CUMBRES DE CULTO: LA VIRGEN DE LA PEÑA DE FRANCIA


Despertamos pronto en nuestro hotel de Mogarraz con la esperanza de que la meteorología nos acompañara para, ya que habíamos disfrutado el día anterior de un día gris y lluvioso, comprobar cómo era la comarca con sol y buenas temperaturas. Las cortinas de nuestra habitación escondían la respuesta, la cual fue grata, pues, efectivamente, pocas o ninguna nube cubrían un cielo que hacía sólo horas dejaba caer gotas de agua intermitentemente. Las oscuras nubes se despidieron dando paso a un sol que sin embargo, no desplegaba el calor excesivo que podía recibir cualquier zona de la península.  Y es que no sé si podemos considerar que la comarca de Las Hurdes junto a la Sierra de Francia forman un microclima, pero según nos informaban familiares del tiempo que hacía en el resto del país, no se parecía en nada. De hecho nos plantaríamos posteriormente en Salamanca capital y comprobaríamos de primera mano cómo allí el sol sí se mostraba mucho más furioso. Antes de viajar a la capital salmantina, sin embargo, disfrutaríamos de algo que pocas veces he podido sentir: Libertad (literalmente).

Tras un desayuno decente en el ya nombrado Hotel Spa Villa de Mogarraz volvimos a por las maletas, y tras ello, bajamos para realizar el check out, pero de paso también, que nos informaran de qué opciones teníamos para visitar dentro de la comarca antes de dirigirnos hacia Salamanca. Nos dieron varias, una la de visitar un pueblo típico de la zona (pero habiendo visto ya Mogarraz y La Alberca lo descartamos inminentemente). La otra idea a mí me emocionó más que a “la persona que tengo a mi lado”. Más que emoción, la sensación que recibí podría definirse como presagio, una sensación que me invitó de manera muy fuerte a poner todo el empeño posible a escoger la opción de subir hasta la Peña de Francia. Poca información nos facilitaron en el hotel, únicamente la de que encontraríamos unas preciosas vistas desde arriba disfrutando de un soleado día como el que cubría nuestras cabezas.

Carretera y manta hacia el punto más alto de la comarca. Sabríamos dentro de poco lo que nos depararía nuestra elección. Cogimos la misma carretera que la noche anterior tenía un aspecto casi lúgubre y terrorífico, pero el sol del día la mostraba de otra manera, paradisiaca podría decir, gracias al espesor de una vegetación que convierte el lugar en único. La dirección que tomamos por aquellas estrechas carreteras fue hacia el pueblo de El Casarito. Al llegar a El Casarito, pueblo que no sobrepasará los cincuenta habitantes, hay una indicación en la entrada que señala la localidad de San Martin del Castañar. No se debe hacer caso a la indicación (información que nos facilitaron en el hotel), con lo cual traspasamos el pueblo y por fin encontramos la indicación que nos dirigiría a la Peña de Francia. La carretera tomó un aspecto todavía más estrecho del que ya mostraba, y además comenzó a empinarse de manera muy audaz. El desnivel era importante. Pronto empezamos a encontrar y a adelantar ciclistas que decoraban la carretera haciendo parecer que éramos uno de los coches participantes en la Vuelta Ciclista a España, y después supe que en múltiples ocasiones ha acabado alguna de las etapas de la Vuelta en la cumbre hacia la que nos dirigíamos.

Ascendíamos metros y metros en altitud comenzando a contemplar un paisaje que desde abajo ya era maravilloso. Poco a poco fuimos dejando atrás la maleza debido a la altitud que íbamos alcanzando empezando a encontrarnos con un terreno bastante más estéril y pedregoso, y sin embargo las vistas dejaban de ser maravillosas para ser imponentes. La carretera, tan estrecha como antes comentaba, rodeaba por completo la montaña que subíamos. No podíamos superar los 40 kms por hora, y si algún vehículo se cruzaba en nuestro camino, uno de los dos tenía que echarse prácticamente fuera de la carretera. Afortunadamente era temprano y no había demasiado tránsito. Hacía aproximadamente media hora que salimos del hotel y ya estábamos casi en la cumbre de la misteriosa Peña de Francia. Misteriosa empezando por el nombre (¿qué hace una sierra en plena provincia de Salamanca llamándose Francia?). No era éste el último secreto que aguardaba el monte. Según llegamos nos encontramos con un repetidor televisivo de varios metros de altura que tenía cierta semejanza con un cohete espacial. Rompía totalmente con lo que allí nos encontraríamos.

Peña de Francia (7)

En primer lugar, explicaré el porqué del nombre tanto del monte como de la sierra. Y es que tras la Reconquista cristiana sobre los musulmanes, la comarca fue repoblada por franceses (Gastón, Coupet…). De ahí que todavía haya derivaciones de apellidos de procedencia francesa.

Al llegar prácticamente a la cumbre de la montaña una valla nos obligó a dejar el coche para continuar durante unos trescientos metros a pie hasta llegar a lo más alto. Allí muchas cosas empezaron a sorprendernos, comenzando por un monasterio convertido hoy en hospedaje, en cuyo restaurante tomamos un refresco.

A continuación, nos aproximamos a uno de los riscos que parecen estar en la parte más alta no solo de la montaña sino de toda la cordillera. La sensación que comencé a sentir fue una de las mejores que he tenido últimamente. Total libertad, paz interior, alegría, dominio de una grandísima extensión de tierra que desde aquel lugar se divisaba. Los minutos u horas que pasamos allí me parecieron segundos porque podría haberme quedado en aquel enclave toda una eternidad. Tras aquel majestuoso rato nos dimos cuenta de que un reloj de sol estaba construido en piedra en el centro de “la rotonda” que hay en la explanada de la parte alta del monte. Esta zona recibe el nombre de “El Salto del Niño” por la imponente caída que hay desde el lugar.  Por otra parte, tengo que decir que pudimos ver cabras montesas en la lejanía desde el lugar donde éramos reyes de kilómetros a la redonda.

Peña de Francia (2)

En cuanto al paisaje, era inmejorable, pasemos al plano litúrgico: allí se levanta el Santuario de la Virgen de la Peña, comandada por la orden de los dominicos. La leyenda y la magia volvían a llamar a nuestra puerta. Un monasterio con una iglesia en la que curiosamente se da misa diariamente (y cuanto menos es curioso simplemente por la distancia que deben recorrer los feligreses para acudir a su cita con dios). Eso sí, lo hacen sólo en meses estivales, pues en invierno la nieve hace inexpugnable el ascenso al santuario.

Pudimos descubrir, a parte del recinto religioso que hay allí construido, la extraña virgen que tan venerada es en aquellas alturas (1727 metros). Una pequeña virgen que en alguna ocasión ha sido robada (en la última de estas ocasiones el propio ladrón decidió devolverla tras tenerla en su poder durante unos años). Hablo de una virgen que guardan en la pequeña gruta en la que fue encontrada, que prácticamente no ha sido modificada. No es la típica capilla que encontramos en toda iglesia. Y es que podemos decir que lo que han hecho ha sido construir un gran templo al aire libre, con estas pequeñas capillas a las que todos tienen acceso. Una de ellas, bajando unas pequeñas escaleras, guarda a la pequeña y cuanto menos extraña pieza que representa a la Virgen de la Peña de Francia.

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La virgen, a la que se venera desde hace más de seis siglos, fue encontrada por un francés: Simon Roldan, un estudiante parisino al que se le produjo la advocación de la virgen que antes comentaba y al que recomendó buscar la imagen de la misma en tierras de Occidente. Las palabras que la Virgen de Peña mentó, fueron: “Simon, vela y no duermas, busca en Occidente hasta encontrar una imagen semejante a mí. Allí sabrás cómo actuar después”. Cuatro años estuvo Simon buscando dicha imagen en tierras de Bretaña y finalmente desalentado decidió volver a París, pasando por Santiago para hacer una peregrinación religiosa. Confundido, llegó a tierras salmantinas dónde casualmente escuchó en la localidad de San Martín del Castañar algo sobre alguna extraña virgen que había sido vista en las alturas de la sierra. Desde entonces y durante tres días estuvo (exhausto) buscando por la Sierra de Francia, hasta que de nuevo la Virgen de la Peña se le apareció indicándole dónde estaba la imagen y solicitándole que tras cavar y encontrarla la colocara en lo más alto de la montaña, construyendo un santuario que pasaría a llamarse Santuario de la Virgen de la Peña. Así lo hizo, y en el año 1434 comenzó la construcción del templo. En él se pueden, además, encontrar imágenes de San Andrés a parte de capillas, como antes explicaba, dedicadas al Santo Cristo y al propio Santiago.

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Otra de las capillas improvisadas que hay, está formada por una escultura construida mediante tiras de hierro y que muestra una imagen de Santiago Apóstol sobre su caballo y con una cruz sobre su mano derecha; este rinconcito es llamado el Balcón de Santiago. Esta capilla, junto con las de San Andrés, la capilla del Cristo y la ya mentada capilla de la Virgen de la Peña de Francia, están situadas justo en el lugar dónde se encontraron sus respectivas imágenes.

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Después de un par de horas en aquellas alturas decidimos volver a la civilización, dirigiéndonos hacia la capital de la provincia en la que nos situábamos, Salamanca.

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GALICIA, TIERRA DE MISTERIO Y TRADICIÓN… PARTE II


LA CORUÑA, DÍA 3

El tercer día, salíamos de la ciudad de La Coruña para conocer otros rincones de Galicia. Nos dirigimos hacia la parte oriental de La Coruña, e hicimos una primera parada en la Isla del Castillo, en la misma Ría de La Coruña. Un bonito castillo situado en un peñón unido a tierra por un puente desde el que hicimos varias fotos de gran calidad.

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El castillo estaba cerrado, no obstante lo rodeamos dando un paseo y volvimos al coche para salir dirección Betanzos. Nuestro objetivo éste día era un punto en concreto en el mapa, la localidad donde habíamos aprendido que, según la tradición gallega van todas las almas una vez abandonan los cuerpos. Hablo de San Andrés de Teixido. Y es que para corroborar la tradición, los gallegos tienen un dicho que reza: ” A San Andrés de Teixido, vai de morto quen non foi de vivo” (va de muerto quien no fue de vivo).

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Pusimos rumbo en marcha al pueblo en el que reposan todas las ánimas y paramos en una de las rías que nos había comentado nuestro guía los días anteriores, Suso Martínez. Paramos en Cedeira, y comimos también en un restaurante que él mismo nos aconsejó, el Restaurante O Badulaque. Quisimos ir a un restaurante en el que no encontrásemos turistas, sino que fuera uno concurrido por los propios coruñeses con intención de comer bien, y a pesar del nombre, nada más lejos de la realidad: comí unos de los mejores percebes que he probado. Los cuatro integrantes de grupo salimos totalmente satisfechos de lo que comimos.

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Seguimos nuestro trayecto hacia San Andrés y la carretera comenzó a volverse complicada. Se estrechó ofreciendo un pequeño carril hacia cada sentido en el cual, si nos cruzábamos con un coche teníamos que apartarnos totalmente a un lado, o bien nosotros, o bien ellos. Atravesamos bellas montañas y bajamos hasta llegar a un enclave simplemente maravilloso. Algo mágico se respiraba en aquel pequeño pueblecito “dejado de la mano de Dios” con una pequeña iglesia en la cual reposa parte del dedo de San Andrés. Naturaleza, pureza, mar… y magia… Todo esto se reunía en aquel enclave. Sacamos unas magníficas instantáneas y nos dispusimos a marchar hacia “los acantilados más altos de Europa“, según Suso Martínez, los acantilados de San Andrés de Teixido.

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La carretera ya no se dividía en dos, era un sólo carril en el cual si nos cruzábamos con alguien teníamos literalmente que parar. Seguimos subiendo el puerto en el que nos encontrábamos caballos salvajes como nunca antes había visto, y vacas silvestres a ambos lados de la carretera, incluso en algún momento cruzaban ante nosotros. Eran cientos de vacas las que en aquel maravilloso entorno había. Llegamos hasta arriba del todo y aparcamos el coche acercándonos a pie hasta los acantilados.

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El aire era realmente frío y muy fuerte debido a la altura a la que nos encontrábamos, a más de 600 metros. A duras penas pudimos llegar entre vacas hasta un punto desde donde se divisaba toda la línea de acantilados y desde donde la puesta de sol, que en esos momentos se producía, ponía en bandeja una panorámica espectacular. Sensacional. No pudimos estar mucho tiempo en el exterior debido al molesto aire que corría pero bastaron 15 minutos para disfrutar de un paraje difícilmente repetible.

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Tras esto, volvimos a La Coruña en un viaje de poco más de hora y media. Tras pegarnos una ducha y “ponernos guapos” disfrutamos de la noche coruñesa paseando por la encomiable Plaza de María Pita, que se vestía de gala con adornos navideños, y que nos daba la tranquilidad de una ciudad con ambiente pero no con aglomeraciones, pues estábamos ya en un día laborable.

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LA CORUÑA, DIA 4

El cuarto día que pasamos en Galicia fue hermoso también. El sol no nos abandonaba, y las nubes no amenazaban. No obstante éramos conscientes de que en cualquier momento esto podía cambiar.

corunaEl plan era claro, nos dirigiríamos hacia la parte occidental esta vez de la región para visitar la ciudad de Santiago de Compostela y finalizar el día en el mismo lugar en el que lo hace el sol, Fisterra (Finisterre). Llegamos tras un corto trayecto a la sagrada ciudad del apóstol Santiago. Qué decir de la localidad de Santiago de Compostela. Se respira un aire particular. Nombrar la Plaza del Obradoiro, por supuesto, y la magnífica catedral de Santiago, que tuvimos la mala suerte de encontrar en tareas de restauración y con andamios en la mitad de la fachada.

Pero a parte de la catedral, todas las calles guardaban rincones fabulosos desde los cuales hacer preciosas fotos, y cada esquina guardaba un secreto nuevo, una nueva placita, una hermosa iglesia o un antiguo convento.

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Comimos en Santiago y compramos un queso con un aroma ahumado que resultó buenísimo además de una típica tarta de Santiago que nos supo también a gloria. Tras la comida, partimos hacia Finisterre.

El trayecto desde Santiago a Fisterra fue por una buena carretera, no tardamos más de una hora y cuarto. A medida que nos aproximábamos a la costa volvía a sentir el embrujo de la tradición y costumbres galaicas y celtas y empezaba a verlo de nuevo todo de otro color. Parecía envolvernos algo ajeno a nosotros. Los pueblos por los que pasábamos dejaban ver sus cementerios con cruces protectoras hacia arriba en los límites de cada camposanto.

La llegada a Fisterra pareció parar el tiempo. Fue llegar al faro tras el cual se pensaba en la antigüedad que no había nada más que el fin del mundo, y entendí por qué. Hacía sol, como todos los anteriores días pero en aquel punto exacto parecía haber una tormenta. En el horizonte se apreciaba aquella tormenta que tapaba el sol, y la despedida de éste se hizo imposible de ver. Desde un peñasco sobresaliente simplemente divisábamos la furia del mar, que no obstante estaba bastante calmado para lo que dicen que suele estar en aquella zona, y cómo, poco a poco, la luz iba disminuyendo hasta dejarnos con ella apagada. Todo aquello nuevamente en un enclave en el que la magia parecía coger más fuerza que nunca, pues alrededor podíamos encontrar varias cruces que mostraban que aquellas gentes siguen arraigadas a sus ancestrales costumbres y seguirán haciéndolo durante siglos.

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Tras esta maravillosa puesta en escena regresamos hacia La Coruña. Nuevamente paseamos por las callejuelas cercanas al centro y cenamos en un lugar de manera muy notable. El sitio se llamaba “La Bombilla“. Ciertamente llevábamos varios días queriendo entrar pero en días anteriores había demasiado bullicio, ya que es uno de los bares en los que mejor se tapea de toda Coruña. Tengo que nombrar también un sitio en el que se puede tomar un estupendo vino casero y comer cacahuetes sin parar: “El Priorato“. Tras esto, a disfrutar de la penúltima noche al hotel.

 

LA CORUÑA, DÍA 5

El quinto y último día en Galicia fue simplemente espectacular. Cogimos, no demasiado pronto, rumbo a oriente de nuevo con destino Mondoñedo. La localidad, de poco más de 4000 habitantes, me resultó espectacular. Con una catedral románica esplendida y unas callejuelas preciosas, la pequeña localidad nos dejó asombrados.

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Seguíamos en Galicia, tierra de misterio, con lo cual, era imperdonable no visitar el cementerio que la persona que había en la oficina de información turística nos había aconsejado.

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Los puentecitos, algunos de origen romano, sobrepasaban el río Masma, haciendo posibles las mejores fotografías. Resumiendo, un pueblo maravilloso.

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Marchamos para llegar a comer a la frontera de Galicia con Asturias, más concretamente a la ciudad que la compone, Ribadeo. En la ría de Ribadeo comimos, y la verdad es que muy bien. El lugar se llamaba Restaurante Marinero (concretamente situado en el muelle de Porcillán, con toda la pared frontal acristalada permitiéndonos disfrutar de las vistas) y pudimos saborear productos nuevamente de la tierra, mejor dicho, del mar que rodea las zonas donde nos encontrábamos, el Cantábrico.

Después de comer fuimos a parar al lugar estrella, el lugar que llevaba esperando días y días, la Playa de las Catedrales (Praia das Catedrais, en gallego). Obviamente tuvimos que informarnos la noche anterior (nos informó el recepcionista del hotel, con el cual llegamos a tener mucha confianza) de las mareas, ya que la marea puede hacer cambiar la altura del nivel del mar en aquel paraje en unos cuatro metros incluso, llegando a tapar por completo la playa haciéndola inaccesible.

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Obviamente es necesario bajar a la playa cuando hay marea baja y uno no tiene más de hora y media para pasear antes de que todo vuelva a ser cubierto por el mar. En el siguiente enlace se puede ver el ciclo de las mareas para poder acudir a la maravillosa Playa de las Catedrales.

http://www.playadecatedrales.com/mareas.php

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Las palabras sobran para describir el lugar. Es algo inexplicable. Increíble lo que la naturaleza es capaz de formar. Mejillones y otros crustáceos estaban pegados en las paredes de los acantilados, la mayoría bastante pequeños, como empezando a formarse. Pasear por allí era como estar en el paraíso.

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Tras maravillarnos con aquello regresamos a nuestro punto de origen, La Coruña, desde donde al día siguiente partiríamos en un largo viaje…