CANTABRIA PARTE II: PEQUEÑOS RINCONES DE LIENCRES, COMILLAS, SAN VICENTE DE LA BARQUERA Y POTES


Me desperté pronto para mirar por la ventana con la esperanza de que los rayos de sol entraran por ella dando los buenos días a “la persona que está a mi lado”, pero no fue así. Con una leve lluvia nos acostamos la noche anterior y con la misma nos levantamos. Cierto es que era una lluvia débil, intermitente, que aparecía y desaparecía, cuyas nubes dejaban por momentos ver unos rayos de sol que de vez en cuando salían pero sólo adornaban el tapiz unos minutos. El horizonte seguía siendo gris, y en ocasiones con tintes muy negros. No obstante nada cambió nuestra ruta. En primer lugar bajamos a desayunar unas buenas tostadas a pie de playa en un establecimiento que era tanto chiringuito de playa, como bar, como restaurante. Su nombre, El Parque. Nos trataron muy bien y por ello repetiríamos al día siguiente. La situación era maravillosa, la Playa del Sardinero parecía abrazarnos y atrás, el Estadio del Racing Club de Santander, El Sardinero, nos respaldaba.

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PRIMERA PARADA: LIENCRES

Tras el desayuno cogimos el coche. Nuestra primera parada serían las Dunas de Liencres, un espacio natural protegido en el que habitan centenares de aves y en el que el mar se adentra formando lagunas en las que éstas pescan y se alimentan. Fue una parada de poco más de media hora. Justo antes de esto tuvimos que parar en una de las grandes superficies de las afueras de Santander para comprar unas botas katiuskas debido al día que hacía. Gracias a ellas pude introducirme en las lagunas de Liencres cual niño salta en los charcos con sus botas nuevas.

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LOS TESOROS DE COMILLAS

Como decía, tras ello, marchamos de nuevo cogiendo el coche con destino Comillas, una de las localidades que mejor recuerdo me trae a la mente. Me impactó como la que más. No esperaba de Comillas todo lo que nos ofreció. Una localidad con ambiente pero sin agobios, un pueblo turístico pero sin masificar, y con una gente gentil y bonachona. Todo ello adornado con casas de piedra y de madera hermosas, empedradas callejuelas, magníficas plazoletas y bellas fuentes, eso sí, la lluvia seguía acompañándonos… y yo de paso tan contento amortizando mis botas. Es importante decir que la villa de Comillas es Conjunto Histórico Artístico desde 1985, año en el que yo nací, curiosamente.

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En el centro de la villa nos encontramos con preciosas casitas (casonas en cántabro), junto a la Iglesia Parroquial de San Cristóbal, del siglo XVII. Entre las diversas cosas que visitar en Comillas contaré las que nosotros pudimos contemplar. Si hubiésemos dispuesto de más tiempo nos habríamos adentrado más en el pueblo, pero teníamos que aprovechar al máximo las pocas horas que teníamos por delante pues los destinos que rondaban en nuestra cabeza eran varios.

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Por ello, nos dirigimos hacia, quizá el plato fuerte de la villa, el Capricho de Gaudí, una construcción del artista catalán que diseñó para un noble de la villa, concretamente uno de los familiares del Marqués de Comillas. Curiosamente dije antes que la influencia árabe no se nota en ninguna construcción cántabra y me equivoqué, pues ésta es la única, eso sí, no gracias a su estancia entre los siglos VIII y XV en la península, sino a los particularismos del diseñador y arquitecto catalán. Las reglas arquitectónicas parecen quebrarse por completo en el edificio, irregular, adaptándose a la pendiente del terreno y a los materiales con que está construid (hierro, cerámica, madera… Los colores parecen también no tener sintonía alguna. Personalmente, no digo que el catalán no tuviera talento, pero el que tenía no es especialmente de mi gusto. Todo lo relacionado a él me parece una absoluta excentricidad. Sin embargo sus obras llaman la atención como las que más, y eso es innegable. Mientras que “a la persona que está a mi lado” le impresionó gratamente el edificio del que hablo, a mí me dejó de piedra el que venía. Mi sorpresa fue gratísima.

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Comillas (3)Siguiendo la cuesta hacia arriba y dejando el Capricho de Gaudí a unos metros, llegamos al Palacio del Sobrellano, simplemente espectacular. Situado en la parte más alta de la villa, y con las mejores vistas se mire hacia donde se mire, preside esta construcción del siglo XIX. Pequeños trazos de ese gótico que tanto aprecio impulsaban cada una de las esquinas del palacio hacia mis retinas, y reitero, las vistas desde este punto desde el cual posteriormente fuimos descendiendo hasta el centro de la localidad son tremendas.

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Desde el Palacio al mercado, y del mercado al coche, el cual nos acercó a la playa de Comillas, con una belleza también engrandecida por la fuerza que daba el mar a la postal que se dibujaba ante nuestros ojos.

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SAN VICENTE DE LA BARQUERA, PARADA OBLIGATORIA

Finalizamos nuestra corta pero inolvidable visita a Comillas cogiendo el coche rumbo a San Vicente Barquera. Si soy sincero, San Vicente no me impactó tanto como Comillas, quizás porque las expectativas que habíamos creado después de la ciudad vecina, Comillas, fuesen demasiado altas, o quizás porque no es tan bella como había comentado alguna de las personas que nos habló de la localidad. Tiene su encanto pero no aproximable al que transpira Comillas. Destella atracción pero no la que su compañera. Según llegamos notamos que había demasiada gente, tuvimos ciertos problemillas para aparcar, la cosa no fue fácil, tras ello paseamos por el centro de la localidad confirmando que la ría por la que atravesamos anteriormente nuestro automóvil para entrar en la ciudad, estaba realmente seca. Agradecería que alguien me explicase por qué, pero tengo que decir que es algo que deja ciertamente desencantado al turista.

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Cantabria (66)Tras ese pequeño paseo nos dirigimos a uno de los diversos restaurantes que había en el centro, de estos no faltaban. Se notaba una localidad mucho más turística que la anterior. Una sabrosa tabla de quesos variados de la zona, unos mejillones frescos y unas navajas de buenísima calidad compusieron un potente menú que nos tuvo en pie hasta la merienda. Genial el queso ahumado cántabro, recomendable cien por cien.

Tras un paseo por el casco antiguo de San Vicente y por sus irregulares callejuelas empedradas decidimos volver al coche para trasladarnos al interior de la comunidad.

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UN SECRETO ENTRE LAS MONTAÑAS

Pusimos dirección a la maravillosa Cordillera Cantábrica, desde dónde se gestó una de las más importantes batallas que se recuerdan por parte de los cristianos frente a los musulmanes, por parte de los, entonces, godos encabezados por Don Pelayo. En el año 722 un pequeñísimo número de soldados astures masacraron a cientos de musulmanes, dando comienzo a lo que se llamó la Reconquista de la Península. Aquella fue la batalla de Covadonga, y no se dió en otro enclave que no fuese en lo más profundo de la Cordillera Cantábrica, punto dónde nos dirigíamos. Nosotros, sin embargo, nos adentraríamos por la parte más oriental de la cordillera, camino de la localidad de Potes.

Cantabria (70.0)El camino en coche, para mí, que era el copiloto, fue fascinante. La vegetación comenzó a brotar a ambos lados de la carretera, las paredes de piedra empezaron a levantarse de manera brutal, nos introdujimos en una maraña de montañas en cuyas cumbres se apreciaba nieve mientras el deshielo hacía que se crearan cascadas que caían sobre la carretera que atravesábamos e incluso empapaban nuestro automóvil por momentos. Más de media hora de pura naturaleza alrededor hasta llegar a un pueblecito tan bello como acogedor.

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Llegamos por fin a Potes, la capital de la comarca de Liébana, salvaje como pocas en la península. Curiosamente tuvimos que echarnos a un lado de la carretera nada más entrar en el municipio porque estaban de celebración los vecinos del pequeño pueblecito de menos de 1500 habitantes. La Virgen (la Santuca) paseaba por la calle principal de Potes en su recorrido entre Anienzo y Santo Toribio, haciendo detenerse, además del tráfico, el tiempo en aquel impresionante paraje moldeado por los majestuosos Picos de Europa. Estuvimos parados un buen rato. Después aparcamos y nos dedicamos simplemente a disfrutar del maravilloso paraje en el que se delimita la localidad, rodeada de montañas y prados que son, además de pintura para el cuadro que allí se dibuja, alimento para las muchas vacas que en aquellas impresionantes pendientes sobreviven. Respecto al pueblo, como decía, basta con dejar la mente en blanco y disfrutar de la paz y el cobijo que ofrecen sus rústicas casitas de piedra y pizarra, y sus callecitas, sus puentes de estilo románico y como no, el río que atraviesa la pequeña gran villa, el río Deva, que por las fechas en las que viajamos, bajaba desde las más altas puntas de la Cordillera Cantábrica llenito de agua hasta arriba, gracias al deshielo.

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Grandiosa fue la tarde, precioso el día en aquella tierra que no hacía más que atraparnos como lo haría la noche, poco después, cogiéndonos en carretera dentro de un trayecto que nos devolvería a la capital cántabra, dentro de un viaje en el que me volví un auténtico sonámbulo, atravesando miles de universos, contemplando las estrellas, dentro del bosque laberíntico… Ayudaba en demasía la banda sonora que acompañaba nuestro trayecto.

Nuestro tiempo allí se acababa, pero, nos quedaría todavía un día. Un día que, a pesar de la alta nota que ponía a lo que hasta aquel momento habíamos contemplado en Cantabria, me haría por momentos alcanzar un conjunto de sensaciones tan exclusivas e irrepetibles como las que se producen cuando uno escucha la canción que escucharíamos antes de sacar nuestra mente de aquel sueño en el que estábamos inmersos mientras salíamos de la maravillosa cordillera. Y es que, a pesar de ser aquella  nuestra última noche en tierras cántabras, quedan tantos viajes, tanto por recorrer soñando, quedan tantas noches, tanto por resolver esperando, quedan tantos viajes junto a vuestras melodías…

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TÚNEZ, PARTE IV: UN GRAN E INTENSO DÍA EN EL SAHARA


Comenzamos el día con muchísimo ánimo debido al embrujo que cubría todo mi cuerpo y mente gracias a la maravilla contemplada el día anterior. ¡El desierto me había fascinado!

Tras un potente desayuno pusimos rumbo a El Jerid (El país de las Palmeras) con destino Tozeur. Por una carretera estrechísima y en una recta que parecía infinita, divisábamos un paisaje totalmente desértico, pero al mismo tiempo parecíamos ir avanzando hacia una lejana cadena montañosa que empezaba a descubrirse en el horizonte. Mediante esa carretera por la cual nos aproximábamos a la frontera con Argelia llegamos a un lugar de ensueño. Un lugar fascinante por su rareza. Jamás he visto nada igual y difícilmente debe existir un lugar parecido a “Chott El Jerid” (Lago salado).

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Obviamente hicimos un alto para contemplar la magia del lugar. Era como estar en medio de la nada. Para poder explicarlo, nos situábamos en una llanura kilométrica por la que atravesaba una estrecha carretera, como anteriormente dije, y a unos 20 metros sobre el nivel del mar. Había pequeños charcos en algunas zonas, charcos de agua salada, y es que nuestro guía nos comentó que en algunas épocas del año aquella inmensa llanura se llena de agua salina y deja esos resquicios de sal que encontramos nosotros.
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Se pueden arrancar del suelo pequeñas porciones que uno lógicamente se puede llevar a casa, lo malo es que al ser pura sal, la piedra es muy frágil, y lo más fácil es que llegue hecha añicos.  A pesar de ser un día caluroso corría una cierta brisa que suavizaba la temperatura del lugar. Hay que tener en cuenta además, que no eran tan siquiera las 9.00 de la mañana, con lo cual el sol todavía no apretaba con la mayor fuerza posible, como sí lo hizo más tarde.

Impresionado aún por el lago salado, en este caso seco, llegamos a aquella cadena montañosa de la que hablaba anteriormente. La frontera argelina quedaba a menos de 20 kms lo que indicaba que estábamos en el interior de África, en medio del mismísimo desierto del Sahara. Sin embargo llegamos a un enclave en el cual las palmeras eran tan altas que sobresalían por encima de las colinas que había ante nuestros ojos.

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El paraje era nuevamente indescriptible. ¿Cómo era posible que en medio de la nada naciese un paraje natural como el que había en aquel enclave? Estábamos en un Oasis, concretamente llegamos a los Oasis de Tamerza y Chebika. Un guía (bereber) de la zona nos mostró el lugar. Primero subimos a lo alto del asentamiento que allí había. Realmente parecía un antiguo pueblo abandonado y prácticamente en ruinas.

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Sin embargo, lo bonito no eran las casas sino el paisaje en el que nos encontrábamos, donde entre otras, se rodaron escenas de películas como “Memorias de África” o “El Paciente Inglés”. Toda la naturaleza que parecía salir de la mismísima nada salía de un lugar. Nos fuimos adentrando en el oasis. Íbamos avanzando entre palmeras y flores por la ladera de una montaña en la que aparecían fósiles de mejillones y otros crustáceos (no olvidemos que hace millones de años esta zona estaba cubierta por el mar), hasta dar con un riachuelo que era el que daba vida a toda aquella maravilla. Fuimos siguiendo el agua pero a contracorriente hasta llegar a un pequeño estanque formado por la caída de una imponente cascada.

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El agua del pequeño estanque que había en el corazón de aquel oasis era azul celeste debido a los minerales que hay en la roca de aquella cadena montañosa, perteneciente a la cordillera del “Gran Átlas“. Volvimos entre palmeras, esta vez por la ribera del riachuelo, atravesando el oasis por el lado contrario al cual lo habíamos recorrido en la ida.

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Tras esto nos esperaba la gran aventura de recorrer el desierto de dunas montados en un 4×4 dirección al enclave en el cual Peter Jackson decidió rodar la saga “Star Wars”.

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Nuevamente en medio de la nada y tras una descarga excitante de adrenalina gracias a las “burrerías” que el conductor del todoterreno iba haciendo, apareció esa sorpresa. Una sorpresa de cartón piedra. Casitas del mismo color que la arena del desierto hacen que parezca que existe un pueblo que en realidad no existe. La astucia de los comerciantes del lugar ha hecho que tras el rodaje de una de las películas de la saga “Star Wars” no se derribaran las casitas que se prefabricaron para el mismo, comenzando a tener un cierto interés turístico que ha hecho del lugar una visita muy recomendable, sobre todo por el paisaje del que está rodeado.

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Posteriormente y tras un paseo algo más tranquilo que el anterior, volvimos hacia nuestro autobús, que nos esperaba para llevarnos a comer a la localidad más cercana. Recuerdo que comimos un revuelto de verduras frescas de primero y un buen plato de carne (no sé muy bien de qué pero descartado queda el cerdo) de segundo. No me disgustó, mientras que “la persona que está a mi lado” me ofreció gentilmente su ración, pues la comida seguía sin ser de su agrado…

Tras la comida viajamos rumbo al hotel, que se situaba en la ciudad de Tozeur, y descansamos por la tarde, agradeciéndolo enormemente, y disfrutando de la gran piscina que tenía el hotel de circuito en el que nos alojamos, que en esta ocasión sí que hacía honor a su categoría de 4 estrellas.

Había un “extra opcional” que consistía en una cena con espectáculo que elegimos contratar (por unos 40 dinares por persona, 20 € al cambio). Tomamos una gran decisión…

Machram y nuestro chófer durante todo el circuito nos esperaban sobre las 19.30 en la puerta del hotel para llevarnos al lugar donde disfrutaríamos de la esperada cena que nos ofrecerían. No salimos de la ciudad de Tozeur, me dio la impresión de que apenas llegábamos a las afueras de la pequeña localidad. Bajamos del autobús y ya a pie nos dirigimos hacia un recinto flanqueado por unas grandes y hermosas puertas de estilo árabe. Nada más entrar, un largo pasillo con antorchas a ambos lados que iluminaban nuestro camino. Tras brindar con un sabroso y refrescante cocktail (sin alcohol-recordemos que los musulmanes practicantes no toman alcohol-) compuesto por frutas exóticas como el mango, nos llevaron hacia una enorme explanada. Se trataba de una gran explanada de tierra en la que rodeados de antorchas presenciaríamos un espectáculo ecuestre que hicieron ponerse los pelos de uno como escarchas…

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Fue realmente bello. Había varios jinetes, algunos con trajes oscuros de temible guerrero musulmán y con magníficos caballos negros y otro de ellos con vestimenta también de guerrero pero blanca y con un hermoso caballo blanco. Todos realizaron magníficos números ecuestres, incluso simulando una lucha entre uno de los guerreros negros y el blanco. Éste último salió victorioso. Como decía, todavía no había comenzado la cena y ya había merecido la pena pagar esos 40 dinares que pagamos por persona.

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Posteriormente al número ecuestre, le siguió uno en el cual un encantador de serpientes y tarántulas era el protagonista. Él y nuestras parejas, que también salieron a escena para soportar que dicho encantador rodeara sus brazos con serpientes de diversos tipos. No tan impresionante como el primer número pero notable.

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Antes de llevarnos al comedor nos condujeron a unas jaimas, en las cuales “mujeres del desierto”, bereberes en realidad, hacían labores típicas diarias como muestra para los espectadores (lo habíamos vivido anteriormente en las casas bereberes). Algunas cosían, otras hacían aquel sabroso pan que anteriormente probamos y molían trigo… Después de esta pequeña visita sí nos condujeron hacia el comedor.

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El comedor realmente estaba bajo una especie de gran jaima. En medio, un pequeño escenario nos daba una pista sobre lo que podía acontecer.
tunezEl menú estaba elegido. Mientras nos servían un imponente consomé (chorba) tan delicioso como abrumador (por la temperatura que teníamos, y es que esa noche fue de las más calurosas de todo el viaje no bajando seguro de los 28 grados), un primer grupo de musulmanes con una típica vestimenta se dispusieron a tocar una
alocada pero hipnótica música para que una joven nos mostrara una especie de danza del vientre mientras hacía malabarismos colocándose diversos artilugios sobre la cabeza y ganándose los aplausos de los 30-35 viajeros que disfrutábamos de la noche. A todo esto, gastronómicamente hablando íbamos por un segundo plato compuesto de verduras y especias a montones que hacían subir los calores de más de uno (ensalada mechuia), empezando por mí. Posteriormente, bajaron del escenario los músicos que racialmente se calificarían de norteafricanos (por su tez morena pero no oscura) y llegaron unos nuevos artistas con la piel realmente oscura que parecían más bien subsaharianos. Eran hombres del desierto, touareg, hombres, y un niño que también participaba en las extrañas danzas que iban mostrándonos junto a la música en directo que ellos iban ofreciéndonos con pequeños pero contundentes instrumentos de percusión.  Con ellos nos iban sirviendo el plato estrella de la noche, por supuesto, un cus-cus que fue de los mejores que probamos en todos los días que pasamos en Túnez. Una vez finalizada la tanda de bailes y músicas que nos ofrecieron los touaregs, nos pusieron en las mesas los postres: esta noche tocaba probar un Makrouhd, un exquisito dátil recubierto de una masa de hojaldre y miel. Estábamos realmente llenos, yo especialmente ya que como siempre comía mi ración y parte de la de “la persona que está a mi lado” que aunque parecía ir abriendo el apetito y acostumbrándose a la gastronomía rica y típica tunecina (por cierto, no muy variada) no era capaz de acabar con su ración completa bajo ningún concepto.

Finalizamos la cena y los espectáculos y llegamos al hotel cerca de las 23.00 horas, lo que era una auténtica noche de ronda teniendo en cuenta el ritmo de vida que allí llevan a cabo y sobretodo sabiendo el duro día que nos esperaba ya que nos dispondríamos a regresar a la costa (y por qué no decir a la civilización) y abandonaríamos nuestro amado desierto…

TÚNEZ, PARTE III: EL EMBRUJO DEL DESIERTO


Afortunadamente cogimos las dos primeras plazas del autobús. Íbamos justo encima del conductor y nuestra visibilidad era espléndida. Nos dirigíamos hacia la ciudad oculta de Matmata. El paisaje comenzó a mostrarnos toda la fuerza y poderío del color de la arena empezando a dibujar un desierto ante nosotros. Eso sí, de momento rodábamos a través de un desierto de tipo estepario o desierto de estepa en el que encontrábamos todavía algún matorral y algunas rocas que no lograba tapar por completo la arena. Lo que divisábamos más bien era tierra con piedras, pero no aquella arena que formaba dunas que sólo había visto hasta el momento en películas y documentales.

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No obstante, todo este paisaje empezó a atraerme de una forma muy especial y extraña. Recuerdo que comenzamos a subir una serie de repechos que sobrepasaban una cadena montañosa plenamente desierta. El color verde no existe allí. Lo que nos encontraríamos en nuestro próximo destino era una de las civilizaciones más antiguas de la humanidad persistentes todavía hoy. Los bereberes. Esta civilización, por supuesto anterior a todas las religiones predominantes hoy en día, aunque colonizada por alguna de ellas, en concreto la musulmana, nos contaban que tenía la particularidad de construir sus casas bajo la propia tierra del suelo que pisábamos en aquel momento. Aquel día comeríamos en una típica casa bereber ambientada para ser visitada.

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Nuestro autobús paró en una explanada. A pocos metros un pequeño agujero con una puerta de madera se divisaba. Curiosamente había indicaciones de que en la entrada de lo que parecía una gruta ponía “Restaurante” e incluso “Hotel”. Al entrar comprobé con fascinación cómo realmente habían construido bajo tierra una vivienda con todas las comodidades posibles. Entre las dependencias de “la casa bereber” llamaba la atención un patio que a su vez tenía otras puertas que eran las entradas a las habitaciones que se anunciaban en el cartel “Hotel”. Allí descansamos un buen rato bien atendidos por las gentes de aquel lugar que parecían estar acostumbrados a tratar con turistas pero que al mismo tiempo daban la sensación de no haber visto jamás nada ajeno a aquellos paisajes que rodeaban sus hogares. Comimos bien, al menos yo que no soy tan escrupuloso como “la persona que está a mi lado”. Fueron varios los platos típicos del país que conformaron el menú, entre los cuales estaba el brik (especie de empanadilla de hojaldre frito rellena de huevo y verduras) y un consomé (chorba) que no me disgustó nada. El postre, una baklawa, una especie de hojuela con miel (elemento también típico de la zona), dejó un buen sabor de boca. Y por supuesto el té no faltó a su cita, aunque no fue de los mejores tés que saboreamos en tierras tunecinas.

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Tras el descanso, la comida y unos cuantos kilómetros más en carretera llegamos a una nueva casa troglodita en la que todavía hoy habitan aquellas gentes. En la puerta de otra de aquellas grutas transformadas en hogar había una jaima, como el que tiene en su jardín una hamaca…

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Una vez dentro de aquella casa contemplamos todas y cada una de las estancias que ocupaban los habitantes de la misma. Vimos los extraños ropajes que vestían. Y como atracción para el turista ejercían sus labores como cualquier otro día normal para ellos, una de las mujeres cosía, otra molía trigo y fabricaba un fabuloso pan que probamos con una mezcla de miel exquisita que ellos mismos fabricaban in situ y aceite de oliva.

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Vimos como era un típico dormitorio bereber y demás estancias. También había un patio en esta dependencia. Tengo que decir que me resultó curioso ver la simbología que había por toda la casa gracias a los diversos dibujos que había en varios puntos de la misma. Por ejemplo, una gran “mano de Fátima” decoraba la parte superior de la entrada ahuyentando la mala fortuna y atrayendo la fertilidad junto a un enorme pez de colores platino y azul que invocaba a Alá para que no implantara la escasez de alimento en la casa. Increíble cómo la religión musulmana coloniza una cultura existente antes que la propia religión y se produce una mezcla maravillosa que persiste en la actualidad. Finalizamos la visita a la casa y nos dispusimos a montar de nuevo en el autobús.

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La temperatura sería cercana a los 35ºC y nos dirigíamos todavía más hacia el interior, lo que haría que el calor fuese incluso aumentando. Sólo jugaba a nuestro favor que a pesar de ser aproximadamente las 16.00 horas locales, la tarde parecía empezar a caer, y es que aunque nos costó coger que el día allí empezaba pasadas las 6 de la mañana y finalizaba sobre las 17.30, acabamos acostumbrándonos.

Como decía, nos dirigíamos hacia Douz, también denominada “la puerta del desierto” y ya sólo el nombre empezó a embrujarme. He aquí uno de los secretos que os serán de mayor utilidad: en el autobús,  ¡coged las dos plazas de detrás del conductor! Machram nos comentó que en breve pasaríamos del desierto de estepa al desierto de arena. Yo esperaba con ansiedad el momento de comprobar si ese paisaje de dunas que alguna vez había visto en televisión realmente existía. Fue impresionante ver cómo, una vez superada la cadena montañosa, el paisaje se volvió más salvaje. Fue una locura comenzar a ver que la carretera empezaba a desaparecer por culpa de serpenteantes oleadas de arena fina que iban invadiendo la misma. Llegó un momento en el que era difícil ver por dónde circulaba el autocar. Ya no había piedras, ni hierbajos, ni por supuesto, un sólo árbol.

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Llegamos a Douz, “la puerta del desierto”, y comprobé que el paisaje que alguna vez vi en televisión efectivamente existía, pero su hermosura se multiplicaba por mil. Quedé literalmente impactado. Atravesamos el pueblo de Douz. No me explicaba cómo podía vivir esa gente en medio de la absoluta nada, tan sólo lo que parecía un palmeral había cerca del pueblo (posteriormente aprendí que era un oasis). Llegamos a una explanada perturbada tan sólo por las dunas formadas por arena fina y que gracias a la caída del sol transformaba en blanquecina cuando hacía tan sólo unos minutos era mucho más anaranjada.

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El paraje era hermoso, la temperatura era suavizada por una leve brisa que hacía golpear granitos de arena contra tu cuerpo (de ahí que nos cubrieran con un traje típico  de touareg de pies a cabeza para evitar que la arena nos molestase), el lugar tenía un encanto tan peculiar como misterioso, la luna asomaba en lo alto del cielo y un paseo en dromedario acabó de colorear uno de los momentos más apasionantes que he vivido en toda mi vida.

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La fantasía parecía envolverlo todo pero lo mejor era que vivía una realidad, no una fantasía. Tras un paseo de unos 45 minutos en dromedario y guiados por un genial personaje habitante de Douz (era simpatiquísimo y además de hacernos fotos, quiso posar con nosotros también en alguna de ellas), volví ya maravillado al autobús que nos acercó al hotel en el que nos hospedaríamos esa noche.

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No eran más de las 19.30 pero tras la cena, el día había acabado, con una nota superior al sobresaliente, teniendo en cuenta que al día siguiente deberíamos estar en pie sobre las 5.30 para ser recogidos por el autobús a las 6.30 ya desayunados.