo pasamos en la capital, Bruselas) y la temperatura no bajaba de 12 grados por la noche y sólo alguna nube se divisaba en el cielo. Este segundo día en concreto era un día radiante, con unos 20 grados de temperatura y un azul en el cielo como el que vemos en nuestro propio país. El día fue levemente ensombrecido por la inolvidable visita que hicimos al Campo de Concentración de Breendonk por la mañana, y tras el cual a pesar de quedar encantado de visitar, me marcó de tal manera que costó un poquito volver a meterse en el papel de turista que traíamos de España.

A todo esto, tras la visita del fuerte y después de llegar a la estación de Willebroek, a unos 20 minutos caminando del fuerte (un buen paseíto) compramos en la taquilla los billetes dirección Amberes (Antwerpen). Es importante mencionar que debimos hacer trasbordo en Mechelen, la estación siguiente a Willebroek para coger allí otro tren que nos llevase a la ciudad medieval de Amberes. Tras hacerlo comprobamos que la gente con la que empezábamos a tratar era completamente distinta a la que había en Bruselas. En Bruselas había mucha más mezcla tanto racial como cultural. Sin embargo al llegar a Amberes (ciudad que tocaba visitar esa tarde), en la zona noreste de la región de Flandes y con salida al mar por un gran canal que se adentra hasta prácticamente el centro histórico de la ciudad, comprobamos que realmente estábamos en un lugar totalmente distinto a lo que hasta aquel momento conocíamos. La variedad de gentes de Bruselas (con sus respectivos orígenes tanto sudamericanos como mediterráneos, marroquíes, tunecinos, egipcios, argelinos, de razas morenas en general) se tornaron en rubios y rubias de ojos claros y de altura importante con apariencia más bien nórdica que mediterránea. Tras bajar del tren en la bonita estación de Amberes tuvimos la sensación de cambiar radicalmente de lugar.

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Encontramos en la imponente estación una oficina de turismo donde nos recomendaron ir hasta el centro a pie en vez de en tranvía o en autobús. Nos dijeron que el paseo hasta allí era agradable, y realmente lo era, sobre todo en un día como el que hacía.

Caminamos por una calle comercial (Meirbrug) con tiendas en su mayoría textiles a ambos lados. Era una calle amplia, la arteria principal de la ciudad de Amberes. Dejábamos a la espalda la imponente estación de ferrocarril de la localidad que cuanto más lejos quedaba más bonita parecía. Hasta entonces poco más, simplemente apreciábamos que estábamos en una ciudad con habitantes de alto poder adquisitivo (se veía en las ropas y en automóviles que rodaban por la ciudad) pero lo que realmente nos llamó la atención fue la dificultad que encontrábamos para pasear por la calle sin recibir el atropello de alguna de las miles de bicicletas que parecían invadirnos. Las teníamos por todos lados, iban familias con padres e hijos en bicicleta, grupos de amigas o amigos, incluso viejecitos entrañables en sus monísimas bicicletas. Era una auténtica plaga de bicicletas rodando tanto por la calzada como por la acera. Lo más curioso fue ver cómo en los semáforos se formaban pelotones de bicicletas a un lado y a otro de la calzada listas para avanzar en tromba unas contra las otras contigo inmerso en el pelotón intentando evitar golpes, codazos y posiblemente algún atropello. Además eran bicis de paseo de toda la vida con su cestita y muy personalizadas, eso sí. Algunas con corazoncitos, otras con lunares, otras más serias negras enteras, otras rojas, todas a medida de su dueño.

ambereaAvanzando por la gran arteria principal de la ciudad fuimos a parar a una gran plaza (Groenplaats) en la que se levantaba una increíble catedral de enormes dimensiones y con multitud de restaurantes, cafeterías, heladerías y demás a sus pies repletos de gente. ¡Y es que allí parece que no trabajan! No es broma, a cualquier hora había gente por todas partes y los bares y terrazas estaban hasta arriba de gente. Nos dispusimos a comer en uno de los locales que mejor imagen nos ofreció y la verdad es que comimos muy bien, pero a un precio bastante alto. En realidad pagamos por la situación en la que estábamos más de un 30 % del importe total de la comida, seguro. Os recuerdo que estábamos a los pies de la catedral de la ciudad de Amberes, que en la edad media llegó a ser el puerto más importante de Europa.

ambereaTras la catedral y una vez bien alimentados, porque la comida, reitero, aunque cara, fue muy buena, encontramos la “Grote Markt” o Grand Place. La Plaza principal, vamos. Aquí no utilizan el francés, utilizan éste complicado idioma llamado neerlandés que nos daba la sensación de ser una mezcla entre el inglés y el alemán (realmente así nos lo confirmó una amable señora que conocimos en los días posteriores en Brujas). La plaza principal de Amberes era preciosa. Es difícil describirla con palabras, para ello añadimos imágenes en nuestras explicaciones.
Tenía un gran y bello ayuntamiento, como en todas las localidades que visitamos, pero en concreto esta ciudad cambió totalmente de apariencia en tan sólo dos calles. La magia envolvió la ciudad convirtiéndola en una pequeña y magnífica villa medieval con sus típicas casitas de dos o tres plantas como mucho, y terminadas en un pico en lo alto de su fachada. Todas juntitas formando una plaza en cuadrado en el que llamaba la atención una espectacular fachada perteneciente, como decía, al edificio más llamativo, el ayuntamiento en el que por cierto, había un escudo del reino de Castilla y Aragón. Recordemos que durante años la región de Flandes perteneció al imperio castellano.

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amberesEn medio de la plaza una preciosa escultura mostraba un monstruo marino siendo vencido por un hombre que literalmente le arrancaba el brazo. No sé muy bien que victoria simbolizaba pero seguro que alguna de las muchas ofensivas que la ciudad recibió antaño por mar. Y es que no había más que comprobar que la ciudad tenía montones de fortalezas por todas partes, muchas de ellas en el mismísimo litoral. Llegamos hasta la costa y como decía nos encontramos una fortaleza que fue de las construcciones más bonitas que nos encontramos en los cinco días de viaje por Bélgica: el castillo de Het Steen.

 

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El paseo de vuelta entre recónditos lugares y pequeñas callejuelas nos demostró que era una ciudad llena de conventos, iglesias… construcciones religiosas en resumen. Una ciudad medieval en toda regla pero con esas casitas típicas del norte que como explicaba anteriormente adornaban y llenaban de color y dulzura la ciudad. No obstante, aunque bonito, no recomendaría hacer noche en la ciudad de Amberes y es que a pesar de ser una de las ciudades más grandes de la región de Flandes su interés cultural y turístico se remite al pequeño casco antiguo y alrededores que tiene la ciudad, que no te llevará más de dos o tres horas ver y contemplar tranquilamente.

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Volviendo camino de la estación a media tarde comprobamos como desde la calle principal de Amberes (Meirbrug), esa llena de tiendas entre las que se podían encontrar desde Zara hasta Bershka, Mango, Springfield y demás, la estación comenzaba a resaltar con gran fuerza en el horizonte gracias a sus cúpulas doradas. Ese era nuestro destino por hoy, la estación donde tomaríamos de nuevo un tren que salía con gran asiduidad, por lo que comprobamos, hasta la capital belga. No tardamos más de 45 minutos en llegar a la Estación Central de Bruselas.

Cambiábamos tan sólo de ciudad pero a la llegada pareció que regresábamos de nuevo a la vida real recién salidos de un pequeño cuento en el que habíamos sido protagonistas.

En resumen, gran día en la ciudad de Amberes, de la cual no nos habían hablado excesivamente bien y de la que nos llevamos un grandísimo recuerdo.

Día completo gracias a la también inolvidable visita al campo de concentración de Breendonk. Dos visitas tan diferentes como interesantes. Pero el viaje realmente no había hecho más que comenzar…

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Llegamos a Bruselas con la inseguridad de realizar la visita al fuerte (o Campo de Concentración) de Breendonk. Aunque parezca algo macabro, yo sí deseaba ir, en primer lugar porque siendo como soy, amante de la historia estaría encantado de visitar algo que supuso un punto referencial (en el cual fijarse para no volver a repetir) de la historia más reciente de la humanidad. Fuese por lo que fuese yo quería ir pero “la persona que está a mi lado” no sentía lo mismo. Creo que lo que ella hizo fue, más bien, acompañarme a la visita. Lo que tengo seguro habiendo regresado del viaje es que además de impactarle, como a mí, no se arrepiente de haber asistido a tal aventura. Como decía, teníamos dudas de ir o no ir porque nos parecía complicado llegar (eso en primer lugar) y porque el recepcionista de nuestro primer hotel (ya lo mencionaremos en diferentes entradas) no conocía para nada “El fuerte de Breendonk”, cosa que nos hizo pensar que era una visita totalmente prescindible y que carecía de total importancia cultural.

Una vez realizada la visita la única certeza que tenemos es que nos equivocamos al pensar que podía ser una visita sin interés y acertamos al acudir a Willebroek, localidad donde se encuentra Breendonk.

Nos levantamos pronto esa mañana. Nos levantamos con la intención de visitar Breendonk , que suponíamos una visita corta (puesto que el recepcionista nos comentó que no sabía ni de lo que estábamos hablando la noche anterior) y después Amberes, que por lo que nos habían comentado era una de las cuatro ciudades que posiblemente menos nos gustaría.

Nos dirigimos a la estación del Norte (Gare du Nord), desde donde salía el autobús que nos llevaría a Breendonk. Sabíamos que debíamos coger el 160 o el 161 (que también salía con destino Willebroek pero que nos dejaba más lejos del fuerte, por la información de la que disponíamos gracias a Internet). Cogimos el metro muy cerquita del centro y en menos de 15 minutos estábamos en la estación del Norte. Desafortunadamente el autobús 160 acababa de partir, eran las 9.20 y había salido a las 9.15 horas. Determinamos por coger el autobús 161 que salía a las 9.45 en vez de esperar hasta las 10.15 que salía de nuevo el 160. Nada más subir comprobamos que subía con nosotros muy poquita gente. Teníamos también la información de que el autobús tardaba unos 40 minutos hasta la parada más cercana al fuerte pero tomamos la decisión de preguntar a la conductora. En cuanto pronunciamos la palabra Breendonk supo dónde nos dirigíamos y muy amablemente nos dijo que nos avisaría en el momento de bajar, o eso entendimos. Gracias a Dios, cuarenta y cinco minutos después así fue. A partir de ahí un trayecto de aproximadamente 20 minutitos con una temperatura muy agradable y por un pueblecito (realmente encantador) de casas bajas y con buzones muy originales (cada uno con una forma diferente, algunos con casitas, otros con figuras humanas, animales,… incluso un Manneken Pis). Los jardines eran también muy bonitos. Lo aconsejable si cogéis el 161 es preguntar a la primera persona que os encontréis, pero el camino realmente no es complicado. Únicamente tenéis que continuar a pie hasta la primera rotonda y a partir de ahí girar a la izquierda hasta encontrar el primer indicador en el que pone Breendonk. A continuación nuestro camino consiste simplemente en buscar y seguir los indicadores del fuerte.

Metámonos en el asunto. Centrémonos en nuestra entrada y llegada al fuerte. Una vez que empiezas a divisarlo desde lejos compruebas cómo algo dentro de ti empieza a removerse. Lo explicaría como una especie de semi-consciencia que te advierte de que lo que estás a punto de hacer quizás no esté bien del todo, quizás sea algo inmoral. Pero la curiosidad es el punto débil del ser humano, se defiende argumentando la otra parte del inconsciente.

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El día que visitamos Breendonk había aproximadamente unos 18 ºC y un cielo prácticamente despejado, es decir, un día plenamente primaveral. Aun así el maravilloso día que hacía no evitó que los pelos de mi cuerpo comenzaran a erizarse. Primeramente entramos en las taquillas, a mano izquierda en el medio de un gran corredor (de momento al aire libre) parecido a la entrada de una gran finca. Tras sacar las dos entradas (a un coste de 8 € cada una de ellas) comentamos que si tenían alguna clase de ayuda, a parte del audioguía, y efectivamente fue así. Nos dejaron una serie de hojas encuadernadas donde había plasmados testimonios de supervivientes que pasaron días, semanas o meses en el fuerte (tanto presos como guardias). Nos fue de gran ayuda, yo diría incluso que fue la mejor herramienta que llevamos encima a la hora de entender todo lo que vimos dentro del Campo. Con nuestra mochila, nuestro cuaderno y nuestra cámara de fotos nos disponemos a entrar al fuerte. Comienzo a hablar en presente para lograr transmitir mejor lo que en aquel momento sentía.

Lo primero que nos encontramos es una valla en la que hay un pequeño cartel con una clara indicación que hace que el aliento se pare por un momento tras comprender lo que pone en varios idiomas, entre ellos el alemán y el francés.

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“Quien traspase este límite será fusilado”, reza el cartel.

Tú lo traspasas y si realmente estás metido en la visita que vas a realizar es increíble y espeluznante comprobar cómo la sensación de que te pueden estar apuntando con un arma desde cualquiera de las pequeñas torretas que hay en el campo, te invade. Espeluznante es también comenzar a caminar sobre el puente que atraviesa el foso que rodea la prisión y ver en la parte inicial del foso como una fotografía de gran tamaño con varios generales de las SS (guardias nazis) con sus perros (pastores alemanes) posan alegremente en las puertas sobre las cuales tus pies están en este momento.

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Te dispones a recorrer este puente y chocas con la impactante entrada de la prisión, que antes llamaba fuerte. Ahora es como mínimo una prisión en toda regla, como mínimo una prisión. A ambos lados de la gran puerta, el símbolo de la calavera nazi con un texto reza unas palabras que llevan inscritas en esas paredes más de 60 años. La cara de “la persona que tengo a mi lado” es de auténtico pavor, pero yo, que quería realizar la visita con todas mis fuerzas, siento que la sangre empieza a helárseme al tiempo que comienza a bajar la temperatura dentro de las frías y húmedas paredes del lugar. Fuera, repito hacia un día primaveral, con aproximadamente unos 20 grados. Dentro tuve que ponerme la chaquetilla que llevaba porque estoy seguro de que la temperatura no rebasaba los 10-12 grados e incluso menos en alguna de las salas más interiores.

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Lo primero que uno se encuentra es una sala donde vemos las caras de varias personas, jóvenes todas ellas que después comprobamos que pertenecen a personas que allí murieron, casi todos fusilados. En la pared frontal una pequeña luz ilumina una estremecedora cruz gamada nazi junto a su respectiva calavera. Todo ello, curiosamente, se alza en una especia de altar.

Salimos de la primera estancia con un mazazo importante, pero el sentimiento que recibo se triplica en uno de los lugares que más me marca. Realmente no es ninguna de las estancias que se suponen deben impactar más, es simplemente en los pasillos. Un angosto, negro y larguísimo pasillo hace que la sangre que corre por mis venas se endurezca haciendo latir mi corazón con mucha más aceleración de la que debería.

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Comenzamos a ver diversas estancias. Vemos las cocinas, si se pueden llamar así. Mientras tanto nuestro cuaderno además de ayudarnos recrudece mucho más la visita puesto que, como dije anteriormente, hay escritos durísimos testimonios sobre todo de supervivientes de Brendoonk que cuentan las mil y una tropelías que allí sufrieron. Un paréntesis. Según leí en Internet fue un campo de concentración no muy duro, ya que realmente no mataron a mucha gente allí. Pocos fueron los fusilados y ahorcados allí, no más de 300, sin embargo el fuerte tenía allá por el año 1940 una reputación que hacía temblar las piernas al que podía ser enviado allí. Se explica en uno de los párrafos del cuaderno que teníamos en nuestras manos. A los judíos, presos comunes de otras cárceles, anarquistas, socialistas o simplemente no simpatizantes con la visión de los nazis por aquel tiempo que se les amenazaba con ser enviados al fuerte de Brendoonk se les venía el mundo encima. Literalmente, como ellos explican, se les amenazaba con ser enviados a un lugar más temible todavía que el mismísimo infierno. Con tal de no acabar en el campo eran capaces de confesar crímenes que realmente no habían cometido. Posteriormente acaban de igual manera en el campo condenados por el crimen que acababan de confesar. Volvamos al campo.

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Seguimos viendo estancias, tras la sala inicial que los generales nazis utilizaban para sus borracheras nocturnas, en las que incluso apostaban quién mataría al primer preso al día siguiente, vemos las habitaciones o habitáculos donde reposaban los prisioneros. Un crudo frío recorre nuestro cuerpo, la cara de “la persona que tengo a mi lado” es realmente todo un poema, una mezcla de terror e incredulidad.

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Vimos esos habitáculos, con duros somieres de madera y con sacos llenos de paja donde dormían. Vimos la sala donde torturaban a gente hasta dejarla inconsciente, posteriormente la despertaban y volvían a torturar partiendo dedos, manos, piernas y recibiendo todo tipo de golpes en múltiples partes del cuerpo. Todas las zonas interiores que visitamos eran estrambóticas pero las exteriores no lo eran menos. Salimos al patio y rodeamos todo el recinto. La temperatura sube y es como un balón de oxígeno tras comprobar hasta dónde pueden llegar los límites del ser humano, pero el relax del paseo no dura más de 6-7 minutos. Llegamos a la pared de fusilamientos dónde se explica cómo murieron muchos de los prisioneros, muchos de ellos sin haber cometido delito alguno.

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En frente de los palos donde ataban a los que iban a ser fusilados estaba la horca. Una horca de cabida para tres miembros que a pesar de estar al sol en este día tan primaveral parecía tomar un color grisáceo al trasladarse uno a lo que años antes debió ser aquello. También me marcó el patio que fue testigo, alguna noche que otra, (y esto se leía en el cuaderno que nos dieron) de cómo, tras sacar a algunos prisioneros al patio y asesinarlos, obligaban al resto a desfilar delante de los cuerpos de los fusilados.

Finalizamos una visita de dos horas aproximadamente y a buen ritmo, porque “ la persona que tengo a mi lado” creo que lo iba pasando realmente mal, con lo cual no nos quisimos detener durante mucho tiempo en algunas estancias. Las últimas, bastante más remodeladas, ya que pretendían ser más un museo que revivir perfectamente lo que allí se vivía, como consiguen con el mantenimiento de las anteriores zonas, muestran los trajes que llevan los presos, una zona de duchas donde les lavaban muy de vez en cuando, cada quince días aproximadamente y durante cinco minutos y poco más.

Uno realmente sale agobiado y con ganas de terminar la inolvidable visita.

 

Una palabra para describir la visita, INCREÍBLE. Increíble pero cierto parece ser todo lo que ocurrió allí, como cuenta el argumentario que dejamos nuevamente en la taquilla, y que esperemos la humanidad jamás vuelva a repetir.

Bélgica, el país del chocolate


flandesSin duda, uno de los viajes con más contrastes, más sorpresas, más misterios y más bonitos que tengo en mi mente después de regresar de este paraíso silencioso perteneciente a los Países Bajos. Hace tan sólo una semana regresé impactado por tanta maravilla acumulada en tan poco tiempo, de un viaje al país del chocolate.  Metiéndome en terreno tengo que reconocer que el primer día las dudas sobre lo que me iba a encontrar en aquel lugar me invadieron. Pensé que aquello no iba a ser totalmente de mi agrado. En parte es entendible, tras aterrizar y llegar a la capital, Bruselas,  bajamos del confortable autobús que nos traía desde el aeropuerto de Charleroi, tras un trayecto inferior a la hora (55 kms por autovía). Nos dejó en una de las tres importantes estaciones de ferrocarril que tiene inmersas en su urbe (Gare du Midi) y mi desaliento se hizo enorme. Pongámonos en el lugar de un extranjero, centroeuropeo concretamente, que sale de la estación de Atocha y que antes de llegar a Neptuno por el paseo del Prado y contemplar las mil maravillas del barrio madrileño de Las Letras se encuentra múltiples y desalentadoras imágenes. Indigentes alrededor, callejuelas con gente tirada en el suelo, basura esparcida por las aceras… es decir, lo mismo que uno se puede encontrar de vez en cuando por Madrid o Barcelona antes de descubrir como decía,  las mil y una maravillas que cada una tiene en su interior. Y fue así hasta la llegada al hotel. En ese trayecto de unos 15 minutos a pie, mapa en mano, me preguntaba silenciosamente cómo serían los siguientes cinco días que iba a pasar por aquellas tierras… Tras llegar al hotel todo cambió. Para empezar, dicho hotel, que posteriormente nombraremos, era de bastante buena calidad. Lo consideraría un buen hotel de tres estrellas.

Todo fue tornando en mi mente a medida que nos aproximábamos al centro de la capital, de la cual el hotel estaba apenas a diez minutos andando. Aquellos cinco días que pensaba podían no ser como había planeado, superaron altamente las expectativas.

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Es importante decir que si uno se acerca a cualquier agencia de viajes (y yo trabajo en una de las agencias online más fuertes a nivel nacional) no encuentra un viaje organizado de 5 días a cualquier lugar de Centroeuropa por menos de 700 € por persona. Nosotros pagamos por los vuelos, los hoteles para cuatro noches y los trayectos aeropuerto Charleroi – Bruselas – aeropuerto Charleroi 490 € los dos. 245 € concretamente cada uno. Cierto es que posteriormente nos fuimos gastando más dinero realizando los trayectos entre las diferentes ciudades, sumando también los desayunos, las comidas y las cenas (y por supuesto bastantes caprichos, por qué no decirlo) no superamos los 450 € suplementarios de gastos entre los dos. En total, pasamos unas maravillosas vacaciones de 5 días conociendo cuatro ciudades de ensueño en la región de Flandes y alguna que otra sorpresa por menos de 1000 €.

Esas maravillas de las que os hablo son, a parte de Bruselas Amberes, Brujas y Gante (Antwerpen, Brugge y Gent en el idioma principal que allí hablan, el neerlandés, una mezcla de alemán e inglés, acreditado esto por una ciudadana de la región de Flandes), región que nos maravilló por completo. Tengo que añadir que a la visita de estas ciudades (varias de ellas acreditadas como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO) se les unió la visita a uno de los campos de trabajos forzados (Campos de Concentración) que utilizaron los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Fue espeluznante y único comprobar las tropelías que se cometieron en lugares así,  y es una visita recomendable para que uno tome consciencia de hasta dónde podemos llegar los seres humanos.

Por lo demás, el resto del viaje tuvo muchas luces y pocas o casi ninguna sombra. Posteriormente describiré cómo trasladarse de una localidad a otra, qué medio de transporte utilizar, los precios que os encontraréis, y establecimientos tanto hoteleros como hosteleros recomendables (y algunos de ellos pocos recomendables).

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