LA VILLA MEDIEVAL DE PEDRAZA: CONJUNTO HISTÓRICO-ARTÍSTICO NACIONAL


Visitar por segunda vez la localidad de Pedraza, en Segovia, me bastó para conquistarme por completo. El simple hecho de entrar con el coche por la única puerta de acceso al centro del pueblo te traslada totalmente a la Edad Media y convierte el automóvil en un carruaje tirado por caballos…

La puerta, que por cierto, era la antigua cárcel de la villa, es robusta y segura con el objetivo de proteger a los ciudadanos de cualquier ataque exterior. Al aproximarse uno a Pedraza (da igual hacerlo desde Madrid o desde Segovia), comprueba que el enclave está situado en un punto estratégico que en la antigüedad debió ser sencillamente inmejorable. Las inmensas montañas pertenecientes al Sistema Central sirven de muralla natural para la ciudad. Además el castillo, en el interior de las murallas protectoras, y las casas están construidas en lo alto de una colina, con lo cual la visibilidad en caso de recibir una ofensiva sería perfecta.

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Como decía, basta con aproximarse al pueblo y entrar por la gran puerta principal (Cárcel de la Villa) para trasladarse al medievo. Primera curiosidad, ¿por qué justo la puerta principal que forma parte de la muralla tomó función de cárcel? Según nos explicaron, en más de una ocasión utilizaron a más de un preso como arma arrojadiza que lanzaban desde la torre que forma parte del edificio. ¿Macabro? Sí, pero útil, se deshacían de uno de los presos que mantenían en condiciones lamentables y lo aprovechaban como bala.

La primera vez que llegamos a Pedraza fue de manera precipitada e improvisada. Era un frío día de invierno del pasado mes de febrero, llegábamos tras pasar una preciosa noche en la maravillosa ciudad de Segovia, de la que hablaremos en otra entrada, e íbamos con un claro objetivo, comer un buen cochinillo o un sabroso cordero. Decisión que tomamos gracias a nuestro amigo Luis, segoviano como el que más. El día no era el más indicado para realizar una visita. La temperatura no superaba los 7-8ºC y los copos de nieve caían de manera intermitente haciendo el día realmente complicado, de manera que decidimos únicamente ir a comer y no visitar apenas la localidad, que no obstante te envuelve con un aroma muy especial con un simple paseo de 100 metros por cualquiera de sus empedradas calles. El restaurante al que fuimos es de remarcar. Es de mucha importancia mencionar que Pedraza tiene fama (merecida) de ser un lugar de escape (para sobre todo madrileños) en el que comer posiblemente el mejor cordero o el mejor cochinillo de todo el país, por ello es aconsejable reservar mesa por teléfono SIEMPRE. Aquella primera vez fuimos a comer al Restaurante El Jardín y fue excelente. Una ración de cochinillo para “la persona que está a mi lado” y otra para mí hicieron las mil delicias junto a una buena fuente de patatas fritas y una contundente ensalada. Todo de una calidad de diez, y por un precio aproximado de unos 35 € por persona con una tarta de queso de la tierra que completó la comida de manera excelente. Debido a las inclemencias del tiempo, no pudimos hacer otra cosa que coger de nuevo el coche para volver a nuestra tierra.

pedraza (25)Tras aquello no podíamos decir que conocimos Pedraza; hoy realmente puedo decir que lo conozco. Hace tan sólo dos semanas y con un tiempo mucho más primaveral decidimos, junto a nuestro matrimonio preferido, ir a visitar Pedraza. Nosotros íbamos como guías pero en realidad conocíamos poco más que ellos. Lo único que conocíamos era el Restaurante El Jardín y ese mismo día estaba lleno, con lo cual tuve que reservar mesa en el Restaurante El Soportal, aconsejado por una persona que considero que “sabe lo que come”.  Dos raciones de cochinillo, dos de cordero, una ensalada y un plato también de patatas fritas hicieron de nuevo reafirmar nuestra opinión de que el mejor cochinillo que he probado se hace en Pedraza.
El cordero también es grandioso. En los postres, probamos también la tarta de queso, como es habitual en mí pues es mi favorita, y también tremenda, y el ponche segoviano, hecho con un bizcocho relleno de crema pastelera y mazapán. La calidad de 10 también pero quizá un 2-3% más caro que el Restaurante El Jardín, en el que habíamos comido en nuestra primera visita a Pedraza. Es posible que ese incremento casi inapreciable de precio se deba a que éste último se encuentra en plena plaza del pueblo, por lo cual es 100% recomendable pedir mesa junto a la ventana a la hora de hacer la reserva. Justo ahí se rodó el anuncio de la lotería de Navidad (el famoso anuncio en el que aparecen Bustamante, Marta Sánchez, Montserrat Caballé y Rafael).

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Hablemos de lo importante, el pueblo, la villa. Justo después de la comida, a las 17.00 horas daba comienzo la ruta guiada por las calles de la centenaria villa. La guía era la misma persona que se encargaba de vender las entradas en la Oficina de Turismo de Pedraza, que se encuentra bajando la calle Real, justo en la calle que se abre a la izquierda del Restaurante El Soportal.

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Tras adquirir las entradas por un precio de 3€ por persona, regresamos hasta la Plaza Mayor, desde donde comenzó la ruta. Entremos en detalle. La plaza es magnífica. Es una típica plaza castellana rodeada de viviendas todas ellas con un escudo en su fachada. El suelo está empedrado, como en el resto del pueblo, y en cada casa hay un balcón. Los grandes acontecimientos antiguamente se celebraban en esta preciosa plaza. Obviamente las grandes personalidades tenían que poseer un emplazamiento en aquellas corridas de toros, festejos e incluso ajusticiamientos, normalmente con la horca. Se puede observar, incluso, que en la iglesia central de la plaza (Iglesia de San Juan), lo que se supone la Iglesia Mayor y la que actualmente está abierta al culto en la localidad, existe un pequeño balcón que no muestra sintonía alguna con dicha iglesia (posteriormente explicaré por qué).

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Hay varias cosas muy llamativas en el lugar pero algunas de ellas no saltan a la vista. Es mejor ir con ellas aprendidas. Lo primero que choca cuando uno se fija desde el centro de la plaza es que todas, absolutamente todas las casas de Pedraza tienen en su fachada principal un escudo, el escudo de la familia, del apellido que se lleva. En su momento Pedraza fue una ciudad importante, de casi 5000 habitantes y era una localidad potente económicamente hablando cuyos habitantes eran poderosos y fijaron escudos en sus fachadas que aún hoy perduran. Hoy en día existe una ley mediante la cual todas las viviendas de nueva construcción tienen que seguir un patrón que no difiera de las construcciones antiguas.

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Como antes comentaba, hay curiosamente un balcón en la iglesia de la Plaza Mayor que no encaja mucho con la construcción religiosa. En su altillo se lee:

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“Este sitio y balcón es de Juan Pérez de la Torre y Zúñiga de este orden Caballero”

Aquel importante personaje nobiliario se vio obligado a negociar con la iglesia la construcción de un pequeño balconcito que le diese la opción de participar de forma pasiva en esos acontecimientos que comentaba, como corridas de toros, ajusticiamientos y cualquier otro tipo de festejo, ya que su residencia no formaba parte de la plaza, sino que estaba en una de las calles que radian de ella.

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Por otra parte hay que decir que prácticamente la totalidad del suelo de la villa está construido de piedra con lo cual es aconsejable ir con un calzado cómodo. Hay otras muchas curiosidades en el lugar, pero entre ellas una llama la atención. Desde el centro de la plaza se puede comprobar, si se observa detenidamente, que las tejas de todas las casas están colocadas al revés. Lo hicieron, y se sigue haciendo así, por dos motivos: uno de ellos y fundamental en su origen es el económico, ya que se ahorraban la parte de arriba, y el otro es que debido a los duros inviernos que se pasan en Pedraza y las constantes nevadas que recibe el pueblo, los tejados dejan resbalar la nieve evitando que se acumulen encima de las casas afectándolas de manera considerable.

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Nuestro camino desde la bella plaza continuó por un pasillito muy estrecho, justo al lado del balcón del que hemos hablado, que desde lejos no daba la sensación de ser una calle (de hecho primeramente pensé que era la entrada a alguna pensión ya que veía entrar y salir a muchos turistas). Realmente era una calle, una preciosa calle que iba a dar a una todavía más bonita plaza, llamada desde antaño Plaza del Ganado. Nos comentaron que antiguamente en dicha plaza se intercambiaba el ganado y el pescado y además todavía hoy servía de toriles cuando se celebran las corridas de toros en las fiestas, que son entre el 6 y el 10 de septiembre de cada año. Las corridas desde hace siglos se siguen produciendo en la plaza donde la gente pudiente sigue saliendo a los balcones para verlas en directo. A la izquierda de la pequeña plazoleta parece haber unas rejas que sirven como pequeño baúl de los secretos. Actualmente es el Museo Arqueológico Regional y posee algunos sarcófagos y columnas romanas entre otras cosas. Además, el pequeño recinto funciona como decorado de películas y series tan famosas como “Águila Roja”. El lugar se transforma en la cárcel de la villa en la serie.

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Desde allí marchamos hasta la pequeña Plaza de la Olma, llamada así porque en medio de la misma un árbol centenario se levantaba imponentemente. Actualmente, es un álamo el que reina en el lugar. La diferencia entre olmo y olma es únicamente su edad: al convertirse en centenario, el árbol pasa al género femenino. Nos contó la guía que una tremenda enfermedad se enfrentó a estos árboles hace doscientos años acabando con la práctica totalidad de los olmos y olmas en la península, incluida la que allí había. Una vez la grafiosis remitió habiendo acabado con la vieja olma, se replantó un álamo en su lugar.

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Desde el centro de la villa fuimos caminando por la empedrada Calle Mayor comprobando como las piedras bajo nuestros pies comenzaban a convertirse en arena. Al horizonte, el gran castillo que se aprecia cuando uno se acerca desde cualquier lugar a Pedraza.

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pedraza (37)El castillo, del siglo XIV, posee hoy en día el nombre de Castillo de Zuloaga. Fue levantado sobre antiguas fortalezas romanas y musulmanas y habitadas por familias nobles como las de Herrera y Fernández de Velasco. Hoy en día se utiliza el castillo como recibo turístico todos los días exceptuando los lunes. Eso sí, puede ocurrir como nos pasó a nosotros. Curiosamente se utiliza también para la celebración de ceremonias y actos privados. Hace dos semanas había uno y nos quedamos sin visitarlo. Eso sí, pudimos contemplar la magnífica puerta principal de madera de roble con pinchos de hierro que se clavaban en las armas de asedio que se utilizaban contra ella.

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Volvimos sobre nuestros pasos pasando por la Iglesia de Santa María, hoy prácticamente en ruinas. Supimos que en momentos de esplendor de la ciudad hubo hasta siete iglesias abiertas al culto de las cuales hoy sólo una se mantiene enteramente en pie y disponible al rezo.

Poco nos quedaba para finalizar la visita, pero todavía nos esperaba un agradable paseo a través de la Calle de la Calzada, donde antiguamente se asentaron los judíos que habitaron la villa. Al final de dicha calle comienza la calle Procuradores, donde nos mostraron una de las casas que perteneció a la iglesia y dónde se implantó una de las sedes del Tribunal de la Santa Inquisición que había en Castilla.

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Finalizamos llegando a la Puerta de la Villa y al torreón que funcionó hasta hace no tantos años como la Cárcel de la Villa, y que posteriormente visitamos por dentro. En cuanto a la Puerta de la Villa, del siglo XI, decir que es uno de los más conocidos tesoros del lugar por ser todavía hoy único punto de entrada y salida de la localidad y en la que preside un hermoso escudo de armas perteneciente al noble Íñigo Fernández de Velasco. El otro personaje digno de mención e hijo predilecto de Pedraza es el pintor eibarrés Ignacio de Zuloaga, que llegó a Pedraza en 1926 enamorándose perdidamente de la villa y encontrando allí la inspiración que necesitaba para convertir en obras de arte sus pinturas. Hoy sus descendientes tienen diversas dependencias en la ciudad, entre ellas el castillo. Una anécdota curiosa que contaba la guía fue que el pintor invitó a una famosa actriz americana de armas tomar y a la que quiso dar a conocer el lugar que había elegido para vivir. Las puertas, mejor dicho, la puerta de salida y entrada estuvo cerrada desde las 22.00 horas hasta la mañana siguiente lo cual obligó a la distinguida dama a dormir en las puertas de la villa. Zuloaga advirtió sin suerte a su invitada…

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Decidimos visitar la antigua Cárcel de la Villa, hoy convertida en museo. Las entradas costaron sólo 3€ por persona y básicamente visitamos las diversas estancias de todo el torreón. Nos contaron las tremendas atrocidades que se les hacían a los presos y las lamentables condiciones higiénicas, físicas y psicológicas a las que se enfrentaban. Tan duro sería aquello que cuando en el siglo pasado se decidió hacer una gran limpieza, se encontraron restos humanos entre los metros y metros de excrementos que cubrían los habitáculos. Nos mostraron diversas celdas, concretamente me impactaron unas hechas con madera, con grandes troncos pedraza (65)que no dejaban entrar la luz del sol. Lo confirmamos cuando entramos en una de ellas y cerramos la puerta: ni un mísero rayo de luz. También visitamos la habitación del carcelero, única estancia en la que había algo de calor gracias a la chimenea que le servía como cocina y como calefacción. En el resto del torreón, curiosamente, hacía un frío bastante mayor que el que hacía en el exterior, en la calle, dónde rondaban los 15 grados. Pudimos también disfrutar de las vistas que ofrecían algunos ventanucos de la parte superior de la torre de la cárcel, tanto hacia la villa como hacia los campos que la rodean.

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Finalizamos la visita a la querida ciudad de Pedraza tomando algo en la única taberna que persiste como en su origen en toda la localidad: la Taberna de Mariano. También situada en la misma plaza principal del pueblo, nos trasladamos a la edad media tomando un refresco en puertas de dicho establecimiento. El interior fue maravilloso visitarlo y la gente que lo regentaba era realmente afable y amable, como la cuadrilla que había en las mesas al lado de nosotros en la preciosa fachada de la taberna.

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Así nos fuimos alejando de la villa, nos marchamos por la puerta por la que horas antes habíamos entrado y dejando atrás un pueblo al que espero, volvamos pronto. Quién sabe si para el festival de las velas cuya plaza ofrece un concierto sinfónico los próximos 5 y 12 de Julio y mediante el cual la villa se llena de velas y aparta de la luz artificial durante unas horas…

Todo es posible…

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Gante, la última perla de Flandes


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Nos dispusimos a salir, como teníamos previsto y tras el fabuloso desayuno de Bujas, camino de Gante. Gante, como mencioné ya en alguna entrada estaba situada justo a medio camino entre las ciudades de Brujas y Bruselas, donde pasaríamos esa, nuestra última noche. No es que no quisiera ver Gante pero el cansancio ya acumulado de cuatro días sin descanso y la resaca de tanta maravilla vista hasta el momento pesaban en mí haciéndome notar una cierta desgana. Desgana que no tardó en desaparecer. 25 fueron los minutos que tardamos en bajar del tren que nos alejó de nuestra inolvidable Brujas. Una vez en la estación de Gante despejamos nuestra primera duda. La estación dispone de consignas para las maletas de todos los tamaños, y menos mal, pues marchábamos con todos nuestros bártulos. Tras esto nos dirigimos hacia la salida de la estación, donde pronto vimos una parada de tranvía que nos acercaba hacia el centro de la ciudad. De momento, sobre la ciudad, nada llamativo, una estación poco atractiva y poco más. Pronto cometimos un error a tener en cuenta para el turista, y fue no llevar cambio. Sólo llevábamos un billete de 50 euros y con él subimos al tranvía dónde no disponían de semejante cambio para nuestro billete. Nos bajamos por nuestro propio pie, aunque tampoco nos hubieran dicho nada de no haber pagado, ya que normalmente uno sube con el ticket ya comprado de las máquinas que hay en cada parada y posteriormente nadie controla si llevas tal billete. No obstante nos bajamos, cambiamos monedas y para arriba de nuevo.

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Ahora sí hasta el mismísimo centro de la ciudad. ¡Y vaya ciudad de nuevo! El contraste de las afueras de Gante se pronunciaba al mostrarnos su maravilloso casco antiguo. Y todo en un día nuevamente primaveral e incluso demasiado caluroso por momentos. La camiseta de manga corta era suficiente. Estábamos en el centro sobre las dos y media de la tarde, y no os preocupéis porque no os quedáis sin comer a estas horas en la región de Flandes, como a nosotros nos habían comentado. Todo lo contrario, era difícil encontrar un hueco en alguna de las mesas exteriores que había en aquel majestuoso enclave. Nuevamente estábamos sentados comiendo entre iglesias, conventos, preciosas casitas y un gran canal, en Korenmarkt, donde también se encontraba el antiguo edificio de Correos. Presidiendo, por supuesto, una imponente catedral se alzaba. El sol no llegaba a quemar pero amenazaba con hacerlo y eso hacía que los y las jóvenes del lugar (se notaba que estábamos en una ciudad universitaria) aparcaran sus miles de bicicletas y dejaran colgar sus pies sobre el canal casi tocando el agua.

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Tras acabar con nuestro apetito, paseamos por aquel pequeño casco antiguo divisando a nuestro paso algunos lugares que hay que diferenciar de los demás por su belleza. La catedral de San Bavón, como dije, era imponente, algo que comprobamos era ya normal en las ciudades de la región de Flandes. Bajo la catedral un refrescante jardín en el que reposaban turistas, habitantes y estudiantes de la ciudad; y muy próximos a ella, el campanario (Belfort) y la iglesia de San Nicolás.

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Pasear a ambos lados del enorme canal que traspasaba Gante era bellísimo. Tanto en uno como en otro lado se conformaban dos plazas, una de ellas mayor que la otra pero a cada cual más bonita. Por supuesto había una Grote Markt, de forma cuadrada también y compuesta por casitas preciosas con aquella típica estructura del norte de Europa.

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ganteHabía, como en Amberes una contundente fortaleza (el castillo de los Condes de Flandes o Gravensteen) que daba pistas sobre las batallas que antaño contempló la ciudad, en manos de unos y otros en múltiples ocasiones. Grandiosas son esas típicas casitas que comentaba, acabadas en tejado triangular y que ya conocíamos. Quizá en Gante tuve la sensación de que las edificaciones en general, eran más incoloras o para ser más preciso, más grisáceas que en Brujas, menos llamativas pero igual de impresionantes, incluso alguna de ellas más sorprendente no por su color pero si por el misterio que despliegan esos latigazos negruzcos o marrones que el paso de los siglos ha ido pintando en sus fachadas.

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Ante todos estos puntos, entre los que sin lugar a dudas, destaca la catedral, llama la atención uno en particular, uno desde el cual se es capaz de ver todo lo demás. Y es que hablo sin duda del lugar desde el que mejores instantáneas se pueden obtener. Me refiero al puente de St. Michel. Es magnífico contemplarlo, bello sobrepasar el canal sobre él e impresionante fotografiarlo comprobando cómo nos da la posibilidad de meter en una sola imagen todos los puntos más encantadores del núcleo histórico, todos esos puntiagudos picos de las magníficas edificaciones góticas que tienen las fortalezas e iglesias de toda la región. Obligatoria es una fotografía en el Puente de Saint Michel como obligatorio me parece el paso del viajero por la ciudad de Gante, ciudad que ha evolucionado hasta nuestros días para mostrarnos resquicios de una villa medieval que son hoy cuna y residencia de miles de estudiantes centroeuropeos.

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Un último inciso; el neerlandés seguía siendo el idioma más hablado en la ciudad, por no decir el único. Cierto es que sin problema tanto en francés como en inglés nos atendieron de manera tan encantadora como en el resto de lugares de la región.

A pesar de quedar tan encantados como quedamos de nuestra visita a Gante, no aconsejo pernoctar en la ciudad pues considero suficiente una visita de tres horas para conocer plenamente lo interesante de la ciudad.

Sin más, considero que ésta fue la guinda que pusimos en la riquísima tarta de Flandes que nos llevábamos de vuelta a casa-antes a Bruselas para disfrutar de nuestra última noche en tierras flamencas-. Simplemente nos quedaba llegar hasta la estación donde la consigna guardaba nuestros bultos y otra media horita de trayecto hasta nuestro destino, de nuevo Bruselas.

Amberes: capital oriental de Flandes


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Comprobamos antes de iniciar el viaje a Bélgica que era un país bastante húmedo, es decir que la lluvia está a la orden del día y que el sol brilla por su ausencia. Sin embargo, éste era el segundo día en Bélgica (el primero entero lo pasamos en la capital, Bruselas) y la temperatura no bajaba de 12 grados por la noche y sólo alguna nube se divisaba en el cielo. Este segundo día en concreto era un día radiante, con unos 20 grados de temperatura y un azul en el cielo como el que vemos en nuestro propio país. El día fue levemente ensombrecido por la inolvidable visita que hicimos al Campo de Concentración de Breendonk por la mañana, y tras el cual a pesar de quedar encantado de visitar, me marcó de tal manera que costó un poquito volver a meterse en el papel de turista que traíamos de España.

A todo esto, tras la visita del fuerte y después de llegar a la estación de Willebroek, a unos 20 minutos caminando del fuerte (un buen paseíto) compramos en la taquilla los billetes dirección Amberes (Antwerpen). Es importante mencionar que debimos hacer trasbordo en Mechelen, la estación siguiente a Willebroek para coger allí otro tren que nos llevase a la ciudad medieval de Amberes. Tras hacerlo comprobamos que la gente con la que empezábamos a tratar era completamente distinta a la que había en Bruselas. En Bruselas había mucha más mezcla tanto racial como cultural. Sin embargo al llegar a Amberes (ciudad que tocaba visitar esa tarde), en la zona noreste de la región de Flandes y con salida al mar por un gran canal que se adentra hasta prácticamente el centro histórico de la ciudad, comprobamos que realmente estábamos en un lugar totalmente distinto a lo que hasta aquel momento conocíamos. La variedad de gentes de Bruselas (con sus respectivos orígenes tanto sudamericanos como mediterráneos, marroquíes, tunecinos, egipcios, argelinos, de razas morenas en general) se tornaron en rubios y rubias de ojos claros y de altura importante con apariencia más bien nórdica que mediterránea. Tras bajar del tren en la bonita estación de Amberes tuvimos la sensación de cambiar radicalmente de lugar.

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Encontramos en la imponente estación una oficina de turismo donde nos recomendaron ir hasta el centro a pie en vez de en tranvía o en autobús. Nos dijeron que el paseo hasta allí era agradable, y realmente lo era, sobre todo en un día como el que hacía.

Caminamos por una calle comercial (Meirbrug) con tiendas en su mayoría textiles a ambos lados. Era una calle amplia, la arteria principal de la ciudad de Amberes. Dejábamos a la espalda la imponente estación de ferrocarril de la localidad que cuanto más lejos quedaba más bonita parecía. Hasta entonces poco más, simplemente apreciábamos que estábamos en una ciudad con habitantes de alto poder adquisitivo (se veía en las ropas y en automóviles que rodaban por la ciudad) pero lo que realmente nos llamó la atención fue la dificultad que encontrábamos para pasear por la calle sin recibir el atropello de alguna de las miles de bicicletas que parecían invadirnos. Las teníamos por todos lados, iban familias con padres e hijos en bicicleta, grupos de amigas o amigos, incluso viejecitos entrañables en sus monísimas bicicletas. Era una auténtica plaga de bicicletas rodando tanto por la calzada como por la acera. Lo más curioso fue ver cómo en los semáforos se formaban pelotones de bicicletas a un lado y a otro de la calzada listas para avanzar en tromba unas contra las otras contigo inmerso en el pelotón intentando evitar golpes, codazos y posiblemente algún atropello. Además eran bicis de paseo de toda la vida con su cestita y muy personalizadas, eso sí. Algunas con corazoncitos, otras con lunares, otras más serias negras enteras, otras rojas, todas a medida de su dueño.

ambereaAvanzando por la gran arteria principal de la ciudad fuimos a parar a una gran plaza (Groenplaats) en la que se levantaba una increíble catedral de enormes dimensiones y con multitud de restaurantes, cafeterías, heladerías y demás a sus pies repletos de gente. ¡Y es que allí parece que no trabajan! No es broma, a cualquier hora había gente por todas partes y los bares y terrazas estaban hasta arriba de gente. Nos dispusimos a comer en uno de los locales que mejor imagen nos ofreció y la verdad es que comimos muy bien, pero a un precio bastante alto. En realidad pagamos por la situación en la que estábamos más de un 30 % del importe total de la comida, seguro. Os recuerdo que estábamos a los pies de la catedral de la ciudad de Amberes, que en la edad media llegó a ser el puerto más importante de Europa.

ambereaTras la catedral y una vez bien alimentados, porque la comida, reitero, aunque cara, fue muy buena, encontramos la “Grote Markt” o Grand Place. La Plaza principal, vamos. Aquí no utilizan el francés, utilizan éste complicado idioma llamado neerlandés que nos daba la sensación de ser una mezcla entre el inglés y el alemán (realmente así nos lo confirmó una amable señora que conocimos en los días posteriores en Brujas). La plaza principal de Amberes era preciosa. Es difícil describirla con palabras, para ello añadimos imágenes en nuestras explicaciones.
Tenía un gran y bello ayuntamiento, como en todas las localidades que visitamos, pero en concreto esta ciudad cambió totalmente de apariencia en tan sólo dos calles. La magia envolvió la ciudad convirtiéndola en una pequeña y magnífica villa medieval con sus típicas casitas de dos o tres plantas como mucho, y terminadas en un pico en lo alto de su fachada. Todas juntitas formando una plaza en cuadrado en el que llamaba la atención una espectacular fachada perteneciente, como decía, al edificio más llamativo, el ayuntamiento en el que por cierto, había un escudo del reino de Castilla y Aragón. Recordemos que durante años la región de Flandes perteneció al imperio castellano.

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amberesEn medio de la plaza una preciosa escultura mostraba un monstruo marino siendo vencido por un hombre que literalmente le arrancaba el brazo. No sé muy bien que victoria simbolizaba pero seguro que alguna de las muchas ofensivas que la ciudad recibió antaño por mar. Y es que no había más que comprobar que la ciudad tenía montones de fortalezas por todas partes, muchas de ellas en el mismísimo litoral. Llegamos hasta la costa y como decía nos encontramos una fortaleza que fue de las construcciones más bonitas que nos encontramos en los cinco días de viaje por Bélgica: el castillo de Het Steen.

 

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El paseo de vuelta entre recónditos lugares y pequeñas callejuelas nos demostró que era una ciudad llena de conventos, iglesias… construcciones religiosas en resumen. Una ciudad medieval en toda regla pero con esas casitas típicas del norte que como explicaba anteriormente adornaban y llenaban de color y dulzura la ciudad. No obstante, aunque bonito, no recomendaría hacer noche en la ciudad de Amberes y es que a pesar de ser una de las ciudades más grandes de la región de Flandes su interés cultural y turístico se remite al pequeño casco antiguo y alrededores que tiene la ciudad, que no te llevará más de dos o tres horas ver y contemplar tranquilamente.

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Volviendo camino de la estación a media tarde comprobamos como desde la calle principal de Amberes (Meirbrug), esa llena de tiendas entre las que se podían encontrar desde Zara hasta Bershka, Mango, Springfield y demás, la estación comenzaba a resaltar con gran fuerza en el horizonte gracias a sus cúpulas doradas. Ese era nuestro destino por hoy, la estación donde tomaríamos de nuevo un tren que salía con gran asiduidad, por lo que comprobamos, hasta la capital belga. No tardamos más de 45 minutos en llegar a la Estación Central de Bruselas.

Cambiábamos tan sólo de ciudad pero a la llegada pareció que regresábamos de nuevo a la vida real recién salidos de un pequeño cuento en el que habíamos sido protagonistas.

En resumen, gran día en la ciudad de Amberes, de la cual no nos habían hablado excesivamente bien y de la que nos llevamos un grandísimo recuerdo.

Día completo gracias a la también inolvidable visita al campo de concentración de Breendonk. Dos visitas tan diferentes como interesantes. Pero el viaje realmente no había hecho más que comenzar…