Una ciudad de cuento: Brujas


 

La “CIUDAD MEDIEVAL” por antonomasia. Así describiría la ciudad de Brujas. Como un pueblo salido de un cuento que te envuelve con recovecos estrechos y misteriosos, puentes asombrosos que unen sus encantadoras callecitas… Todo esto, además, envuelto por una atmósfera de naturaleza divina decorada por sus grandiosos parques (en concreto uno muy especial). Me atrevería a decir que la ciudad de Brujas es una de las localidades que quedarán marcadas en mi mente por y para siempre. Sin duda ocupa ahora mismo uno de los primeros puestos en mi ranking.

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Tras esta breve introducción, que ni por asomo puede describir la sensación que a uno llega la primera vez que se planta en la Grote Markt (Plaza Principal) de Brujas, me dispongo a contar cómo fue nuestro día y medio en la ciudad.

Cogimos nuestros bártulos para trasladarnos de la capital belga (Bruselas) a la famosa ciudad de Brujas. Nos levantamos temprano, como todos los días que pasamos en Flandes. Tras un valeroso desayuno, nos dirigimos a la Estación Central de Bruselas para coger un tren destino Brujas. Tuvimos que darnos prisa en sacar los billetes para poder coger el tren. El billete a Brujas cuesta 14 € por persona. Si hay menores de 25 años cuesta tan sólo 6. Es más de un 50 % de descuento. Tras esta breve aclaración que espero os sirva de ayuda prosigo con nuestro viaje. El trayecto a Brujas no duró más de una hora. Para ser exactos fueron 55 minutos los que tardamos en llegar a la ciudad atravesando la ciudad de Gante, que al día siguiente visitaríamos. Pusimos pie en la pequeña estación de Brujas y preguntamos qué autobús nos dejaba en alguna zona cercana al centro. Casi todos, nos dijeron. Cogimos uno tras una espera de 5 minutos y os puedo asegurar que lo recomendable es hacerlo. Caminando hay un buen trecho hasta el centro, con lo cual os aconsejo como decía, coger el autobús. Como dije al principio, lo primero que se respira en la ciudad es pureza y naturaleza. Vas viendo en el trayecto de 12 minutos que aproximadamente tarda desde la estación hasta el centro que el paraje es maravilloso. Un entorno en el que te encuentras montones de especies de árboles y flores que van metiéndote en el papel que definitivamente coges una vez te presentas en la “Grote Markt”. A medida que íbamos avanzando y acercándonos al casco antiguo íbamos quedándonos más y más impactados gracias al peculiar estilo medieval que las casas tenían. No había ni un bloque de pisos de los que vemos a millares en nuestras ciudades. Únicamente casitas de como mucho tres plantas y tan sencillas que desplegaban un encanto que nos alcanzaba de lleno. Tras la zona residencial, que ya era bonita (pues lo embellecía el canal que rodea la ciudad) empezamos a meternos de lleno en el centro. El autobús se metía por callecitas por las cuales yo no pasaría ni en bici por su estrechez y lo hacía de una manera que parecía no tener ninguna complicación. A todo esto decidimos bajarnos sin preguntar sintiendo que, debido a las edificaciones que nos rodeaban, el centro estaba realmente cerca.

¡Qué aire se respiraba allí! El día de nuevo era soleado y de una temperatura tan agradable que por momentos nos hacía tener calor. Caminamos un poco y de repente, ¡zás!, desembocamos en la Grand Place, la Grote Markt , como ellos la llaman. ¡Simplemente maravilloso! Era una plaza típica de la región pero con el mayor encanto que he sentido yo en ninguna plaza de las que anteriormente habían visto mis ojos (incluyo la Plaza Mayor de Salamanca). Tenía forma cuadrada también, como las de Bruselas y Amberes, pero desplegaba algo que no se puede explicar con palabras. Era como si ese lugar del mundo no hubiese evolucionado hasta nuestros días y hubiese quedado estancado en la Edad Media.

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Las casas que componían en cuadrado eran las típicas de la zona, todas pegadas unas a otras y con sus fachadas acabadas en triángulo en su parte superior. Pero tenían algo que no habíamos contemplado en las de Amberes por ejemplo, un color especial, diferente del que tiene Sevilla, pero sin duda especial. Las casas tenían un colorido que era capaz de dibujar una sonrisa en nuestros rostros, al menos en el mío. Me sentí de nuevo dentro de un cuento del medievo. Sólo me faltaba mi montura, mi caballo y por supuesto mi traje o, por qué no, mi armadura de caballero. La plaza estaba formada en dos de los cuatro lados que constituían el cuadrado que comentaba por esas preciosas casitas, pero los otros dos restantes ponían la guinda al pastel.

En uno de los laterales, se dibujaba un edificio encomiable por su estructura, con pequeños balconcitos a los que posteriormente tuvimos oportunidad de subir y con acabados de oro que emocionaban aún más al que contempla la maravillosa plaza. Era la Corte Provincial.

brujasPero la joya de la corona está por explicar: en el lado que considero referencial del cuadrado que componía la plaza, un maravilloso edificio religioso, ahora con fines turísticos, se alzaba hasta tocar el cielo gracias a un campanario espectacular, el allí llamado Belfort. El edificio era tan imponente que resultaba complicado sacar alguna instantánea en la que se mostrase el edificio entero desde sus pies hasta el campanario. La villa, porque de nuevo la ciudad se convirtió en villa, al menos para nosotros, me pareció ser la más bonita que mis ojos habían visto hasta la fecha. Hoy, me reafirmo en ello.

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Todo aquello únicamente no había hecho más que comenzar. Todavía teníamos nuestras maletillas en las manos con lo cual decidimos dirigirnos al hotel. No nos costó mucho encontrarlo, pues se encontraba justo en la calle de atrás del edificio principal de la plaza, el que tenía el campanario. El hotel no hizo más que sumar encanto a nuestro ya alto índice de belleza contenida que teníamos en el cuerpo. Hablaremos del hotel en otra entrada. Una ducha rápida para depurarnos del trayecto y de nuevo a buscar maravillas por la pequeña ciudad en la que estábamos, una ciudad de cuento. Nos dimos cuenta que el edificio del campanario estaba abierto por dentro y que por medio de su claustro podíamos atravesar desde la calle donde se encontraba nuestro hotel hasta el medio de la plaza (pasando por debajo de la torre del campanario). Increíble, como antes decía, daba la sensación de habernos trasladado de repente a la Edad Media. La espada me la dejé en el hotel.

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Comenzamos a alejarnos de la plaza en búsqueda de otra de las maravillas que nos habían comentado que tenía la ciudad, el “Minnewater” o “Lago de los enamorados”. El paseo hasta allí era largo pero se nos hizo corto por la cantidad de joyas que nuestros ojos iban encontrando al doblar cada esquina. Que si una impresionante iglesia, que si un convento, que si una magnífica y tranquila placita, que si el canal que bordeaba la villa o alguno de sus hermosos puentes… En cada paso que dábamos algo sorprendente se mostraba ante nosotros.

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Por fin llegamos al lago. Realmente el “Minnewater” era un parque lleno de tonalidades verdes gracias a los montones de especies de árboles y arbustos que había. En medio de tanta naturaleza inundada por el canal que desembocaba en el lago encontrábamos algún castillo, alguna fortaleza, y por último una explanada de césped en la que la gente reposaba, jugaba y se divertía gracias al grandioso y soleado día que nos hizo.

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brujasTras la visita al “Lago de los enamorados” (hasta el nombre rebosa belleza) con la cual quedamos encantados nos dispusimos a volver de nuevo al centro de la ciudad para verla ahora con detalle. Uno de los primeros puntos ante los cuales nos paramos fue el Beaterio.Para entender lo que realmente es sirve con comentar que es un pequeño pueblo dentro de la ciudad de Brujas. Está flanqueado por unos grandes portones, que están abiertos, y deja ver montones de casitas pequeñísimas de cal, tan blanquecinas como algunas de las flores que adornan el lugar con un gran jardín de narcisos y demás flores. Precioso el lugar que sigue siendo sitio residencial de monjas. El beaterio, por supuesto estaba compuesto por una iglesia mayor que estaba también abierta al público.

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Tras esto decidimos ir hacia uno de los canales más importantes de la ciudad, Dijver. Hacia allí nos dirigimos, pero inesperadamente nos encontramos con uno de los tesoros de la villa, el “Puente de San Bonifacio”. En realidad no era sólo el puente, era el enclave en que estaba situado, en un entorno de naturaleza rodeado por cipreses y algún sauce que maravillaban todavía más los ojos de cualquiera que pueda contemplarlo.

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Para que uno se haga una idea, el centro de la ciudad era como el de una villa medieval en la que todas las puertas de las grandes edificaciones (casi todas con carácter religioso) estaban abiertas, pudiendo de esta manera entrar por una de ellas y salir por el claustro o por el patio del edificio, donde otra puertecita te sacaba a otra callejuela que guardaba seguro otra sorpresa. Por lo tanto había momentos en los que quedabas totalmente desorientado. Tras unas horas de pasear por el centro empezamos a “coger el tranquillo” y hasta descubríamos atajos que nos llevaban a alguna de las plazas donde tomar un gofre, un buen café o chocolate caliente, o como en mi caso, un delicioso batido de vainilla. Fue un pequeño alto en la visita de una ciudad que ya me había enamorado.

Tras un breve descanso seguimos caminando por las mil callejuelas que te invitaban a entrar simplemente por no saber dónde ibas a salir y qué ibas a encontrar a la vuelta de la esquina. Punto mágico nos pareció un lugar con banquitos de piedra, cercano al “Puente de San Bonifacio”, en el que había una escultura del español LUIS VIVES (curioso cuanto menos). En aquel enclave lleno de sombras gracias a los árboles que cubrían el lugar, parecía no pasar el tiempo. Si te asomabas al puente veías de vez en cuando una barquita repleta de turistas pasar, si no merecía la pena simplemente disfrutar del momento que se quedará guardado eternamente en mi mente.

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Fuimos en dirección contraria al Lago de los enamorados para ver hasta donde podíamos llegar. Íbamos siguiendo el canal, la paz que se respiraba era sólo interrumpida por algún carruaje que de vez en cuando pasaba a nuestro lado. Seguíamos el canal y cada puente era un espectáculo. Por cierto, ¿sabéis de dónde viene el nombre de Brujas? De la palabra “puente”. En neerlandés “Brugge” quiere decir puentes. Haceros la idea de la cantidad de puentes construidos sobre el canal que rodea la ciudad y por momentos la atraviesa. El nombre de Brujas no tiene nada que ver con las brujas que nosotros conocemos, aunque la ciudad os aseguro que parece estar encantada.

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Continuamos nuestra visita comenzando a explorar los sitios por brujasdentro. Vimos algunas iglesias y en concreto entramos en una de ellas famosa mundialmente por conservar en un tarrito sangre de la Virgen María. Otro motivo para “devotos” de acudir a la ciudad. Detrás de la gran plaza principal (Grote Markt) había otra igual de maravillosa (justo donde se encontraba la iglesia que os decía, llamada de la Santa Sangre). También, por supuesto era cuadrada como las demás y el ayuntamiento estaba situado en dicha plaza, denominada “Burg”. El ayuntamiento era un edificio también extraordinario. Todas las construcciones que formaban el cuadrado de dicha plaza de Burg eran extraordinarias realmente. El que estaba enfrente del ayuntamiento era espectacular. La diversa ornamentación que tenía no lo convertía en recargado. Había montones de escudos y bajo ellos rezaban diversos apellidos, pertenecientes a las familias de nobles que habían gobernado en Brujas desde hace siglos. Impresionante.

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brujasPero llamaba la atención una fachada pequeñita situada justo en el vértice de la plaza y que tenía sus puertas abiertas (si no te acercas bien no eres capaz de comprobar que por medio de ella hay una de las salidas de la plaza). Era una fachada espectacular, blanquecina y dorada que se componía de una cruz en lo alto y por la que, como he dicho, si entrabas, salías de la plaza para atravesar por un puente que daba continuación a esta edificación el canal. Salías a Dijver, sin duda un lugar por el que un paseo se hace una de las cosas más maravillosas del mundo.

Tras recorrer calles y calles por la villa decidimos volver a la plaza central y comprobamos que el edificio situado a la izquierda del campanario estaba abierto al público. Era el mencionado al principio de la entrada que tenía balcones hermosos. ¿Por qué no probar suerte a ver si podemos tomar algo en uno de ellos? Desde abajo parecía haber gente en alguno de ellos. Entramos en el edificio y efectivamente estaba abierto al público. En la parte de abajo mostraban la historia de la ciudad, en la segunda planta había una cervecería (típico de la región) en la que estaban esos balcones que daban la oportunidad de contemplar la plaza desde cierta altura. Aprovechamos durante un rato la buena vista que desde allí había y volvimos al hotel, que recuerdo, era acogedor y encantador. Descanso rápido y a conocer esta maravilla de noche…

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Todos los adjetivos que pueda utilizar para describir la ciudad de noche se quedan cortos. Antes de ver los mismos puentes, las mismas calles, las mismas plazas que habíamos visto de día, queríamos ir a cenar. Sin nombrar el sitio, que en posteriores entradas nombraré, sin duda, comimos la mejor comida de todo el viaje. Curiosamente no fue excesivamente caro para lo que habíamos pagado en ocasiones anteriores. Fue la mejor cena. El paseo posterior nos dejó unas imágenes del canal inolvidables. Pronto fuimos a nuestro hotelito para descansar tras un día grandioso. Seguíamos inmersos en un cuento.

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brujasAl día siguiente lo primero que hicimos fue buscar un buen sitio para desayunar. Recorrimos varias calles hacia una de ellas que habíamos visto el día anterior llena de tiendas de chocolates y efectivamente encontramos un sitio muy mono en el que nos metimos antes de que se nos hiciera tarde. El desayuno fue muy bueno. No fueron unas tostadas con aceite de oliva, jamón ibérico y tomate pero, ¿qué esperábamos? Eso en España, allí, lo típico. Me pusieron un chocolate caliente en un tarrito para echarme yo mismo en una gran taza de leche junto a tres troci
tos de chocolate y un bombón praliné
, a cual más rico, cada uno de un tipo (chocolate puro, chocolate con leche y chocolate blanco).

Tras el desayuno decidimos subir al campanario , donde nos cobraron 8 € a cada uno. Un máximo de 30 personas podían subir en el mismo turno a la torre con lo cual tuvimos que esperar un buen rato a que bajaran todos los que allí quedaban. La espera fue de unos 15 minutos y mereció la pena. Desde arriba pudimos contemplar unas vistas increíbles de la ciudad. Además las campanas no tocaban como todos los demás campanarios sino que entonaban canciones, emblemáticas canciones. Pudimos ver las últimas panorámicas de la villa que nunca olvidaremos.

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El cuento estaba a punto de finalizar, el trayecto, no sé muy bien por qué, fue algo triste, aunque nuestra sonrisa seguía mostrándose en nuestras caras debido al hechizo que la ciudad de Brujas había dejado en nosotros, y que estoy seguro, nos durará mucho, mucho tiempo.

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