TÚNEZ, PARTE IV: UN GRAN E INTENSO DÍA EN EL SAHARA


Comenzamos el día con muchísimo ánimo debido al embrujo que cubría todo mi cuerpo y mente gracias a la maravilla contemplada el día anterior. ¡El desierto me había fascinado!

Tras un potente desayuno pusimos rumbo a El Jerid (El país de las Palmeras) con destino Tozeur. Por una carretera estrechísima y en una recta que parecía infinita, divisábamos un paisaje totalmente desértico, pero al mismo tiempo parecíamos ir avanzando hacia una lejana cadena montañosa que empezaba a descubrirse en el horizonte. Mediante esa carretera por la cual nos aproximábamos a la frontera con Argelia llegamos a un lugar de ensueño. Un lugar fascinante por su rareza. Jamás he visto nada igual y difícilmente debe existir un lugar parecido a “Chott El Jerid” (Lago salado).

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Obviamente hicimos un alto para contemplar la magia del lugar. Era como estar en medio de la nada. Para poder explicarlo, nos situábamos en una llanura kilométrica por la que atravesaba una estrecha carretera, como anteriormente dije, y a unos 20 metros sobre el nivel del mar. Había pequeños charcos en algunas zonas, charcos de agua salada, y es que nuestro guía nos comentó que en algunas épocas del año aquella inmensa llanura se llena de agua salina y deja esos resquicios de sal que encontramos nosotros.
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Se pueden arrancar del suelo pequeñas porciones que uno lógicamente se puede llevar a casa, lo malo es que al ser pura sal, la piedra es muy frágil, y lo más fácil es que llegue hecha añicos.  A pesar de ser un día caluroso corría una cierta brisa que suavizaba la temperatura del lugar. Hay que tener en cuenta además, que no eran tan siquiera las 9.00 de la mañana, con lo cual el sol todavía no apretaba con la mayor fuerza posible, como sí lo hizo más tarde.

Impresionado aún por el lago salado, en este caso seco, llegamos a aquella cadena montañosa de la que hablaba anteriormente. La frontera argelina quedaba a menos de 20 kms lo que indicaba que estábamos en el interior de África, en medio del mismísimo desierto del Sahara. Sin embargo llegamos a un enclave en el cual las palmeras eran tan altas que sobresalían por encima de las colinas que había ante nuestros ojos.

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El paraje era nuevamente indescriptible. ¿Cómo era posible que en medio de la nada naciese un paraje natural como el que había en aquel enclave? Estábamos en un Oasis, concretamente llegamos a los Oasis de Tamerza y Chebika. Un guía (bereber) de la zona nos mostró el lugar. Primero subimos a lo alto del asentamiento que allí había. Realmente parecía un antiguo pueblo abandonado y prácticamente en ruinas.

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Sin embargo, lo bonito no eran las casas sino el paisaje en el que nos encontrábamos, donde entre otras, se rodaron escenas de películas como “Memorias de África” o “El Paciente Inglés”. Toda la naturaleza que parecía salir de la mismísima nada salía de un lugar. Nos fuimos adentrando en el oasis. Íbamos avanzando entre palmeras y flores por la ladera de una montaña en la que aparecían fósiles de mejillones y otros crustáceos (no olvidemos que hace millones de años esta zona estaba cubierta por el mar), hasta dar con un riachuelo que era el que daba vida a toda aquella maravilla. Fuimos siguiendo el agua pero a contracorriente hasta llegar a un pequeño estanque formado por la caída de una imponente cascada.

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El agua del pequeño estanque que había en el corazón de aquel oasis era azul celeste debido a los minerales que hay en la roca de aquella cadena montañosa, perteneciente a la cordillera del “Gran Átlas“. Volvimos entre palmeras, esta vez por la ribera del riachuelo, atravesando el oasis por el lado contrario al cual lo habíamos recorrido en la ida.

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Tras esto nos esperaba la gran aventura de recorrer el desierto de dunas montados en un 4×4 dirección al enclave en el cual Peter Jackson decidió rodar la saga “Star Wars”.

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Nuevamente en medio de la nada y tras una descarga excitante de adrenalina gracias a las “burrerías” que el conductor del todoterreno iba haciendo, apareció esa sorpresa. Una sorpresa de cartón piedra. Casitas del mismo color que la arena del desierto hacen que parezca que existe un pueblo que en realidad no existe. La astucia de los comerciantes del lugar ha hecho que tras el rodaje de una de las películas de la saga “Star Wars” no se derribaran las casitas que se prefabricaron para el mismo, comenzando a tener un cierto interés turístico que ha hecho del lugar una visita muy recomendable, sobre todo por el paisaje del que está rodeado.

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Posteriormente y tras un paseo algo más tranquilo que el anterior, volvimos hacia nuestro autobús, que nos esperaba para llevarnos a comer a la localidad más cercana. Recuerdo que comimos un revuelto de verduras frescas de primero y un buen plato de carne (no sé muy bien de qué pero descartado queda el cerdo) de segundo. No me disgustó, mientras que “la persona que está a mi lado” me ofreció gentilmente su ración, pues la comida seguía sin ser de su agrado…

Tras la comida viajamos rumbo al hotel, que se situaba en la ciudad de Tozeur, y descansamos por la tarde, agradeciéndolo enormemente, y disfrutando de la gran piscina que tenía el hotel de circuito en el que nos alojamos, que en esta ocasión sí que hacía honor a su categoría de 4 estrellas.

Había un “extra opcional” que consistía en una cena con espectáculo que elegimos contratar (por unos 40 dinares por persona, 20 € al cambio). Tomamos una gran decisión…

Machram y nuestro chófer durante todo el circuito nos esperaban sobre las 19.30 en la puerta del hotel para llevarnos al lugar donde disfrutaríamos de la esperada cena que nos ofrecerían. No salimos de la ciudad de Tozeur, me dio la impresión de que apenas llegábamos a las afueras de la pequeña localidad. Bajamos del autobús y ya a pie nos dirigimos hacia un recinto flanqueado por unas grandes y hermosas puertas de estilo árabe. Nada más entrar, un largo pasillo con antorchas a ambos lados que iluminaban nuestro camino. Tras brindar con un sabroso y refrescante cocktail (sin alcohol-recordemos que los musulmanes practicantes no toman alcohol-) compuesto por frutas exóticas como el mango, nos llevaron hacia una enorme explanada. Se trataba de una gran explanada de tierra en la que rodeados de antorchas presenciaríamos un espectáculo ecuestre que hicieron ponerse los pelos de uno como escarchas…

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Fue realmente bello. Había varios jinetes, algunos con trajes oscuros de temible guerrero musulmán y con magníficos caballos negros y otro de ellos con vestimenta también de guerrero pero blanca y con un hermoso caballo blanco. Todos realizaron magníficos números ecuestres, incluso simulando una lucha entre uno de los guerreros negros y el blanco. Éste último salió victorioso. Como decía, todavía no había comenzado la cena y ya había merecido la pena pagar esos 40 dinares que pagamos por persona.

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Posteriormente al número ecuestre, le siguió uno en el cual un encantador de serpientes y tarántulas era el protagonista. Él y nuestras parejas, que también salieron a escena para soportar que dicho encantador rodeara sus brazos con serpientes de diversos tipos. No tan impresionante como el primer número pero notable.

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Antes de llevarnos al comedor nos condujeron a unas jaimas, en las cuales “mujeres del desierto”, bereberes en realidad, hacían labores típicas diarias como muestra para los espectadores (lo habíamos vivido anteriormente en las casas bereberes). Algunas cosían, otras hacían aquel sabroso pan que anteriormente probamos y molían trigo… Después de esta pequeña visita sí nos condujeron hacia el comedor.

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El comedor realmente estaba bajo una especie de gran jaima. En medio, un pequeño escenario nos daba una pista sobre lo que podía acontecer.
tunezEl menú estaba elegido. Mientras nos servían un imponente consomé (chorba) tan delicioso como abrumador (por la temperatura que teníamos, y es que esa noche fue de las más calurosas de todo el viaje no bajando seguro de los 28 grados), un primer grupo de musulmanes con una típica vestimenta se dispusieron a tocar una
alocada pero hipnótica música para que una joven nos mostrara una especie de danza del vientre mientras hacía malabarismos colocándose diversos artilugios sobre la cabeza y ganándose los aplausos de los 30-35 viajeros que disfrutábamos de la noche. A todo esto, gastronómicamente hablando íbamos por un segundo plato compuesto de verduras y especias a montones que hacían subir los calores de más de uno (ensalada mechuia), empezando por mí. Posteriormente, bajaron del escenario los músicos que racialmente se calificarían de norteafricanos (por su tez morena pero no oscura) y llegaron unos nuevos artistas con la piel realmente oscura que parecían más bien subsaharianos. Eran hombres del desierto, touareg, hombres, y un niño que también participaba en las extrañas danzas que iban mostrándonos junto a la música en directo que ellos iban ofreciéndonos con pequeños pero contundentes instrumentos de percusión.  Con ellos nos iban sirviendo el plato estrella de la noche, por supuesto, un cus-cus que fue de los mejores que probamos en todos los días que pasamos en Túnez. Una vez finalizada la tanda de bailes y músicas que nos ofrecieron los touaregs, nos pusieron en las mesas los postres: esta noche tocaba probar un Makrouhd, un exquisito dátil recubierto de una masa de hojaldre y miel. Estábamos realmente llenos, yo especialmente ya que como siempre comía mi ración y parte de la de “la persona que está a mi lado” que aunque parecía ir abriendo el apetito y acostumbrándose a la gastronomía rica y típica tunecina (por cierto, no muy variada) no era capaz de acabar con su ración completa bajo ningún concepto.

Finalizamos la cena y los espectáculos y llegamos al hotel cerca de las 23.00 horas, lo que era una auténtica noche de ronda teniendo en cuenta el ritmo de vida que allí llevan a cabo y sobretodo sabiendo el duro día que nos esperaba ya que nos dispondríamos a regresar a la costa (y por qué no decir a la civilización) y abandonaríamos nuestro amado desierto…

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TÚNEZ, PARTE III: EL EMBRUJO DEL DESIERTO


Afortunadamente cogimos las dos primeras plazas del autobús. Íbamos justo encima del conductor y nuestra visibilidad era espléndida. Nos dirigíamos hacia la ciudad oculta de Matmata. El paisaje comenzó a mostrarnos toda la fuerza y poderío del color de la arena empezando a dibujar un desierto ante nosotros. Eso sí, de momento rodábamos a través de un desierto de tipo estepario o desierto de estepa en el que encontrábamos todavía algún matorral y algunas rocas que no lograba tapar por completo la arena. Lo que divisábamos más bien era tierra con piedras, pero no aquella arena que formaba dunas que sólo había visto hasta el momento en películas y documentales.

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No obstante, todo este paisaje empezó a atraerme de una forma muy especial y extraña. Recuerdo que comenzamos a subir una serie de repechos que sobrepasaban una cadena montañosa plenamente desierta. El color verde no existe allí. Lo que nos encontraríamos en nuestro próximo destino era una de las civilizaciones más antiguas de la humanidad persistentes todavía hoy. Los bereberes. Esta civilización, por supuesto anterior a todas las religiones predominantes hoy en día, aunque colonizada por alguna de ellas, en concreto la musulmana, nos contaban que tenía la particularidad de construir sus casas bajo la propia tierra del suelo que pisábamos en aquel momento. Aquel día comeríamos en una típica casa bereber ambientada para ser visitada.

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Nuestro autobús paró en una explanada. A pocos metros un pequeño agujero con una puerta de madera se divisaba. Curiosamente había indicaciones de que en la entrada de lo que parecía una gruta ponía “Restaurante” e incluso “Hotel”. Al entrar comprobé con fascinación cómo realmente habían construido bajo tierra una vivienda con todas las comodidades posibles. Entre las dependencias de “la casa bereber” llamaba la atención un patio que a su vez tenía otras puertas que eran las entradas a las habitaciones que se anunciaban en el cartel “Hotel”. Allí descansamos un buen rato bien atendidos por las gentes de aquel lugar que parecían estar acostumbrados a tratar con turistas pero que al mismo tiempo daban la sensación de no haber visto jamás nada ajeno a aquellos paisajes que rodeaban sus hogares. Comimos bien, al menos yo que no soy tan escrupuloso como “la persona que está a mi lado”. Fueron varios los platos típicos del país que conformaron el menú, entre los cuales estaba el brik (especie de empanadilla de hojaldre frito rellena de huevo y verduras) y un consomé (chorba) que no me disgustó nada. El postre, una baklawa, una especie de hojuela con miel (elemento también típico de la zona), dejó un buen sabor de boca. Y por supuesto el té no faltó a su cita, aunque no fue de los mejores tés que saboreamos en tierras tunecinas.

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Tras el descanso, la comida y unos cuantos kilómetros más en carretera llegamos a una nueva casa troglodita en la que todavía hoy habitan aquellas gentes. En la puerta de otra de aquellas grutas transformadas en hogar había una jaima, como el que tiene en su jardín una hamaca…

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Una vez dentro de aquella casa contemplamos todas y cada una de las estancias que ocupaban los habitantes de la misma. Vimos los extraños ropajes que vestían. Y como atracción para el turista ejercían sus labores como cualquier otro día normal para ellos, una de las mujeres cosía, otra molía trigo y fabricaba un fabuloso pan que probamos con una mezcla de miel exquisita que ellos mismos fabricaban in situ y aceite de oliva.

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Vimos como era un típico dormitorio bereber y demás estancias. También había un patio en esta dependencia. Tengo que decir que me resultó curioso ver la simbología que había por toda la casa gracias a los diversos dibujos que había en varios puntos de la misma. Por ejemplo, una gran “mano de Fátima” decoraba la parte superior de la entrada ahuyentando la mala fortuna y atrayendo la fertilidad junto a un enorme pez de colores platino y azul que invocaba a Alá para que no implantara la escasez de alimento en la casa. Increíble cómo la religión musulmana coloniza una cultura existente antes que la propia religión y se produce una mezcla maravillosa que persiste en la actualidad. Finalizamos la visita a la casa y nos dispusimos a montar de nuevo en el autobús.

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La temperatura sería cercana a los 35ºC y nos dirigíamos todavía más hacia el interior, lo que haría que el calor fuese incluso aumentando. Sólo jugaba a nuestro favor que a pesar de ser aproximadamente las 16.00 horas locales, la tarde parecía empezar a caer, y es que aunque nos costó coger que el día allí empezaba pasadas las 6 de la mañana y finalizaba sobre las 17.30, acabamos acostumbrándonos.

Como decía, nos dirigíamos hacia Douz, también denominada “la puerta del desierto” y ya sólo el nombre empezó a embrujarme. He aquí uno de los secretos que os serán de mayor utilidad: en el autobús,  ¡coged las dos plazas de detrás del conductor! Machram nos comentó que en breve pasaríamos del desierto de estepa al desierto de arena. Yo esperaba con ansiedad el momento de comprobar si ese paisaje de dunas que alguna vez había visto en televisión realmente existía. Fue impresionante ver cómo, una vez superada la cadena montañosa, el paisaje se volvió más salvaje. Fue una locura comenzar a ver que la carretera empezaba a desaparecer por culpa de serpenteantes oleadas de arena fina que iban invadiendo la misma. Llegó un momento en el que era difícil ver por dónde circulaba el autocar. Ya no había piedras, ni hierbajos, ni por supuesto, un sólo árbol.

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Llegamos a Douz, “la puerta del desierto”, y comprobé que el paisaje que alguna vez vi en televisión efectivamente existía, pero su hermosura se multiplicaba por mil. Quedé literalmente impactado. Atravesamos el pueblo de Douz. No me explicaba cómo podía vivir esa gente en medio de la absoluta nada, tan sólo lo que parecía un palmeral había cerca del pueblo (posteriormente aprendí que era un oasis). Llegamos a una explanada perturbada tan sólo por las dunas formadas por arena fina y que gracias a la caída del sol transformaba en blanquecina cuando hacía tan sólo unos minutos era mucho más anaranjada.

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El paraje era hermoso, la temperatura era suavizada por una leve brisa que hacía golpear granitos de arena contra tu cuerpo (de ahí que nos cubrieran con un traje típico  de touareg de pies a cabeza para evitar que la arena nos molestase), el lugar tenía un encanto tan peculiar como misterioso, la luna asomaba en lo alto del cielo y un paseo en dromedario acabó de colorear uno de los momentos más apasionantes que he vivido en toda mi vida.

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La fantasía parecía envolverlo todo pero lo mejor era que vivía una realidad, no una fantasía. Tras un paseo de unos 45 minutos en dromedario y guiados por un genial personaje habitante de Douz (era simpatiquísimo y además de hacernos fotos, quiso posar con nosotros también en alguna de ellas), volví ya maravillado al autobús que nos acercó al hotel en el que nos hospedaríamos esa noche.

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No eran más de las 19.30 pero tras la cena, el día había acabado, con una nota superior al sobresaliente, teniendo en cuenta que al día siguiente deberíamos estar en pie sobre las 5.30 para ser recogidos por el autobús a las 6.30 ya desayunados.

TÚNEZ, PARTE II: EL MISTERIO TUNECINO SE DESTAPA


Mi primera noche en el país árabe digamos que no fue de lo más agradable. El hotel en el que nos alojaron (durante poco más de cuatro horas) dejaba bastante que desear: nos llevaron a una especie de bungalow con estructura musulmana en su edificación, eso sí, con un mobiliario bastante mal conservado, y al que llegó un pequeño hombre (claramente musulmán por el tipo de ropajes que vestía: túnica hasta los pies y gorro típico tunecino) con el mando del aire acondicionado en mano; obviamente no hablaba castellano y yo no estaba para hablar un perfecto francés y menos cuando eres interrumpido metiéndote en la cama a las dos de la mañana en un mal alojamiento y en un lugar al que como mínimo guardas respeto. A pesar de la calurosa y agobiante humedad que había en el ambiente pasamos una gélida noche gracias al distinguido señor del aire acondicionado que se paseó aquella noche por nuestras alcobas.

Pocas horas después tocó vestirse de viajero… Ver la luz de la mañana fue como tomar un respiro de aire puro tras llevar horas encerrado en una habitación. Empezamos con un buen desayuno que nos dieron en el cuestionado hotel. Un buen desayuno, todo hay que decirlo. Tras ello al autobús. Machram, nuestro guía al que ya os presenté, comenzó a avanzarnos las muchas cosas que visitaríamos los días venideros. Este día emprendimos la ruta hacia el sur del país con la intención de llegar hasta la puerta del desierto.

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La luz del día comenzó a mostrarnos las primeras imágenes de un país pobre. Las casas, de adobe, dejaban ver su inestabilidad con sus esquinas torcidas y con sus irregulares lados. Según empezamos a dejar la costa (podemos también decir la civilización) y nos dirigimos hacia el interior, la zona más deprimida económicamente, comenzamos a encontrarnos tanquecillos o bidones que contenían combustible. Eran gasolineras improvisadas que vendían el litro a menos de 40 céntimos de euro. Y a medida que íbamos hacia el sur y nos acercábamos a la frontera con Libia iban aumentando su frecuencia, a la vez que el precio del carburante iba también disminuyendo. Comprobábamos cómo, a parte de estas “gasolineras clandestinas” que encontrábamos por el camino aparecían de vez en cuando “chiringuitos” en los que colgaban a los corderos ya despellejados y boca abajo listos para cocinar.

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Las carreteras eran tan largas que parecían eternas y nuestro potente autobús de no menos de 12 o 13 años de edad adelantaba a todo tipo de vehículos incluyendo carros tirados por mulas y demás.

El primer destino de nuestra aventura africana era la ciudad de El Jem. Fue la primera gran ciudad africana que visitamos. Lo de gran ciudad entre comillas, ya que eso de altos edificios y centros financieros con impresionantes rascacielos comprobamos que allí no había llegado. Y seguramente tarde mucho en llegar. Era una ciudad, como dije, con todas las casas de adobe, de barro, y decoradas con bastante colorido. Pero todas eran casas bajas, no había grandes edificios. Según nos aproximábamos al centro de la ciudad empezó a vislumbrarse la primera maravilla de todas las que posteriormente nos encontramos. No he estado en Roma, a pesar de lo que he viajado es una de las ciudades que me falta por visitar, sin embargo todos hemos visto en miles de imágenes el Coliseo. Lo más parecido que he visto en directo al Coliseo romano lo vi en El Jem. Un colosal teatro romano se levantaba en lo más profundo de la ciudad.

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Bajamos del autobús y disfrutamos de aproximadamente una hora de libertad para subir y bajar por el recinto y vagar por todas las dependencias de la magnífica edificación. Quedé bastante impresionado con el teatro. Después comprobé que era el tercero más grande del mundo y el mayor de toda África. Recuerdo que la subida hasta el tercer piso del graderío fue sorprendente.

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Desde allí contemplé por primera vez una ciudad musulmana desde las alturas y vi que había una calle principal respecto a la cual se conformaban todas las demás, mucho más estrechas. Eso si mirábamos hacia el exterior del recinto. Al mirar hacia adentro contemplábamos un magnífico escenario que seguro fue testigo de cientos de luchas entre gladiadores durante siglos y siglos. Puedo decir firmemente que la visita me encantó.

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Túnez empezaba a atraparme.

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Tras la visita a El Jem, nuestro siguiente destino era Matmata.

TÚNEZ, PARTE I: CAMINO A TIERRAS DE ALÁ


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PREÁMBULOS

Puedo decir que cuando viajo lo hago siempre de forma corpórea, sin embargo en mi visita a Túnez, sentí cómo el alma de uno mismo es capaz de viajar también y de hacerlo a otra dimensión de la que nadie nos ha contado su existencia. Una tierra llena de secretos, de maravillas físicas y enérgicas, de misterios, de una cultura desconocida por completo hasta que uno la toca casi con los dedos, una cultura que es casi peligrosa por el poder de hipnosis que ofrece al viajero que se ve superado por la fascinación de aquellos parajes desérticos pero repletos de algo inexplicable que es capaz de abrazarte hasta dejarte tan atrapado que te hace sentir, me hace sentir (ya que hablo de mí mismo), la necesidad de volver en el menor tiempo posible. Y es que sí, quedé enamorado por completo de lo que me aportó un país que hace poco más de un par de años se vio envuelto en una guerra civil que hizo mella en la riqueza natural, cultural y arqueológica de una tierra con un embrujo divino.

Es una sensación inolvidable cuando por primera vez uno visita un país donde las oraciones sobrevuelan en el cielo. Se siente un profundo estremecimiento. No conocemos las palabras ni el lenguaje, es indescifrable lo que se está escuchando pero uno nota muy adentro que hay una espiritualidad profunda en lo que se reza. Da la sensación de estar tocando un tema prácticamente tabú.

Ellos rezan cinco veces al día, siempre oraciones pertenecientes al Corán.

Sentir ese aroma casi hipnótico. Desierto, ruinas, enclaves donde lo extraño, lo místico, lo desconocido te envuelve.

Viajar a un país árabe no era una de mis prioridades el año pasado a estas alturas, cuando empezamos a barajar diversas opciones para pasar nuestras vacaciones. Si pensamos en vacaciones veraniegas, disfrutar de la playa y el sol, la cosa no es sencilla para nosotros debido a nuestros oficios, metidos de lleno en el mundo del turismo y que nos impiden disfrutar de vacaciones en plena temporada alta, sea Junio, Julio o Agosto. Las nuestras serían en septiembre, en la segunda quincena concretamente, lo que para empezar causa una pequeña duda respecto a cómo se comportará la meteorología en dicha fecha.

Digamos que por empuje y presión de “la persona que está a mi lado” la idea de viajar a Túnez empezó a tomar forma. Desechamos la de Egipto por los problemas diplomáticos que hubo por aquel entonces y que se alargan hasta el día de hoy.

Pasaporte en regla (único documento necesario para entrar en Túnez para españoles), pusimos rumbo al país árabe.

COMIENZA LA AVENTURA

Llegamos al caótico aeropuerto de Túnez llenos de dudas. Al menos yo tenía dudas, llamémoslo miedo incluso. ¿A qué? No se puede explicar muy bien a qué pero sentía un enorme respeto por lo que nos podríamos encontrar en un sitio que era completamente desconocido para nosotros y que seguro nos depararía sorpresas, pero mi duda es sobre el tipo de sorpresas que encontraríamos en una cultura no diferente, sino totalmente opuesta a la nuestra. Nuestro único motivo de confianza es que a parte del árabe, en Túnez se hablaba también francés con lo cual algo entenderíamos en situación de alto riesgo. Además tengo que aclarar que no fuimos a la aventura, llevábamos un viaje organizado por un gran touroperador español que se conformaba de cuatro días de circuito por diversas zonas del país y otros tres de playa en un gran resort de la categoría más alta y con todas las comodidades y facilidades que pudimos coger (sólo Dios sabía qué se consideraría allí un resort de la más alta categoría).

Como decía, la primera impresión una vez puse pie en tierra firme fue incierta. El aeropuerto, reitero, caótico, incluso a pesar de ser las 23.00 horas, pues el vuelo salió de Madrid con retraso. Una vez nos dirigimos al punto donde nos dijeron que estaría nuestro autobús esperándonos, todo empezó a dilucidarse. El autobús más moderno que vagaba por el parking del aeropuerto de la capital, del mismo nombre que el país, tendría no menos de 15 años. Los vehículos que circulaban por allí los recordaba de mi infancia. Fue cuando empecé a ser consciente de que habíamos abandonado el primer mundo para plantarnos en un lugar todavía sin desarrollar, al menos tecnológicamente. O eso era lo que me parecía.

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Por lo demás, la temperatura era calurosa y la cercanía del mar hacía que el ese calor se multiplicará por culpa de la alta humedad que nos envolvía. Subimos a nuestro “magnífico autobús” que nos llevaría a nuestro primer hotel, situado en Port el Kantaoui, a unos 100 kms de la capital. Cogimos las dos primeras plazas del autobús, las que hay justamente encima de la cabeza del conductor, cuyo asiento se situaba por debajo de nosotros y que significó uno de los descubrimientos más emocionantes de nuestro viaje (en posteriores entradas explicaré por qué). Desde allí hasta nuestro destino al que llegamos prácticamente a la una de la madrugada. Todo el trayecto por una autopista por la que prácticamente no pasaba ningún coche. Nuestro autobús circulaba por dónde quería, hubiese los carriles que hubiese. Entre la espesa noche sí que me di cuenta que en más de una ocasión adelantábamos a personas con un burro de carga con su remolque que circulaban por el arcén. Nuevamente me vino a la mente el aviso de que estábamos en un país plenamente rural. Entramos en Port el Kantaoui por una especie de entrada protegida por militares armados, lo que me estremeció un poco recordándome que año y medio antes se había producido un terrible levantamiento civil que había destronado al poder político que había en aquel momento formándose un gobierno de transición.

Hago especial mención al que sería nuestro guía durante los siguientes días, Machram, y nuestro conductor, Mohammed, muy amable y servicial. Quedamos con Machram en la puerta del hotel donde nos habían dejado a las 6.30 del siguiente día. Reitero que era pasada la una de la madrugada.