Breendonk


Llegamos a Bruselas con la inseguridad de realizar la visita al fuerte (o Campo de Concentración) de Breendonk. Aunque parezca algo macabro, yo sí deseaba ir, en primer lugar porque siendo como soy, amante de la historia estaría encantado de visitar algo que supuso un punto referencial (en el cual fijarse para no volver a repetir) de la historia más reciente de la humanidad. Fuese por lo que fuese yo quería ir pero “la persona que está a mi lado” no sentía lo mismo. Creo que lo que ella hizo fue, más bien, acompañarme a la visita. Lo que tengo seguro habiendo regresado del viaje es que además de impactarle, como a mí, no se arrepiente de haber asistido a tal aventura. Como decía, teníamos dudas de ir o no ir porque nos parecía complicado llegar (eso en primer lugar) y porque el recepcionista de nuestro primer hotel (ya lo mencionaremos en diferentes entradas) no conocía para nada “El fuerte de Breendonk”, cosa que nos hizo pensar que era una visita totalmente prescindible y que carecía de total importancia cultural.

Una vez realizada la visita la única certeza que tenemos es que nos equivocamos al pensar que podía ser una visita sin interés y acertamos al acudir a Willebroek, localidad donde se encuentra Breendonk.

Nos levantamos pronto esa mañana. Nos levantamos con la intención de visitar Breendonk , que suponíamos una visita corta (puesto que el recepcionista nos comentó que no sabía ni de lo que estábamos hablando la noche anterior) y después Amberes, que por lo que nos habían comentado era una de las cuatro ciudades que posiblemente menos nos gustaría.

Nos dirigimos a la estación del Norte (Gare du Nord), desde donde salía el autobús que nos llevaría a Breendonk. Sabíamos que debíamos coger el 160 o el 161 (que también salía con destino Willebroek pero que nos dejaba más lejos del fuerte, por la información de la que disponíamos gracias a Internet). Cogimos el metro muy cerquita del centro y en menos de 15 minutos estábamos en la estación del Norte. Desafortunadamente el autobús 160 acababa de partir, eran las 9.20 y había salido a las 9.15 horas. Determinamos por coger el autobús 161 que salía a las 9.45 en vez de esperar hasta las 10.15 que salía de nuevo el 160. Nada más subir comprobamos que subía con nosotros muy poquita gente. Teníamos también la información de que el autobús tardaba unos 40 minutos hasta la parada más cercana al fuerte pero tomamos la decisión de preguntar a la conductora. En cuanto pronunciamos la palabra Breendonk supo dónde nos dirigíamos y muy amablemente nos dijo que nos avisaría en el momento de bajar, o eso entendimos. Gracias a Dios, cuarenta y cinco minutos después así fue. A partir de ahí un trayecto de aproximadamente 20 minutitos con una temperatura muy agradable y por un pueblecito (realmente encantador) de casas bajas y con buzones muy originales (cada uno con una forma diferente, algunos con casitas, otros con figuras humanas, animales,… incluso un Manneken Pis). Los jardines eran también muy bonitos. Lo aconsejable si cogéis el 161 es preguntar a la primera persona que os encontréis, pero el camino realmente no es complicado. Únicamente tenéis que continuar a pie hasta la primera rotonda y a partir de ahí girar a la izquierda hasta encontrar el primer indicador en el que pone Breendonk. A continuación nuestro camino consiste simplemente en buscar y seguir los indicadores del fuerte.

Metámonos en el asunto. Centrémonos en nuestra entrada y llegada al fuerte. Una vez que empiezas a divisarlo desde lejos compruebas cómo algo dentro de ti empieza a removerse. Lo explicaría como una especie de semi-consciencia que te advierte de que lo que estás a punto de hacer quizás no esté bien del todo, quizás sea algo inmoral. Pero la curiosidad es el punto débil del ser humano, se defiende argumentando la otra parte del inconsciente.

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El día que visitamos Breendonk había aproximadamente unos 18 ºC y un cielo prácticamente despejado, es decir, un día plenamente primaveral. Aun así el maravilloso día que hacía no evitó que los pelos de mi cuerpo comenzaran a erizarse. Primeramente entramos en las taquillas, a mano izquierda en el medio de un gran corredor (de momento al aire libre) parecido a la entrada de una gran finca. Tras sacar las dos entradas (a un coste de 8 € cada una de ellas) comentamos que si tenían alguna clase de ayuda, a parte del audioguía, y efectivamente fue así. Nos dejaron una serie de hojas encuadernadas donde había plasmados testimonios de supervivientes que pasaron días, semanas o meses en el fuerte (tanto presos como guardias). Nos fue de gran ayuda, yo diría incluso que fue la mejor herramienta que llevamos encima a la hora de entender todo lo que vimos dentro del Campo. Con nuestra mochila, nuestro cuaderno y nuestra cámara de fotos nos disponemos a entrar al fuerte. Comienzo a hablar en presente para lograr transmitir mejor lo que en aquel momento sentía.

Lo primero que nos encontramos es una valla en la que hay un pequeño cartel con una clara indicación que hace que el aliento se pare por un momento tras comprender lo que pone en varios idiomas, entre ellos el alemán y el francés.

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“Quien traspase este límite será fusilado”, reza el cartel.

Tú lo traspasas y si realmente estás metido en la visita que vas a realizar es increíble y espeluznante comprobar cómo la sensación de que te pueden estar apuntando con un arma desde cualquiera de las pequeñas torretas que hay en el campo, te invade. Espeluznante es también comenzar a caminar sobre el puente que atraviesa el foso que rodea la prisión y ver en la parte inicial del foso como una fotografía de gran tamaño con varios generales de las SS (guardias nazis) con sus perros (pastores alemanes) posan alegremente en las puertas sobre las cuales tus pies están en este momento.

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Te dispones a recorrer este puente y chocas con la impactante entrada de la prisión, que antes llamaba fuerte. Ahora es como mínimo una prisión en toda regla, como mínimo una prisión. A ambos lados de la gran puerta, el símbolo de la calavera nazi con un texto reza unas palabras que llevan inscritas en esas paredes más de 60 años. La cara de “la persona que tengo a mi lado” es de auténtico pavor, pero yo, que quería realizar la visita con todas mis fuerzas, siento que la sangre empieza a helárseme al tiempo que comienza a bajar la temperatura dentro de las frías y húmedas paredes del lugar. Fuera, repito hacia un día primaveral, con aproximadamente unos 20 grados. Dentro tuve que ponerme la chaquetilla que llevaba porque estoy seguro de que la temperatura no rebasaba los 10-12 grados e incluso menos en alguna de las salas más interiores.

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Lo primero que uno se encuentra es una sala donde vemos las caras de varias personas, jóvenes todas ellas que después comprobamos que pertenecen a personas que allí murieron, casi todos fusilados. En la pared frontal una pequeña luz ilumina una estremecedora cruz gamada nazi junto a su respectiva calavera. Todo ello, curiosamente, se alza en una especia de altar.

Salimos de la primera estancia con un mazazo importante, pero el sentimiento que recibo se triplica en uno de los lugares que más me marca. Realmente no es ninguna de las estancias que se suponen deben impactar más, es simplemente en los pasillos. Un angosto, negro y larguísimo pasillo hace que la sangre que corre por mis venas se endurezca haciendo latir mi corazón con mucha más aceleración de la que debería.

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Comenzamos a ver diversas estancias. Vemos las cocinas, si se pueden llamar así. Mientras tanto nuestro cuaderno además de ayudarnos recrudece mucho más la visita puesto que, como dije anteriormente, hay escritos durísimos testimonios sobre todo de supervivientes de Brendoonk que cuentan las mil y una tropelías que allí sufrieron. Un paréntesis. Según leí en Internet fue un campo de concentración no muy duro, ya que realmente no mataron a mucha gente allí. Pocos fueron los fusilados y ahorcados allí, no más de 300, sin embargo el fuerte tenía allá por el año 1940 una reputación que hacía temblar las piernas al que podía ser enviado allí. Se explica en uno de los párrafos del cuaderno que teníamos en nuestras manos. A los judíos, presos comunes de otras cárceles, anarquistas, socialistas o simplemente no simpatizantes con la visión de los nazis por aquel tiempo que se les amenazaba con ser enviados al fuerte de Brendoonk se les venía el mundo encima. Literalmente, como ellos explican, se les amenazaba con ser enviados a un lugar más temible todavía que el mismísimo infierno. Con tal de no acabar en el campo eran capaces de confesar crímenes que realmente no habían cometido. Posteriormente acaban de igual manera en el campo condenados por el crimen que acababan de confesar. Volvamos al campo.

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Seguimos viendo estancias, tras la sala inicial que los generales nazis utilizaban para sus borracheras nocturnas, en las que incluso apostaban quién mataría al primer preso al día siguiente, vemos las habitaciones o habitáculos donde reposaban los prisioneros. Un crudo frío recorre nuestro cuerpo, la cara de “la persona que tengo a mi lado” es realmente todo un poema, una mezcla de terror e incredulidad.

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Vimos esos habitáculos, con duros somieres de madera y con sacos llenos de paja donde dormían. Vimos la sala donde torturaban a gente hasta dejarla inconsciente, posteriormente la despertaban y volvían a torturar partiendo dedos, manos, piernas y recibiendo todo tipo de golpes en múltiples partes del cuerpo. Todas las zonas interiores que visitamos eran estrambóticas pero las exteriores no lo eran menos. Salimos al patio y rodeamos todo el recinto. La temperatura sube y es como un balón de oxígeno tras comprobar hasta dónde pueden llegar los límites del ser humano, pero el relax del paseo no dura más de 6-7 minutos. Llegamos a la pared de fusilamientos dónde se explica cómo murieron muchos de los prisioneros, muchos de ellos sin haber cometido delito alguno.

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En frente de los palos donde ataban a los que iban a ser fusilados estaba la horca. Una horca de cabida para tres miembros que a pesar de estar al sol en este día tan primaveral parecía tomar un color grisáceo al trasladarse uno a lo que años antes debió ser aquello. También me marcó el patio que fue testigo, alguna noche que otra, (y esto se leía en el cuaderno que nos dieron) de cómo, tras sacar a algunos prisioneros al patio y asesinarlos, obligaban al resto a desfilar delante de los cuerpos de los fusilados.

Finalizamos una visita de dos horas aproximadamente y a buen ritmo, porque “ la persona que tengo a mi lado” creo que lo iba pasando realmente mal, con lo cual no nos quisimos detener durante mucho tiempo en algunas estancias. Las últimas, bastante más remodeladas, ya que pretendían ser más un museo que revivir perfectamente lo que allí se vivía, como consiguen con el mantenimiento de las anteriores zonas, muestran los trajes que llevan los presos, una zona de duchas donde les lavaban muy de vez en cuando, cada quince días aproximadamente y durante cinco minutos y poco más.

Uno realmente sale agobiado y con ganas de terminar la inolvidable visita.

 

Una palabra para describir la visita, INCREÍBLE. Increíble pero cierto parece ser todo lo que ocurrió allí, como cuenta el argumentario que dejamos nuevamente en la taquilla, y que esperemos la humanidad jamás vuelva a repetir.

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