SALAMANCA: SECRETOS Y RINCONES DE LA VIEJA CIUDAD UNIVERSITARIA


Nos quedaba todo un día por delante para disfrutar de la capital salmantina tras haber ya extasiado nuestro espíritu habiendo ascendido hasta La Peña de Francia. Hicimos bien en madrugar, y tras visitar el sagrado santuario a más de 1700 m de altura, llegamos a la ciudad universitaria por antonomasia antes de las 12.30 horas. Como digo, todo el día por delante para descubrir cada recoveco de la ciudad, cada edificio de la misma, y por supuesto, cada misterioso dibujo de las fachadas tanto de la universidad como de la catedral. Sí, me refiero a la obligación moral que tiene cada visitante de Salamanca de buscar la rana en la fachada principal de la universidad o el curiosísimo cosmonauta de la fachada de la catedral.

Entramos directamente al centro de la ciudad helmántica sin problema alguno, provenientes de la comarca de la Sierra de Francia. De las dos ocasiones en las que nos hemos presentado en Salamanca, en ninguna de ellas hemos tenido problema para circular y estacionar el vehículo. Tengo que decir que es el río Tormes, irregular por cierto en cuanto a su caudal dependiendo de la época del año, el que proporciona el límite entre el casco antiguo y las afueras de la ciudad. Una vez atraviesas uno de los puentes y sobrepasas el río se puede considerar que estás dentro del núcleo histórico de la ciudad. Una de las avenidas que circunvalan el centro, la Avenida del Doctor Esperabe, nos dio acceso a una perpendicular (calle San Pablo), en la que estacionamos sin problema además de tener las inmensas torres de la catedral a tan sólo un paso. Sin plano en mano (la Oficina de Turismo se encontraba cerrada), pero con dichas torres como referencia nos dispusimos a ascender metros y metros por las recónditas calles salmantinas en dirección a la Catedral. Aquí podemos decir que comenzamos una nueva aventura:

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La pendiente de la primera calle que nos encontramos era considerable. Aquí nos encontramos la primera sorpresa, y es que si no habíamos tenido suficientes con las anteriores (“la moza las ánimas”, “el cerdito de San Antón”, “los retratos de Mogarraz” o la recién visitada “Virgen de la Peña”), una nos esperaba con los brazos abiertos. Una magnífica y de las que me placen como las que más, una de las leyendas que se guardaba en el corazón de la ciudad salmantina, y nunca mejor dicho cuando me refiero al corazón, porque cuenta la leyenda que dentro, en el interior, en el subsuelo del solar en el que entraríamos, habría estado durante años mostrando a discípulos deseosos de cultivarse de ciencias ocultas el mismísimo Satanás. Así lo explicaban los carteles indicadores. Nos encontrábamos en la antigua “cripta de San Cebrián”, donde impartió sus doctrinas el diablo, enmascarado de sacristán.

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A parte de haber entrada totalmente gratuita, es uno de los lugares que recomiendo visitar, pues en lo más profundo del solar, unas escaleras (no las que unen el lugar con el inframundo, como se cuenta), dan acceso a una ascensión que nos regaló unas maravillosas vistas panorámicas del casco de la ciudad desde una torre muy bien situada. Invito a que vosotros mismos seáis los que vayáis contemplando lo que los indicadores cuentan de la “leyenda de la cueva” y de cómo fue finalmente descubierto el maestro camuflado de sacristán.

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Tras la visita a la supuesta escuela de artes ocultas, durante muchos años, de Satanás, continuamos con nuestro rumbo, ascendiendo lo que nos quedaba de calle para girar a la derecha. Entramos de lleno en la plaza en la que se levanta la impresionante catedral gótica de Salamanca (mejor dicho, las dos catedrales, posteriormente explicaremos a qué me refiero). Sin embargo, en un primer momento, al entrar en la bonita plaza de Anaya, lo que llama la atención es un grandioso edificio perteneciente a la Facultad de Filología, también conocido como el edificio de Anaya.

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En frente, como decía, la Catedral deslumbra los ojos de cualquiera que se fije en ella, y hace incluso parecer inmensamente pequeño a uno, más aún si te dispones a acercarse a la misma, como fue nuestro caso. Tras realizar alguna fotografía desde el lateral de la catedral, buscamos aquí mismo la Puerta de Ramos, donde encontramos el astronauta, que en realidad fue incorporado a la construcción en 1992. Es de admirar que localicéis tal figura en menos de 2 minutos; nosotros, tardamos alguno más: a nosotros nos costó más de cinco con cuatro ojos.

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Salamanca (11)Posteriormente nos dirigimos hacia la fachada principal para contemplar la maravillosa arquitectura que la conforma, así como para examinar tanta riqueza decorativa de figuras pertenecientes a la Catedral Nueva. Y es aquí donde descubrimos algo que no sabíamos: dos son las catedrales que hay en Salamanca, dos conjuntos arquitectónicos transformados en uno sólo pero manteniendo amplias diferencias entre la que fue la Antigua Catedral y la que se denomina Catedral Nueva.

La Antigua Catedral, que se comenzó a construir en el siglo XII y se puso su último ladrillo en el XIV, es de estilo románico aunque con algunas zonas en las que predomina el estilo gótico que en los siglos XIII y XIV empezaba a utilizarse en el antiguo reino.

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En cuanto a la Catedral Nueva o llamada de La Asunción, comenzó a construirse en el siglo XVI y finalizó su obra en el XVIII; como particularidad, es mencionable que guarda en sus paredes tres de los estilos utilizados a lo largo de la historia en las grandes construcciones: el gótico, el barroco, y el renacentista.

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Ahora aquí, nuestro consejo. Existen diversas maneras de contemplar la belleza que tanto la Catedral Antigua como la Nueva despliegan, sin embargo me veo obligado a aconsejaros a hacerlo de una manera que os agradará, incluso impactará de manera sobresaliente. Es obvio que si lo que tenéis es un interés en conocer cada capilla de ambas catedrales a modo exhaustivo, nuestro consejo es que paguéis por la visita completa (concretamente 4,75 € por persona). Pero si queréis contemplar la belleza desde las alturas, no dudéis en seguir nuestro consejo: dirigíos hacia la entrada de la Catedral Antigua, donde os darán la opción de realizar la visita a ambos templos, como decía, desde las alturas. Cierto es que, en algún momento puede ser algo temeroso si alguien sufre de vértigo. Yo, tengo que reconocer que me sobresalté en varias ocasiones y es que la altura hasta la cual uno llega proporciona la mejor vista de toda la ciudad, pero al mismo tiempo impacta en uno de forma contundente, pues dicha altura supera en diversas torres los 35 metros sobre el suelo.

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Salamanca (13)Además de la visita desde las alturas, pudimos contemplar la Sala de la Mazmorra, la Sala Alta, la sala de la Bóveda, la terraza de la Torre Mocha, la pasarela hacia la Torre del Gallo, el balcón interior de la Catedral Nueva (desde donde vimos el interior de la misma), y la Terraza Norte. Nosotros, y nos consta que es algo ya habitual desde hace unos meses, tuvimos también la oportunidad de visitar la Sala del Reloj y la Sala del cuerpo de Campanas. En cuanto a la entrada, 3,75 € por persona y la experiencia, tan única como imponente.

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Tras esta segunda experiencia (tras la de la Cueva del Diablo), y una vez con los pies en tierra, recorrimos la Rúa Mayor (una de las calles principales del casco antiguo de la urbe), hasta encontrarnos con una que la cruza (Calle Palominos) y girar a nuestra izquierda para paralizarnos ante uno de los edificios emblema de la ciudad, la Casa de las Conchas.

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Frente a ésta, a la que también se puede acceder, se levanta el también imponente edificio de la Universidad Pontificia, perteneciente al siglo XVII y con varias estancias en su interior que son de contundente hermosura. A parte de poder visitar el Aula Magna, el luminoso claustro interior y diversas salas, tiene acceso también a unas torres superiores (Torres de Clerecía) desde las cuales también es recomendable vislumbrar la maravillosa ciudad universitaria y todos sus tejados (no es comparable a la altura a la que uno sube en las torres de las Catedrales, mucho más imponentes). Todo ello también por un módico precio, 3,75 € por persona. El acceso lo encontraréis en la calle Compañía, la que, como anteriormente dije, es perpendicular a la Rúa Mayor.

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Tras la contemplación de lo anteriormente descrito volvimos sobre nuestros pasos para colocarnos sobre la arteria de la Rúa Mayor y dirigirnos dirección a la Plaza Mayor superando numerosas ofertas de restaurantes y bares que presentaban bonitas mesas en el mismo centro de la calle, por supuesto, peatonal. Además, el tiempo acompañaba, incluso por momentos sentíamos algo de calor llegando casi a los 30º C, que nos hacían buscar la sombra en algunos instantes. A todo esto, fuimos a parar a una plaza, la llamada Plaza del Corrillo, por la que atravesaba una calzada y en la que encontramos otra obra de arte construida como templo religioso, la Iglesia de San Martín. La fachada no posee una exquisitez arquitectónica que sí puede tener la de la Universidad o la de la Catedral Nueva, pero lo que llama la atención en este templo del catolicismo es que si cruzamos la calzada y nos dirigimos por la misma plaza hacia, digamos, el pasillo de entrada a la archiconocida Plaza Mayor de Salamanca, daremos con una ventana que nos ofrece su ábside hacia abajo, maravilla arquitectónica ya que no es explicable que el peso de la ventana se mantenga sobre apenas nada. Este ventanón que nos encontraremos pertenece a la Iglesia de San Martín.

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Por fin, llegamos a uno de los puntos neurálgicos de Salamanca, de Castilla – León podría decir, e incluso del territorio nacional me atrevería. Y es que, ¿quién no ha oído hablar de la Plaza Mayor de Salamanca? Entramos por uno de los vértices de la misma, venidos de la Plaza del Corrillo y nos acogió con los brazos abiertos la fastuosa plaza que en tantas ocasiones he oído nombrar.

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Típica plaza castellana del siglo XVIII pero que en su origen era ya plaza importante, llamada de San Martín, albergando el mercado de la villa caracterizado tanto por el intercambio de ganado como de todo tipo de alimentos y artilugios. Finalmente quedó, tras diversas remodelaciones y restauraciones, una inmensa plaza cuadrada en la que aguardan sublimes soportales hoy convertidos en restaurantes, bares y cafés (algún comercio de otro tipo también), que trae a la mente de uno inmediatamente el recuerdo de la Plaza Mayor de Madrid. Ni mejor, ni peor, no soy quién para juzgar cuál de las dos es más espectacular porque posiblemente esté hablando de dos de las joyas más hermosas del panorama arquitectónico no sólo nacional, sino internacional. En ambas podría pasar una eternidad contemplando las fachadas de los edificios que forman el cuadrado perfecto que a su vez conforma dichas plazas.

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Tras esto, salimos por otro de los vértices de la plaza tras el cual fuimos a dar de nuevo a la Plaza de San Martín. Dimos varios paseos buscando la mejor oferta hostelera hasta que dimos con una que nos pareció atractiva. Íbamos dispuestos a comer de menú (en casi todos los sitios, y había muchos, ofrecían menús con grandes carteles). En la calle Francisco Vitoria, muy cercana a la Casa de las Conchas, encontramos un establecimiento llamado La Luna, por el que nos decantamos gracias a la variedad que tenía el menú; la calidad, sin embargo, nos dejó un poco disgustados. Comimos, de primero, patatas revolconas y, de segundo, unos solomillos de cerdo con salsa de cabrales que no brillaron por su excelencia (ni por la de la carne en sí, ni por la salsa). Además tuvimos una “no muy buena experiencia” ya que una de las múltiples palomas que son dueñas de las alturas en la ciudad quiso dejarnos un recuerdo que gracias a dios, cayó cerca de uno de los platos y no dentro de él. La comida nos salió por menos de 24 € en total, pero habría pagado un poco más por comer más cómodamente y mejor. No acertamos esta vez, y es que, alguna vez ocurre cuando uno va a la aventura.

Pero la aventura continuaba y no podíamos irnos sin dar nuestra más sincera enhorabuena a la rana que bien se ha ganado la fama de habitantes, visitantes y estudiantes de la ciudad, y que, según nos dijeron, se esconde en un punto concreto de la fachada de la Universidad de Salamanca (que no la Pontificia). Sin embargo, quisimos primero tomar un rico granizado de limón y un café para “la persona que está a mi lado” en uno de los cafés que hay en la Plaza Mayor, en el Café Novelty, siendo el más antiguo de la ciudad con sus más de 100 años, lo que han hecho del local un enclave de reunión para los personajes más ilustres de cada época (tanto es así, que es donde se llevó a cabo la fundación de Radio Nacional de España). Granizado en mano, ahora sí decidimos poner rumbo a la rana. Recorrimos de nuevo la Rúa Mayor, en forma de despedida, atravesamos y dejamos a la derecha la Casa de las Conchas y la Universidad Pontificia, y en vez de regresar por la calle Francisco Vitoria, en la cual habíamos comido, tomamos la paralela calle Libreros. Pronto fuimos a dar con la plazoleta que se forma en torno a la estatua de Fray Luis de León y que no se cansa de examinar desde hace siglos (y los que le queden) la impresionante fachada de la Universidad de Salamanca.

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Impresionante no en cuanto a volumen, ya que uno espera algo espectacular tanto en dimensiones como en ornamentación, sin embargo, es extremadamente estrecha, pero no por ello menos agraciada. La Universidad de Salamanca presume de ser la más antigua de España, y la cuarta de Europa (por detrás de la de Bolonia, Oxford y París). Por supuesto, conocimos a la famosa rana, uno de los requisitos fundamentales en nuestra visita a la ciudad y durante un buen rato disfrutamos de la paz (tensa por la gente que se agrupaba en la plazuela) que transmitía el lugar.

Tras este descubrimiento decidimos regresar a la Plaza de Anaya (dónde se ubican las Catedrales) y tomar la calle Tostado para ir a dar a parar a la Plaza del Concilio de Trento. Aquí, recomiendo totalmente ir, pues nos encontramos con una de las obras maestras (inesperadas) que vimos en nuestra visita. Hablo del impresionante convento de San Esteban, que bien parecía una auténtica catedral tanto por su belleza como, esta vez sí, por sus dimensiones. Increíbles las panorámicas que pudimos hacer desde la tremenda plaza, presidida también por una figura esculpida de Francisco de Vitoria.

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Poco más pudimos ver de la capital salmantina y capital de la cultura en el año 2002, pues era un domingo que se preparaba para miles de regresos a la capital. Eso sí, no quisimos irnos sin hacer una maravillosa panorámica de la ciudad ataviada e imponente gracias a los salientes de las torres de las catedrales (¡que sí, Salamanca tiene dos!) desde un punto que elegimos y acertamos, esta vez sí. Salimos, ya con el coche, del casco antiguo y nos paramos en el Puente Romano, dónde un gran parque con una pista de atletismo nos daba la posibilidad de situar nuestra cámara y trípode para poder hacer la panorámica con, y sin nosotros, como hacemos en todos los sitios que visitamos para intentar no aparecer en las fotografías que os mostramos, y que como dije en una de nuestras primeras entradas, son originales, es decir, nuestras. Absolutamente todas.

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Gracias de nuevo Salamanca, y hasta pronto.

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PELLIZCOS DE LA COSTA BLANCA: NOVELDA (EL INTERIOR DE ALICANTE)


Durante nuestra estancia en tierras alicantinas decidimos, además de curiosear por maravillosas playas y calas, adentrarnos en el interior de la provincia para conocer que no todo en Alicante es precisamente costa. Hay lugares que merecen un espacio en nuestro blog, ya que no son muy conocidos pero que tienen un atractivo muy especial. Uno de estos puntos se sitúa en las faldas del monte de La Mola, bajo una antigua fortaleza árabe, y un espectacular santuario, el de Santa María Magdalena. Hablemos pues de la localidad de Novelda.

Fue el pasado 29 de Junio, domingo, cuando decidimos dirigirnos hacia Novelda. Poco o nada conocíamos de la localidad, nos habían comentado que había un santuario bastante llamativo y que podría hacernos recordar la Sagrada Familia de Barcelona. Partimos desde Torrevieja, donde nos encontrábamos aquellos días. Cogimos la AP-7 dirección Elche/Alicante, para incorporarnos posteriormente a la A-7 por la que viajamos durante 10 kms hasta llegar prácticamente a Elche (sin adentrarnos en la ciudad), desviándonos dirección a Aspe. En poco más de media hora nos plantamos en Novelda. Es fácil diferenciar la parte histórica y central de la ciudad de la parte moderna. Llegamos gracias a los indicadores (Centro Ciudad) a lo más profundo del lugar, y ciertamente no tuvimos problema alguno para aparcar. Para dar referencias aparcamos justo en la calle que da la espalda a lo que después comprobamos que es el Casino desde 1888 (calle Virgen de los Desamparados).

Recuerdo que salimos del coche y a pesar del calor que hizo aquel fin de semana se podía pasear con total tranquilidad por las zonas en las que el sol no desplegaba todo su poderío. Sólo con una primera impresión, la ciudad me aportó una mezcla de tranquilidad y de buenas vibraciones que hizo realmente agradable mi estancia en aquel lugar y bastante apacible el paseo que dimos hasta llegar a la plaza principal. Atravesamos la avenida principal de Novelda, en ese trozo llamada calle Travessia, para situarnos en la misma plaza. La tranquilidad era ya relativa, pues nos encontramos con que la gente iba vestida de gala en dirección a la misma plaza a la que nos dirigimos nosotros, y una vez allí, nos dimos cuenta de que se estaba dando una misa en el interior de la impecable Parroquia de San Pedro, del siglo XVI, aunque posteriormente reformada.

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Un púlpito de gente fue acercándose hasta el lugar hasta casi llenar la agradable plazoleta en la que se encontraba además de la parroquia, el Ayuntamiento, que presidía la plaza con un hermoso edificio decorado con banderas de la ciudad, de la provincia y de la Comunidad Valenciana.

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Nos encontrábamos en la Plaza de España, y una bandera española ahondaba también en la casa consistorial. Obviamente algo se estaba celebrando en la ciudad. Indagamos, y descubrimos que nos encontrábamos en plena “Vereda”, fiesta que se celebra entre el 26 y 30 de Junio, y en la que, entre otras cosas, se eligen las damas y la reina que presidirán las fiestas patronales durante los días posteriores al grande, el 22 de Julio. Famosos por cierto son, los desfiles de moros y cristianos que se celebran entre los días 21 y 23 de Julio en honor a la patrona, Santa María Magdalena.

Tras disfrutar un buen rato del jolgorio que había en la plaza, nos dispusimos a marchar hacia el coche de nuevo por la calle Travessia en dirección a la que pasa a denominarse calle Emilio Castelar para llegar al imponente edificio que representa el Casino. Es un Casino en toda regla, nada tiene que envidiar a otros edificios que desempeñan la función real de casino en importantes ciudades españolas. Montones de ancianos aguardaban amables en mesas que se amontonaban a ambos lados de la entrada del edificio, que además era envuelto por un magnífico jardín en el que algunos niños jugaban.

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Recuerdo, como dije antes, que el edificio data del 1888 y actualmente ocupa una función más cultural que recreativa, aunque las muchas personas que pasaban allí el tiempo parecían disfrutar de lo lindo, unas gracias a las cartas y otras, gracias al dominó. Hermoso fue el paseo por los jardines del casino, hasta que dimos por completo la vuelta al edificio para salir por la misma puerta por la que habíamos entrado.

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Novelda (11)Además tuvimos la oportunidad de contemplar el interior. Varias salas del edificio nos mostraron la plenitud artística de un renacimiento intelectual  que había en el país a finales del siglo XIX, y es que nuestro país ha podido estar exento de muchas cosas, pero artistas siempre ha tenido, tiene y tendrá. Para muestra, paredes, techos y mobiliario original que se muestra en lo que casi se puede denominar palacio, el Casino de Novelda.

 

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Tras esto nos dirigimos hacia el coche para ascender hasta el cerro de La Mola, donde encontraríamos la fortaleza árabe, y lo más esperado del día, el Santuario de Santa María Magdalena.

Tres kilómetros separan el centro de la localidad del santuario. No tuvimos ningún problema para llegar, pues está señalizado en cada rotonda por significar el monumento más emblemático de la ciudad, y obviamente, el que más turistas atrae. Subimos la pendiente rebasando a varios ciclistas y corredores que se dirigían hacia el punto más alto.

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Comenzamos a visualizar una construcción típica mudéjar que en un primer impacto me recordó a la estructura que muestra La Alhambra de Granada una vez que se ve de lejos; es algo incomparable, pero en cuanto a estructura tiene similitudes. Prácticamente a la par empezaba a asomar la bella construcción que superaría incluso las expectativas que había creado en nosotros.

Novelda (17)Dejamos el coche en un lugar habilitado para ello y marchamos apenas cuarenta metros hasta plantarnos en los pies del Santuario de Santa María Magdalena. Magnífico. Los detalles de la fachada eran recurrentes y propios de una auténtica maravilla. Los picos que mostraba en su cara frontal confirmaban el rumor. Era cierto que la construcción recuerda de manera sobresaliente a la Catedral de la Sagrada Familia de Barcelona, cosa que no es casual. Pronto supimos que uno de los discípulos de Gaudí, creador de la catedral de Barcelona, fue el autor del asombroso edificio ante el cual nos encontrábamos. Hablo de José Salas, que se inspiró en su maestro para crear la moderna estructura que hoy da cobijo a la virgen de Santa María Magdalena. Alguna pareja, alguna familia, algunos jóvenes contemplábamos las maravillosas vistas que se divisaban desde la zona dónde nos encontrábamos. Eran casi las 21.00, el sol empezaba a esconderse y una dulce brisa parecía recorrer nuestros rostros para convertir el momento en perfecto. Por lo que pude sentir, aquel enclave desprendía algo diferente: una paz indescriptible. Sin embargo, era hora de marchar.

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Descendimos de nuevo hacia nuestro coche, que nos conduciría hasta un nuevo destino, la ciudad de Alicante, de la que nos separaban tan sólo 24 kms.

Hasta pronto Novelda!

TOLEDO: CAPITAL DE LAS TRES CULTURAS, DE LA MAGIA Y EL MISTERIO


Gran elección la que hicimos la semana que acabó el pasado domingo, mediante la cual, junto a nuestra pareja de compañeros de viajes, y antes que nada, amigos, Diego y Marta, elegimos la opción de visitar una ciudad que a priori deberíamos conocer como nadie, ya que es lugar de paso casi inevitable hacia nuestras raíces. Paso inevitable en el cual, desde pequeño y junto a mis padres, recuerdo que no había ocasión en la que no paráramos si nos dirigíamos al pueblo que vio nacer a mi padre o volvíamos de él dirección a nuestro hogar, por cierto ubicado en otra de las ciudades que fue, como la que vamos a hablar hoy, una de las principales y más importantes no sólo del panorama nacional, sino también internacional, la antigua Complutum, posterior Al-Cala Nahar, hoy actual, Alcalá de Henares. Hablaremos de la ciudad que me ha visto crecer en próximas entradas, bien vale una de ellas. Hoy sin embargo, puedo decir que me encuentro, desgraciadamente no ante papel y pluma, como habría hecho en el siglo XI, pero sí entre teclado y fotografías que hace apenas unos días llenaron las memorias de nuestros móviles, al igual que apuntes que fuimos tomando por cada rincón, por cada esquina, por cada calle, en cada plaza, en cada orilla del magnífico río que rodea la mágica ciudad de la que me dispongo a hablar. Y es que el término mágico es uno de los que mejor pueden describir la villa a la que me refiero, porque la magnitud de adjetivos que definirían la ciudad sobrepasarían el límite de lo que tengo estimado escribir sobre nuestro apasionante día en Toledo. Comencemos a hablar de Toledo, pues:

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A pesar de tratarse de un día de pleno verano (concretamente el sábado  5 de Julio del actual 2014), tuvimos relativa suerte en cuanto a la meteorología, no superamos los 32ºC, dato que suele ser muy usual en la ciudad de Toledo en época estival. De hecho, entre las 13 y las 18 horas en los meses de Julio y Agosto, es complicado ver reflejado en un termómetro una temperatura inferior a los 30ºC. Y es que Toledo, es una ciudad, en ocasiones, de extremos. Respecto al clima, sin duda, ya que en verano el calor que abruma la ciudad es incesante y en invierno el frío es capaz de congelar la ciudad con temperaturas realmente insoportables. Sin embargo, esto no evita que se encuentre entre las más bellas ciudades de Europa, o quizás del mundo: algo habría y debe seguir habiendo en la villa de Toledo cuando entre los siglos X y XVIII se decía que “las mejores y más válidas materias se aprendían en París, Salerno y Toledo, sin embargo”, continuaba la frase, “en ninguna de las tres ciudades se aprendían <<buenas cosas>>”. Entiendan “buenas cosas” cada uno como quiera. Todo en Toledo deja lugar a la imaginación de cada uno. Sigamos con nuestro relato.

Llegamos a Toledo, pasadas las 12.30 de la mañana, en apenas 45 minutos de viaje desde nuestras madrileñas tierras. Quedamos en las afueras de la ciudad con nuestra pareja de amigos para hacerlo todo un poco más fácil e ir a aparcar nuestros coches juntos lo más cerca posible del casco antiguo de Toledo, conocido coloquialmente como “el casco”. Llevábamos mucho tiempo pensando en hacer este viaje, era una visita que nos tenía prometida nuestra guía turística durante el pasado sábado, Marta, que aunque talaverana de nacimiento y medio criada en el pequeño pueblo de Los Navalucillos, obtuvo su formación universitaria, como tantos otros intelectuales en otros tiempos, en la hoy en día no tan renombrada Universidad de Toledo, actual Universidad de Castilla la Mancha. Antaño, reitero, fue de las que mayor reputación y fama mundial tuvo. Marta, sin embargo, no estudió ni ciencias ocultas, ni nigromancia ni astrología, se declinó por la diplomatura de Magisterio. Sus tres años allí le dieron, a parte de para obtener su título académico, para conocer algunos de los más recónditos escondites que tiene la ciudad y en la que uno es capaz de perder el conocimiento quedando encantado por completo con las maravillosas leyendas que quizá entre aquellas paredes y sobre aquellos suelos, se produjeron.

Dicho lo anterior, y tras encontrarnos en la entrada de la ciudad, junto al cementerio (más concretamente en la calle París), nos dirigimos hacia el centro en los coches para buscar aparcamiento. Seguimos a nuestros amigos hasta ir a dar a una calle confrontada al lugar dónde se encuentra el circo romano (no de gran importancia en Toledo), y que lleva el mismo nombre, calle del Circo Romano. Eran aproximadamente las 13 horas, así que tan sólo con 85 céntimos pudimos pagar la zona azul que duraba hasta las 14 horas, hora en la que se deja de pagar hasta el lunes a las 10 de la mañana. Tras esto comienza la aventura.

Nos dirigimos hacia las Puertas de Bisagra pasando por la Oficina de Turismo tan sólo para coger un plano de la ciudad, pues los lugares que visitaríamos los conocíamos (ya llevábamos un guía incorporado). Eso sí, en homenaje a mi padre, el cual viaje tras viaje hacia su pueblo, Los Navalucillos, nos paraba para contemplar desde una de las múltiples terracitas del Parque de La Vega la majestuosa vista de la muralla y sus puertas, quise comprar una bolsa de unas de las mejores patatas fritas que se pueden comer en toda España. Para él, son las mejores. La horchata, a la que él también nos invitaba en nuestras paradas, no pude degustarla esta vez, pues los demás me esperaban para comenzar la ascensión al casco.

Toledo mapa

Las Puertas de Bisagra forman parte de la muralla original de Toledo y son simplemente majestuosas. Parecen dar la bienvenida al viajero con el escudo de Toledo, compuesto por un águila bicéfala y su escudo de armas en el centro.

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Tras sobrepasar el límite de la puerta, tomamos rumbo a las escaleras mecánicas que se construyeron hará apenas 8 años y que, a pesar de que algunos comentan que rompen totalmente con el estilo arquitectónico del conjunto de la ciudad, no puedo estar de acuerdo. Personalmente considero que esquivan con gran inteligencia la innovación y comodidad que ofrecen a personas que tengan algún tipo de problema en cuanto a su movilidad y camuflan su estilo moderno para no chocar de lleno con la estructura del conjunto del casco. Os puedo asegurar que hay estructuras en Toledo que, aunque suene brusco decirlo, han destrozado literalmente los antiguos edificios que los colindan. Claro ejemplo, el nuevo edificio del Museo del Ejército que colinda con la impresionante obra arquitectónica del Alcázar. Tras subir las escaleras mecánicas con mi bolsa de patatas en mano, todo cambió.

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Nos trasladamos a la Edad Media. Callejeamos un poco hasta llegar a la plaza de San Vicente, dónde paramos a tomar un refresco en el Café Club Legendario, que con una recogidita terraza en el medio de la placita, nos surtió el pequeño descanso que necesitábamos para comenzar la ruta de verdad.

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Tras unos minutos, y atravesando parte de lo que Marta nos enseñó, se suponía la calle más comercial de Toledo, la calle Comercios, nos dispusimos a marchar hacia lo más alto de la ciudad, el punto central, la plaza que durante muchos siglos fue la más importante de la villa, la Plaza de Zocodover. La plaza fue construida durante tiempos de Felipe II tal y como hoy la conocemos, por el archiconocido arquitecto y diseñador Don Juan de Herrera. El origen del nombre de la plaza, sin embargo, es musulmán, lo que nos comienza a demostrar de lo que es capaz Toledo y cualquiera de sus puntos. “Zoco” significa en árabe mercado, y “dover” sería bestias o animales; de ahí “Zocodover”, mercado de bestias o animales. Era además del mercado, el lugar dónde ya los castellanos, una vez reconquistada la ciudad más importante de Castilla, celebraban corridas de toros y por supuesto, ajusticiamientos.

Toledo (10)Desde la Plaza de Zocodover marchamos hasta la Plaza de la Magdalena, enclavada en una pequeña plazuela que se encuentra tras pasar un bonito arco. Hay dos ofertas de restauración, pero de buena mano podemos decir, que no son las mejores de la ciudad respecto a la relación calidad-precio que se ofrece en Toledo, con lo cual, no hagáis más que una parada para disfrutar del enclave del que acabamos de hablar y si acaso, una cervecita o refresco. Volvimos sobre nuestros pies para salir del pequeño recinto y caminamos hasta la calle con el original nombre de Calle Horno de los Bizcochos, en la cual os recomiendo que según vayáis dirección al Alcázar, os metáis en una pequeña callejuela, que os dará la primera pincelada de magia del día: una magnífica vista de la torre de la Catedral que sobresale por encima de las demás edificaciones.

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Marta comenzaba a darnos vestigios de los rinconcitos de los que tanto nos había hablado.

Toledo (14)Tras esto, pusimos rumbo al Alcázar de Toledo y lo rodeamos por completo haciendo unas estupendas instantáneas del edificio militar, edificio que se encuentra en la parte más alta de la localidad y por ello, con un importantísimo dominio estratégico de la zona, honrando de esta manera el nombre que lleva. Y es que Alcázar viene de Al-Quasaba, del árabe, fortaleza.

Hay documentos que señalan que ya en el siglo II los romanos establecieron un campamento militar en el lugar. Posteriormente, se narra uno de los acontecimientos que se dieron en el edificio durante la Guerra Civil. Y es que en el año 1936, uno de los coroneles del bando sublevado, el militar José Moscardó, se resguardó junto a sus hombres durante 70 días a la espera de que los refuerzos llegasen. Resistieron más de dos meses, en los que pasaron hambre y asedios continuos por parte del bando rival, hasta que llegaron desde África (las fuerzas militares de Melilla) dichos refuerzos. El general Francisco Franco no tardó en visitar, tras la liberación y la consecución de la conquista de la ciudad, el lugar, convirtiéndose el acontecimiento en todo un mito de la propaganda franquista durante los años de la guerra.El Alcázar, que hoy posee, entre otras cosas, la Biblioteca de Castilla La Mancha, ha sufrido múltiples remodelaciones entre las que destaca una llevada a cabo por parte del ejército de arquitectos que llevaba consigo Carlos I de España, que ante la disminución de la amenaza musulmana dio un carácter más de morada regia que de fortaleza a la construcción, trazándose entonces el patrón que hoy mantiene. A pesar de ello ha sufrido numerosos incendios y, obviamente, se ha modificado y restaurado en múltiples ocasiones su planta.

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Toledo (16)Tras rodear el Alcázar caminamos por la calle de Los Alféreces hasta cruzarnos con la calle de Carlos V (insisto, I de España). Dicha calle nos devolvió al lugar del que habíamos partido, la bella Plaza de Zocodover, que este día mostraba en su plenitud un mercado medieval de numerosos tipos de especias, frutas, dulces, infusiones y hasta una estancia árabe que por la tarde dio un número musical y de baile. Todo hacía que el ambiente que se respiraba en Toledo fuese genial, mágico, como de otra época.

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Llama la atención si uno se sitúa en medio de la plaza una puerta de claro estilo artístico mozárabe. Hablo del Arco de la Sangre, puerta árabe del primer recinto militar, hoy lógicamente con varias reconstrucciones a sus hombros. Cuando uno la ve no duda en ir hacia allí ya que da la impresión de que tras ella se va a encontrar algo imponente, una caída libre, un terraplén… No se sabe muy bien qué, pero al no apreciarse ninguna calle tras la puerta, el que no conoce Toledo parece ver que no continúan las calles de la ciudad tras ella.

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Sin embargo, no es así. El domingo, Marta nos llevó hacia ella para traspasarla y comprobar que lo que sí que hay son unas escaleras muy empinadas que nos hicieron descender mediante la calle de Santa Fe hasta el antiguo Hospital de Santa Cruz, en el que os aconsejo hacer una parada, no para entrar, sino para observar cómo cerca de cada ventanón existen numerosas cicatrices de lo que fue la lucha entre los dos bandos durante la Guerra Civil. Persisten todavía los disparos que se realizaban desde el Alcázar durante esos setenta días en los que se produjo el fuego cruzado entre los contendientes de la desgraciada guerra que envolvió al país durante los años del 1936 al 1939.

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Giramos hacia la Plaza de Santiago de los Caballeros para disponernos a comer. Hasta ahora estaba disfrutando como un niño pequeño de la visita encabezada por Marta, que a las 14.30 horas, ya se había ganado toda nuestra confianza. Más aún si hablamos del lugar al que nos llevó para alimentarnos. Una caña, dos refrescos y un tinto de verano amenizaron con una sabrosa paella nuestra primera ronda. La segunda fue una tanda de bocadillitos de bacon con queso (uno de ellos de jamón). El sitio es totalmente recomendable. Su nombre, el Enebro.

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Toledo (51)Aunque todavía teníamos algo de hambre, en especial mi querido amigo Diego y yo, buscamos algún otro lugar en el que nos demostrasen que en Toledo se come bien. Entramos en uno en el cual es de remarcar la excepcional decoración que tenía. Se llamaba, el Trébol, y estaba situado en la calle Santa Fe. Gastronómicamente no tuvimos tanta fortuna, ya que no tuvimos suerte con la tapa. Nos pusieron una pequeña tanda de mini croquetas. No obstante el lugar, reitero, tenía un magnífico servicio, y seguro que una excepcional cocina, pero íbamos buscando comer de tapeo, sobre todo ya que habíamos comenzado así, con lo cual, y como ya estábamos algo más llenos, decidimos regresar al Enebro a poner fin a nuestras hambres con una nueva tapa acompañada de unos refrescos. Esta vez fueron unos montados de salchichón.

Ahora sí teníamos fuerzas para dejar a Marta mostrarnos todo el esplendor de una ciudad no tan conocida como creíamos. Al menos algunos de los lugares que nos mostraría la tarde de ayer no eran para nada conocidos si uno no ha vivido varios años en Toledo, como es su caso.

Toledo (64)Tras la suculenta comida en forma de tapas, nuestra guía particular continuó con su exclusiva ruta llevándonos por la calle del Comercio hasta la calle del Hombre de Palo, donde mi gran amigo Diego, amante y apasionado de la historia y las leyendas y que complementaba con su conocimiento algunas de las explicaciones que su mujer iba dándonos, nos habló de la leyenda del hombre del palo, y del porqué del nombre de la calle. Y es que hubo en su momento un hombre de gran importancia en Toledo gracias a su intelecto. Era ingeniero, inventor y relojero del emperador Carlos I, que a mediados del siglo XVI contribuyó en obras y proyectos de inmensa importancia en el panorama de la villa, como el proyecto que finalmente no fue llevado a cabo tras el cual perseguía subir agua del río Tajo a la parte más alta de Toledo. Pero, lo que me disponía a contar era la leyenda del Hombre deToledo (135) Palo, y es que una vez jubilado el ingeniero Juanelo Turriano, no paró de ingeniar y construir. Dicen que el inventor fue capaz de crear un autómata que por sí mismo paseaba por la calle que hoy lleva el nombre del Hombre de Palo, recolectando limosnas. La figura antropomórfica que Juanelo construyó era, dicen, capaz de caminar alrededor de la catedral, inmiscuyéndose entre los viandantes para que ellos, ante su espasmo, dejasen pequeñas monedas que finalmente irían a parar al inventor. Curioso, cuanto menos, que se muestre un adoquín en dicha calle que explique, con una estructura claramente poética, la veracidad del autómata que por aquellas calles mendigó antaño.

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Tras atravesar la calle del  Hombre de Palo finalizamos en la calle Arco de Palacio, que embellece el lugar de forma extraordinaria. Además, teníamos la suerte de que gracias a la festividad del Corpus, que se celebra en Toledo con gran fervor, había todavía resquicios de la ornamentación dispuesta para el día que se había celebrado hacía tan sólo quince días. Encima de algunas de las calles del casco había un telar con escudos de armas que nos transportaban, un poquito más si cabe, a la época del medievo.

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Al sobrepasar al Arco de Palacio fuimos directos a dar a la Plaza del Ayuntamiento, con la impresionante Catedral gótica de Toledo presidiéndola. Majestuosa, imponente, grandiosa y, por supuesto, llena de misterio. Hablamos de una catedral que fue capital para el cristianismo, una de las construcciones religiosas más emblemáticas de la cultura cristiana y occidental, y situada en un punto en el que la magia ha subsistido hasta nuestros días, y lo hará infinitamente. Todo esto ayuda a que la Catedral de Toledo, guarde, por supuesto, muchos misterios y secretos.

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Uno de ellos y que me parece de los más curiosos es que si nos situamos en mitad de la plaza del ayuntamiento y miramos hacia el campanario de la magnífica catedral, contemplaremos que la parte superior de este tiene un color más claro que la parte inferior, se aprecia un menor desgaste arriba que abajo. Esto se debe a que para el uso cotidiano del aviso de horas, defunciones y demás, los arquitectos quisieron hacer la campana más potente y a su vez grande que jamás se había visto en toda Castilla. Efectivamente lo lograron. El problema vino al incorporarla al campanario. Hubo que levantar esa parte que se ve más clara para introducir la inmensa campana, ya que no cabía por ninguno de los orificios que quedaron hechos para colocarla. De ahí que notemos que el material de la parte alta del campanario está menos desgastado por la simple razón de que es posterior en años a la parte más baja. Pero ese no fue el único problema que daría la gigantesca campana. Os sorprenderá saber que a pesar de hacer todos los esfuerzos por construir e incorporar a la Catedral de Toledo la campana más impresionante del mundo sólo llegó a tocarse una vez. El porqué tiene que ver también con su tamaño, y es que tal fue el toque que entonó, que los cristales de las ventanas cuyos edificios eran cercanos a la catedral reventaron al igual que se produjeron daños en algunas estructuras. Obviamente, no pudieron volver a tocar la campana.

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Toledo (59)Volviendo a situarnos en la espléndida Plaza del Ayuntamiento tengo que decir que, cuando uno contempla la fachada de la catedral desde el punto central de ésta, trasciende a otro mundo paralelo en el que es capaz de divisar cosas que no se ven desde la faz terrenal, pero cuando uno se dispone a entrar en ella ese mundo paralelo parece haberte alcanzado por completo. El interior de la construcción es alucinante, sobrecogedor. Cabe decir, como mi gran amigo Diego, conocedor y amante de la historia y del arte como poca gente conozco (ahí otro de los misterios de la vida, y es que es licenciado en administración y dirección de empresas) me daba la indicación que después pude comprobar, y es que es la única catedral de cinco naves de todo el país. De todas las catedrales a las que he entrado, y puedo presumir que pocas no son, ésta me transmitió más espiritualidad que ninguna otra, pero de un modo diferente, en este caso me inspiraba grandeza, poder y ,cómo no, una magia irrespirable en ninguna otra. Nos llamó la atención especialmente un retablo dibujado en la parte delantera de la catedral, y una imagen en el techo simulando la subida a los cielos en la que, gracias a los rayos de luz que el lúgubre edificio dejaba pasar, los personajes representados parecían aproximarse al sol. Hablamos del claroscuro de la catedral.

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Tras aquel mágico rato en la catedral nos dejamos caer por las diversas calles de la que fue la capital de las tres culturas. Obviamente, en cada calle encontrábamos una nueva sorpresa, al doblar cada esquina chocábamos con alguna curiosidad que, in situ, nuestra guía, Marta, nos explicaría.

Nos dirigimos hacia el ayuntamiento, maravilloso edificio también, y tomamos la calle de la derecha. Bajamos por el Pasadizo del Ayuntamiento, que tanto te saca de la plaza como te mete el ella.

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Toledo (83)Bajamos en dirección a la Iglesia de San Pablo Mártir, pero antes hicimos una parada en la Iglesia de San Ildefonso, tras la cual se escondía uno de los tesoros que, para mí, hicieron más hermosa la visita a Toledo. La iglesia, no presentaba nada excepcional aparentemente, su interior era de un blanco impoluto, pero lo que sí fue una grata sorpresa fue la posibilidad de que por tan sólo dos euros por persona pudiésemos acceder al campanario para poder cazar las mejores panorámicas a las que pudimos acceder en todo el día. Ascender hasta el campanario de la construcción barroca es una oportunidad única y que no es conocido para todo el mundo, con lo cual, quedaros con la dirección exacta de la parroquia: se sitúa entre la plaza del Padre Juan Mariana y la de San Román, muy cercana al Museo de los Templarios. Muy aconsejable, de verdad.

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Seguimos el descenso, entrando en la judería de Toledo, y llegamos hasta la Plaza de La Virgen de Gracia, en la que se escondía uno de los secretos más preciados de nuestra Marta. Según nos contó era uno de sus lugares de retiro espiritual durante su estancia en Toledo, era el lugar al que acudía para reflexionar, para ver las horas pasar y para contemplar un espectáculo panorámico como pocos lugares pueden proporcionar en toda la ciudad. Desde la barandilla del parque sobresalía entre los tejados de las casas la majestuosa Iglesia de San Juan de los Reyes, emblema y señal del poder del bando cristiano desde la conquista de la ciudad por parte de éstos. Unos minutos nos bastaron para comprobar porqué Marta se desviaba a este lugar para obtener un descanso espiritual. Era un enclave fascinante en el que la mente desconectaba y únicamente se ocupaba de procesar toda la belleza de la villa.

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Toledo (99)Pero, como decía anteriormente, San Juan de los Reyes nos esperaba abajo. Tras un descenso único entre callejuelas y pasadizos tipiquísimos en Toledo, nos plantamos en la plaza que daba de frente con la impresionante iglesia. Como expliqué anteriormente, la magnífica Iglesia de San Juan de los Reyes fue construida contemporáneamente a la conquista de diversos reinos por parte de los cristianos contra el poderío musulmán, pero hay algo, a parte de su belleza, que atrae especialmente la atención del que contempla con detalle la fachada principal. Y es que al lado izquierdo del gran pórtico de claro estilo gótico, decenas de cadenas parecen estar ancladas en la pared. ¿Por qué? Cuenta la leyenda, comentaban Diego y Marta, que cerca de donde hoy se sitúa la iglesia (y es importante decir que está situada prácticamente en el centro del barrio judío) había un taller, propiedad de un herrero judío, del cual todas las noches salían importantes encargos de cadenas; el destino, era desconocido. Meses después ante la liberación de muchos de los cristianos, se encontraron las cadenas del herrero judío, con lo que se concluyó, a parte por supuesto de ahorcar al hebreo, devolver las cadenas de manera conmemorativa, a su ciudad de origen.  Allí yacen y perduran dichas cadenas y sin duda, llaman la atención, con lo cual me parece correcto también explicar el porqué de que allí estén situadas, ya que es algo, cuanto menos, inusual e inexplicable para cualquier parroquia o iglesia.

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Toledo (102)Hasta aquí, montones de maravillas habían contemplado nuestras retinas, pero casi todas eran construcciones de claro espíritu cristiano. Cambiaríamos de tercio en poco tiempo, pues era el momento de llegar a la Sinagoga de Santa María la Blanca: 2€ por persona era el precio, visita obligada. Como bien presenta el adoquín cerámico de la entrada, hablamos de una sinagoga del siglo XII. Lo curioso y casi único de Toledo es que a pesar de estar a punto de entrar en un edificio claramente judío, no tardaríamos mucho en contemplar que, a pesar de ser una construcción hebrea, tiende a recordar la tipología de una antigua mezquita, pues fue construida por canteros moros, y cualquier persona puede ver resquicios de mezquita, a pesar de no haberlo sido jamás. Lo que sí fue después es un templo cristiano, de ahí su nombre actual, Santa María la Blanca. Podemos corroborar una clarísima arquitectura mudéjar que facilita al viajero hermosos arcos y detalles en cemento o en madera, como sólo los árabes sabían hacerlo; así como también una cruz cristiana presidiendo  la parte frontal más alta del lugar.

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Toledo (110)Otra importante sinagoga nos sorprendería por el camino: la Sinagoga del Tránsito. También de estilo mudéjar, como la anterior, pero del siglo XIV, posterior. Es importante decir que, por aquel tiempo estaba prohibido edificar templos que no fueran cristianos en tierras castellanas, sin embargo, Pedro I, el cruel, también apodado, el justiciero, permitió edificar dicho templo en agradecimiento al pueblo judío, que en la lucha contra Enrique de Trastámara por hacerse con el trono castellano, recibió su total apoyo. En el interior de la antigua sinagoga podemos encontrar amuletos, joyería, trajes típicos de festividades hebreas y demás artilugios mostrados como si estuviésemos en el interior de un museo, un museo sefardí. Las estrellas de David que nos encontramos por el edificio, nos demuestran que estamos en un edificio judío, pero además, aprendimos, que como en los templos musulmanes, también se diferencian dos zonas de rezo, divididas dependiendo del género de la persona: los hombres tenían su espacio de rezo en el piso inferior y las mujeres en el piso superior. Como en otros casos, los cristianos volvimos a profanar un edifico que anteriormente fue lugar de oración para otras religiones. Y es que parece ser que eso era muy del gusto tanto de unos como de otros. Los árabes lo hicieron cuando conquistaron casi la totalidad de la península y los cristianos pagamos con la misma moneda, y puedo asegurar que con creces, lo que hicieron, pues en cada mezquita que encontrábamos a nuestro pasó se edificaba una imponente iglesia que supusiera el poderío de la religión cristiana sobre las demás religiones.

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Nos marchamos encantados tras la visita a ambos templos y pusimos rumbo a las orillas del río Tajo, hermoso como pocos y guardián eterno de la ciudad imperial. Y es que en torno al río existen, supimos nuevamente gracias a nuestra guía y amiga Marta, montones de leyendas y rumores de acontecimientos ocurridos a lo largo de los siglos.

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Bajamos hasta el río para acercarnos al embarcadero, donde, durante la dominación musulmana, un hebreo y una mora se veían al otro lado de la orilla para no levantar sospecha en la ciudad. Obviamente, hablamos de tiempos en los que la otra orilla del río era extramuros, es decir, ya no pertenecía a la ciudad. Una de las noches que el judío esperaba a su enamorada se encontró que quien pasaba con la barca era la familia de ésta, tras enterarse del lío. Tardaron poco en alcanzar al judío y darle muerte a puñaladas.

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Pero no acaban aquí las leyendas que hay en las cercanías del Tajo, ya que prácticamente al lado de donde se sitúa la zona del embarcadero donde se veían aquellos enamorados, está la famosa casa del diamantista, que aguarda con un magnífico mito, que personas como nuestra amiga “casi toledana” mantienen como cierto. Y es que en aquella casa, que todavía hoy sigue en pie, vivió un diamantista, lo que se denomina hoy joyero y pulidor. Pero no era uno cualquiera, era el mejor que se conocía en su época. Tan conocida era su gran fama, que los reyes solicitaron su ayuda para conseguir mostrar al pueblo la corona más portentosa que se pudiese imaginar para el acontecimiento de la coronación de la reina Isabel II. El afamado joyero no pudo rechazar una oferta sin igual, no pensando en el dinero sino más aún en la reputación mundial que le daría ser el que realizara la corona para una de las mujeres más importantes del momento a nivel mundial. Sin embargo, tras aceptar la proposición, vio que no era capaz de realizar la maqueta del proyecto que tenía en mente, con lo cual, le era imposible llevar a cabo el trabajo. Sin embargo, a pesar de presentarse ante los reyes y comunicar que no se veía capaz de llevarlo a cabo, estos confiaban sin dudarlo en que el diamantista tendría tarde o temprano en mente la manera de hacer la mejor corona que se podía llevar en un evento como el que se produciría. Tras noches de insomnio y días sin comer, el joyero cayó inconsciente durante horas, tras las que despertó y encontró hecha una plantilla de la corona que construiría. No sabía cómo había ocurrido pero el proyecto estaba en marcha. Sin embargo, la cosa no tornó a bien, el bloqueo mental del constructor hizo que de nuevo pasaran días sin avanzar en su trabajo y volvió a caer rendido unos días después. Al despertar, los materiales de la corona estaban en su taller. Algo estaba pasando. Pensó, como persona inteligente que era, y decidió hacerse el dormido a la noche siguiente comprobando cómo unos pequeños duendes llevaban a cabo el trabajo que él no pudo hacer. Siguió a estos duendes quedando impactado al ver que tras construir la que se convertiría en la corona más impresionante y lujosa que la historia hasta entonces había contemplado, se adentraban en el río Tajo, que bañaba prácticamente su puerta. Otra hermosa leyenda que recomiendo contar o escuchar, cualquiera de las dos cosas, frente a la mismísima casa del diamantista.

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Toledo (119)Tras quedarnos boquiabiertos con la historia, nos dispusimos a ascender calle a calle hasta llegar a una de las más atractivas y misteriosas, no sólo por su nombre, sino también por una nueva leyenda que nos depararía. Llegamos a la calle del Pozo Amargo, encontrándonos con un pozo, obviamente, en medio de una plazuela. Allí, comenzaba a entonar Marta, había hace siglos una casa perteneciente a una familia judía, la cual una de las hijas menores estaba enamorada de un apuesto cristiano. Éste, para visitarla todas las noches a la luz de la luna toledana, debía saltar un pequeño muro. Dice la leyenda que una de esas noches saltó el muro y esperaba paciente la familia de la hebrea, acabando con la vida del joven. Fueron tantas las lágrimas de la muchacha que, llorando sobre el pozo que todavía hoy persiste, consiguieron amargar el agua que se recogía para el uso cotidiano. El agua se volvió no potable y desde entonces es conocido el lugar como el Pozo Amargo.

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Maravillados y sin excesivo calor, regresamos a pleno corazón del casco para alentarnos con unos refrescos en el bar Kumera Café y ver cómo finalizaba el partido del mundial de cuartos de final entre Bélgica y Argentina, partido que se llevó esta última.

Posteriormente entramos, sin conocerlo, en un bar llamado El Quitapenas, donde nos tomamos unas buenas raciones de salmorejo, una buena ración de patatas ali oli, y unos montados de carne mechada con mojo picón y de carne adobada con ali oli, especialidad de la casa. Servicio sobresaliente y calidad buena. Lugar muy recomendable para hacer una parada cuando uno va de tapeo por la ciudad.

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Toda esta comilona nos preparó para pasar una noche toledana que cada vez estaba más cerca. Concretamente en el Museo de la España Mágica de la Calle Cardenal Cisneros, número 11, donde comenzaría nuestra ruta guiada por el Toledo tenebroso de la mano de O.T.O.

Toledo empezaba a entonar un aspecto especial, un color único, gracias a que la luz natural que el astro rey nos proporcionó durante todo el día iba dejándonos poco a poco. Sin embargo, la ciudad parecía vestirse de gala con la venida de la noche. Llegaron las 21.30 horas aproximadamente y las luces que iluminan, entre otros edificios y monumentos de la ciudad, la catedral, comenzaron a brotar para maravillar nuestras retinas con un espectáculo sin igual. Al mismo tiempo que la noche empezaba a caer, Toledo nos envolvía en un embrujo que hacía todavía más atractivo pasear por las mágicas callecitas de la ciudad. Y ese era precisamente el término que más utilizaríamos a partir de ese momento. La noche nos abrazó por completo y, aunque las piernas llevaban muchos kilómetros a cuestas, pusimos la guinda al pastel que llevábamos esperando todo el día. La ruta por el Toledo Tenebroso, que de la mano de Julio, de la agencia O.T.O. (Orden del Toledo Oculto) nos mostraría aún más mitos, leyendas y acontecimientos reales y autentificados que nos pondrían en algún momento los pelos de punta, a parte, por supuesto, de arrastrar nuestra imaginación por todos los siglos en los que Toledo fue un referente mágico y de conocimiento.

Y es que, comenzaba a comentar Julio, antiguamente (y no tan antiguamente, puesto que hasta el siglo XVIII se estuvo enseñando en algunas universidades la especialización en ciencias relacionadas con la magia) Toledo, entre los siglos XIV y XVI, fue cuna y cumbre de la sabiduría mágica. Y según nos explicaba Julio, un intelectual se especializaba en decenas de campos: un sabio lo era porque sabía de matemáticas o ciencias numéricas, de geografía, de gramática, de historia y por supuesto parlaba varios idiomas, entre ellos latín (imprescindible), griego, castellano y, en ocasiones, lenguas anglosajonas. Lo que también estaba unido a todo este repertorio de sapiencias eran las ciencias oscuras o mágicas, la astrología, astronomía, la menos conocida nigromancia o necromancia, el espiritismo, que contempla la invocación a ánimas de difuntos o demonios, hechicería, premoniciones, los ritos y rituales, y múltiples campos más de algo que hoy consideramos casi como un tabú.

Toda esta introducción vino a propósito de que Toledo, como he explicado, fue una de las ciudades que unió contemporáneamente a las tres culturas más importantes a lo largo de la historia: la judía, la musulmana y la cristiana. Esto contribuyó, sin duda, en que todos los conocimientos y supersticiones de ambas culturas fueran aprendidos por unos y otros estudiantes que venían a la ciudad para aprovecharse de la riqueza cultural de la villa. Posteriormente, unos utilizaban sus conocimientos para hacer el bien, y otros para hacer el mal. Esa fue la primera regla que nos enseñó Julio, que no existe la magia blanca, y por supuesto tampoco la magia negra. Lo que sí se hacía era utilizar todo ese conocimiento esotérico para hacer el bien o, por el contrario, hacer el mal.

Toledo (125)La primera parada que hicimos tras la breve introducción que nos ofreció Julio fue en la plaza del Juego de Pelota. Curioso el nombre de la calle, como todo en Toledo. Pero la curiosidad se convertía en magia de noche en la ciudad; los nombres de las calles que sugerían unas cosas con el sol como sombrero, sugerían otras diferentes por la noche. Sin embargo, nuestra parada no tendría nada que ver con el nombre de la calle. Sí con uno de los edificios que se muestran honorables a simple vista y que hoy son morada de montones de viajeros que se hospedan en la ciudad, seguramente desconociendo el pasado del edificio. Y es que el hotel Fontecruz Palacio Eugenia de Montijo fue sede de la Santa Inquisición durante los siglos en que persistió en España. En este edificio se practicaron, a parte de aquellos juicios a supuestos hechiceros, brujos y practicantes de magia negra, o simplemente a infieles que se desviaban del camino del señor (cristiano), también se ejecutaban los castigos y torturas para que el reo confesara el haber tratado con espíritus y demonios. Estos castigos se producían en la planta baja del edificio, en el subsuelo, y Toledo de esto tiene mucho. La cuestión es que supimos y por un momento fuimos conscientes de algunos de los sufrimientos que padecían los allí condenados antes de subir a la plaza de Zocodover, dónde algunos verían los rayos del sol por última vez. Los tres castigos que se aplicaban sobre los reos eran el potro (donde estiraban las extremidades del individuo alargándole a éste en ocasiones hasta quince centímetros), la toca (era un paño que se introducía dentro de la boca del prisionero para hacerle todavía más angustioso el castigo que, a parte, ya estaba recibiendo, practicándolo de forma complementaria al potro), y , por último, en el hoy hotel, se llevaba también a cabo el método de tortura de la garrucha (que consistía en atar las manos del preso a la espalda, subirle unos metros en altura gracias a una polea, y soltarle con suma violencia sin llegar a tocar el suelo, de forma que normalmente se producía la dislocación de las extremidades superiores del condenado). Pasemos a una de las personas que mejor conoció hasta dónde puede llegar el sufrimiento que producen tales mecanismos de tortura. Hablo de Ana de la Cruz, que allá por el 1635 andaba enamorada de un religioso que llegó a tener importancia, y con el que tenía encuentros en secreto en la ciudad. El capellán no pudo rechazar la oferta que recibió desde las altas instituciones del clero, que le ofrecieron algo irrechazable: marchar al Yucatán, dónde sería cardenal de toda una región perteneciente a Las Españas. La hechicera le prometió que si partía sin ella moriría horriblemente echando gusanos por la boca. Casualidad o no, el fraile cayó enfermo meses después falleciendo y efectivamente vomitando pequeños gusanos entre sangre de su mismo estómago. ¿Casualidad? ¿Hechizo? ¿Brujería? ¿Envenenamiento? Lo único que se sabe es que Ana de la Cruz se convirtió en la bruja con más clientes de la ciudad tras conocerse su “gesta”, y que al poco tiempo fue torturada y condenada al destierro y expulsión de la ciudad, salvándose sin embargo de la pena capital. Hecho totalmente verídico gracias a los archivos que se guardan, precisamente, en el Alcázar.

Nuestro guía del Toledo tenebroso, Julio, nos llevó posteriormente entre callejuelas y escondrijos hasta una explanada en la parte alta de la ciudad en la que había un parque. Estábamos justo encima de la zona de la judería, concretamente en la plaza de San Cristóbal, desde la cual, gracias a la altura a la que se encuentra, había unas maravillosas vistas e incluso corría una brisa refrescante, haciéndonos estar pasando una preciosa noche toledana.

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Aunque, parémonos a pensar por un momento lo de noche toledana y llegaremos a la conclusión de que hemos utilizado una frase hecha: noche toledana, ¿de dónde vendrá este dicho tan conocido? Hubo un tiempo, volvía a entonar la voz de Julio, dónde los musulmanes mandaban en la ciudad, concretamente Jussuf Ben Amruz era el gobernador de la villa, quien vivió en un palacio situado justo en esta plaza. El ambicioso y cruel árabe logró que los nobles castellanos, maltratados por este, se amotinasen hasta llegar a idear un plan en el que darían muerte a Jussuf en su propio palacio. Tras la muerte del joven gobernador, llegó un temible militar musulmán desde el Emirato de Córdoba, Jussuf Amruz, el mismísimo padre del recién fallecido. Sin embargo, lejos de implantar la crueldad como revancha ante la matanza de su propio hijo, juró al pueblo de Toledo dar la paz que su hijo no había sabido alcanzar. Todo Toledo vivió durante diez años en gloria, bajaron los impuestos, los nobles gozaban de más riquezas que nunca, los cristianos tenían más derechos que antes e incluso Jussuf Amruz celebraba alguna que otra fiesta en palacio. Una fría e intempestiva noche de invierno, el mandatario árabe recibió a muchas familias nobles cristianas en su morada, las cuales fueron siendo rebanadas a la altura de los hombros según iban caminando sobre el pasillo de entrada al palacio. La noche fue extremadamente sangrienta y al amanecer se expusieron las cabezas de cuatrocientos cristianos sobre la fachada del palacio del musulmán, colmando así su venganza por la muerte de su hijo. Desde entonces, desde aquella noche en concreto, sabemos que pasar una noche toledana no es un término que nos indique que se ha pasado precisamente una buena noche.

Nuestra noche toledana, sin embargo, continuó bajando las escaleras que hay en la plaza en la que nos encontrábamos hacia la actual Casa-Museo del Greco, que resultó no ser la casa real del pintor durante su vida en Toledo. Aprendimos que donde hoy se ubica el museo fue realmente una casa en la que, el hombre que la habitó, empezó a comprar obras del artista griego y que, tras la gran colección que el propietario del lugar había conseguido, se decidió montar la casa-museo. Sin embargo, sí que tengo que decir que la casa original de El Greco estaba situada en esa zona, muy probablemente dónde está construida una escultura en honor a él, a tan sólo unos metros de la que hoy es conocida como Sinagoga del Tránsito.

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La siguiente parada que hicimos con nuestra compaña, fue entre un conjunto de estrechas calles que se situaban en la judería, cercanas a la Sinagoga del Tránsito y la Casa-Museo del Greco. La voz de Julio volvió a susurrar para encender de nuevo la llama de una nueva leyenda que se escribió en aquel lugar, y qué mejor lugar que plena judería. Y es que nos contó que en el año 1491, un año antes de la expulsión de judíos y moros de la península, se cometió una cruel matanza. Se produjo el rapto y asesinato de un niño, Cristóbal, que con tan sólo siete años fue apaleado y crucificado el viernes santo de aquel importante año, prolegómeno de la expulsión de los judíos, como antes decía. El asesinato ocurrió en La Guardia, un pueblecito cercano a la capital manchega, pero los documentos intuyen que no hubo verdad alguna en que los culpables fuesen los varios judíos que recibieron muerte condenados por el asesinato del “niño de la Guardia”.

Poco nos faltaba para finalizar la ruta turística nocturna que habíamos contratado con los guías de O.T.O.

Toledo (138)Llegamos de nuevo a la parte central del casco, la catedral, para acabar en el Museo de la España Mágica con nuestra excursión. Bajamos al sótano del edificio, dónde encontramos un museo en el cual se exhiben todo tipo de amuletos que se han ido encontrando en la ciudad durante siglos. Podemos también ver escudos templarios y de varias órdenes secretas más, además de biblias y manuscritos sobre cómo realizar exorcismos, aquelarres y pócimas con remedios caseros. Todo ello sobre una antigua casa árabe del siglo III que deja todavía ver símbolos como la mano de Fátima pintada en lo que fueron las puertas de entrada a la morada y gracias a las cuales los malos augurios quedarían fuera del hogar.

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Como hemos comentado, la oficina dónde podéis contratar la ruta guiada de la que hablamos, está situada en la calle Cardenal Cisneros, número 11, junto a la Catedral, y podéis consultar las diferentes rutas y los horarios en su web:

http://paseostoledomagico.es/

Eran ya más de las 00.30 horas y los pies no daban para mucho más. No obstante, sólo nos quedó una espinita clavada, y no creo que tardemos mucho en sacárnosla. Queríamos habernos llevado el recuerdo de una foto panorámica de la ciudad con todas sus obras de arte iluminadas. A pesar de tener varios sitios elegidos para disparar esa fotografía no pudimos hacerlo, pues a las 00:00 horas las luces de los más importantes monumentos turísticos de la ciudad quedan apagadas, con lo cual, lo dicho, no tardaremos en subir la foto preciada…

Aprovechamos para dejar constancia de nuestros agradecimientos  a Marta, artífice de esta entrada en nuestro blog, por mostrarnos tanta belleza y contarnos tantas historias sobre su ciudad favorita, y a Diego, por complementarlas con aclaraciones tan medidas como necesarias. Gracias pareja.

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CANTABRIA: SANTANDER, UN LUGAR DONDE RELAJAR CUERPO Y MENTE


Se nos ponían por delante cuatro largos días gracias al puente de Mayo del que disponemos los madrileños en el que, a parte de celebrarse el día del trabajador (1 de Mayo), se conmemora el levantamiento del pueblo madrileño contra las fuerzas del ejército francés de Napoleón Bonaparte en 1808; por ello, el día 2 de Mayo celebramos el día de nuestra comunidad. Con este puente a la vista, forjamos un viaje a tierras totalmente desconocidas para nosotros aunque recomendadas por una persona de gran gusto, mi primo y amigo Raúl Delgado, integrante, por cierto, de uno de los grupos musicales que mejor música ha hecho en el panorama nacional en los últimos diez años, La Sonrisa de Julia. La cuestión es que algo debían tener las tierras cántabras para haberle hecho cambiar su querido Madrid por un pueblecito que después tuvimos la oportunidad de descubrir, llamado Somo. Aprovecho también para saludar e invitar al vocalista, guitarrista y compositor de la banda, Marcos Casal, a recomendar mediante nuestro blog lugares mágicos de aquella tierra, la suya, y animarle a proporcionar algo más de información adicional de zonas que, como a nosotros nos ocurrió en las playas de Langre, puedan causar un éxtasis sin igual al viajero que se apresure a visitar aquella zona. A ciencia cierta sé que nadie como él conoce rincones y escondites que no son turísticos pero sí capaces de transportar al viajero al mismísimo paraíso. Un paraíso, eso sí, totalmente diferente al descrito en otras entradas como las de Túnez. Y es que cada persona tiene una concepción del paraíso radicalmente distinta. Quizá las raíces de uno mismo tengan que ver en ello, ¿verdad, Marcos?

Poco más de cuatro horas nos bastaron para colocarnos en la capital cántabra, y es que muchos de los madrileños que buscamos playa a poca distancia tendemos a viajar hacia el este peninsular (Levante), cuando tenemos casi al mismo alcance la magnífica región sobre la que vamos a hablar. El tiempo, cierto es, no nos acompañó. No obstante, nos colocamos ante la impresionante Playa del Sardinero en casi un abrir y cerrar de ojos…

Cantabria (20)

Nuestro primer destino era la ciudad de Santander. Sinceramente tengo que reconocer que no reparamos mucho en gastos y escogimos un buen hotel. Un muy buen hotel, mejor dicho. El Hotel Chiqui, de cuatro estrellas y bien merecidas, hacía honor a su categoría dando la impresión de estar sobre el mismo Océano Atlántico. Más aún si tenéis la opción de solicitar una habitación con vistas al mar. Estaba en primera línea de la mítica Playa del Sardinero, que se enfrenta con valentía al salvaje Mar Cantábrico. Inmejorable la situación, impresionante el paisaje y maravillosa la infinita playa. Lo único que fallaba, reitero, era la meteorología. Y es que, a pesar de ser Mayo, nos encontramos algunas nieves en las cumbres de la imponente Cordillera Cantábrica, majestuosa y por la que tuvimos la oportunidad de adentrarnos para maravillarnos con un espectáculo natural como pocos he visto anteriormente. Posteriormente detallaremos.

Cantabria (2)

Como decía, llegamos a la impecable ciudad de Santander a mediodía. Tras dejar las maletas y entre una ligera e intermitente lluvia buscamos algún sitio para comer, y tras ello, nos dispusimos, sin más demora a conocer la ciudad.

No quisimos entretenernos comiendo, con lo cual, escogimos un restaurante que nos llamó la atención por su decoración, el Restaurante Sal y Pimienta. La comida, aunque sencilla, de buena calidad. Lo justo para llenarnos el depósito con la suficiente gasolina como para adentrarnos en lo más profundo de la ciudad.

El cielo era realmente gris y la lluvia no empapaba pero sí era algo molesta. Puede sonar desagradable, pero todo eso hacía que la visita fuese diferente. Ver el Cantábrico enfurecido es toda una atracción sobre todo desde algunos lugares que comentaré después. Lo primero que nos llamó la atención paseando por las calles de Santander fue el magnífico edificio de Correos. A pocos metros, uno aún más fascinante, el del Banco Santander.

Cantabria (4)

Es importante decir que el casco antiguo de la ciudad sufrió un tremendo incendio en 1941 que arrasó casi por completo toda construcción cercana al núcleo central. Todo Santander crece en torno a una calle, la arteria principal de la ciudad, paralela al paseo marítimo, la Calle Castelar que después se convierte en la Avenida de Reina Victoria. Podemos encontrar la Plaza de Pedro Velarde, más conocida como la Plaza Porticada por estar construida con puertas bajo los edificios que conforman en cuadrado de la plaza.

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Tras varias vueltas un tanto desorientados nos encontramos con el Mercado, mercado en el que había múltiples opciones de hostelería. Perfecto para la noche, dónde sí queríamos complicarnos o ser un poco más exquisitos a la hora de comer productos de la tierra. Tomamos nota para después, junto a un riquísimo café con leche que nos metió en el cuerpo el calor que nos faltaba para continuar con la visita a la preciosa ciudad.

Se respiraba una cierta quietud y tranquilidad, y es que me había informado de que Santander está entre las ciudades con menor índice de delincuencia de todo el país, es de las más seguras, dato que refleja cómo son los cántabros, quizá demasiado serios al principio pero afables, educados y muy nobles. También, pronto nos dimos cuenta que era una ciudad de nivel medio-alto respecto al nivel económico de la región. El comercio es su base principal, por supuesto el turismo ayuda de manera importante.

Cantabria (5)Como decía, dentro de la borrasca que parecía cernirse sobre nosotros apareció una de las joyas de la corona, la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción de Santander. Para mí, amante del arte gótico, era una maravilla contemplar la sencillez con la que arquitectos y constructores de la época intentaban acercar al ser humano a Dios. Los techos bajos, los arcos de media punta y las bóvedas de crucería tan bajas mostraban la solemnidad y seriedad con que los habitantes de aquella época evocaban con fervor al poder de una fuerza superior al propio ser humano.

Dentro de la Catedral se respiraba un ambiente completamente mágico. El pequeño claustro del edificio contiguo al portón principal de la catedral era maravilloso,  reverdecido por las continuas lluvias que comprobamos recibe el suelo santanderino y con una ornamentación sencilla y sin complicaciones, como denota el arte gótico.

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Y es que comprobé que Santander es de las pocas ciudades que puede presumir de no ver sus edificios afectados por la cultura árabe, que dominó la práctica totalidad del territorio peninsular, a excepción de algunos fuertes bastiones que no sucumbieron al ejército musulmán gracias a su tozudez, orgullo y fortaleza mental. Y es que allí, en aquellas tierras comenzó la reconquista hasta la final expulsión de los musulmanes ocho siglos después. Todo esto me transmitió la catedral, llena de historia por todos los muros y paredes que la conforman.

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Tras ello, nos dirigimos a uno de los emblemas de la capital cántabra. No hablo del estadio del Sardinero, que también merece mención, hablo de la Península de La Magdalena, que contiene a parte del grandioso Palacio con el mismo nombre, antaño residencia de verano de reyes y príncipes, y hoy residencia estudiantil, un impresionante paraje natural. El enclave es genial, subidas y bajadas componen una península subrayada de verde por la vegetación que persiste gracias a la humedad.

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Cantabria (18)El lugar cuenta con un espacio en el que se pueden ver focas en cautiverio. Pero de nuevo algo en concreto me volvió a entusiasmar. Las vistas que se ponían ante nosotros cuando mirábamos hacia el horizonte desde una de las puntas de la pequeña península eran sobrecogedoras. El Atlántico, se mostraba intimidante con su furia, acompañado de aliados como la lluvia, el viento y las nubes con ese color grisáceo que normalmente estropea un día,  pero que adornó aquel en concreto. Hoy todavía me emociono y siento nostalgia de aquel día en que Santander me atrapó.  Y de nuevo, aquello no había hecho más que comenzar.

Marchamos de nuevo a nuestra residencia por varios días, la magnífica Playa del Sardinero. Ni nos asearíamos, ni dormiríamos en la playa, sino sobre ella, en el Hotel Chiqui.

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Cantabria (74)Estábamos cansados pero teníamos la obligación moral de comprobar cómo era de noche la ciudad para disfrutar, entre otras cosas, de unos magníficos pinchos de solomillo de buey y una buena ración de patatas. Puedo decir que, tanto yo como “la persona que está a mi lado”, salimos realmente satisfechos del sitio en el cual cenamos, tanto en calidad como en precio. Cenamos en el Mercado, dónde también tomamos un buen postre, ya que además de restaurantes había pastelerías. Cenamos en La Casa del Indiano.

Tras un pequeño paseo por el centro de la ciudad nos fuimos a descansar para el día venidero, que se mostraba trepidante.

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GRANADA: PINTORESCOS BARRIOS CON SORPRESA FINAL


Nuestro segundo y último amanecer en Granada fue simplemente maravilloso. Me levanté con la pena de tener que dejar la ciudad esa misma tarde en dirección a la montaña. Habíamos reservado nuestra tercera noche de hotel en plena Sierra Nevada, a tan sólo 6 kms de las pistas de esquí. No obstante, quedaban muchas horas para la despedida, por lo que la mente volvió a centrarse en el intenso día que nos aguardaba. Marchamos pues con las ganas de disfrutar del agradable día de Noviembre que se nos ponía por delante.

Lo primero que buscamos tras salir del hotel fue un sitio para darnos un primer buen homenaje en forma de desayuno. Fuimos a dar a una de las arterias principales del casco antiguo, la Calle de Los Reyes Católicos, y entramos en el Restaurante La Cueva de 1900, que ya nos había llamado la atención el día anterior con la particularidad de tener montones de jamones colgados del techo. Es un sitio fácilmente reconocible. Y os lo aconsejo porque las tostadas con jamón ibérico que nos pusieron son dignas de mención.

Tras las alas que cogimos con el boyante desayuno cruzamos la calle para dirigirnos a la magnífica catedral renacentista de la ciudad. Pasamos en segundos de estar en calles de estructura musulmana a una plaza típica castellana con una imponente catedral al frente.

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Granada (103)Las callejuelas que rodean a la catedral conformaban un entramado de clara estructura árabe mediante las cuales atravesábamos comercios de todo tipo, principalmente de souvenirs. Atravesamos una calle que me teletransportó directamente a la calle principal de la medina de la capital de Túnez, del mismo nombre. Aglomeración (no tanta como en Túnez, claro está), comerciantes a ambos lados de la calle e incluso olor a incienso hacían que uno se sintiese como en el norte del continente africano.

Pero el contraste y la diversidad se mostraron ante nosotros cuando la calle desembocó directamente en uno de los laterales de una de las catedrales más hermosas que yo he visto en mi vida.

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Tras la costosa e importante conquista por parte de los Reyes Católicos de la ciudad de Granada, se quiso dejar muestra de la importancia creando marcas sobre antiguos templos musulmanes. En este caso lo demuestra la imponente edificación (de la catedral), gracias a la cual hoy podemos visitar la Capilla Real, como dije en la entrada anterior, con las tumbas de los Reyes Católicos y de su hija Juana la Loca; también su marido, Felipe I, el Hermoso reposa junto ellos. La Capilla Real tiene un precio de 4 € por persona y es aconsejable de visitar aunque sea únicamente por ver los restos de personajes con tanta importancia como tienen los que allí reposan.

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Posteriormente a la visita de la Capilla Real nos dirigimos a la puerta principal de la Catedral, a la que accedimos por el mismo precio, 4 €. Varios altares menores y un deslumbrante altar mayor maravillaban a los visitantes del recinto. Aquí realizo una reflexión. Amo la historia del arte, la historia de las catedrales y la de todo templo construido para alabar una religión pero tengo que ser honesto y confesar que pocas catedrales me han logrado fascinar de la manera en que lo hizo el conjunto arquitectónico de La Alhambra. La Catedral granadina está entre las más bellas de todo el territorio español pero no podemos comparar uno y otro conjunto arquitectónico (Alhambra-Catedral de Granada).

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Tras contemplar la capilla y la catedral paseamos por esas callejuelas que antes describía y que se entremezclan en una fusión de calles medievales con pinceladas musulmanas que ofrecen al viajero algo que no en  muchas ciudades españolas se puede vivir (Toledo o Sevilla entre ellas). Anduvimos por el barrio de la Alcaicería (antiguo núcleo musulmán donde los comerciantes intercambiaban artículos de gran valor para la época, como seda, lino, esmeraldas…). Se dice que llegó a recoger entre sus estrechas calles más de cien tiendas; hoy tantas no se pueden encontrar pero sí se encuentran desde souvenirs de la ciudad hasta tiendas-talleres de madera, seda y demás materiales que los grandes artesanos venden. Incluso si alguien quiere realmente vivir el auténtico vicio del regateo que se vive en el norte de África lo puede practicar (nosotros no tuvimos tiempo de ello porque nuestro único objetivo comercial era adquirir nuestro típico imán que compramos en toda ciudad a la que vamos). Pronto volvimos a cruzar la Calle de Los Reyes Católicos para poner rumbo al Albaicín.

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Pocos paseos recuerdo tan agradables como el que dimos por las maravillosas calles del Albaicín, barrio declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. El barrio, que comenzaron a habitar los bereberes ziríes, estaba fuera del núcleo de la ciudad, es decir en los arrabales. Hoy, obviamente  está arropado por el centro de la localidad. Llama la atención el número de aljibes que se encuentran en el barrio, y que eran suministro de agua potable para la antigua ciudad (hay aproximadamente unos veinticinco, varios de ellos visibles, especialmente si se pasea con alguien que los tenga localizados).

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Plazuelas con un encanto divino, casas de miles de colores, teterías adornadas con mobiliario morisco y nuevamente comerciantes que, esta vez sí, te acometían de manera más directa (pero mucho menos agresiva que en países árabes) para venderte sus productos y servicios. Nuestra querida pareja de amigos se llevaron un bonito dibujo de sus nombres escrito en árabe por uno de los comerciantes que pintaba lo que le pidiesen en un marco de papel rectangular por tan sólo 2€.

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Debo decir algo también sobre un punto que ya visitamos anteriormente gracias a nuestra magnífica guía en la terrorífica pasada noche, el Mirador de San Nicolás, desde dónde ya nos hicimos una fotografía y que quisimos repetir debido a que las vistas hacia la Alhambra desde aquí me parecieron soberbias. Justamente ese punto estaba pegado a uno de los varios baños árabes repartidos por el casco antiguo.

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Tras un buen rato recorriendo este hermoso barrio y disfrutando de las vistas que ofrecen los miradores que esconde, decidimos ir a conocer una nueva perla de la ciudad, el Sacromonte, curioso barrio que en su origen fue habitado por judíos y musulmanes tras su expulsión por parte de los cristianos. Hubo posteriormente una raza, la de los gitanos, que se afincó en el lugar y que es la que en la actualidad habita mayoritariamente en el Sacromonte. Comenzaron a construir sus viviendas en la misma roca, en las cuevas que en las afueras de la montañosa Granada había. Además de seguir viviendo en ellas, incluso han construido templos (pequeñas iglesias) que se pueden visitar.

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Nosotros subimos en autobús por 1,20€ por persona y tuvimos la suerte de que además el conductor hiciera de guía y nos fuese mostrando las casas tan llamativas que iríamos encontrando en la cada curva. El autobús, por cierto, era el número 34. Como decía, sobresalieron sobre todas las demás un par de casas, una de ellas por sus flores y otra por sus platos de cerámica y plata (típicos andaluces) colgados sobre la fachada; había más de 200 platos adornando una pared no inferior a 6 metros de largo y unos 3 de alto. Por lo que nos pudo comentar nuestro guía, el conductor de la línea 34 de autobús urbano, la casa se había presentado y quedado finalista en varios concursos de arquitectura y decoración. Finalmente nos hicimos unas cuantas fotos y tomamos un refresco en uno de los más famosos bares-restaurantes del Sacromonte, Casa Juanillo. No tuvimos tiempo de contemplar alguno de los espectáculos flamencos que se dan en Casa Juanillo y demás tablaos flamencos que hay en la zona, aunque nos habría agradado bastante. En otra ocasión será…

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Granada (155)Bajamos de nuevo hasta el valle en dirección al Albaicín para degustar un estupendo salmorejo que, junto a alguna otra ración, nos puso nuevamente en plena forma para disfrutar de las últimas horas en Granada, las cuales decidimos dedicar a otro de los barrios importantes de la localidad, El Realejo. En este barrio, lleno de callejuelas empinadas, tengo que resaltar una plaza denominada la Puerta del Sol, en la que se emplaza un antiguo lavadero y desde la cual había una vista panorámica de la ciudad que era tan tierna como el sentimiento de despedirnos del municipio por una larga temporada.

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Era media tarde, marchamos nuevamente hacia el centro, cada vez con un paso más lento, llenos de melancolía por la despedida que se avecinaba, por el adiós a una de las ciudades que más nos ha maravillado y enamorado. El último paseo nos llevó a la zona comercial donde compramos algún pequeño último detalle, pero culturalmente no descubrimos nada más porque el día se agotaba y teníamos que marchar rumbo a Sierra Nevada. Así hicimos…

Marchamos, como decía, dirección a la montaña más alta de la península, el Mulhacén (casi 3500 metros de altura), nombre árabe donde los haya. Sólo es superada en España por el Teide, en Tenerife. El nombre, dicen, viene del nombre árabe Mulay-Hassan (antepenúltimo rey nazarí de Granada).

Era tarde, estábamos hinchados de haber comido tanto y tan bien durante nuestra estancia en los dos días anteriores en Granada y estábamos cansados, pero faltaba un último secreto. Pena que fuese de noche porque el paraje tenía toda la pinta de ir mostrando más hermosura a medida que íbamos ascendiendo metros.

Nuestro destino era el Hotel El Guerra, con una categoría de dos estrellas, lo que hacía dudar un poco la expectativa de cómo sería nuestra última noche en tierras andaluzas. Grata sorpresa la que nos llevamos al conocer el hotel. Estaba situado tras una curva en una explanada. Era un hotel no muy grande, muy familiar y con un encanto especial. Era un típico hotel de montaña que me imagino debe llenarse hasta su máxima ocupación en fechas invernales. Estaba decorado al estilo rústico. Recuerdo que estaba la recepción, a la izquierda un bar y a la derecha un acogedor saloncito en el que sobresalía una preciosa chimenea que parecía dar calor a casi todo el hotel. Las habitaciones estaban también muy bien, demasiado bien para estar hablando de un hotel con una categoría dos estrellas (yo le pondría sin ningún miramiento tres).

Tras dejar las cosas en dichas habitaciones bajamos a disfrutar: ellas del fuego y nosotros del juego, ya que gozamos de unas cuantas emocionantes partidas de futbolín, que también encontrábamos en el salón mientras veíamos un Rayo Vallecano – Real Madrid de ida de la Liga 2013-2014. Cuando acabaron tanto nuestras partidas como el partido de liga, fuimos a llamar a nuestras chicas que se quedaron literalmente dormidas a la vera del agradable calorcito que desprendía la acogedora chimenea. Con esto marchamos a la cama preparando una última aventura de cara al día siguiente.

Hotel el Guerra (1)

 

Despertamos y parecíamos estar en un lugar totalmente diferente al que nos había dado cobijo aquella noche. Y una de las explicaciones era que saliendo al balcón teníamos una vistas que por la noche no pudimos contemplar. La cordillera más alta de la península se cernía ante nuestros ojos llenando de parajes maravillosos y plenos de naturaleza nuestras retinas.

Hotel el Guerra (2)

Tras minutos de contemplación bajamos a comprobar cómo era el desayuno. Si las instalaciones eran de un hotel calificable de tres estrellas el desayuno lo era de un hotel de cinco sin duda. Era variado y de calidad. Nos pusimos las pilas preparándonos para una aventura diferente. Realizaríamos una de las múltiples rutas sobre puentes colgantes y colinas que hay en la zona de Sierra Nevada. Bajamos unos kilómetros en coche dirección a la localidad de Monachil. Pocos kilómetros más abajo nos encontramos un bar en el que dejamos el coche. En todo momento hay señales indicadoras de dónde comienzan las diversas rutas senderistas que se pueden realizar.

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Nos decidimos a hacer una de ellas por Los Cahorros, bastante cómoda, no muy complicada aunque tampoco recomendable para personas mayores o con dificultad de movilidad. Primero caminamos como un kilómetro y medio, lo necesario para empezar a calentar el cuerpo. El llano comenzó a convertirse en subidas y bajadas y de ahí a un pequeño puente colgante tras el cual vino la estrella de la ruta, el gran puente colgante. Sobre nuestros pies, las bravas aguas en forma de salvaje cascada hacían impacto sobre nuestras retinas. Este puente, de unos 60 metros de longitud, es el más largo de la zona, además del más antiguo por tener alrededor de 100 años.

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Al cruzarlo, continuamos nuestra ruta por un desfiladero en el que el río se situaba a nuestra izquierda. El camino empezaba a tener cierta dificultad, de modo que en algunos tramos era necesario agacharse e incluso pasar gateando por debajo de las rocas del desfiladero.

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Llegados a una pequeña explanada y debido a la hora (este mismo día debíamos regresar a casa), tuvimos que tomar la decisión de volver sobre nuestros pasos para tomar algo de fuerzas y poder afrontar el largo camino de vuelta. Nos vimos obligados a dejarnos un precioso tramo del sendero con impresionantes gargantas y vistas hacia el río Monachil. Totalmente recomendado que, si tenéis oportunidad de ir, sigáis hacia adelante y terminéis el camino.

Cogimos de nuevo el coche dando por finalizado un inolvidable viaje que nos dio la oportunidad de conocer la bella tierra de Granada…

Acabemos como empezamos, que lo que bien empieza, bien acaba…

Aún me pierdo en la imaginación pero muero por volver allí

y sentarme para contemplar un ocaso desde el Albaicín…

tan lejos de ti y no se me olvida tu encanto…

(letra “Granada”, La Caja de Pandora)

GRANADA: PARAÍSO CULTURAL PINTADO POR LA ALHAMBRA


“Tierra mora hasta la eternidad,

olivares el jardín de Alá,

son murallas a tu alrededor

y en La Alhambra se oye una oración…”

Así comienza una preciosa canción dedicada a la una de las ciudades que más importancia tuvo para el mundo musulmán, la última gran ciudad de Occidente que resistió a la recuperación de la península por parte de los cristianos. La canción del grupo “La Caja de Pandora” habla de una ciudad que me enamoró como pocas lo han logrado hacer.

Y es que como nuestros lectores saben nos encanta viajar, y tras las maravillas conocidas en nuestro periplo en tierras africanas no paramos de movernos (cuando nuestro trabajo nos lo permitió algunos fines de semana), conociendo hermosas ciudades como Valladolid, Burgos, Segovia y otras localidades todas con un encanto muy particular. Sin embargo, sin menospreciar estas maravillosas ciudades, ninguna me aportó lo que Granada. Fue bajar del coche aquel jueves 31 de octubre del pasado año 2013 y simplemente el aire que respiramos llevaba tal embrujo que hizo que todavía hoy me pierda en la imaginación muriendo por volver allí. Y desde aquel noviembre yo creo seguir embrujado…

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Y es que por algún motivo me imagino que dos de las religiones más importantes y fuertes de la historia lucharon hasta la muerte por mantenerse o hacerse con aquel mágico enclave. Lo bello es que aún hoy, tras siglos y siglos siguen conviviendo dos religiones haciendo posible que por momentos, y si paseas por algunas calles de la ciudad, tu cuerpo y tu mente se metan de lleno en un mundo que como ya expliqué en la entrada de Túnez, te embruja sin ser uno consciente de ello hasta haberte enamorado por completo. Hablo de la increíble y apasionante cultura árabe.

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Como explicaba anteriormente nos dispusimos a viajar al último gran fortín musulmán durante la reconquista desde nuestras tierras, en el interior peninsular. Aproximadamente 430 kilómetros nos esperaban en ruta hasta llegar a Granada. Llegamos tarde, pues tardamos aproximadamente hora y media en atravesar La Carolina (Jaén), por una de las carreteras que se encontraba en obras… malas fechas para estar de obras, pleno puente de los Santos, operación salida… No obstante el viaje fue agradable pues lo hicimos junto a nuestra pareja de amigos favorita, con la que no hicimos nuestro primer ni nuestro último viaje. Sí uno de los que no olvidaremos jamás con lo que no podemos estar más que agradecidos por el viaje que nos brindaron. Gracias Marta, gracias Diego, gracias Familia Ortiz Gómez.

Como contaba, fue llegar a tierras de Granada y el ambiente cambió por completo nuestros ánimos tras un largo viaje. Nos esperaban tres largos días en los que intentaríamos culturizarnos lo máximo posible además de pasarlo en grande. Llegamos sobre la 1 de la madrugada y no pudimos más que adentrarnos en el corazón de la ciudad para hospedarnos en el hotel Meliá Granada. El servicio del hotel fue muy completo y las habitaciones, una más grande que la otra, estaban continuas y tenían unas considerables vistas a La Alhambra (con algún edificio que otro por medio). Se puede decir que el hotel hacía gala a sus cuatro estrellas, más posiblemente por su situación que por las comodidades. Descansamos y nos preparamos para un día que se avecinaba intenso.

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Y lo fue. Despertamos gracias a la luz que entró pronto en la habitación (y a la inquietud por conocer una ciudad que si de noche era bella, de día era gloriosa). La primera imagen fue esa, la de la Alhambra desde la ventana de nuestro hotel. El día era soleado, fresco pero agradable, se apreciaba una brisa que entraba por la nariz con un aroma intenso a jazmín. Bajamos a desayunar, no en el hotel sino en un pequeño bar-restaurante situado justamente a la derecha de la puerta principal del hotel que nos ofreció un estupendo desayuno con unos riquísimos bocadillitos (de lomo, de atún con pimiento, de queso,…) acompañados de un zumo o café. Tras esto nos dirigimos al punto estrella, La Alhambra. Casi desde cualquier punto de la ciudad se divisa esa maravilla creada por una cultura tan espectacular como la propia construcción. Nos dirigimos hacia la Plaza Nueva a través de calles estrechas típicas de un desestructurado plano que parte de la antigua ciudad musulmana, para tomar la Cuesta de Gomérez y acabar en la preciosa Puerta de las Granadas, desde donde ascendimos por un parque repleto de árboles que no dejaban ver casi el sol hasta la maravilla que estábamos a punto de contemplar, La Alhambra.

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A las 10.45, como nos informaron los trabajadores de la agencia a través de la que contratamos las entradas junto al guía que nos acompañaría en la visita, estábamos allí, en la taquilla. Aquí os dejo información para que tengáis posibilidad de comprar las entradas y contratar el guía.

http://www.entradasparalaalhambra.es/

granadaBajo mi punto de vista el precio es disparatado ya que considero que nuestra guía creó de la visita una monotonía que hizo que al final más de un 70 por ciento de los que íbamos dejáramos los cascos con los que apenas le escuchábamos y apreciáramos las tremendas maravillas del recinto por nuestros propios medios. Os informo que posteriormente supimos que además de poder contratar directamente con la Alhambra las entradas, uno puede, eso sí madrugando y estando en taquilla no más tarde de las 7.30 de la mañana, conseguir sus entradas (obligatoriamente el Ayuntamiento de Granada obliga a dejar un número mínimo de entradas diarias para vender en taquilla). El precio lógicamente es muy inferior ya que se suprime el servicio abonado al guía, que para nosotros, no fue de gran ayuda. A pesar de esto, comenzamos a vivir la aventura de visitar un recinto inigualable. Es difícil describir la sensación que uno percibe cuando comienza a pasear por los jardines del Generalife y empieza a contemplar los mil colores que entran por las retinas. Una paz absoluta parece parar el tiempo.

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granadaEl paraje es sobrecogedor: a un lado los edificios que conforman la fortaleza y el palacio de La Alhambra, de cara el espectacular barrio del Albaicín parece embellecer aún más la postal, hasta que dando una vuelta de 360º sobre uno mismo aparece la imponente muralla natural de Sierra Nevada, que pone la guinda al pastel. Los pequeños regueros que se encuentran entre los diferentes jardines parecen apaciguar todavía más el alma de uno mismo.

Granada

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Tras esto, uno comienza a visitar los llamados Palacios Nazaríes, entrando en un estado de éxtasis al que sólo se puede llegar en tal lugar. La espiritualidad que se respira allí suma emoción a la belleza que uno contempla en las construcciones que manos árabes crearon hace siglos. Cada estancia va dejando una cicatriz en el cerebro que la vuelve inolvidable. Los detalles arquitectónicos y las minuciosas formas de los techos dejan claro que los artesanos de aquellas maravillas eran unos auténticos magos.

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Posteriormente llega algo increíble, algo que visitando en un día soleado y agradable como el que teníamos, se convierte en uno de los paraísos de La Alhambra, el Patio de los Arrayanes. Nuevamente el agua se convierte en protagonista dando esa paz que debían sentir antaño los habitantes del palacio, pero las fachadas que hay en ambos lados aportan un acabado final simplemente espectacular al patio, uno de los que os aconsejo disfrutar porque es sencillamente impresionante.

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Como lo es el siguiente patio, el Patio de los Leones. Obviamente es el de más fama, y dicha fama la tiene bien merecida. Grandioso, de forma rectangular, y con una fuente que representa el poder y la furia musulmana con doce leones funcionando como surtidores de la fuente central que nuevamente convierte al agua en protagonista. A su alrededor se encuentran diferentes salas, cada una de un tamaño diferente y con una decoración a cuál más elaborada.

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Tras esto, queda un lugar que personalmente me fascinó, y fue una pequeña estancia en la que hay unas vistas hacia el barrio declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco del Albaicín (desde el Patio de la Reja). Contemplarlo desde allí es algo que se queda grabado en la mente como hecho a fuego. Las casas blancas de cal fabricadas sobre la misma roca y las cuevas transformadas en hogares alegran la vista de manera extraordinaria. Se puede apreciar también desde allí cómo la muralla rodea toda la ciudad.

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Tras los jardines del Generalife y los Palacios Nazaríes contemplamos un recinto mucho más chocante con toda la armonía de la arquitectura musulmana que hasta el momento habíamos recorrido. El Palacio de Carlos V (I de España), que fue construido en el siglo XVI por el propio emperador y es de un carácter renacentista que cuanto menos choca, como dije, con todo lo que gira alrededor, pero forma también parte de La Alhambra y tiene también una singular belleza y una particularidad inapreciable hasta que uno entra en el interior del recinto, y es que por fuera es un palacio de forma totalmente rectangular que engaña cuando uno entra y observa que se encuentra en un círculo perfecto que recuerda, por qué no, a una bonita plaza de toros. Actualmente es sede del Museo de Bellas Artes de Granada.

Cordoba y Granada - Abril 2009 109

Finalizamos la visita al magnífico e irrepetible monumento de La Alhambra y comenzamos, por decirlo de alguna manera, la juerga por las preciosas calles de Granada. Bajamos por la Cuesta de los Chinos en busca de algún sitio para almorzar por una de las calles que más me marcó en nuestra visita a la ciudad, El Paseo de los Tristes… El nombre mismo rebosa inquietud… Es la calle paralela al río Darro, que a su vez baja pegado al gran montículo montañoso que se eleva para sufrir a La Alhambra. Algunos hermosos puentes atraviesan dicho río, pintando un cuadro para enmarcar en la magnífica calle que va a dar a parar a la Carrera del Darro para desembocar en la Plaza Nueva.

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Si algo hay en Granada son sitios para picar, muchos y buenos. De todos a los que entramos sólo uno nos desencantó. El resto, de diez. Para encontrar algunos de los mejores bares para tapear sin duda hay que ir en busca de la Calle Elvira. Está desbordada de bares, algunos de ellos muy recomendables aunque llegamos a la conclusión de que en Granada se come muy bien. Especial mención merece la cadena de bares “La Bella y la Bestia“, con cuatro bares en la ciudad y además muy céntricos todos. Espectaculares tapas en medio de una ciudad espléndida y con un casco antiguo genial.

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Tras la comida, paseamos por el centro de la ciudad para comprobar el fascinante resultado que produce la fusión de varias culturas entremezcladas durante siglos y siglos. Las calles eran estrechas, parecíamos ir viendo baños árabes, teterías y de repente, PUM!!! chocabas contra alguna imponente iglesia o incluso con la tremenda catedral que se encontraba también en un enclave único en el que se podían obtener instantáneas grandiosas y en el que se respiraba un ambiente también muy especial pero diferente al de hacía tan sólo cinco minutos. La Catedral de Granada es la segunda catedral más grande de España y, además, su Capilla Real contiene los restos de los Reyes Católicos, su hija Juana la Loca y el esposo de ésta, Felipe el Hermoso.

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Otro de los puntos importantes fue la Plaza de Bib Rambla, situada en un lateral de la catedral, donde fuimos a dar con una caseta de información de visitas guiadas.

Nos decidimos por una que se titulaba: Granada Misteriosa… (15 € por persona)

http://www.ciceronegranada.com/espanol/web/visitasguiadas/granadamisteriosa.asp[/embed]

Compramos las entradas para los cuatro (en desacuerdo con uno de los componentes del grupo) y volvimos al hotel, ya que a las 20.45 horas debíamos estar frente al ayuntamiento, en la Plaza Nueva, y queríamos hacerlo ya duchados para salir directamente y disfrutar del picoteo nocturno de la ciudad. A dicha hora estábamos allí como clavos.

La ruta duró aproximadamente hora y media y estuvo bastante bien. La guía, una chica jovencita (de unos 30 años), se metía realmente bien en el papel y nos llevó por lugares y nos habló de leyendas que de no haber cogido la excursión no habríamos conocido. Entre todos ellos, recuerdo varios en concreto que fueron los que más me enamoraron y sobrecogieron. Uno era un punto cercano al Albaicín, desde el cual La Alhambra se exponía a una imagen iluminada que pocas imágenes pueden superar. Tal era la vista que al día siguiente regresamos a realizar fotos con la iluminación del sol.

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Otro momento que recuerdo como si lo estuviera viviendo ahora mismo, fue uno en el cual nos situamos ante la fachada de una casa. Una casa que realmente intimidaba por su aspecto. Una casa enorme pero antigua, totalmente oscura y en la que dábamos por hecho que habitaba algún fantasma de los que había en los anteriores sitios que íbamos visitando. Sin embargo nos confundíamos. Nos contó que allí habitó (allá por los años 50-60) una mujer que tras la muerte de su marido cayó en una profunda depresión que la llevó a coger kilos y kilos hasta no poder prácticamente moverse. Falleció al poco tiempo y había engordado tanto que el cadáver no pudo sacarse por la puerta, teniendo que desmontar una parte del tejado para sacarla por la parte superior de la casa.

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La visita guiada finalizó en un sitio en el que yo ya había escuchado que habían ocurrido cosas un tanto extrañas, la Diputación de Granada. Sonidos, gritos, sombras y demás fenómenos paranormales se produjeron e incluso se siguen produciendo en dicho edificio.

Esa noche acabamos tan cansados que ni picoteo ni nada, directamente regresamos al hotel para descansar ya que llevábamos una buena paliza además de parecer estar sufriendo el bofetón de aire frío que el Mulhacén repartía unos kilómetros más allá.

Por cierto, esa noche, una de las lamparillas que teníamos sobre las cabezas empezó a encenderse y a apagarse sin nuestra manipulación, lo que costó un buen susto a “la persona que está a mi lado”, que quedó bastante traumatizada tras la ruta del misterio (aunque no le disgustó tanto como dice).

Gante, la última perla de Flandes


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Nos dispusimos a salir, como teníamos previsto y tras el fabuloso desayuno de Bujas, camino de Gante. Gante, como mencioné ya en alguna entrada estaba situada justo a medio camino entre las ciudades de Brujas y Bruselas, donde pasaríamos esa, nuestra última noche. No es que no quisiera ver Gante pero el cansancio ya acumulado de cuatro días sin descanso y la resaca de tanta maravilla vista hasta el momento pesaban en mí haciéndome notar una cierta desgana. Desgana que no tardó en desaparecer. 25 fueron los minutos que tardamos en bajar del tren que nos alejó de nuestra inolvidable Brujas. Una vez en la estación de Gante despejamos nuestra primera duda. La estación dispone de consignas para las maletas de todos los tamaños, y menos mal, pues marchábamos con todos nuestros bártulos. Tras esto nos dirigimos hacia la salida de la estación, donde pronto vimos una parada de tranvía que nos acercaba hacia el centro de la ciudad. De momento, sobre la ciudad, nada llamativo, una estación poco atractiva y poco más. Pronto cometimos un error a tener en cuenta para el turista, y fue no llevar cambio. Sólo llevábamos un billete de 50 euros y con él subimos al tranvía dónde no disponían de semejante cambio para nuestro billete. Nos bajamos por nuestro propio pie, aunque tampoco nos hubieran dicho nada de no haber pagado, ya que normalmente uno sube con el ticket ya comprado de las máquinas que hay en cada parada y posteriormente nadie controla si llevas tal billete. No obstante nos bajamos, cambiamos monedas y para arriba de nuevo.

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Ahora sí hasta el mismísimo centro de la ciudad. ¡Y vaya ciudad de nuevo! El contraste de las afueras de Gante se pronunciaba al mostrarnos su maravilloso casco antiguo. Y todo en un día nuevamente primaveral e incluso demasiado caluroso por momentos. La camiseta de manga corta era suficiente. Estábamos en el centro sobre las dos y media de la tarde, y no os preocupéis porque no os quedáis sin comer a estas horas en la región de Flandes, como a nosotros nos habían comentado. Todo lo contrario, era difícil encontrar un hueco en alguna de las mesas exteriores que había en aquel majestuoso enclave. Nuevamente estábamos sentados comiendo entre iglesias, conventos, preciosas casitas y un gran canal, en Korenmarkt, donde también se encontraba el antiguo edificio de Correos. Presidiendo, por supuesto, una imponente catedral se alzaba. El sol no llegaba a quemar pero amenazaba con hacerlo y eso hacía que los y las jóvenes del lugar (se notaba que estábamos en una ciudad universitaria) aparcaran sus miles de bicicletas y dejaran colgar sus pies sobre el canal casi tocando el agua.

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Tras acabar con nuestro apetito, paseamos por aquel pequeño casco antiguo divisando a nuestro paso algunos lugares que hay que diferenciar de los demás por su belleza. La catedral de San Bavón, como dije, era imponente, algo que comprobamos era ya normal en las ciudades de la región de Flandes. Bajo la catedral un refrescante jardín en el que reposaban turistas, habitantes y estudiantes de la ciudad; y muy próximos a ella, el campanario (Belfort) y la iglesia de San Nicolás.

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Pasear a ambos lados del enorme canal que traspasaba Gante era bellísimo. Tanto en uno como en otro lado se conformaban dos plazas, una de ellas mayor que la otra pero a cada cual más bonita. Por supuesto había una Grote Markt, de forma cuadrada también y compuesta por casitas preciosas con aquella típica estructura del norte de Europa.

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ganteHabía, como en Amberes una contundente fortaleza (el castillo de los Condes de Flandes o Gravensteen) que daba pistas sobre las batallas que antaño contempló la ciudad, en manos de unos y otros en múltiples ocasiones. Grandiosas son esas típicas casitas que comentaba, acabadas en tejado triangular y que ya conocíamos. Quizá en Gante tuve la sensación de que las edificaciones en general, eran más incoloras o para ser más preciso, más grisáceas que en Brujas, menos llamativas pero igual de impresionantes, incluso alguna de ellas más sorprendente no por su color pero si por el misterio que despliegan esos latigazos negruzcos o marrones que el paso de los siglos ha ido pintando en sus fachadas.

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Ante todos estos puntos, entre los que sin lugar a dudas, destaca la catedral, llama la atención uno en particular, uno desde el cual se es capaz de ver todo lo demás. Y es que hablo sin duda del lugar desde el que mejores instantáneas se pueden obtener. Me refiero al puente de St. Michel. Es magnífico contemplarlo, bello sobrepasar el canal sobre él e impresionante fotografiarlo comprobando cómo nos da la posibilidad de meter en una sola imagen todos los puntos más encantadores del núcleo histórico, todos esos puntiagudos picos de las magníficas edificaciones góticas que tienen las fortalezas e iglesias de toda la región. Obligatoria es una fotografía en el Puente de Saint Michel como obligatorio me parece el paso del viajero por la ciudad de Gante, ciudad que ha evolucionado hasta nuestros días para mostrarnos resquicios de una villa medieval que son hoy cuna y residencia de miles de estudiantes centroeuropeos.

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Un último inciso; el neerlandés seguía siendo el idioma más hablado en la ciudad, por no decir el único. Cierto es que sin problema tanto en francés como en inglés nos atendieron de manera tan encantadora como en el resto de lugares de la región.

A pesar de quedar tan encantados como quedamos de nuestra visita a Gante, no aconsejo pernoctar en la ciudad pues considero suficiente una visita de tres horas para conocer plenamente lo interesante de la ciudad.

Sin más, considero que ésta fue la guinda que pusimos en la riquísima tarta de Flandes que nos llevábamos de vuelta a casa-antes a Bruselas para disfrutar de nuestra última noche en tierras flamencas-. Simplemente nos quedaba llegar hasta la estación donde la consigna guardaba nuestros bultos y otra media horita de trayecto hasta nuestro destino, de nuevo Bruselas.