AYLLÓN: LA VILLA MEDIEVAL POR LA QUE NO PASA EL TIEMPO


Saliéndose va del reino el Campeador leal,

de siniestro, San Esteban, una buena ciudad,

por diestro, Ayllón, allí son las torres que moros las han,

pasó por Alcubilla, que de Castilla fin es ya…

Fragmento del “Cantar del Mío Cid”, versos 395-398.

El Cantar del Mío Cid es una de las obras literarias más importantes de la historia del castellano. Hablamos de una obra escrita (obviamente en castellano antiguo) en lengua romance, tratándose de la primera obra narrativa extensa en castellano que fue compuesta, según los expertos, allá por el año 1200. Habla de los últimos años del nombrado caballero Don Rodrigo Díaz, el Cid Campeador, en los cuales el hidalgo camina, cabalga, lucha, sirve, ama, es amado y desterrado por su rey, Alfonso VI.

Ésta, una de las piezas literarias más importantes de la historia de nuestra lengua, nombra, entre otras, la localidad por la que hoy nuestros pies tendrán oportunidad de trotar hasta conocer el último resquicio histórico en la zona. Llena está Ayllón de ello, lo he respirado nada más salir del coche, antes incluso, cuando nuestras retinas han contemplado que la antigua puerta de El Arco nos ha invitado a dejar en extramuros nuestro vehículo a motor para viajar unos ochocientos años en el tiempo y plantarnos en plena edad media. Disfrutemos pues de un día entero en la villa de Ayllón, tierra casi de unión entre las hoy dos Castillas, Castilla la Mancha (Guadalajara) y Castilla y León (Segovia y Soria), debido a su posición geográfica.

Llegamos a la antiquísima villa antes de las 11.00 horas, debido a que deberíamos dirigirnos hacia la Iglesia de San Miguel para recoger las acreditaciones que nos darían derecho a ser partícipes de la ruta teatralizada que organiza el ayuntamiento de la localidad y que daría comienzo a las 12.00 horas. El precio de cada entrada fue de 6,50 €. La ruta, de la cual después iremos hablando, fue simplemente inmejorable. Tremendos los actores, ingeniosos los guiones y guionistas, magníficas las escenas y perfecta la guía, Mari Carmen.

Nuestra llegada, como decía, se produjo poco antes de las 11.00. El consejo es aparcar ante El Arco, puerta que da acceso al casco antiguo de Ayllón, a la vera del río Aguisejo. Comprobaréis que es donde aparca todo el mundo. Antes comentaba que al bajar del coche recibí un golpe de viento con sabor a historia que se agravó con un soplido todavía más fuerte una vez atravesamos la única puerta de entrada y salida del pueblo, la puerta de El Arco.

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Ayllón (11)A partir de ahí, empezaba a entonar una música medieval que en realidad sólo producía mi cerebro, pero que no dejó de acompañarme durante toda mi estancia en Ayllón. Nada más atravesar el arco, se puede contemplar ya alguna que otra construcción que da pistas de lo que va a ser capaz de ofrecer la villa. No obstante, seguimos nuestro camino sin detenernos ante ninguna de las maravillas arquitectónicas que se oponían a ambos lados de la calle principal, por la que caminábamos, pues nuestro principal destino era, como antes dije, la Iglesia de San Miguel, dónde nos esperaba la persona con la cual había hablado la mañana anterior para facilitarnos las acreditaciones y abonar los 6,50 € por persona de la visita. Llegamos a dicha iglesia, que ha dejado de ser lugar de culto para ser una mezcla de punto de información y museo donde uno puede encontrar piezas arqueológicas de valor incalculable y fechas que pueden variar desde la prehistoria hasta nuestros días. Posteriormente sabremos porqué hay obras escultóricas y de pintura de arte contemporáneo esparcidas por todo el pueblo.

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Tras pasar un rato con Mariana y recoger los tickets e instrucciones de la hora a la que deberíamos estar en el Palacio de Los Contreras para dar comienzo a la ruta guiada y teatralizada (12.00), fuimos a retomar fuerzas a una de las cafeterías que había en mitad de la plaza, con una tranquila y bonita terracita en la que nos sirvieron unas suculentas tostadas con un buen pan de pueblo.

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Eran las 11.15 horas de la mañana y poco más nos daría tiempo a hacer, ya que en aproximadamente media hora debíamos plantarnos en la puerta de El Arco, junto al Palacio de los Contreras, conocido también como residencia del Condestable Don Álvaro de Luna, y es que realmente allí residió durante buena parte del siglo XI. Algunas fotos en la parte exterior de la puerta de entrada al pueblo con el puente y el río en el que montones de patos se refrescaban, a pesar de los justos 20ºC que había, precedieron a la ruta, que sin demora, dio comienzo a las 12.00 horas exactas.

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Nos avisaron de la prohibición de realizar instantáneas a los actores, por ello no encontraréis ninguna en nuestro blog. Tras ello, Mari Carmen (la guía) dio rienda suelta a la obra móvil que presenciaríamos durante las casi dos próximas horas. El primer personaje que apareció por la calle que viene de la Plaza fue Don Amancio, un historiador del pueblo que parecía tener cultura como pocos, sapiencia como no muchos y ganas de hablar como ninguno; historiador del pueblo en el que nos encontrábamos, hecho que hacía que el Sr. Amancio no dejara de contar las mil y una maravillas que en su tierra existieron y todavía hoy son visibles. Como decía, la primera pieza arquitectónica que sobresale de las demás es el Palacio de Los Contreras, edificio construido por Juan de Contreras en 1497. La fachada es espectacular, con tres escudos de armas inclinados mostrando algo poco usual. El artesonado encontrado en su interior confirmó que la edificación fue construida anteriormente a la fecha citada.

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De la mano de Mari Carmen continuamos hasta la Plaza Mayor, una plaza porticada, con el Ayuntamiento (antiguo Palacio de los Villena) presidiendo la misma, y junto a la emblemática Iglesia románica de San Miguel, de la que hemos hablado antes. Desde la misma plaza pudimos comenzar a descubrir nuevos lugares a los que después tendríamos posibilidad de aproximarnos para investigar. Llama la atención lo que debió ser una impresionante torre de defensa musulmana, que todavía hoy se mantiene en pie. Está ubicada en lo alto del cerro que parece resguardar la villa, y se la conoce con el nombre de Torre de La Martina.

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Ayllón (1)Entre todos los acontecimientos que reúne Ayllón desde que tiene vida propia, hay uno que fue de enorme relevancia histórica. Y es que, en 1406, Catalina de Lancaster sufre la muerte de su marido, Enrique III de Trastámara, no pudiendo coronar a su hijo, el que sería Juan II, con tan sólo dos años de edad. Se asume una regencia sobre el trono de Castilla por parte de Catalina, pero compartida con Fernando de Antequera, su cuñado. Muchísimos fueron los enfrentamientos de ambos debido a la forma de gobernar sobre Castilla pero antes de que se produjese un grave conflicto se firma un tratado mediante el cual Fernando ocupará el trono de Aragón, gracias al compromiso de Caspe (1412 Caspe), con el apoyo total de Catalina, que vio aquí la clara salida de que Fernando dejara de involucrarse en temas castellanos y se dedicase de lleno a los aragoneses. Fue impecable la representación que el anterior hecho tuvo lugar en la iglesia de San Miguel por parte de los actores de la ruta.

Ayllón (13)Nuestro paseo por la villa continuó tornándose hacia la Plaza del Obispo Velosillo, en la cual preside el genial Palacio del Velosillo. Además de observar la grandeza arquitectónica que tiene este edificio, construido en el siglo XVI, comprobamos que hoy es un edificio dedicado a numerosas funciones. Lo chocante es que cuando entramos empezamos a encontrar obras artísticas que parecían más bien contemporáneas, recientes. Encontramos cuadros pictóricos de estilo abstracto, esculturas parecidas a las de Botero, es decir, el edificio facilitaba a nuestras mentes un billete de tren que recorreríamos en cinco segundos y mediante el cual nos transportaríamos cinco siglos. En la actualidad, el edificio alberga la biblioteca y el Museo de Arte Contemporáneo de Ayllón. Hay que decir que desde 1979 se facilita una beca a 8 de los graduados en Bellas Artes mediante la cual pasan un mes estival en la localidad, dando rienda suelta a su imaginación y a su don artístico, de ahí que muchas de las obras que los principiantes artistas tengan un hueco en el Museo del Palacio del Velosillo.

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Tras la visita al Palacio del Velosillo donde concluyó la estupenda visita guiada, tomamos la decisión de ascender a lo más alto de la villa. Nos dirigimos por la calle Termiño hasta cruzarnos con la calle Real en la cual encontramos varias estrechas callejuelas que tomaban un gran desnivel para acelerar la llegada a la siguiente calle que encontraríamos, y que prácticamente nos colocaba ya en el paseo de las Bodegas, dónde pudimos ver cómo las cuevas que hoy todavía persisten son capaces de conservar el vino que se produce en tierras segovianas.

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Aquellas callejuelas que recorrimos hasta la ascensión a Los Paredones debieron albergar numerosos acontecimientos, alguno de ellos nos lo mostró la visita teatralizada en la que se representaba lo mal que lo debieron pasar algunos judíos conversos en época en la que la Santa Inquisición investigaba con lupa cada movimiento de los habitantes de aquellas villas medievales como la que pisábamos, y mediante la cual se obligaba a llevar a cabo toda costumbre cristiana tanto en vida, como en los enterramientos, costumbres que algunos de los nuevos judíos conversos ni siquiera conocían. Tanto la horca como la hoguera fueron buenos testigos de muchos de aquellos hechos.

Una vez llegamos a lo más alto del cerro contemplamos el Cristo de piedra que hay allí construido y que parece ser guardián de toda la villa.

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Ayllón (17)Curioso que en aquellas alturas, al otro lado del cerro, presida increíblemente bien conservada una torre de origen musulmán. He aquí la riqueza cultural y arquitectónica española, que es capaz de tener dos perlas en lo alto de la corona que protege la villa: una fortaleza árabe del siglo VIII-IX y un monumento cristiano. Poco podemos decir sobre la fortaleza o castillo que hubo en lo alto del cerro, que fue un edificio militar, seguramente adosado a la torre de la que hablamos, pero del que no quedan prácticamente restos.

Hay que decir que desde aquellas alturas la panorámica era inmejorable, y a pesar de que el día empezó a pintarse de un color grisáceo, se divisaba perfectamente la cordillera que toma el nombre de Sierra de Ayllón (perteneciente a la vertiente nororiental del Sistema Central y la submeseta norte, que cubre gran parte de Castilla). Las vistas arropaban kilómetros y kilómetros a la redonda. A pesar de disfrutar del sosegado impulso de la suave brisa que atizaba nuestros rostros, nos vimos obligados a descender de nuevo a la villa para seguir descubriendo joyas.

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Ayllón (21)La siguiente fue el Antiguo Convento de las Concepcionistas, y más adelante la Iglesia románica de San Juan, en la cual se orquestaba justamente una boda cuando llegamos. Y es que el edificio es hoy propiedad de manos privadas, con lo cual, nos encontramos que se estaba celebrando tal evento. Pudimos ver que la boda que estaba teniendo lugar en el edificio era una boda medieval. La gente iba vestida de época. No pudimos visitarlo pues, aunque tampoco llevábamos mucha idea de ello, ya que la entrada suponía otros 6 € por persona que eran excesivos para ver el claustro y alguna de las dependencias del lugar. No obstante, invitamos a acceder a los que llevéis tiempo de sobra para visitar la villa porque supimos que uno de los propietarios del antiguo convento realiza una magnífica explicación de lo que fue en su día el lugar.

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Ayllón (20)Poco más nos quedaba por descubrir de Ayllón, como no, la enorme Iglesia de Santa María la Mayor, que puede contemplarnos a todos los que andemos por las calles de su villa desde una altura superior a los 40 metros gracias a su imponente campanario, que al mismo tiempo sirve de referencia al viajero, ya que casi desde cualquier callejuela se ve asomar la tremenda obra. A finales del siglo XVII se hundió la antigua parroquia allí existente y se construyó en su lugar la nueva iglesia de estilo neoclásico, toda de sillería, que actualmente ocupa aquel lugar. La entrada al edificio es gratuita, ya que actualmente sigue siendo templo de culto (siempre y cuando esté abierto).

Ayllón (26)La siguiente parada fue una de las que más relevancia tuvo, y es que sigo diciendo, entrada tras entrada, que una de las mayores señales del potencial cultural de un lugar se encuentra en su gastronomía, y si Ayllón no nos había fallado en el plano histórico, seguramente no lo haría en este. Nos dirigimos a la plaza principal, donde hay dos claras ofertas gastronómicas. Leyendo ambas cartas, tomamos la decisión de entrar en el restaurante en el cual horas antes habíamos desayunado, el Restaurante Pemar. Impresionantes fueron los huevos rotos con chistorra que nos pusieron de primero (éramos dos, pero bien habrían valido para cuatro), como también lo fue el secreto ibérico que adornó nuestra visita al restaurante. Buenísima relación calidad-precio, pues la cuenta fue inferior a 40 € habiendo comido mucho y bien.

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Tras la suculenta comida recorrimos por última vez las empedradas calles de la villa que nos dirigió a extramuros mediante nuestro nuevo paso por la Puerta del Arco, donde el majestuoso Palacio de Los Contreras parecía despedirse también de nuestra compañía. Cogimos el coche para realizar nuestra última visita a tierras ayllonenses. Tomamos dirección a Burgos por la SG-945 donde encontraríamos un enclave que dio el toque mágico que quizás había faltado en el interior de la localidad. Se respiraba una paz sin igual en el lugar y yacía un edificio eclesiástico con una espectacular fachada que transmitía la sensación de espiritualidad que los monjes deben respirar en su interior. Varios minutos fueron los que anduvimos en la explanada frente al Convento de San Francisco, conocido actualmente como el Exconvento. Por mucho que os guste y os enamore el pueblo no subestiméis dicho convento y dejéis de visitarlo, porque sé que a veces contemplar tanta belleza en poco tiempo nos vuelve perezosos y lo que ésta visita debe suponer no es un trastorno sino una guinda en el sabroso pastel cultural, histórico y arquitectónico que pudimos saborear en tierras de Ayllón. Visita obligada pues.

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Con esto completamos la visita a otra de las localidades que aparecen en lospueblosmasbonitosdeespana.org

Podemos dar fe de que Ayllón, merece estar aquí.

SALAMANCA: SECRETOS Y RINCONES DE LA VIEJA CIUDAD UNIVERSITARIA


Nos quedaba todo un día por delante para disfrutar de la capital salmantina tras haber ya extasiado nuestro espíritu habiendo ascendido hasta La Peña de Francia. Hicimos bien en madrugar, y tras visitar el sagrado santuario a más de 1700 m de altura, llegamos a la ciudad universitaria por antonomasia antes de las 12.30 horas. Como digo, todo el día por delante para descubrir cada recoveco de la ciudad, cada edificio de la misma, y por supuesto, cada misterioso dibujo de las fachadas tanto de la universidad como de la catedral. Sí, me refiero a la obligación moral que tiene cada visitante de Salamanca de buscar la rana en la fachada principal de la universidad o el curiosísimo cosmonauta de la fachada de la catedral.

Entramos directamente al centro de la ciudad helmántica sin problema alguno, provenientes de la comarca de la Sierra de Francia. De las dos ocasiones en las que nos hemos presentado en Salamanca, en ninguna de ellas hemos tenido problema para circular y estacionar el vehículo. Tengo que decir que es el río Tormes, irregular por cierto en cuanto a su caudal dependiendo de la época del año, el que proporciona el límite entre el casco antiguo y las afueras de la ciudad. Una vez atraviesas uno de los puentes y sobrepasas el río se puede considerar que estás dentro del núcleo histórico de la ciudad. Una de las avenidas que circunvalan el centro, la Avenida del Doctor Esperabe, nos dio acceso a una perpendicular (calle San Pablo), en la que estacionamos sin problema además de tener las inmensas torres de la catedral a tan sólo un paso. Sin plano en mano (la Oficina de Turismo se encontraba cerrada), pero con dichas torres como referencia nos dispusimos a ascender metros y metros por las recónditas calles salmantinas en dirección a la Catedral. Aquí podemos decir que comenzamos una nueva aventura:

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La pendiente de la primera calle que nos encontramos era considerable. Aquí nos encontramos la primera sorpresa, y es que si no habíamos tenido suficientes con las anteriores (“la moza las ánimas”, “el cerdito de San Antón”, “los retratos de Mogarraz” o la recién visitada “Virgen de la Peña”), una nos esperaba con los brazos abiertos. Una magnífica y de las que me placen como las que más, una de las leyendas que se guardaba en el corazón de la ciudad salmantina, y nunca mejor dicho cuando me refiero al corazón, porque cuenta la leyenda que dentro, en el interior, en el subsuelo del solar en el que entraríamos, habría estado durante años mostrando a discípulos deseosos de cultivarse de ciencias ocultas el mismísimo Satanás. Así lo explicaban los carteles indicadores. Nos encontrábamos en la antigua “cripta de San Cebrián”, donde impartió sus doctrinas el diablo, enmascarado de sacristán.

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A parte de haber entrada totalmente gratuita, es uno de los lugares que recomiendo visitar, pues en lo más profundo del solar, unas escaleras (no las que unen el lugar con el inframundo, como se cuenta), dan acceso a una ascensión que nos regaló unas maravillosas vistas panorámicas del casco de la ciudad desde una torre muy bien situada. Invito a que vosotros mismos seáis los que vayáis contemplando lo que los indicadores cuentan de la “leyenda de la cueva” y de cómo fue finalmente descubierto el maestro camuflado de sacristán.

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Tras la visita a la supuesta escuela de artes ocultas, durante muchos años, de Satanás, continuamos con nuestro rumbo, ascendiendo lo que nos quedaba de calle para girar a la derecha. Entramos de lleno en la plaza en la que se levanta la impresionante catedral gótica de Salamanca (mejor dicho, las dos catedrales, posteriormente explicaremos a qué me refiero). Sin embargo, en un primer momento, al entrar en la bonita plaza de Anaya, lo que llama la atención es un grandioso edificio perteneciente a la Facultad de Filología, también conocido como el edificio de Anaya.

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En frente, como decía, la Catedral deslumbra los ojos de cualquiera que se fije en ella, y hace incluso parecer inmensamente pequeño a uno, más aún si te dispones a acercarse a la misma, como fue nuestro caso. Tras realizar alguna fotografía desde el lateral de la catedral, buscamos aquí mismo la Puerta de Ramos, donde encontramos el astronauta, que en realidad fue incorporado a la construcción en 1992. Es de admirar que localicéis tal figura en menos de 2 minutos; nosotros, tardamos alguno más: a nosotros nos costó más de cinco con cuatro ojos.

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Salamanca (11)Posteriormente nos dirigimos hacia la fachada principal para contemplar la maravillosa arquitectura que la conforma, así como para examinar tanta riqueza decorativa de figuras pertenecientes a la Catedral Nueva. Y es aquí donde descubrimos algo que no sabíamos: dos son las catedrales que hay en Salamanca, dos conjuntos arquitectónicos transformados en uno sólo pero manteniendo amplias diferencias entre la que fue la Antigua Catedral y la que se denomina Catedral Nueva.

La Antigua Catedral, que se comenzó a construir en el siglo XII y se puso su último ladrillo en el XIV, es de estilo románico aunque con algunas zonas en las que predomina el estilo gótico que en los siglos XIII y XIV empezaba a utilizarse en el antiguo reino.

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En cuanto a la Catedral Nueva o llamada de La Asunción, comenzó a construirse en el siglo XVI y finalizó su obra en el XVIII; como particularidad, es mencionable que guarda en sus paredes tres de los estilos utilizados a lo largo de la historia en las grandes construcciones: el gótico, el barroco, y el renacentista.

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Ahora aquí, nuestro consejo. Existen diversas maneras de contemplar la belleza que tanto la Catedral Antigua como la Nueva despliegan, sin embargo me veo obligado a aconsejaros a hacerlo de una manera que os agradará, incluso impactará de manera sobresaliente. Es obvio que si lo que tenéis es un interés en conocer cada capilla de ambas catedrales a modo exhaustivo, nuestro consejo es que paguéis por la visita completa (concretamente 4,75 € por persona). Pero si queréis contemplar la belleza desde las alturas, no dudéis en seguir nuestro consejo: dirigíos hacia la entrada de la Catedral Antigua, donde os darán la opción de realizar la visita a ambos templos, como decía, desde las alturas. Cierto es que, en algún momento puede ser algo temeroso si alguien sufre de vértigo. Yo, tengo que reconocer que me sobresalté en varias ocasiones y es que la altura hasta la cual uno llega proporciona la mejor vista de toda la ciudad, pero al mismo tiempo impacta en uno de forma contundente, pues dicha altura supera en diversas torres los 35 metros sobre el suelo.

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Salamanca (13)Además de la visita desde las alturas, pudimos contemplar la Sala de la Mazmorra, la Sala Alta, la sala de la Bóveda, la terraza de la Torre Mocha, la pasarela hacia la Torre del Gallo, el balcón interior de la Catedral Nueva (desde donde vimos el interior de la misma), y la Terraza Norte. Nosotros, y nos consta que es algo ya habitual desde hace unos meses, tuvimos también la oportunidad de visitar la Sala del Reloj y la Sala del cuerpo de Campanas. En cuanto a la entrada, 3,75 € por persona y la experiencia, tan única como imponente.

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Tras esta segunda experiencia (tras la de la Cueva del Diablo), y una vez con los pies en tierra, recorrimos la Rúa Mayor (una de las calles principales del casco antiguo de la urbe), hasta encontrarnos con una que la cruza (Calle Palominos) y girar a nuestra izquierda para paralizarnos ante uno de los edificios emblema de la ciudad, la Casa de las Conchas.

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Frente a ésta, a la que también se puede acceder, se levanta el también imponente edificio de la Universidad Pontificia, perteneciente al siglo XVII y con varias estancias en su interior que son de contundente hermosura. A parte de poder visitar el Aula Magna, el luminoso claustro interior y diversas salas, tiene acceso también a unas torres superiores (Torres de Clerecía) desde las cuales también es recomendable vislumbrar la maravillosa ciudad universitaria y todos sus tejados (no es comparable a la altura a la que uno sube en las torres de las Catedrales, mucho más imponentes). Todo ello también por un módico precio, 3,75 € por persona. El acceso lo encontraréis en la calle Compañía, la que, como anteriormente dije, es perpendicular a la Rúa Mayor.

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Tras la contemplación de lo anteriormente descrito volvimos sobre nuestros pasos para colocarnos sobre la arteria de la Rúa Mayor y dirigirnos dirección a la Plaza Mayor superando numerosas ofertas de restaurantes y bares que presentaban bonitas mesas en el mismo centro de la calle, por supuesto, peatonal. Además, el tiempo acompañaba, incluso por momentos sentíamos algo de calor llegando casi a los 30º C, que nos hacían buscar la sombra en algunos instantes. A todo esto, fuimos a parar a una plaza, la llamada Plaza del Corrillo, por la que atravesaba una calzada y en la que encontramos otra obra de arte construida como templo religioso, la Iglesia de San Martín. La fachada no posee una exquisitez arquitectónica que sí puede tener la de la Universidad o la de la Catedral Nueva, pero lo que llama la atención en este templo del catolicismo es que si cruzamos la calzada y nos dirigimos por la misma plaza hacia, digamos, el pasillo de entrada a la archiconocida Plaza Mayor de Salamanca, daremos con una ventana que nos ofrece su ábside hacia abajo, maravilla arquitectónica ya que no es explicable que el peso de la ventana se mantenga sobre apenas nada. Este ventanón que nos encontraremos pertenece a la Iglesia de San Martín.

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Por fin, llegamos a uno de los puntos neurálgicos de Salamanca, de Castilla – León podría decir, e incluso del territorio nacional me atrevería. Y es que, ¿quién no ha oído hablar de la Plaza Mayor de Salamanca? Entramos por uno de los vértices de la misma, venidos de la Plaza del Corrillo y nos acogió con los brazos abiertos la fastuosa plaza que en tantas ocasiones he oído nombrar.

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Típica plaza castellana del siglo XVIII pero que en su origen era ya plaza importante, llamada de San Martín, albergando el mercado de la villa caracterizado tanto por el intercambio de ganado como de todo tipo de alimentos y artilugios. Finalmente quedó, tras diversas remodelaciones y restauraciones, una inmensa plaza cuadrada en la que aguardan sublimes soportales hoy convertidos en restaurantes, bares y cafés (algún comercio de otro tipo también), que trae a la mente de uno inmediatamente el recuerdo de la Plaza Mayor de Madrid. Ni mejor, ni peor, no soy quién para juzgar cuál de las dos es más espectacular porque posiblemente esté hablando de dos de las joyas más hermosas del panorama arquitectónico no sólo nacional, sino internacional. En ambas podría pasar una eternidad contemplando las fachadas de los edificios que forman el cuadrado perfecto que a su vez conforma dichas plazas.

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Tras esto, salimos por otro de los vértices de la plaza tras el cual fuimos a dar de nuevo a la Plaza de San Martín. Dimos varios paseos buscando la mejor oferta hostelera hasta que dimos con una que nos pareció atractiva. Íbamos dispuestos a comer de menú (en casi todos los sitios, y había muchos, ofrecían menús con grandes carteles). En la calle Francisco Vitoria, muy cercana a la Casa de las Conchas, encontramos un establecimiento llamado La Luna, por el que nos decantamos gracias a la variedad que tenía el menú; la calidad, sin embargo, nos dejó un poco disgustados. Comimos, de primero, patatas revolconas y, de segundo, unos solomillos de cerdo con salsa de cabrales que no brillaron por su excelencia (ni por la de la carne en sí, ni por la salsa). Además tuvimos una “no muy buena experiencia” ya que una de las múltiples palomas que son dueñas de las alturas en la ciudad quiso dejarnos un recuerdo que gracias a dios, cayó cerca de uno de los platos y no dentro de él. La comida nos salió por menos de 24 € en total, pero habría pagado un poco más por comer más cómodamente y mejor. No acertamos esta vez, y es que, alguna vez ocurre cuando uno va a la aventura.

Pero la aventura continuaba y no podíamos irnos sin dar nuestra más sincera enhorabuena a la rana que bien se ha ganado la fama de habitantes, visitantes y estudiantes de la ciudad, y que, según nos dijeron, se esconde en un punto concreto de la fachada de la Universidad de Salamanca (que no la Pontificia). Sin embargo, quisimos primero tomar un rico granizado de limón y un café para “la persona que está a mi lado” en uno de los cafés que hay en la Plaza Mayor, en el Café Novelty, siendo el más antiguo de la ciudad con sus más de 100 años, lo que han hecho del local un enclave de reunión para los personajes más ilustres de cada época (tanto es así, que es donde se llevó a cabo la fundación de Radio Nacional de España). Granizado en mano, ahora sí decidimos poner rumbo a la rana. Recorrimos de nuevo la Rúa Mayor, en forma de despedida, atravesamos y dejamos a la derecha la Casa de las Conchas y la Universidad Pontificia, y en vez de regresar por la calle Francisco Vitoria, en la cual habíamos comido, tomamos la paralela calle Libreros. Pronto fuimos a dar con la plazoleta que se forma en torno a la estatua de Fray Luis de León y que no se cansa de examinar desde hace siglos (y los que le queden) la impresionante fachada de la Universidad de Salamanca.

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Impresionante no en cuanto a volumen, ya que uno espera algo espectacular tanto en dimensiones como en ornamentación, sin embargo, es extremadamente estrecha, pero no por ello menos agraciada. La Universidad de Salamanca presume de ser la más antigua de España, y la cuarta de Europa (por detrás de la de Bolonia, Oxford y París). Por supuesto, conocimos a la famosa rana, uno de los requisitos fundamentales en nuestra visita a la ciudad y durante un buen rato disfrutamos de la paz (tensa por la gente que se agrupaba en la plazuela) que transmitía el lugar.

Tras este descubrimiento decidimos regresar a la Plaza de Anaya (dónde se ubican las Catedrales) y tomar la calle Tostado para ir a dar a parar a la Plaza del Concilio de Trento. Aquí, recomiendo totalmente ir, pues nos encontramos con una de las obras maestras (inesperadas) que vimos en nuestra visita. Hablo del impresionante convento de San Esteban, que bien parecía una auténtica catedral tanto por su belleza como, esta vez sí, por sus dimensiones. Increíbles las panorámicas que pudimos hacer desde la tremenda plaza, presidida también por una figura esculpida de Francisco de Vitoria.

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Poco más pudimos ver de la capital salmantina y capital de la cultura en el año 2002, pues era un domingo que se preparaba para miles de regresos a la capital. Eso sí, no quisimos irnos sin hacer una maravillosa panorámica de la ciudad ataviada e imponente gracias a los salientes de las torres de las catedrales (¡que sí, Salamanca tiene dos!) desde un punto que elegimos y acertamos, esta vez sí. Salimos, ya con el coche, del casco antiguo y nos paramos en el Puente Romano, dónde un gran parque con una pista de atletismo nos daba la posibilidad de situar nuestra cámara y trípode para poder hacer la panorámica con, y sin nosotros, como hacemos en todos los sitios que visitamos para intentar no aparecer en las fotografías que os mostramos, y que como dije en una de nuestras primeras entradas, son originales, es decir, nuestras. Absolutamente todas.

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Gracias de nuevo Salamanca, y hasta pronto.

CUMBRES DE CULTO: LA VIRGEN DE LA PEÑA DE FRANCIA


Despertamos pronto en nuestro hotel de Mogarraz con la esperanza de que la meteorología nos acompañara para, ya que habíamos disfrutado el día anterior de un día gris y lluvioso, comprobar cómo era la comarca con sol y buenas temperaturas. Las cortinas de nuestra habitación escondían la respuesta, la cual fue grata, pues, efectivamente, pocas o ninguna nube cubrían un cielo que hacía sólo horas dejaba caer gotas de agua intermitentemente. Las oscuras nubes se despidieron dando paso a un sol que sin embargo, no desplegaba el calor excesivo que podía recibir cualquier zona de la península.  Y es que no sé si podemos considerar que la comarca de Las Hurdes junto a la Sierra de Francia forman un microclima, pero según nos informaban familiares del tiempo que hacía en el resto del país, no se parecía en nada. De hecho nos plantaríamos posteriormente en Salamanca capital y comprobaríamos de primera mano cómo allí el sol sí se mostraba mucho más furioso. Antes de viajar a la capital salmantina, sin embargo, disfrutaríamos de algo que pocas veces he podido sentir: Libertad (literalmente).

Tras un desayuno decente en el ya nombrado Hotel Spa Villa de Mogarraz volvimos a por las maletas, y tras ello, bajamos para realizar el check out, pero de paso también, que nos informaran de qué opciones teníamos para visitar dentro de la comarca antes de dirigirnos hacia Salamanca. Nos dieron varias, una la de visitar un pueblo típico de la zona (pero habiendo visto ya Mogarraz y La Alberca lo descartamos inminentemente). La otra idea a mí me emocionó más que a “la persona que tengo a mi lado”. Más que emoción, la sensación que recibí podría definirse como presagio, una sensación que me invitó de manera muy fuerte a poner todo el empeño posible a escoger la opción de subir hasta la Peña de Francia. Poca información nos facilitaron en el hotel, únicamente la de que encontraríamos unas preciosas vistas desde arriba disfrutando de un soleado día como el que cubría nuestras cabezas.

Carretera y manta hacia el punto más alto de la comarca. Sabríamos dentro de poco lo que nos depararía nuestra elección. Cogimos la misma carretera que la noche anterior tenía un aspecto casi lúgubre y terrorífico, pero el sol del día la mostraba de otra manera, paradisiaca podría decir, gracias al espesor de una vegetación que convierte el lugar en único. La dirección que tomamos por aquellas estrechas carreteras fue hacia el pueblo de El Casarito. Al llegar a El Casarito, pueblo que no sobrepasará los cincuenta habitantes, hay una indicación en la entrada que señala la localidad de San Martin del Castañar. No se debe hacer caso a la indicación (información que nos facilitaron en el hotel), con lo cual traspasamos el pueblo y por fin encontramos la indicación que nos dirigiría a la Peña de Francia. La carretera tomó un aspecto todavía más estrecho del que ya mostraba, y además comenzó a empinarse de manera muy audaz. El desnivel era importante. Pronto empezamos a encontrar y a adelantar ciclistas que decoraban la carretera haciendo parecer que éramos uno de los coches participantes en la Vuelta Ciclista a España, y después supe que en múltiples ocasiones ha acabado alguna de las etapas de la Vuelta en la cumbre hacia la que nos dirigíamos.

Ascendíamos metros y metros en altitud comenzando a contemplar un paisaje que desde abajo ya era maravilloso. Poco a poco fuimos dejando atrás la maleza debido a la altitud que íbamos alcanzando empezando a encontrarnos con un terreno bastante más estéril y pedregoso, y sin embargo las vistas dejaban de ser maravillosas para ser imponentes. La carretera, tan estrecha como antes comentaba, rodeaba por completo la montaña que subíamos. No podíamos superar los 40 kms por hora, y si algún vehículo se cruzaba en nuestro camino, uno de los dos tenía que echarse prácticamente fuera de la carretera. Afortunadamente era temprano y no había demasiado tránsito. Hacía aproximadamente media hora que salimos del hotel y ya estábamos casi en la cumbre de la misteriosa Peña de Francia. Misteriosa empezando por el nombre (¿qué hace una sierra en plena provincia de Salamanca llamándose Francia?). No era éste el último secreto que aguardaba el monte. Según llegamos nos encontramos con un repetidor televisivo de varios metros de altura que tenía cierta semejanza con un cohete espacial. Rompía totalmente con lo que allí nos encontraríamos.

Peña de Francia (7)

En primer lugar, explicaré el porqué del nombre tanto del monte como de la sierra. Y es que tras la Reconquista cristiana sobre los musulmanes, la comarca fue repoblada por franceses (Gastón, Coupet…). De ahí que todavía haya derivaciones de apellidos de procedencia francesa.

Al llegar prácticamente a la cumbre de la montaña una valla nos obligó a dejar el coche para continuar durante unos trescientos metros a pie hasta llegar a lo más alto. Allí muchas cosas empezaron a sorprendernos, comenzando por un monasterio convertido hoy en hospedaje, en cuyo restaurante tomamos un refresco.

A continuación, nos aproximamos a uno de los riscos que parecen estar en la parte más alta no solo de la montaña sino de toda la cordillera. La sensación que comencé a sentir fue una de las mejores que he tenido últimamente. Total libertad, paz interior, alegría, dominio de una grandísima extensión de tierra que desde aquel lugar se divisaba. Los minutos u horas que pasamos allí me parecieron segundos porque podría haberme quedado en aquel enclave toda una eternidad. Tras aquel majestuoso rato nos dimos cuenta de que un reloj de sol estaba construido en piedra en el centro de “la rotonda” que hay en la explanada de la parte alta del monte. Esta zona recibe el nombre de “El Salto del Niño” por la imponente caída que hay desde el lugar.  Por otra parte, tengo que decir que pudimos ver cabras montesas en la lejanía desde el lugar donde éramos reyes de kilómetros a la redonda.

Peña de Francia (2)

En cuanto al paisaje, era inmejorable, pasemos al plano litúrgico: allí se levanta el Santuario de la Virgen de la Peña, comandada por la orden de los dominicos. La leyenda y la magia volvían a llamar a nuestra puerta. Un monasterio con una iglesia en la que curiosamente se da misa diariamente (y cuanto menos es curioso simplemente por la distancia que deben recorrer los feligreses para acudir a su cita con dios). Eso sí, lo hacen sólo en meses estivales, pues en invierno la nieve hace inexpugnable el ascenso al santuario.

Pudimos descubrir, a parte del recinto religioso que hay allí construido, la extraña virgen que tan venerada es en aquellas alturas (1727 metros). Una pequeña virgen que en alguna ocasión ha sido robada (en la última de estas ocasiones el propio ladrón decidió devolverla tras tenerla en su poder durante unos años). Hablo de una virgen que guardan en la pequeña gruta en la que fue encontrada, que prácticamente no ha sido modificada. No es la típica capilla que encontramos en toda iglesia. Y es que podemos decir que lo que han hecho ha sido construir un gran templo al aire libre, con estas pequeñas capillas a las que todos tienen acceso. Una de ellas, bajando unas pequeñas escaleras, guarda a la pequeña y cuanto menos extraña pieza que representa a la Virgen de la Peña de Francia.

Peña de Francia (10)

La virgen, a la que se venera desde hace más de seis siglos, fue encontrada por un francés: Simon Roldan, un estudiante parisino al que se le produjo la advocación de la virgen que antes comentaba y al que recomendó buscar la imagen de la misma en tierras de Occidente. Las palabras que la Virgen de Peña mentó, fueron: “Simon, vela y no duermas, busca en Occidente hasta encontrar una imagen semejante a mí. Allí sabrás cómo actuar después”. Cuatro años estuvo Simon buscando dicha imagen en tierras de Bretaña y finalmente desalentado decidió volver a París, pasando por Santiago para hacer una peregrinación religiosa. Confundido, llegó a tierras salmantinas dónde casualmente escuchó en la localidad de San Martín del Castañar algo sobre alguna extraña virgen que había sido vista en las alturas de la sierra. Desde entonces y durante tres días estuvo (exhausto) buscando por la Sierra de Francia, hasta que de nuevo la Virgen de la Peña se le apareció indicándole dónde estaba la imagen y solicitándole que tras cavar y encontrarla la colocara en lo más alto de la montaña, construyendo un santuario que pasaría a llamarse Santuario de la Virgen de la Peña. Así lo hizo, y en el año 1434 comenzó la construcción del templo. En él se pueden, además, encontrar imágenes de San Andrés a parte de capillas, como antes explicaba, dedicadas al Santo Cristo y al propio Santiago.

Peña de Francia (8)

Otra de las capillas improvisadas que hay, está formada por una escultura construida mediante tiras de hierro y que muestra una imagen de Santiago Apóstol sobre su caballo y con una cruz sobre su mano derecha; este rinconcito es llamado el Balcón de Santiago. Esta capilla, junto con las de San Andrés, la capilla del Cristo y la ya mentada capilla de la Virgen de la Peña de Francia, están situadas justo en el lugar dónde se encontraron sus respectivas imágenes.

Peña de Francia (12)

Después de un par de horas en aquellas alturas decidimos volver a la civilización, dirigiéndonos hacia la capital de la provincia en la que nos situábamos, Salamanca.

PASEANDO POR LAS TRADICIONES Y LEYENDAS DE DOS DE LOS PUEBLOS MÁS BONITOS DE ESPAÑA: MOGARRAZ Y LA ALBERCA


Es obvio que para nosotros un fin de semana sin asuntos laborales por delante es sinónimo de viaje, de nuevas tierras por conocer. Sin embargo, el pasado fin de semana (primero de Agosto) estuvimos titubeando sobre si viajar, dónde viajar y cómo viajar hasta el último momento. Y es que hasta el viernes no tomamos la decisión final. Lo que yo pretendía en realidad era, que mi mente se trasladara lo más lejos posible, ya que el estrés que invadía mi cuerpo y mi mente la anterior semana hacía complicado el hecho de afrontar un fin de semana más en nuestra ciudad, rodeado de lo que nos envuelve cada día de la semana. En fin, necesitaba evadirme totalmente aunque fuera por 48 horas.

El destino, como comentaba, fue elegido casi en el descuento, concretamente el viernes a mediodía. Escogimos la zona de la Sierra de Francia, concretamente una pequeña villa denominada Mogarraz, muy cercana a la localidad de La Alberca, bastante más afamada. Sinceramente no estaba muy convencido en un primer momento del destino que nos esperaba, pero poco a poco fui empapándome de información sobre la región salmantina que tocaríamos y comenzó a engancharme. ¿Dónde nos hospedaríamos? Escogimos el Hotel Spa Villa de Mogarraz, con alojamiento, sesión de spa y desayuno incluido por un precio de 98€ para los dos. Respecto a los precios que había por la zona en hoteles considerablemente interesantes era cuanto menos sorprendente un precio tan económico. Marcharíamos rumbo a la Sierra de Francia, limítrofe con la mítica y misteriosa comarca de Las Hurdes, dónde tantas leyendas y tradiciones se guardan como un tesoro esperando a ser descubierto. Gracias a varios documentales, libros y reportajes era conocedor del arraigo con el que los habitantes de aquella comarca se acogen a sus milenarias tradiciones y las resguardan del paso del tiempo para que sigan tan intactas como hace siglos. El viernes por la noche nos aprovisionamos de toda la información necesaria para crear una ruta que nos llevaría por las localidades de Mogarraz, La Alberca, Salamanca, y alguna que otra sorpresa más, que posteriormente describiré.

Mogarraz (plano zona)

Dicho y hecho, salimos el sábado por la mañana sobre las nueve de la mañana, y tras una hora y media de viaje pusimos nuestros pies en la capital de provincia que se encuentra a más altura respecto al nivel del mar en toda España. Efectivamente hablo de Ávila, que tendrá una entrada en nuestro blog dentro de muy poco. Tras un suculento y económico desayuno en uno de los centros comerciales que se ubican en la periferia de la ciudad, cogimos de nuevo el coche para enfrentarnos a nuestro verdadero viaje. Desde Ávila podíamos tomar dos caminos: uno, era sencillo, continuar por la A-5 hasta llegar a Salamanca desde donde deberíamos dirigirnos, ya por carreteras comarcales hasta lo más profundo de la Sierra de Francia; sin embargo, escogimos la senda más salvaje, y pusimos rumbo a Piedrahita por medio de una carretera comarcal en buen estado y sin excesiva circulación, acompañados de un paisaje embellecido por la Sierra de Gredos que íbamos dejando a nuestra izquierda hasta plantarnos en otra serranía que prácticamente la daba continuación, la Sierra de Béjar. Los pueblos que comenzábamos a dejar atrás empezaban a ser pintorescos, muy bonitos. Sobrepasamos entre ellos Barco de Ávila y la propia localidad de Béjar. Tras esto, el paisaje se volvió agreste. La meteorología también, pues lo que comenzó en Madrid como una soleada jornada se convirtió en un nuboso y fresco día en el que la lluvia comenzaba a hacer acto de presencia. Los últimos kilómetros antes de alcanzar la localidad en la que nos hospedaríamos convirtieron mis deseos en realidad. Y es que realmente pareció que habíamos recorrido cientos y cientos de kilómetros. Dejamos atrás las altas temperaturas de la capital, los terrenos que en estos meses nos brindan un color amarillento por la falta de vegetación y la abundancia de campos estériles para adentrarnos en algo asombroso, en una maraña verde que envolvía por completo la carretera, que en los últimos kilómetros incluso dejó de mostrarnos la línea que limita un carril del otro. Nos adentramos en un carreteril, en buen estado, eso sí, pero en el que uno casi tenía que parar si se encontraba con un coche en dirección contraria.

Fue entrar en la villa de Mogarraz, chocar casi con el Hotel Spa Villa de Mogarraz, y sacar nuestros cuerpos del coche para comprobar cómo un ambiente totalmente opuesto al que sentía tan sólo hacía unas horas envolvía todo mi cuerpo. Estábamos inmersos en una sierra tan verde como infinita, en una pequeña localidad que impactó nuestras retinas por sus maravillosas construcciones de pizarra y granito y sus magníficas vigas de madera formando una ornamentación inigualable en dichas construcciones. Comprobamos porqué Mogarraz está, como una placa muestra en la entrada del pueblo, dentro de la red de los pueblos más bonitos de España, distinción que no tienen más de 24 localidades españolas.

Mogarraz (3)

Nuestros primeros pasos nos guiaron hacia el hotel, un hotel con encanto y rústico a la vez, completamente reformado para dar una sensación de cobijo al huésped, la cual debe ser tan acogedora en verano como en invierno. La recepción era pequeña, parece en diversos aspectos que nos encontramos en un hotel familiar, lo que favorece el trato que recibe el cliente. Tras recibir los consejos de la recepcionista sobre qué ver y visitar durante nuestra estancia en la comarca, subimos a dejar nuestras cosas para inmediatamente bajar de nuevo a comer. La propia recepcionista nos aconsejó un restaurante que está situado en la misma entrada de Mogarraz, un pueblo de poco más de 300 habitantes. La distancia entre el hotel y el restaurante, llamado Mirasierra, unos 15 ó 20 metros. En cuanto a la distancia entre el hotel y la plaza de la villa, no más de 400, con lo cual todo andando. Lo que sí debemos aconsejar es reservar en el restaurante Mirasierra, ya que debe llenarse todos los fines de semana. Nosotros tuvimos suerte ya que falló alguna reserva y pudieron atendernos a las 15.30.

Tuvimos tiempo para dar un pequeño paseo por la villa y adaptarnos a la maravilla que estábamos viviendo. ¡Y es que era justo lo que necesitaba! Paz, naturaleza, frescor en el ambiente (casi frío por momentos) y un clima de desconexión que me hizo entrar en éxtasis para no abandonarme en todo el fin de semana.

Mogarraz (mapa_turistico)

Como dije anteriormente,  hasta las 15.30 no nos dieron posibilidad de sentarnos en el restaurante Mirasierra, con lo cual investigamos durante la media horita que nos sobraba por las calles de la villa… o más bien por la calle, puesto que es una estrecha y larga calle la que recorre Mogarraz casi de principio a fin hasta desembocar en la plaza. Una calle que comienza en la llamada Ermita del Humilladero, con una pizca de misterio y otra de poder gracias a la cruz que se presenta en piedra ante ella.

Mogarraz (4)

Pero no es esto lo que llama la atención a los ojos de uno cuando entra en Mogarraz. Es algo mucho más obvio y misterioso. Y es que en cada fachada aparecen los retratos de personas que parecen de otra época. Esto ocurre en cada casa y construcción mogarreña, incluyendo la propia iglesia. La razón la explica un cartel cercano a la ermita del Humilladero. En el año 1967, el fotógrafo Alejandro Martín Criado retrató a cada habitante mayor de edad de la localidad para poner su fotografía en el entonces documento de identidad; dicho archivo fotográfico fue después rescatado por Florencio Maíllo, quién plasmó cada uno de los 388 retratos con la intención de dar un toque de morbo al mostrarse eterna y públicamente a lo ancho y largo el pueblo. Es cierto que la sensación que uno percibe al verlas es un tanto virulenta. Puede significar un poco macabro para alguno porque es cierto que cuando uno clava la mirada en alguna de ellas, ésta parece responderte fijándose todavía más en ti. Lo que no deja lugar a dudas es que el sello de originalidad que da a Mogarraz es único y exclusivo.

Mogarraz (5)

Mogarraz (12)Llegamos hasta la plaza en poco más de 5 minutos, lo que tardamos en recorrer la calle que atraviesa la villa. Chocamos directamente con la Iglesia de Nuestra Señora de las Nieves, en la que, a parte de encontrarnos con más rostros inmortalizados, comprobamos que el campanario estaba separado del resto del edificio sagrado. Tiene una explicación lógica,  y es que en vez de construir una iglesia entera dejaron la torre que servía allá por el siglo XVI de vigilancia para construir la parroquia principal en torno a ella. Lo que no pudieron fue unir ambos edificios por completo.

Mogarraz (16)

Tras ello, bajamos a la plaza Mayor, que curiosamente se encontraba vestida de gala para darnos a entender que eran fiestas en la villa. Realmente nos adelantamos, pues las fiestas son el segundo fin de semana de Agosto. No obstante, alrededor de la plaza estaban colocadas las barreras que se utilizaban en festejos y corridas de toros en todas las plazas castellanas antaño, algo que allí, como explico, se sigue haciendo. El ayuntamiento, con la misma estructura y arquitectura que cualquiera de las otras edificaciones del lugar, diferenciándose de ellas tan sólo por las banderas de la comunidad de Castilla y León y la de la provincia de Salamanca, se mostraba majestuoso, pero eso sí, se anteponía a la iglesia, con lo cual no dejaba ver en plenitud la parroquia mogarreña. Supongo que la misma pared del fondo del ayuntamiento sirve como muro limítrofe de la parroquia. Poco o nada de ambiente había en el lugar, lo que invocaba a una reacción absoluta que no me canso de decir que mi mente necesitaba el pasado fin de semana.

Mogarraz (13)

Pero el misterio y la tradición volvieron a dar un toque todavía más mágico a lo que estábamos viviendo. Tras dar una vuelta en torno a la iglesia nos encontramos con un macabro muro denominado por el cartel que allí rezaba “CALAVERNARIO” y que explicaba que aquella placa conmemora todos los cuerpos que allí iban a parar cuando no se podían almacenar en el cementerio.

Mogarraz (17)

La tradición llamó a nuestras puertas cuando volviendo por la calle principal dirección a la entrada del pueblo nos encontramos con el fabuloso cerdo de San Antón. Recuerdo a mi padre haberme contado en varias ocasiones que antaño un cerdo se soltaba por las calles del pueblo el día de San Antón y los vecinos participaban en su alimentación durante un año entero hasta rifarle un año después y bien engordado para aprovechar toda su carne. Bien, pues o retrocedimos algún siglo que otro en el tiempo o habíamos encontrado un lugar que quedó anclado en él manteniendo una tradición que yo consideraba extinguida. Allí sollozaba plácidamente el cerdito recibiendo el frescor de una fuente bajo la que se resguardaba.

Mogarraz (10)

Poco más nos dio tiempo a hacer antes de caminar de nuevo hacia la entrada del pueblo con destino el Restaurante Mirasierra.

Llegamos al restaurante a las 15.30. Reitero que lo aconsejable es reservar con anterioridad pues, a pesar de no tener sensación de haber gente en el pueblo, el restaurante estaba abarrotado. Las vistas desde el interior del restaurante de toda la Sierra de Francia son maravillosas.

Mogarraz (21)

Veríamos ahora a qué nivel estaba la comida… Adelanto que espectacular, tanto en cantidad como, más si cabe, en calidad. Primero una tabla de quesos, todos ellos castellano-leoneses, junto a un gazpacho para mí que estaba exquisito. “La persona que está a mi lado” tomó una de las decisiones más acertadas que tomamos en todo el viaje, y fue la de degustar las patatas “meneás” que aparecían en la carta (un puré de patatas al que se le da sabor con pimentón y ajo, coronado con torreznos). Con ellas enloquecimos. No son aconsejables, son totalmente imprescindibles si coméis en este restaurante.

Mogarraz (19)

Pero aún faltaba un plato fuerte. Yo no me lo pensé mucho a la hora de escoger un solomillo de bobino de la tierra con patatas fritas, y mi acompañante volvió a acertar de lleno escogiendo unos medallones de carne de ternera, también con patatas, que tuve la oportunidad de probar. Todo retocado por una sabrosa tarta de queso que supuso el remate final a una de las mejores comilonas a las que me he enfrentado últimamente. El precio, no fue muy económico, pero vista la calidad de lo que tomamos no me pareció desproporcionado. Concretamente 75€, unos 37€ por persona.

Acabamos casi a las 17.30 la gran comida y aunque estaba en nuestros planes dar un paseo antes de la sesión de spa que nos esperaba a las 18.00, subimos directos al hotel para coger el albornoz y descender hasta la planta -2, en la que nos esperaba una hora de relajación que nos evadiría por completo de la realidad. El spa se componía de una piscina con varias caídas de agua a distinta presión, una zona de piedras sobre las cuales caminar (pediluvio) para mejorar la circulación en pies y piernas, una sauna, un baño turco, una ducha de sensaciones, diversas camas de baldosas a altas temperaturas, varias piscinas con hidromasaje, un jacuzzi y una pequeña piscina de agua fría. Nos explicaron a la entrada cómo realizar el circuito y una vez comenzado cada uno iba por libre. Éramos un grupo de unas 10 personas (cinco parejas) y no había problemas de espacio. Dispusimos, como dije antes, de una hora. Tras aquella hora parecía no tener fuerza en el cuerpo, pero lo mejor era que mi mente alcanzó por fin el punto de quedarse en blanco, sin preocupaciones, sin agobios y con la posibilidad de abrir los balcones de mi habitación para disfrutar de un paraje simplemente maravilloso, de ensueño.

Mogarraz (1)

Eran las 19.30 y el día comenzaba a despedirnos llevándose un frescor único para traernos una temperatura menor a los 14 grados. Rápidamente nos dispusimos a coger el coche para poder disfrutar de los últimos rayos de sol en la sonada localidad de La Alberca, también entre los 24 pueblos más bellos del país. Y no lo digo yo, por ahora. El trayecto entre Mogarraz y La Alberca, separados por tan sólo 7 kilómetros, me trajo a la mente una de las magníficas leyendas que moran en la zona. El paraje influía en que, si uno no iba conduciendo, cayera tarde o temprano en trance, sobre todo si es conocedor de la leyenda de La Mora. Y es que una moza musulmana de impresionante hermosura residió antaño en la villa de Mogarraz. De familia humilde y con pocos recursos todas las mañanas bajaba al río a por agua que aprovisionaría a su familia para toda la jornada. Una de esas mañanas en las que la mora atravesaba malezas y monte para llenar su cuenco de agua, fue alcanzada por un hechicero que la ofreció fortuna si a cambio se entregaba a él. Ante la negativa de ésta, el hechicero enfureció, enviando un embrujo que condenaba a la joven a vivir bajo el agua durante la eternidad con un atisbo de mínima esperanza, pues la concedería salir cada noche de San Juan de las aguas del río para poder encontrar el amor de alguien que recorriera los majestuosos bosques de la comarca. Efectivamente ocurrió que un vecino de Mogarraz, conocido por ser el veterinario de la población, acudió al pueblo colindante de Monforte, separado tan solo por una ladera en la que la vegetación es tan extensa que impide ver la luz del sol en pleno día, y curiosamente por allí íbamos circulando, lo que hacía mezclarse la fantasía con la realidad que estábamos viviendo. El veterinario tuvo que acudir a Monforte a sanar a una res que llevaba varios días enferma y a la noche tuvo que adentrarse en el bosque para regresar a su pueblo. Aquella era una noche de San Juan. Dicen que el veterinario, entre el cansancio, la penumbra de una incesante noche y las cervezas que había ingerido aquella misma tarde entró en un estado de pánico en el que confundía esa fantasía y la realidad que de momento nosotros sí diferenciábamos, divisó cómo una hermosa joven salía del agua. Laila intentó abrazar al joven, que no intentó zafarse del encanto que desprendía la joven. Sin embargo el hombre llevaba un anillo de casado, lo que causó gran dolor en Laila, que arrastró al hombre hasta lo más profundo del río Tejada. Obviamente el joven murió ahogado.  Dicen que la mora sigue apareciendo la noche de San Juan en uno de los senderos que atraviesa aquella serranía y que pasa cerca del río en el que descansa el resto del tiempo, esperando ser algún día rescatada del embrujo al que fue sometida. Este suceso, hecho o leyenda, cada uno como lo quiera mirar, llegó a mi cabeza y a la de “la persona que tengo al lado” durante los 7 kilómetros que separan las localidades de Mogarraz y La Alberca.

La Alberca (1)Tras despertar de este pequeño sueño en el que mis ojos se mantenían abiertos, nos plantamos en La Alberca, localidad de muchísima fama por la reputación que la persigue por encontrarse, al igual que Mogarraz, entre los pueblos más bonitos del panorama nacional. Notamos un cambio importante respecto al ambiente que se vivía en Mogarraz, aunque en realidad la villa en sí era del mismo estilo. Las casas tienen las mismas características vigas de madera que las hacen únicas y exclusivas y tanto la estructura como los materiales han de ser también los mismos. La única diferencia notable era que en las fachadas de La Alberca ya no aparecían los rostros de aquellos antiguos habitantes mogarreños que aparecían en la localidad vecina. Por lo demás, aparcamos el coche en la carretera que atraviesa por la parte baja el pueblo y subimos a pie por una de las callejuelas (casi más bien era un camino) hasta alcanzar una de las calles que desembocan en la plaza, la calle Tablado, que parecía de lo más comercial que podíamos encontrar en aquella zona. Obviamente, allí encontramos nuestro imancito de La Alberca.

Mogarraz (9)Lo que sí apreciamos fue que, otra similitud con el vecino pueblo de Mogarraz, en la parte superior de las puertas de casi todas las casas aparecían, tanto la fecha de construcción de la casa, como, en algunas de ellas, un símbolo con una clara “I”, una “H” en medio y una “S” a su derecha. Comenzamos a notar una impresionante devoción que se parecía respirar desde que pusimos el primer pie en la localidad. El símbolo, cataloga claramente todas las casas que lo sostienen como cristianas y devotas con el significado de: Iesus Hominum Salvator (Jesús Salvador de los Hombres).

En algunas otras aparecía el símbolo de la Santa Inquisición, con una cruz en medio, una hoja de palma en el lado izquierdo de ésta, y la espada a la derecha.

La Alberca (21)

La Alberca (17)La siguiente parada que hicimos fue la Plaza Mayor, a la que llegamos siguiendo el curso de la calle, y que se mostraba pletórica. Es una típica plaza castellana con soportales, muy regular, cuadrada completamente y en la que, a parte de la casa consistorial, llama la atención otra de las muchas cruces que se pueden encontrar en la zona, lo que en Galicia habríamos denominado, un crucero o cruceiro.

 

La Alberca (3)

Pero a pesar de la meteorología que se cernía sobre nuestras cabezas no estábamos en tierras gallegas. Las oscuras nubes amenazaban con descargar en cualquier momento, sin embargo un largo paseo nos dio tiempo a dar antes de que las aguas cayesen sobre nuestras cabezas, y lo hicieron con fuerza. No obstante para entonces, ya habíamos completado una caminata que nos dio para contemplar la, ahora sí, imponente iglesia parroquial de la localidad, la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, finalizada en el mismo año que la Catedral Nueva de Salamanca, el 1733.

La Alberca (10)

Adelanto que antes de llegar a la iglesia por una de las magníficas callecitas empedradas que salen de la plaza para llevarte a la parroquia, fuimos a topar con un muro que volvió a destapar mis ansias de misterio y tradición, que van de la mano en toda aquella comarca. Chocamos con un muro, como decía, en el cual se explicaba que la moza de ánimas rezaría su plegaria durante la eternidad por las calles de la villa, esquila en mano, para dar salvación a las ánimas del purgatorio. El mosaico que mostraba la explicación y la plegaria que “la moza las ánimas” reza durante su trayecto se encontraba escoltado por dos calaveras.

La Alberca (8)

La Alberca (9)

Bonita leyenda si no fuese porque supimos minutos después que día tras día, este macabro y misterioso personaje sigue paseando cada tarde, justo cuando los últimos rayos de sol lanzan su bienvenida a la noche que moldea la localidad con una belleza singular y un poder místico como en pocos lugares he contemplado. Fuimos conscientes de que la leyenda, convertida y mantenida durante siglos en tradición, se hacía realidad tras oír varios toques o pequeñas campanadas y comprobar como una mujer mayor dobló la esquina para dirigirse calle arriba con una esquila en mano y una cruz en la otra para entonar la anteriormente mostrada plegaria en la esquina a la que llegaría tras recorrer unos metros. ¡Eso es magia! Que todavía permanezcan tradiciones, no sé si centenarias, incluso milenarias, como esta, es auténtica magia. Y todo gracias a que los habitantes de una villa lo han hecho posible. Y seguramente lo mantendrán durante mucho tiempo porque comprobé como, poco antes de que la moza pasara ante nosotros, un niño de no más de trece años nos explicaba con total naturalidad que “la señora con la esquila que sale todos los días del año estaría a punto de pasar para ir rezando en cada esquina y tocando el instrumento en petición a las ánimas del purgatorio”. Comprobé que no debe ser tan dificultoso mantener una tradición si se educa con total naturalidad a la población de determinado lugar desde la juventud para mantener tan vivo como siempre algo que se lleva haciendo desde hace siglos, sin que un acontecimiento así tenga que considerarse un tabú.

Tras observar a “la moza de ánimas” doblar la esquina y, con las últimas luces naturales del día, regresamos a la plaza, no sin antes encontrarnos con el cerdo en granito en honor al marrano de San Antón, que como en Mogarraz, andaba por las calles de la localidad a sus anchas. Lógicamente sería más complicado localizarle, pues La Alberca es una localidad de unos mil habitantes, frente a los poco más de trescientos del municipio vecino, lo que hacía muchísimo más difícil encontrarnos con el puerco de carne y hueso.

La Alberca (20)

Tras haber contemplado un rito litúrgico que no imaginaba ni en mis mejores pretensiones, descendimos de nuevo al mundo de los vivos para disponernos a tomar algo en las múltiples terracitas que había en la plaza, pertenecientes a los diversos bares y restaurantes que se resguardaban en los soportales de la misma. Fueron pocos los minutos en los que estuvo cayendo aquella tromba de agua, pero fue suficiente para empapar toda silla y mesa que había en la plaza. Además, la tormenta invitó a muchos de los presentes a recogerse, como dicen allí, para cenar y descansar. Nosotros, sin embargo, aprovechamos para buscar un sitio para cenar. Escogimos el bar-restaurante El Soportal, que nos dio la posibilidad de cenar en la planta superior con la puerta del balcón abierta y presidiendo desde allí la emblemática plaza albercana. A pesar de estar con el estómago abarrotado de la comida que degustamos en Mogarraz, tenemos la obligación de poner una nota de diez a los productos que nos pusieron en El Soportal, un plato de jamón ibérico de exquisita calidad, una ración de queso curado muy sabroso y unas croquetas artesanas que no pudimos acabar pero que estaban deliciosas.

La Alberca (26)

Además, tenemos que agradecer al joven que nos atendió, un camarero bejarano que nos comentó que tan sólo llevaba una semanita en el pueblo salmantino y estaba tan alucinado como nosotros del marcado espíritu religioso que se proyecta en toda la villa y de las costumbres y tradiciones que, lejos de ir perdiéndose con el paso de los años, han sabido forjar y reforzar hasta nuestros días. Mérito increíble a los albercanos y agradecimientos a todos ellos por la amabilidad, la sensatez, ternura y educación con la que atendieron nuestras preguntas. Y sobre todo, albercanos, agradeceros el ser participantes de vuestros ritos sin tener que presenciarlos desde el palco de un teatro o un cine, sino ver y corroborar que hay lugares en los que el tiempo se ha detenido para mostrarnos que siguen perviviendo costumbres que hace siglos comenzaron a formarse gracias a vuestra profunda e incesante fe y a vuestro carácter.

Tras la cena, nos encontrábamos en la Plaza Mayor, prácticamente sin gente ya (sólo unos vecinos amenizaban la fresca noche celebrando lo que me imagino se atribuía a una despedida de soltero en la cual el futuro novio iba vestido de vaca, riendo y tocando diversos instrumentos). Hicimos unas últimas fotografías junto al crucero que existe en medio de la plaza y ante la casa más llamativa que hay en todo el pueblo gracias a las flores que decoran los balcones, casa en la que todo el que visita La Alberca, recuerda seguro.

La Alberca (24)

El frescor que dejó la lluvia sobre las calles comenzó a convertirse en frío, la chaqueta o el jersey eran necesarios y aun así el frío traspasaba las ropas. El ambiente sin embargo, y aún quedando la plaza totalmente vacía, cuando, hacía unas horas, quioscos de especias, golosinas y frutos secos (a parte de las terracitas) la llenaban, seguía siendo mágico, pero echábamos de menos la cama, ya que nuestros cuerpos llevaban una paliza considerable tras haber madrugado y viajado durante el día. Decidimos regresar al coche pero no pudimos bajar por la calle que habíamos subido, pues no había iluminación alguna, y sinceramente daba un poco de miedo, incluso a mí, amante del misterio. Recorrimos toda la calle Tablado hasta llegar a la Carretera de Mogarraz, que rodea el pueblo, y montar en nuestro coche.

El trayecto de vuelta fue diferente al de ida. No por ello menos mágico y misterioso. La impresionante vegetación que presenta la comarca pareció tomar un color mucho más oculto e incluso terrorífico. La sinuosa carretera dejaba lugar a la imaginación dando pie a que en cada curva pudiera aparecer, por qué no, Laila, la mora de la leyenda que en el camino de ida vino a mi mente. Los 7 kilómetros se hicieron largos, sobre todo para la conductora. No le gusta conducir de noche y mucho menos sobre una tierra, cuanto menos, encantada, ya que es una persona muy temerosa. Mirar su rostro y no poder comentarle todas las cosas que a mí se me iban pasando por la cabeza en aquel trayecto era gracioso, pero al mismo tiempo sentía impotencia de no poder contarle todas las cosas que iban surcando mi imaginación.

A pesar de todo, llegamos a nuestra morada aquella noche, y tras un breve paseo nocturno por el centro de Mogarraz, en el que los rostros de las fachadas tomaban un aspecto quizás algo más lúgubre, fuimos a dormir.

Mogarraz (23)

La palabra que más puedo utilizar para describir lo que aconteció el pasado sábado 2 de Agosto es “desconexión”. Buscaba aislarme totalmente de la monotonía que uno siente en un sector como el que ocupo (el turístico), en estas fechas en las que damos el máximo de nosotros para completar una temporada alta lo más satisfactoria posible. Pero esto influye en que uno tenga la necesidad de aislarse y evadirse en algún momento, con lo cual, os puedo asegurar que no hay mejor destino que el que se narra en esta entrada.

TOLEDO: CAPITAL DE LAS TRES CULTURAS, DE LA MAGIA Y EL MISTERIO


Gran elección la que hicimos la semana que acabó el pasado domingo, mediante la cual, junto a nuestra pareja de compañeros de viajes, y antes que nada, amigos, Diego y Marta, elegimos la opción de visitar una ciudad que a priori deberíamos conocer como nadie, ya que es lugar de paso casi inevitable hacia nuestras raíces. Paso inevitable en el cual, desde pequeño y junto a mis padres, recuerdo que no había ocasión en la que no paráramos si nos dirigíamos al pueblo que vio nacer a mi padre o volvíamos de él dirección a nuestro hogar, por cierto ubicado en otra de las ciudades que fue, como la que vamos a hablar hoy, una de las principales y más importantes no sólo del panorama nacional, sino también internacional, la antigua Complutum, posterior Al-Cala Nahar, hoy actual, Alcalá de Henares. Hablaremos de la ciudad que me ha visto crecer en próximas entradas, bien vale una de ellas. Hoy sin embargo, puedo decir que me encuentro, desgraciadamente no ante papel y pluma, como habría hecho en el siglo XI, pero sí entre teclado y fotografías que hace apenas unos días llenaron las memorias de nuestros móviles, al igual que apuntes que fuimos tomando por cada rincón, por cada esquina, por cada calle, en cada plaza, en cada orilla del magnífico río que rodea la mágica ciudad de la que me dispongo a hablar. Y es que el término mágico es uno de los que mejor pueden describir la villa a la que me refiero, porque la magnitud de adjetivos que definirían la ciudad sobrepasarían el límite de lo que tengo estimado escribir sobre nuestro apasionante día en Toledo. Comencemos a hablar de Toledo, pues:

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A pesar de tratarse de un día de pleno verano (concretamente el sábado  5 de Julio del actual 2014), tuvimos relativa suerte en cuanto a la meteorología, no superamos los 32ºC, dato que suele ser muy usual en la ciudad de Toledo en época estival. De hecho, entre las 13 y las 18 horas en los meses de Julio y Agosto, es complicado ver reflejado en un termómetro una temperatura inferior a los 30ºC. Y es que Toledo, es una ciudad, en ocasiones, de extremos. Respecto al clima, sin duda, ya que en verano el calor que abruma la ciudad es incesante y en invierno el frío es capaz de congelar la ciudad con temperaturas realmente insoportables. Sin embargo, esto no evita que se encuentre entre las más bellas ciudades de Europa, o quizás del mundo: algo habría y debe seguir habiendo en la villa de Toledo cuando entre los siglos X y XVIII se decía que “las mejores y más válidas materias se aprendían en París, Salerno y Toledo, sin embargo”, continuaba la frase, “en ninguna de las tres ciudades se aprendían <<buenas cosas>>”. Entiendan “buenas cosas” cada uno como quiera. Todo en Toledo deja lugar a la imaginación de cada uno. Sigamos con nuestro relato.

Llegamos a Toledo, pasadas las 12.30 de la mañana, en apenas 45 minutos de viaje desde nuestras madrileñas tierras. Quedamos en las afueras de la ciudad con nuestra pareja de amigos para hacerlo todo un poco más fácil e ir a aparcar nuestros coches juntos lo más cerca posible del casco antiguo de Toledo, conocido coloquialmente como “el casco”. Llevábamos mucho tiempo pensando en hacer este viaje, era una visita que nos tenía prometida nuestra guía turística durante el pasado sábado, Marta, que aunque talaverana de nacimiento y medio criada en el pequeño pueblo de Los Navalucillos, obtuvo su formación universitaria, como tantos otros intelectuales en otros tiempos, en la hoy en día no tan renombrada Universidad de Toledo, actual Universidad de Castilla la Mancha. Antaño, reitero, fue de las que mayor reputación y fama mundial tuvo. Marta, sin embargo, no estudió ni ciencias ocultas, ni nigromancia ni astrología, se declinó por la diplomatura de Magisterio. Sus tres años allí le dieron, a parte de para obtener su título académico, para conocer algunos de los más recónditos escondites que tiene la ciudad y en la que uno es capaz de perder el conocimiento quedando encantado por completo con las maravillosas leyendas que quizá entre aquellas paredes y sobre aquellos suelos, se produjeron.

Dicho lo anterior, y tras encontrarnos en la entrada de la ciudad, junto al cementerio (más concretamente en la calle París), nos dirigimos hacia el centro en los coches para buscar aparcamiento. Seguimos a nuestros amigos hasta ir a dar a una calle confrontada al lugar dónde se encuentra el circo romano (no de gran importancia en Toledo), y que lleva el mismo nombre, calle del Circo Romano. Eran aproximadamente las 13 horas, así que tan sólo con 85 céntimos pudimos pagar la zona azul que duraba hasta las 14 horas, hora en la que se deja de pagar hasta el lunes a las 10 de la mañana. Tras esto comienza la aventura.

Nos dirigimos hacia las Puertas de Bisagra pasando por la Oficina de Turismo tan sólo para coger un plano de la ciudad, pues los lugares que visitaríamos los conocíamos (ya llevábamos un guía incorporado). Eso sí, en homenaje a mi padre, el cual viaje tras viaje hacia su pueblo, Los Navalucillos, nos paraba para contemplar desde una de las múltiples terracitas del Parque de La Vega la majestuosa vista de la muralla y sus puertas, quise comprar una bolsa de unas de las mejores patatas fritas que se pueden comer en toda España. Para él, son las mejores. La horchata, a la que él también nos invitaba en nuestras paradas, no pude degustarla esta vez, pues los demás me esperaban para comenzar la ascensión al casco.

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Las Puertas de Bisagra forman parte de la muralla original de Toledo y son simplemente majestuosas. Parecen dar la bienvenida al viajero con el escudo de Toledo, compuesto por un águila bicéfala y su escudo de armas en el centro.

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Tras sobrepasar el límite de la puerta, tomamos rumbo a las escaleras mecánicas que se construyeron hará apenas 8 años y que, a pesar de que algunos comentan que rompen totalmente con el estilo arquitectónico del conjunto de la ciudad, no puedo estar de acuerdo. Personalmente considero que esquivan con gran inteligencia la innovación y comodidad que ofrecen a personas que tengan algún tipo de problema en cuanto a su movilidad y camuflan su estilo moderno para no chocar de lleno con la estructura del conjunto del casco. Os puedo asegurar que hay estructuras en Toledo que, aunque suene brusco decirlo, han destrozado literalmente los antiguos edificios que los colindan. Claro ejemplo, el nuevo edificio del Museo del Ejército que colinda con la impresionante obra arquitectónica del Alcázar. Tras subir las escaleras mecánicas con mi bolsa de patatas en mano, todo cambió.

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Nos trasladamos a la Edad Media. Callejeamos un poco hasta llegar a la plaza de San Vicente, dónde paramos a tomar un refresco en el Café Club Legendario, que con una recogidita terraza en el medio de la placita, nos surtió el pequeño descanso que necesitábamos para comenzar la ruta de verdad.

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Tras unos minutos, y atravesando parte de lo que Marta nos enseñó, se suponía la calle más comercial de Toledo, la calle Comercios, nos dispusimos a marchar hacia lo más alto de la ciudad, el punto central, la plaza que durante muchos siglos fue la más importante de la villa, la Plaza de Zocodover. La plaza fue construida durante tiempos de Felipe II tal y como hoy la conocemos, por el archiconocido arquitecto y diseñador Don Juan de Herrera. El origen del nombre de la plaza, sin embargo, es musulmán, lo que nos comienza a demostrar de lo que es capaz Toledo y cualquiera de sus puntos. “Zoco” significa en árabe mercado, y “dover” sería bestias o animales; de ahí “Zocodover”, mercado de bestias o animales. Era además del mercado, el lugar dónde ya los castellanos, una vez reconquistada la ciudad más importante de Castilla, celebraban corridas de toros y por supuesto, ajusticiamientos.

Toledo (10)Desde la Plaza de Zocodover marchamos hasta la Plaza de la Magdalena, enclavada en una pequeña plazuela que se encuentra tras pasar un bonito arco. Hay dos ofertas de restauración, pero de buena mano podemos decir, que no son las mejores de la ciudad respecto a la relación calidad-precio que se ofrece en Toledo, con lo cual, no hagáis más que una parada para disfrutar del enclave del que acabamos de hablar y si acaso, una cervecita o refresco. Volvimos sobre nuestros pies para salir del pequeño recinto y caminamos hasta la calle con el original nombre de Calle Horno de los Bizcochos, en la cual os recomiendo que según vayáis dirección al Alcázar, os metáis en una pequeña callejuela, que os dará la primera pincelada de magia del día: una magnífica vista de la torre de la Catedral que sobresale por encima de las demás edificaciones.

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Marta comenzaba a darnos vestigios de los rinconcitos de los que tanto nos había hablado.

Toledo (14)Tras esto, pusimos rumbo al Alcázar de Toledo y lo rodeamos por completo haciendo unas estupendas instantáneas del edificio militar, edificio que se encuentra en la parte más alta de la localidad y por ello, con un importantísimo dominio estratégico de la zona, honrando de esta manera el nombre que lleva. Y es que Alcázar viene de Al-Quasaba, del árabe, fortaleza.

Hay documentos que señalan que ya en el siglo II los romanos establecieron un campamento militar en el lugar. Posteriormente, se narra uno de los acontecimientos que se dieron en el edificio durante la Guerra Civil. Y es que en el año 1936, uno de los coroneles del bando sublevado, el militar José Moscardó, se resguardó junto a sus hombres durante 70 días a la espera de que los refuerzos llegasen. Resistieron más de dos meses, en los que pasaron hambre y asedios continuos por parte del bando rival, hasta que llegaron desde África (las fuerzas militares de Melilla) dichos refuerzos. El general Francisco Franco no tardó en visitar, tras la liberación y la consecución de la conquista de la ciudad, el lugar, convirtiéndose el acontecimiento en todo un mito de la propaganda franquista durante los años de la guerra.El Alcázar, que hoy posee, entre otras cosas, la Biblioteca de Castilla La Mancha, ha sufrido múltiples remodelaciones entre las que destaca una llevada a cabo por parte del ejército de arquitectos que llevaba consigo Carlos I de España, que ante la disminución de la amenaza musulmana dio un carácter más de morada regia que de fortaleza a la construcción, trazándose entonces el patrón que hoy mantiene. A pesar de ello ha sufrido numerosos incendios y, obviamente, se ha modificado y restaurado en múltiples ocasiones su planta.

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Toledo (16)Tras rodear el Alcázar caminamos por la calle de Los Alféreces hasta cruzarnos con la calle de Carlos V (insisto, I de España). Dicha calle nos devolvió al lugar del que habíamos partido, la bella Plaza de Zocodover, que este día mostraba en su plenitud un mercado medieval de numerosos tipos de especias, frutas, dulces, infusiones y hasta una estancia árabe que por la tarde dio un número musical y de baile. Todo hacía que el ambiente que se respiraba en Toledo fuese genial, mágico, como de otra época.

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Llama la atención si uno se sitúa en medio de la plaza una puerta de claro estilo artístico mozárabe. Hablo del Arco de la Sangre, puerta árabe del primer recinto militar, hoy lógicamente con varias reconstrucciones a sus hombros. Cuando uno la ve no duda en ir hacia allí ya que da la impresión de que tras ella se va a encontrar algo imponente, una caída libre, un terraplén… No se sabe muy bien qué, pero al no apreciarse ninguna calle tras la puerta, el que no conoce Toledo parece ver que no continúan las calles de la ciudad tras ella.

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Sin embargo, no es así. El domingo, Marta nos llevó hacia ella para traspasarla y comprobar que lo que sí que hay son unas escaleras muy empinadas que nos hicieron descender mediante la calle de Santa Fe hasta el antiguo Hospital de Santa Cruz, en el que os aconsejo hacer una parada, no para entrar, sino para observar cómo cerca de cada ventanón existen numerosas cicatrices de lo que fue la lucha entre los dos bandos durante la Guerra Civil. Persisten todavía los disparos que se realizaban desde el Alcázar durante esos setenta días en los que se produjo el fuego cruzado entre los contendientes de la desgraciada guerra que envolvió al país durante los años del 1936 al 1939.

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Giramos hacia la Plaza de Santiago de los Caballeros para disponernos a comer. Hasta ahora estaba disfrutando como un niño pequeño de la visita encabezada por Marta, que a las 14.30 horas, ya se había ganado toda nuestra confianza. Más aún si hablamos del lugar al que nos llevó para alimentarnos. Una caña, dos refrescos y un tinto de verano amenizaron con una sabrosa paella nuestra primera ronda. La segunda fue una tanda de bocadillitos de bacon con queso (uno de ellos de jamón). El sitio es totalmente recomendable. Su nombre, el Enebro.

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Toledo (51)Aunque todavía teníamos algo de hambre, en especial mi querido amigo Diego y yo, buscamos algún otro lugar en el que nos demostrasen que en Toledo se come bien. Entramos en uno en el cual es de remarcar la excepcional decoración que tenía. Se llamaba, el Trébol, y estaba situado en la calle Santa Fe. Gastronómicamente no tuvimos tanta fortuna, ya que no tuvimos suerte con la tapa. Nos pusieron una pequeña tanda de mini croquetas. No obstante el lugar, reitero, tenía un magnífico servicio, y seguro que una excepcional cocina, pero íbamos buscando comer de tapeo, sobre todo ya que habíamos comenzado así, con lo cual, y como ya estábamos algo más llenos, decidimos regresar al Enebro a poner fin a nuestras hambres con una nueva tapa acompañada de unos refrescos. Esta vez fueron unos montados de salchichón.

Ahora sí teníamos fuerzas para dejar a Marta mostrarnos todo el esplendor de una ciudad no tan conocida como creíamos. Al menos algunos de los lugares que nos mostraría la tarde de ayer no eran para nada conocidos si uno no ha vivido varios años en Toledo, como es su caso.

Toledo (64)Tras la suculenta comida en forma de tapas, nuestra guía particular continuó con su exclusiva ruta llevándonos por la calle del Comercio hasta la calle del Hombre de Palo, donde mi gran amigo Diego, amante y apasionado de la historia y las leyendas y que complementaba con su conocimiento algunas de las explicaciones que su mujer iba dándonos, nos habló de la leyenda del hombre del palo, y del porqué del nombre de la calle. Y es que hubo en su momento un hombre de gran importancia en Toledo gracias a su intelecto. Era ingeniero, inventor y relojero del emperador Carlos I, que a mediados del siglo XVI contribuyó en obras y proyectos de inmensa importancia en el panorama de la villa, como el proyecto que finalmente no fue llevado a cabo tras el cual perseguía subir agua del río Tajo a la parte más alta de Toledo. Pero, lo que me disponía a contar era la leyenda del Hombre deToledo (135) Palo, y es que una vez jubilado el ingeniero Juanelo Turriano, no paró de ingeniar y construir. Dicen que el inventor fue capaz de crear un autómata que por sí mismo paseaba por la calle que hoy lleva el nombre del Hombre de Palo, recolectando limosnas. La figura antropomórfica que Juanelo construyó era, dicen, capaz de caminar alrededor de la catedral, inmiscuyéndose entre los viandantes para que ellos, ante su espasmo, dejasen pequeñas monedas que finalmente irían a parar al inventor. Curioso, cuanto menos, que se muestre un adoquín en dicha calle que explique, con una estructura claramente poética, la veracidad del autómata que por aquellas calles mendigó antaño.

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Tras atravesar la calle del  Hombre de Palo finalizamos en la calle Arco de Palacio, que embellece el lugar de forma extraordinaria. Además, teníamos la suerte de que gracias a la festividad del Corpus, que se celebra en Toledo con gran fervor, había todavía resquicios de la ornamentación dispuesta para el día que se había celebrado hacía tan sólo quince días. Encima de algunas de las calles del casco había un telar con escudos de armas que nos transportaban, un poquito más si cabe, a la época del medievo.

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Al sobrepasar al Arco de Palacio fuimos directos a dar a la Plaza del Ayuntamiento, con la impresionante Catedral gótica de Toledo presidiéndola. Majestuosa, imponente, grandiosa y, por supuesto, llena de misterio. Hablamos de una catedral que fue capital para el cristianismo, una de las construcciones religiosas más emblemáticas de la cultura cristiana y occidental, y situada en un punto en el que la magia ha subsistido hasta nuestros días, y lo hará infinitamente. Todo esto ayuda a que la Catedral de Toledo, guarde, por supuesto, muchos misterios y secretos.

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Uno de ellos y que me parece de los más curiosos es que si nos situamos en mitad de la plaza del ayuntamiento y miramos hacia el campanario de la magnífica catedral, contemplaremos que la parte superior de este tiene un color más claro que la parte inferior, se aprecia un menor desgaste arriba que abajo. Esto se debe a que para el uso cotidiano del aviso de horas, defunciones y demás, los arquitectos quisieron hacer la campana más potente y a su vez grande que jamás se había visto en toda Castilla. Efectivamente lo lograron. El problema vino al incorporarla al campanario. Hubo que levantar esa parte que se ve más clara para introducir la inmensa campana, ya que no cabía por ninguno de los orificios que quedaron hechos para colocarla. De ahí que notemos que el material de la parte alta del campanario está menos desgastado por la simple razón de que es posterior en años a la parte más baja. Pero ese no fue el único problema que daría la gigantesca campana. Os sorprenderá saber que a pesar de hacer todos los esfuerzos por construir e incorporar a la Catedral de Toledo la campana más impresionante del mundo sólo llegó a tocarse una vez. El porqué tiene que ver también con su tamaño, y es que tal fue el toque que entonó, que los cristales de las ventanas cuyos edificios eran cercanos a la catedral reventaron al igual que se produjeron daños en algunas estructuras. Obviamente, no pudieron volver a tocar la campana.

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Toledo (59)Volviendo a situarnos en la espléndida Plaza del Ayuntamiento tengo que decir que, cuando uno contempla la fachada de la catedral desde el punto central de ésta, trasciende a otro mundo paralelo en el que es capaz de divisar cosas que no se ven desde la faz terrenal, pero cuando uno se dispone a entrar en ella ese mundo paralelo parece haberte alcanzado por completo. El interior de la construcción es alucinante, sobrecogedor. Cabe decir, como mi gran amigo Diego, conocedor y amante de la historia y del arte como poca gente conozco (ahí otro de los misterios de la vida, y es que es licenciado en administración y dirección de empresas) me daba la indicación que después pude comprobar, y es que es la única catedral de cinco naves de todo el país. De todas las catedrales a las que he entrado, y puedo presumir que pocas no son, ésta me transmitió más espiritualidad que ninguna otra, pero de un modo diferente, en este caso me inspiraba grandeza, poder y ,cómo no, una magia irrespirable en ninguna otra. Nos llamó la atención especialmente un retablo dibujado en la parte delantera de la catedral, y una imagen en el techo simulando la subida a los cielos en la que, gracias a los rayos de luz que el lúgubre edificio dejaba pasar, los personajes representados parecían aproximarse al sol. Hablamos del claroscuro de la catedral.

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Tras aquel mágico rato en la catedral nos dejamos caer por las diversas calles de la que fue la capital de las tres culturas. Obviamente, en cada calle encontrábamos una nueva sorpresa, al doblar cada esquina chocábamos con alguna curiosidad que, in situ, nuestra guía, Marta, nos explicaría.

Nos dirigimos hacia el ayuntamiento, maravilloso edificio también, y tomamos la calle de la derecha. Bajamos por el Pasadizo del Ayuntamiento, que tanto te saca de la plaza como te mete el ella.

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Toledo (83)Bajamos en dirección a la Iglesia de San Pablo Mártir, pero antes hicimos una parada en la Iglesia de San Ildefonso, tras la cual se escondía uno de los tesoros que, para mí, hicieron más hermosa la visita a Toledo. La iglesia, no presentaba nada excepcional aparentemente, su interior era de un blanco impoluto, pero lo que sí fue una grata sorpresa fue la posibilidad de que por tan sólo dos euros por persona pudiésemos acceder al campanario para poder cazar las mejores panorámicas a las que pudimos acceder en todo el día. Ascender hasta el campanario de la construcción barroca es una oportunidad única y que no es conocido para todo el mundo, con lo cual, quedaros con la dirección exacta de la parroquia: se sitúa entre la plaza del Padre Juan Mariana y la de San Román, muy cercana al Museo de los Templarios. Muy aconsejable, de verdad.

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Seguimos el descenso, entrando en la judería de Toledo, y llegamos hasta la Plaza de La Virgen de Gracia, en la que se escondía uno de los secretos más preciados de nuestra Marta. Según nos contó era uno de sus lugares de retiro espiritual durante su estancia en Toledo, era el lugar al que acudía para reflexionar, para ver las horas pasar y para contemplar un espectáculo panorámico como pocos lugares pueden proporcionar en toda la ciudad. Desde la barandilla del parque sobresalía entre los tejados de las casas la majestuosa Iglesia de San Juan de los Reyes, emblema y señal del poder del bando cristiano desde la conquista de la ciudad por parte de éstos. Unos minutos nos bastaron para comprobar porqué Marta se desviaba a este lugar para obtener un descanso espiritual. Era un enclave fascinante en el que la mente desconectaba y únicamente se ocupaba de procesar toda la belleza de la villa.

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Toledo (99)Pero, como decía anteriormente, San Juan de los Reyes nos esperaba abajo. Tras un descenso único entre callejuelas y pasadizos tipiquísimos en Toledo, nos plantamos en la plaza que daba de frente con la impresionante iglesia. Como expliqué anteriormente, la magnífica Iglesia de San Juan de los Reyes fue construida contemporáneamente a la conquista de diversos reinos por parte de los cristianos contra el poderío musulmán, pero hay algo, a parte de su belleza, que atrae especialmente la atención del que contempla con detalle la fachada principal. Y es que al lado izquierdo del gran pórtico de claro estilo gótico, decenas de cadenas parecen estar ancladas en la pared. ¿Por qué? Cuenta la leyenda, comentaban Diego y Marta, que cerca de donde hoy se sitúa la iglesia (y es importante decir que está situada prácticamente en el centro del barrio judío) había un taller, propiedad de un herrero judío, del cual todas las noches salían importantes encargos de cadenas; el destino, era desconocido. Meses después ante la liberación de muchos de los cristianos, se encontraron las cadenas del herrero judío, con lo que se concluyó, a parte por supuesto de ahorcar al hebreo, devolver las cadenas de manera conmemorativa, a su ciudad de origen.  Allí yacen y perduran dichas cadenas y sin duda, llaman la atención, con lo cual me parece correcto también explicar el porqué de que allí estén situadas, ya que es algo, cuanto menos, inusual e inexplicable para cualquier parroquia o iglesia.

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Toledo (102)Hasta aquí, montones de maravillas habían contemplado nuestras retinas, pero casi todas eran construcciones de claro espíritu cristiano. Cambiaríamos de tercio en poco tiempo, pues era el momento de llegar a la Sinagoga de Santa María la Blanca: 2€ por persona era el precio, visita obligada. Como bien presenta el adoquín cerámico de la entrada, hablamos de una sinagoga del siglo XII. Lo curioso y casi único de Toledo es que a pesar de estar a punto de entrar en un edificio claramente judío, no tardaríamos mucho en contemplar que, a pesar de ser una construcción hebrea, tiende a recordar la tipología de una antigua mezquita, pues fue construida por canteros moros, y cualquier persona puede ver resquicios de mezquita, a pesar de no haberlo sido jamás. Lo que sí fue después es un templo cristiano, de ahí su nombre actual, Santa María la Blanca. Podemos corroborar una clarísima arquitectura mudéjar que facilita al viajero hermosos arcos y detalles en cemento o en madera, como sólo los árabes sabían hacerlo; así como también una cruz cristiana presidiendo  la parte frontal más alta del lugar.

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Toledo (110)Otra importante sinagoga nos sorprendería por el camino: la Sinagoga del Tránsito. También de estilo mudéjar, como la anterior, pero del siglo XIV, posterior. Es importante decir que, por aquel tiempo estaba prohibido edificar templos que no fueran cristianos en tierras castellanas, sin embargo, Pedro I, el cruel, también apodado, el justiciero, permitió edificar dicho templo en agradecimiento al pueblo judío, que en la lucha contra Enrique de Trastámara por hacerse con el trono castellano, recibió su total apoyo. En el interior de la antigua sinagoga podemos encontrar amuletos, joyería, trajes típicos de festividades hebreas y demás artilugios mostrados como si estuviésemos en el interior de un museo, un museo sefardí. Las estrellas de David que nos encontramos por el edificio, nos demuestran que estamos en un edificio judío, pero además, aprendimos, que como en los templos musulmanes, también se diferencian dos zonas de rezo, divididas dependiendo del género de la persona: los hombres tenían su espacio de rezo en el piso inferior y las mujeres en el piso superior. Como en otros casos, los cristianos volvimos a profanar un edifico que anteriormente fue lugar de oración para otras religiones. Y es que parece ser que eso era muy del gusto tanto de unos como de otros. Los árabes lo hicieron cuando conquistaron casi la totalidad de la península y los cristianos pagamos con la misma moneda, y puedo asegurar que con creces, lo que hicieron, pues en cada mezquita que encontrábamos a nuestro pasó se edificaba una imponente iglesia que supusiera el poderío de la religión cristiana sobre las demás religiones.

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Nos marchamos encantados tras la visita a ambos templos y pusimos rumbo a las orillas del río Tajo, hermoso como pocos y guardián eterno de la ciudad imperial. Y es que en torno al río existen, supimos nuevamente gracias a nuestra guía y amiga Marta, montones de leyendas y rumores de acontecimientos ocurridos a lo largo de los siglos.

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Bajamos hasta el río para acercarnos al embarcadero, donde, durante la dominación musulmana, un hebreo y una mora se veían al otro lado de la orilla para no levantar sospecha en la ciudad. Obviamente, hablamos de tiempos en los que la otra orilla del río era extramuros, es decir, ya no pertenecía a la ciudad. Una de las noches que el judío esperaba a su enamorada se encontró que quien pasaba con la barca era la familia de ésta, tras enterarse del lío. Tardaron poco en alcanzar al judío y darle muerte a puñaladas.

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Pero no acaban aquí las leyendas que hay en las cercanías del Tajo, ya que prácticamente al lado de donde se sitúa la zona del embarcadero donde se veían aquellos enamorados, está la famosa casa del diamantista, que aguarda con un magnífico mito, que personas como nuestra amiga “casi toledana” mantienen como cierto. Y es que en aquella casa, que todavía hoy sigue en pie, vivió un diamantista, lo que se denomina hoy joyero y pulidor. Pero no era uno cualquiera, era el mejor que se conocía en su época. Tan conocida era su gran fama, que los reyes solicitaron su ayuda para conseguir mostrar al pueblo la corona más portentosa que se pudiese imaginar para el acontecimiento de la coronación de la reina Isabel II. El afamado joyero no pudo rechazar una oferta sin igual, no pensando en el dinero sino más aún en la reputación mundial que le daría ser el que realizara la corona para una de las mujeres más importantes del momento a nivel mundial. Sin embargo, tras aceptar la proposición, vio que no era capaz de realizar la maqueta del proyecto que tenía en mente, con lo cual, le era imposible llevar a cabo el trabajo. Sin embargo, a pesar de presentarse ante los reyes y comunicar que no se veía capaz de llevarlo a cabo, estos confiaban sin dudarlo en que el diamantista tendría tarde o temprano en mente la manera de hacer la mejor corona que se podía llevar en un evento como el que se produciría. Tras noches de insomnio y días sin comer, el joyero cayó inconsciente durante horas, tras las que despertó y encontró hecha una plantilla de la corona que construiría. No sabía cómo había ocurrido pero el proyecto estaba en marcha. Sin embargo, la cosa no tornó a bien, el bloqueo mental del constructor hizo que de nuevo pasaran días sin avanzar en su trabajo y volvió a caer rendido unos días después. Al despertar, los materiales de la corona estaban en su taller. Algo estaba pasando. Pensó, como persona inteligente que era, y decidió hacerse el dormido a la noche siguiente comprobando cómo unos pequeños duendes llevaban a cabo el trabajo que él no pudo hacer. Siguió a estos duendes quedando impactado al ver que tras construir la que se convertiría en la corona más impresionante y lujosa que la historia hasta entonces había contemplado, se adentraban en el río Tajo, que bañaba prácticamente su puerta. Otra hermosa leyenda que recomiendo contar o escuchar, cualquiera de las dos cosas, frente a la mismísima casa del diamantista.

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Toledo (119)Tras quedarnos boquiabiertos con la historia, nos dispusimos a ascender calle a calle hasta llegar a una de las más atractivas y misteriosas, no sólo por su nombre, sino también por una nueva leyenda que nos depararía. Llegamos a la calle del Pozo Amargo, encontrándonos con un pozo, obviamente, en medio de una plazuela. Allí, comenzaba a entonar Marta, había hace siglos una casa perteneciente a una familia judía, la cual una de las hijas menores estaba enamorada de un apuesto cristiano. Éste, para visitarla todas las noches a la luz de la luna toledana, debía saltar un pequeño muro. Dice la leyenda que una de esas noches saltó el muro y esperaba paciente la familia de la hebrea, acabando con la vida del joven. Fueron tantas las lágrimas de la muchacha que, llorando sobre el pozo que todavía hoy persiste, consiguieron amargar el agua que se recogía para el uso cotidiano. El agua se volvió no potable y desde entonces es conocido el lugar como el Pozo Amargo.

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Maravillados y sin excesivo calor, regresamos a pleno corazón del casco para alentarnos con unos refrescos en el bar Kumera Café y ver cómo finalizaba el partido del mundial de cuartos de final entre Bélgica y Argentina, partido que se llevó esta última.

Posteriormente entramos, sin conocerlo, en un bar llamado El Quitapenas, donde nos tomamos unas buenas raciones de salmorejo, una buena ración de patatas ali oli, y unos montados de carne mechada con mojo picón y de carne adobada con ali oli, especialidad de la casa. Servicio sobresaliente y calidad buena. Lugar muy recomendable para hacer una parada cuando uno va de tapeo por la ciudad.

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Toda esta comilona nos preparó para pasar una noche toledana que cada vez estaba más cerca. Concretamente en el Museo de la España Mágica de la Calle Cardenal Cisneros, número 11, donde comenzaría nuestra ruta guiada por el Toledo tenebroso de la mano de O.T.O.

Toledo empezaba a entonar un aspecto especial, un color único, gracias a que la luz natural que el astro rey nos proporcionó durante todo el día iba dejándonos poco a poco. Sin embargo, la ciudad parecía vestirse de gala con la venida de la noche. Llegaron las 21.30 horas aproximadamente y las luces que iluminan, entre otros edificios y monumentos de la ciudad, la catedral, comenzaron a brotar para maravillar nuestras retinas con un espectáculo sin igual. Al mismo tiempo que la noche empezaba a caer, Toledo nos envolvía en un embrujo que hacía todavía más atractivo pasear por las mágicas callecitas de la ciudad. Y ese era precisamente el término que más utilizaríamos a partir de ese momento. La noche nos abrazó por completo y, aunque las piernas llevaban muchos kilómetros a cuestas, pusimos la guinda al pastel que llevábamos esperando todo el día. La ruta por el Toledo Tenebroso, que de la mano de Julio, de la agencia O.T.O. (Orden del Toledo Oculto) nos mostraría aún más mitos, leyendas y acontecimientos reales y autentificados que nos pondrían en algún momento los pelos de punta, a parte, por supuesto, de arrastrar nuestra imaginación por todos los siglos en los que Toledo fue un referente mágico y de conocimiento.

Y es que, comenzaba a comentar Julio, antiguamente (y no tan antiguamente, puesto que hasta el siglo XVIII se estuvo enseñando en algunas universidades la especialización en ciencias relacionadas con la magia) Toledo, entre los siglos XIV y XVI, fue cuna y cumbre de la sabiduría mágica. Y según nos explicaba Julio, un intelectual se especializaba en decenas de campos: un sabio lo era porque sabía de matemáticas o ciencias numéricas, de geografía, de gramática, de historia y por supuesto parlaba varios idiomas, entre ellos latín (imprescindible), griego, castellano y, en ocasiones, lenguas anglosajonas. Lo que también estaba unido a todo este repertorio de sapiencias eran las ciencias oscuras o mágicas, la astrología, astronomía, la menos conocida nigromancia o necromancia, el espiritismo, que contempla la invocación a ánimas de difuntos o demonios, hechicería, premoniciones, los ritos y rituales, y múltiples campos más de algo que hoy consideramos casi como un tabú.

Toda esta introducción vino a propósito de que Toledo, como he explicado, fue una de las ciudades que unió contemporáneamente a las tres culturas más importantes a lo largo de la historia: la judía, la musulmana y la cristiana. Esto contribuyó, sin duda, en que todos los conocimientos y supersticiones de ambas culturas fueran aprendidos por unos y otros estudiantes que venían a la ciudad para aprovecharse de la riqueza cultural de la villa. Posteriormente, unos utilizaban sus conocimientos para hacer el bien, y otros para hacer el mal. Esa fue la primera regla que nos enseñó Julio, que no existe la magia blanca, y por supuesto tampoco la magia negra. Lo que sí se hacía era utilizar todo ese conocimiento esotérico para hacer el bien o, por el contrario, hacer el mal.

Toledo (125)La primera parada que hicimos tras la breve introducción que nos ofreció Julio fue en la plaza del Juego de Pelota. Curioso el nombre de la calle, como todo en Toledo. Pero la curiosidad se convertía en magia de noche en la ciudad; los nombres de las calles que sugerían unas cosas con el sol como sombrero, sugerían otras diferentes por la noche. Sin embargo, nuestra parada no tendría nada que ver con el nombre de la calle. Sí con uno de los edificios que se muestran honorables a simple vista y que hoy son morada de montones de viajeros que se hospedan en la ciudad, seguramente desconociendo el pasado del edificio. Y es que el hotel Fontecruz Palacio Eugenia de Montijo fue sede de la Santa Inquisición durante los siglos en que persistió en España. En este edificio se practicaron, a parte de aquellos juicios a supuestos hechiceros, brujos y practicantes de magia negra, o simplemente a infieles que se desviaban del camino del señor (cristiano), también se ejecutaban los castigos y torturas para que el reo confesara el haber tratado con espíritus y demonios. Estos castigos se producían en la planta baja del edificio, en el subsuelo, y Toledo de esto tiene mucho. La cuestión es que supimos y por un momento fuimos conscientes de algunos de los sufrimientos que padecían los allí condenados antes de subir a la plaza de Zocodover, dónde algunos verían los rayos del sol por última vez. Los tres castigos que se aplicaban sobre los reos eran el potro (donde estiraban las extremidades del individuo alargándole a éste en ocasiones hasta quince centímetros), la toca (era un paño que se introducía dentro de la boca del prisionero para hacerle todavía más angustioso el castigo que, a parte, ya estaba recibiendo, practicándolo de forma complementaria al potro), y , por último, en el hoy hotel, se llevaba también a cabo el método de tortura de la garrucha (que consistía en atar las manos del preso a la espalda, subirle unos metros en altura gracias a una polea, y soltarle con suma violencia sin llegar a tocar el suelo, de forma que normalmente se producía la dislocación de las extremidades superiores del condenado). Pasemos a una de las personas que mejor conoció hasta dónde puede llegar el sufrimiento que producen tales mecanismos de tortura. Hablo de Ana de la Cruz, que allá por el 1635 andaba enamorada de un religioso que llegó a tener importancia, y con el que tenía encuentros en secreto en la ciudad. El capellán no pudo rechazar la oferta que recibió desde las altas instituciones del clero, que le ofrecieron algo irrechazable: marchar al Yucatán, dónde sería cardenal de toda una región perteneciente a Las Españas. La hechicera le prometió que si partía sin ella moriría horriblemente echando gusanos por la boca. Casualidad o no, el fraile cayó enfermo meses después falleciendo y efectivamente vomitando pequeños gusanos entre sangre de su mismo estómago. ¿Casualidad? ¿Hechizo? ¿Brujería? ¿Envenenamiento? Lo único que se sabe es que Ana de la Cruz se convirtió en la bruja con más clientes de la ciudad tras conocerse su “gesta”, y que al poco tiempo fue torturada y condenada al destierro y expulsión de la ciudad, salvándose sin embargo de la pena capital. Hecho totalmente verídico gracias a los archivos que se guardan, precisamente, en el Alcázar.

Nuestro guía del Toledo tenebroso, Julio, nos llevó posteriormente entre callejuelas y escondrijos hasta una explanada en la parte alta de la ciudad en la que había un parque. Estábamos justo encima de la zona de la judería, concretamente en la plaza de San Cristóbal, desde la cual, gracias a la altura a la que se encuentra, había unas maravillosas vistas e incluso corría una brisa refrescante, haciéndonos estar pasando una preciosa noche toledana.

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Aunque, parémonos a pensar por un momento lo de noche toledana y llegaremos a la conclusión de que hemos utilizado una frase hecha: noche toledana, ¿de dónde vendrá este dicho tan conocido? Hubo un tiempo, volvía a entonar la voz de Julio, dónde los musulmanes mandaban en la ciudad, concretamente Jussuf Ben Amruz era el gobernador de la villa, quien vivió en un palacio situado justo en esta plaza. El ambicioso y cruel árabe logró que los nobles castellanos, maltratados por este, se amotinasen hasta llegar a idear un plan en el que darían muerte a Jussuf en su propio palacio. Tras la muerte del joven gobernador, llegó un temible militar musulmán desde el Emirato de Córdoba, Jussuf Amruz, el mismísimo padre del recién fallecido. Sin embargo, lejos de implantar la crueldad como revancha ante la matanza de su propio hijo, juró al pueblo de Toledo dar la paz que su hijo no había sabido alcanzar. Todo Toledo vivió durante diez años en gloria, bajaron los impuestos, los nobles gozaban de más riquezas que nunca, los cristianos tenían más derechos que antes e incluso Jussuf Amruz celebraba alguna que otra fiesta en palacio. Una fría e intempestiva noche de invierno, el mandatario árabe recibió a muchas familias nobles cristianas en su morada, las cuales fueron siendo rebanadas a la altura de los hombros según iban caminando sobre el pasillo de entrada al palacio. La noche fue extremadamente sangrienta y al amanecer se expusieron las cabezas de cuatrocientos cristianos sobre la fachada del palacio del musulmán, colmando así su venganza por la muerte de su hijo. Desde entonces, desde aquella noche en concreto, sabemos que pasar una noche toledana no es un término que nos indique que se ha pasado precisamente una buena noche.

Nuestra noche toledana, sin embargo, continuó bajando las escaleras que hay en la plaza en la que nos encontrábamos hacia la actual Casa-Museo del Greco, que resultó no ser la casa real del pintor durante su vida en Toledo. Aprendimos que donde hoy se ubica el museo fue realmente una casa en la que, el hombre que la habitó, empezó a comprar obras del artista griego y que, tras la gran colección que el propietario del lugar había conseguido, se decidió montar la casa-museo. Sin embargo, sí que tengo que decir que la casa original de El Greco estaba situada en esa zona, muy probablemente dónde está construida una escultura en honor a él, a tan sólo unos metros de la que hoy es conocida como Sinagoga del Tránsito.

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La siguiente parada que hicimos con nuestra compaña, fue entre un conjunto de estrechas calles que se situaban en la judería, cercanas a la Sinagoga del Tránsito y la Casa-Museo del Greco. La voz de Julio volvió a susurrar para encender de nuevo la llama de una nueva leyenda que se escribió en aquel lugar, y qué mejor lugar que plena judería. Y es que nos contó que en el año 1491, un año antes de la expulsión de judíos y moros de la península, se cometió una cruel matanza. Se produjo el rapto y asesinato de un niño, Cristóbal, que con tan sólo siete años fue apaleado y crucificado el viernes santo de aquel importante año, prolegómeno de la expulsión de los judíos, como antes decía. El asesinato ocurrió en La Guardia, un pueblecito cercano a la capital manchega, pero los documentos intuyen que no hubo verdad alguna en que los culpables fuesen los varios judíos que recibieron muerte condenados por el asesinato del “niño de la Guardia”.

Poco nos faltaba para finalizar la ruta turística nocturna que habíamos contratado con los guías de O.T.O.

Toledo (138)Llegamos de nuevo a la parte central del casco, la catedral, para acabar en el Museo de la España Mágica con nuestra excursión. Bajamos al sótano del edificio, dónde encontramos un museo en el cual se exhiben todo tipo de amuletos que se han ido encontrando en la ciudad durante siglos. Podemos también ver escudos templarios y de varias órdenes secretas más, además de biblias y manuscritos sobre cómo realizar exorcismos, aquelarres y pócimas con remedios caseros. Todo ello sobre una antigua casa árabe del siglo III que deja todavía ver símbolos como la mano de Fátima pintada en lo que fueron las puertas de entrada a la morada y gracias a las cuales los malos augurios quedarían fuera del hogar.

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Como hemos comentado, la oficina dónde podéis contratar la ruta guiada de la que hablamos, está situada en la calle Cardenal Cisneros, número 11, junto a la Catedral, y podéis consultar las diferentes rutas y los horarios en su web:

http://paseostoledomagico.es/

Eran ya más de las 00.30 horas y los pies no daban para mucho más. No obstante, sólo nos quedó una espinita clavada, y no creo que tardemos mucho en sacárnosla. Queríamos habernos llevado el recuerdo de una foto panorámica de la ciudad con todas sus obras de arte iluminadas. A pesar de tener varios sitios elegidos para disparar esa fotografía no pudimos hacerlo, pues a las 00:00 horas las luces de los más importantes monumentos turísticos de la ciudad quedan apagadas, con lo cual, lo dicho, no tardaremos en subir la foto preciada…

Aprovechamos para dejar constancia de nuestros agradecimientos  a Marta, artífice de esta entrada en nuestro blog, por mostrarnos tanta belleza y contarnos tantas historias sobre su ciudad favorita, y a Diego, por complementarlas con aclaraciones tan medidas como necesarias. Gracias pareja.

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Gante, la última perla de Flandes


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Nos dispusimos a salir, como teníamos previsto y tras el fabuloso desayuno de Bujas, camino de Gante. Gante, como mencioné ya en alguna entrada estaba situada justo a medio camino entre las ciudades de Brujas y Bruselas, donde pasaríamos esa, nuestra última noche. No es que no quisiera ver Gante pero el cansancio ya acumulado de cuatro días sin descanso y la resaca de tanta maravilla vista hasta el momento pesaban en mí haciéndome notar una cierta desgana. Desgana que no tardó en desaparecer. 25 fueron los minutos que tardamos en bajar del tren que nos alejó de nuestra inolvidable Brujas. Una vez en la estación de Gante despejamos nuestra primera duda. La estación dispone de consignas para las maletas de todos los tamaños, y menos mal, pues marchábamos con todos nuestros bártulos. Tras esto nos dirigimos hacia la salida de la estación, donde pronto vimos una parada de tranvía que nos acercaba hacia el centro de la ciudad. De momento, sobre la ciudad, nada llamativo, una estación poco atractiva y poco más. Pronto cometimos un error a tener en cuenta para el turista, y fue no llevar cambio. Sólo llevábamos un billete de 50 euros y con él subimos al tranvía dónde no disponían de semejante cambio para nuestro billete. Nos bajamos por nuestro propio pie, aunque tampoco nos hubieran dicho nada de no haber pagado, ya que normalmente uno sube con el ticket ya comprado de las máquinas que hay en cada parada y posteriormente nadie controla si llevas tal billete. No obstante nos bajamos, cambiamos monedas y para arriba de nuevo.

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Ahora sí hasta el mismísimo centro de la ciudad. ¡Y vaya ciudad de nuevo! El contraste de las afueras de Gante se pronunciaba al mostrarnos su maravilloso casco antiguo. Y todo en un día nuevamente primaveral e incluso demasiado caluroso por momentos. La camiseta de manga corta era suficiente. Estábamos en el centro sobre las dos y media de la tarde, y no os preocupéis porque no os quedáis sin comer a estas horas en la región de Flandes, como a nosotros nos habían comentado. Todo lo contrario, era difícil encontrar un hueco en alguna de las mesas exteriores que había en aquel majestuoso enclave. Nuevamente estábamos sentados comiendo entre iglesias, conventos, preciosas casitas y un gran canal, en Korenmarkt, donde también se encontraba el antiguo edificio de Correos. Presidiendo, por supuesto, una imponente catedral se alzaba. El sol no llegaba a quemar pero amenazaba con hacerlo y eso hacía que los y las jóvenes del lugar (se notaba que estábamos en una ciudad universitaria) aparcaran sus miles de bicicletas y dejaran colgar sus pies sobre el canal casi tocando el agua.

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Tras acabar con nuestro apetito, paseamos por aquel pequeño casco antiguo divisando a nuestro paso algunos lugares que hay que diferenciar de los demás por su belleza. La catedral de San Bavón, como dije, era imponente, algo que comprobamos era ya normal en las ciudades de la región de Flandes. Bajo la catedral un refrescante jardín en el que reposaban turistas, habitantes y estudiantes de la ciudad; y muy próximos a ella, el campanario (Belfort) y la iglesia de San Nicolás.

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Pasear a ambos lados del enorme canal que traspasaba Gante era bellísimo. Tanto en uno como en otro lado se conformaban dos plazas, una de ellas mayor que la otra pero a cada cual más bonita. Por supuesto había una Grote Markt, de forma cuadrada también y compuesta por casitas preciosas con aquella típica estructura del norte de Europa.

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ganteHabía, como en Amberes una contundente fortaleza (el castillo de los Condes de Flandes o Gravensteen) que daba pistas sobre las batallas que antaño contempló la ciudad, en manos de unos y otros en múltiples ocasiones. Grandiosas son esas típicas casitas que comentaba, acabadas en tejado triangular y que ya conocíamos. Quizá en Gante tuve la sensación de que las edificaciones en general, eran más incoloras o para ser más preciso, más grisáceas que en Brujas, menos llamativas pero igual de impresionantes, incluso alguna de ellas más sorprendente no por su color pero si por el misterio que despliegan esos latigazos negruzcos o marrones que el paso de los siglos ha ido pintando en sus fachadas.

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Ante todos estos puntos, entre los que sin lugar a dudas, destaca la catedral, llama la atención uno en particular, uno desde el cual se es capaz de ver todo lo demás. Y es que hablo sin duda del lugar desde el que mejores instantáneas se pueden obtener. Me refiero al puente de St. Michel. Es magnífico contemplarlo, bello sobrepasar el canal sobre él e impresionante fotografiarlo comprobando cómo nos da la posibilidad de meter en una sola imagen todos los puntos más encantadores del núcleo histórico, todos esos puntiagudos picos de las magníficas edificaciones góticas que tienen las fortalezas e iglesias de toda la región. Obligatoria es una fotografía en el Puente de Saint Michel como obligatorio me parece el paso del viajero por la ciudad de Gante, ciudad que ha evolucionado hasta nuestros días para mostrarnos resquicios de una villa medieval que son hoy cuna y residencia de miles de estudiantes centroeuropeos.

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Un último inciso; el neerlandés seguía siendo el idioma más hablado en la ciudad, por no decir el único. Cierto es que sin problema tanto en francés como en inglés nos atendieron de manera tan encantadora como en el resto de lugares de la región.

A pesar de quedar tan encantados como quedamos de nuestra visita a Gante, no aconsejo pernoctar en la ciudad pues considero suficiente una visita de tres horas para conocer plenamente lo interesante de la ciudad.

Sin más, considero que ésta fue la guinda que pusimos en la riquísima tarta de Flandes que nos llevábamos de vuelta a casa-antes a Bruselas para disfrutar de nuestra última noche en tierras flamencas-. Simplemente nos quedaba llegar hasta la estación donde la consigna guardaba nuestros bultos y otra media horita de trayecto hasta nuestro destino, de nuevo Bruselas.

Una ciudad de cuento: Brujas


 

La “CIUDAD MEDIEVAL” por antonomasia. Así describiría la ciudad de Brujas. Como un pueblo salido de un cuento que te envuelve con recovecos estrechos y misteriosos, puentes asombrosos que unen sus encantadoras callecitas… Todo esto, además, envuelto por una atmósfera de naturaleza divina decorada por sus grandiosos parques (en concreto uno muy especial). Me atrevería a decir que la ciudad de Brujas es una de las localidades que quedarán marcadas en mi mente por y para siempre. Sin duda ocupa ahora mismo uno de los primeros puestos en mi ranking.

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Tras esta breve introducción, que ni por asomo puede describir la sensación que a uno llega la primera vez que se planta en la Grote Markt (Plaza Principal) de Brujas, me dispongo a contar cómo fue nuestro día y medio en la ciudad.

Cogimos nuestros bártulos para trasladarnos de la capital belga (Bruselas) a la famosa ciudad de Brujas. Nos levantamos temprano, como todos los días que pasamos en Flandes. Tras un valeroso desayuno, nos dirigimos a la Estación Central de Bruselas para coger un tren destino Brujas. Tuvimos que darnos prisa en sacar los billetes para poder coger el tren. El billete a Brujas cuesta 14 € por persona. Si hay menores de 25 años cuesta tan sólo 6. Es más de un 50 % de descuento. Tras esta breve aclaración que espero os sirva de ayuda prosigo con nuestro viaje. El trayecto a Brujas no duró más de una hora. Para ser exactos fueron 55 minutos los que tardamos en llegar a la ciudad atravesando la ciudad de Gante, que al día siguiente visitaríamos. Pusimos pie en la pequeña estación de Brujas y preguntamos qué autobús nos dejaba en alguna zona cercana al centro. Casi todos, nos dijeron. Cogimos uno tras una espera de 5 minutos y os puedo asegurar que lo recomendable es hacerlo. Caminando hay un buen trecho hasta el centro, con lo cual os aconsejo como decía, coger el autobús. Como dije al principio, lo primero que se respira en la ciudad es pureza y naturaleza. Vas viendo en el trayecto de 12 minutos que aproximadamente tarda desde la estación hasta el centro que el paraje es maravilloso. Un entorno en el que te encuentras montones de especies de árboles y flores que van metiéndote en el papel que definitivamente coges una vez te presentas en la “Grote Markt”. A medida que íbamos avanzando y acercándonos al casco antiguo íbamos quedándonos más y más impactados gracias al peculiar estilo medieval que las casas tenían. No había ni un bloque de pisos de los que vemos a millares en nuestras ciudades. Únicamente casitas de como mucho tres plantas y tan sencillas que desplegaban un encanto que nos alcanzaba de lleno. Tras la zona residencial, que ya era bonita (pues lo embellecía el canal que rodea la ciudad) empezamos a meternos de lleno en el centro. El autobús se metía por callecitas por las cuales yo no pasaría ni en bici por su estrechez y lo hacía de una manera que parecía no tener ninguna complicación. A todo esto decidimos bajarnos sin preguntar sintiendo que, debido a las edificaciones que nos rodeaban, el centro estaba realmente cerca.

¡Qué aire se respiraba allí! El día de nuevo era soleado y de una temperatura tan agradable que por momentos nos hacía tener calor. Caminamos un poco y de repente, ¡zás!, desembocamos en la Grand Place, la Grote Markt , como ellos la llaman. ¡Simplemente maravilloso! Era una plaza típica de la región pero con el mayor encanto que he sentido yo en ninguna plaza de las que anteriormente habían visto mis ojos (incluyo la Plaza Mayor de Salamanca). Tenía forma cuadrada también, como las de Bruselas y Amberes, pero desplegaba algo que no se puede explicar con palabras. Era como si ese lugar del mundo no hubiese evolucionado hasta nuestros días y hubiese quedado estancado en la Edad Media.

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Las casas que componían en cuadrado eran las típicas de la zona, todas pegadas unas a otras y con sus fachadas acabadas en triángulo en su parte superior. Pero tenían algo que no habíamos contemplado en las de Amberes por ejemplo, un color especial, diferente del que tiene Sevilla, pero sin duda especial. Las casas tenían un colorido que era capaz de dibujar una sonrisa en nuestros rostros, al menos en el mío. Me sentí de nuevo dentro de un cuento del medievo. Sólo me faltaba mi montura, mi caballo y por supuesto mi traje o, por qué no, mi armadura de caballero. La plaza estaba formada en dos de los cuatro lados que constituían el cuadrado que comentaba por esas preciosas casitas, pero los otros dos restantes ponían la guinda al pastel.

En uno de los laterales, se dibujaba un edificio encomiable por su estructura, con pequeños balconcitos a los que posteriormente tuvimos oportunidad de subir y con acabados de oro que emocionaban aún más al que contempla la maravillosa plaza. Era la Corte Provincial.

brujasPero la joya de la corona está por explicar: en el lado que considero referencial del cuadrado que componía la plaza, un maravilloso edificio religioso, ahora con fines turísticos, se alzaba hasta tocar el cielo gracias a un campanario espectacular, el allí llamado Belfort. El edificio era tan imponente que resultaba complicado sacar alguna instantánea en la que se mostrase el edificio entero desde sus pies hasta el campanario. La villa, porque de nuevo la ciudad se convirtió en villa, al menos para nosotros, me pareció ser la más bonita que mis ojos habían visto hasta la fecha. Hoy, me reafirmo en ello.

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Todo aquello únicamente no había hecho más que comenzar. Todavía teníamos nuestras maletillas en las manos con lo cual decidimos dirigirnos al hotel. No nos costó mucho encontrarlo, pues se encontraba justo en la calle de atrás del edificio principal de la plaza, el que tenía el campanario. El hotel no hizo más que sumar encanto a nuestro ya alto índice de belleza contenida que teníamos en el cuerpo. Hablaremos del hotel en otra entrada. Una ducha rápida para depurarnos del trayecto y de nuevo a buscar maravillas por la pequeña ciudad en la que estábamos, una ciudad de cuento. Nos dimos cuenta que el edificio del campanario estaba abierto por dentro y que por medio de su claustro podíamos atravesar desde la calle donde se encontraba nuestro hotel hasta el medio de la plaza (pasando por debajo de la torre del campanario). Increíble, como antes decía, daba la sensación de habernos trasladado de repente a la Edad Media. La espada me la dejé en el hotel.

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Comenzamos a alejarnos de la plaza en búsqueda de otra de las maravillas que nos habían comentado que tenía la ciudad, el “Minnewater” o “Lago de los enamorados”. El paseo hasta allí era largo pero se nos hizo corto por la cantidad de joyas que nuestros ojos iban encontrando al doblar cada esquina. Que si una impresionante iglesia, que si un convento, que si una magnífica y tranquila placita, que si el canal que bordeaba la villa o alguno de sus hermosos puentes… En cada paso que dábamos algo sorprendente se mostraba ante nosotros.

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Por fin llegamos al lago. Realmente el “Minnewater” era un parque lleno de tonalidades verdes gracias a los montones de especies de árboles y arbustos que había. En medio de tanta naturaleza inundada por el canal que desembocaba en el lago encontrábamos algún castillo, alguna fortaleza, y por último una explanada de césped en la que la gente reposaba, jugaba y se divertía gracias al grandioso y soleado día que nos hizo.

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brujasTras la visita al “Lago de los enamorados” (hasta el nombre rebosa belleza) con la cual quedamos encantados nos dispusimos a volver de nuevo al centro de la ciudad para verla ahora con detalle. Uno de los primeros puntos ante los cuales nos paramos fue el Beaterio.Para entender lo que realmente es sirve con comentar que es un pequeño pueblo dentro de la ciudad de Brujas. Está flanqueado por unos grandes portones, que están abiertos, y deja ver montones de casitas pequeñísimas de cal, tan blanquecinas como algunas de las flores que adornan el lugar con un gran jardín de narcisos y demás flores. Precioso el lugar que sigue siendo sitio residencial de monjas. El beaterio, por supuesto estaba compuesto por una iglesia mayor que estaba también abierta al público.

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Tras esto decidimos ir hacia uno de los canales más importantes de la ciudad, Dijver. Hacia allí nos dirigimos, pero inesperadamente nos encontramos con uno de los tesoros de la villa, el “Puente de San Bonifacio”. En realidad no era sólo el puente, era el enclave en que estaba situado, en un entorno de naturaleza rodeado por cipreses y algún sauce que maravillaban todavía más los ojos de cualquiera que pueda contemplarlo.

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Para que uno se haga una idea, el centro de la ciudad era como el de una villa medieval en la que todas las puertas de las grandes edificaciones (casi todas con carácter religioso) estaban abiertas, pudiendo de esta manera entrar por una de ellas y salir por el claustro o por el patio del edificio, donde otra puertecita te sacaba a otra callejuela que guardaba seguro otra sorpresa. Por lo tanto había momentos en los que quedabas totalmente desorientado. Tras unas horas de pasear por el centro empezamos a “coger el tranquillo” y hasta descubríamos atajos que nos llevaban a alguna de las plazas donde tomar un gofre, un buen café o chocolate caliente, o como en mi caso, un delicioso batido de vainilla. Fue un pequeño alto en la visita de una ciudad que ya me había enamorado.

Tras un breve descanso seguimos caminando por las mil callejuelas que te invitaban a entrar simplemente por no saber dónde ibas a salir y qué ibas a encontrar a la vuelta de la esquina. Punto mágico nos pareció un lugar con banquitos de piedra, cercano al “Puente de San Bonifacio”, en el que había una escultura del español LUIS VIVES (curioso cuanto menos). En aquel enclave lleno de sombras gracias a los árboles que cubrían el lugar, parecía no pasar el tiempo. Si te asomabas al puente veías de vez en cuando una barquita repleta de turistas pasar, si no merecía la pena simplemente disfrutar del momento que se quedará guardado eternamente en mi mente.

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Fuimos en dirección contraria al Lago de los enamorados para ver hasta donde podíamos llegar. Íbamos siguiendo el canal, la paz que se respiraba era sólo interrumpida por algún carruaje que de vez en cuando pasaba a nuestro lado. Seguíamos el canal y cada puente era un espectáculo. Por cierto, ¿sabéis de dónde viene el nombre de Brujas? De la palabra “puente”. En neerlandés “Brugge” quiere decir puentes. Haceros la idea de la cantidad de puentes construidos sobre el canal que rodea la ciudad y por momentos la atraviesa. El nombre de Brujas no tiene nada que ver con las brujas que nosotros conocemos, aunque la ciudad os aseguro que parece estar encantada.

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Continuamos nuestra visita comenzando a explorar los sitios por brujasdentro. Vimos algunas iglesias y en concreto entramos en una de ellas famosa mundialmente por conservar en un tarrito sangre de la Virgen María. Otro motivo para “devotos” de acudir a la ciudad. Detrás de la gran plaza principal (Grote Markt) había otra igual de maravillosa (justo donde se encontraba la iglesia que os decía, llamada de la Santa Sangre). También, por supuesto era cuadrada como las demás y el ayuntamiento estaba situado en dicha plaza, denominada “Burg”. El ayuntamiento era un edificio también extraordinario. Todas las construcciones que formaban el cuadrado de dicha plaza de Burg eran extraordinarias realmente. El que estaba enfrente del ayuntamiento era espectacular. La diversa ornamentación que tenía no lo convertía en recargado. Había montones de escudos y bajo ellos rezaban diversos apellidos, pertenecientes a las familias de nobles que habían gobernado en Brujas desde hace siglos. Impresionante.

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brujasPero llamaba la atención una fachada pequeñita situada justo en el vértice de la plaza y que tenía sus puertas abiertas (si no te acercas bien no eres capaz de comprobar que por medio de ella hay una de las salidas de la plaza). Era una fachada espectacular, blanquecina y dorada que se componía de una cruz en lo alto y por la que, como he dicho, si entrabas, salías de la plaza para atravesar por un puente que daba continuación a esta edificación el canal. Salías a Dijver, sin duda un lugar por el que un paseo se hace una de las cosas más maravillosas del mundo.

Tras recorrer calles y calles por la villa decidimos volver a la plaza central y comprobamos que el edificio situado a la izquierda del campanario estaba abierto al público. Era el mencionado al principio de la entrada que tenía balcones hermosos. ¿Por qué no probar suerte a ver si podemos tomar algo en uno de ellos? Desde abajo parecía haber gente en alguno de ellos. Entramos en el edificio y efectivamente estaba abierto al público. En la parte de abajo mostraban la historia de la ciudad, en la segunda planta había una cervecería (típico de la región) en la que estaban esos balcones que daban la oportunidad de contemplar la plaza desde cierta altura. Aprovechamos durante un rato la buena vista que desde allí había y volvimos al hotel, que recuerdo, era acogedor y encantador. Descanso rápido y a conocer esta maravilla de noche…

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Todos los adjetivos que pueda utilizar para describir la ciudad de noche se quedan cortos. Antes de ver los mismos puentes, las mismas calles, las mismas plazas que habíamos visto de día, queríamos ir a cenar. Sin nombrar el sitio, que en posteriores entradas nombraré, sin duda, comimos la mejor comida de todo el viaje. Curiosamente no fue excesivamente caro para lo que habíamos pagado en ocasiones anteriores. Fue la mejor cena. El paseo posterior nos dejó unas imágenes del canal inolvidables. Pronto fuimos a nuestro hotelito para descansar tras un día grandioso. Seguíamos inmersos en un cuento.

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brujasAl día siguiente lo primero que hicimos fue buscar un buen sitio para desayunar. Recorrimos varias calles hacia una de ellas que habíamos visto el día anterior llena de tiendas de chocolates y efectivamente encontramos un sitio muy mono en el que nos metimos antes de que se nos hiciera tarde. El desayuno fue muy bueno. No fueron unas tostadas con aceite de oliva, jamón ibérico y tomate pero, ¿qué esperábamos? Eso en España, allí, lo típico. Me pusieron un chocolate caliente en un tarrito para echarme yo mismo en una gran taza de leche junto a tres troci
tos de chocolate y un bombón praliné
, a cual más rico, cada uno de un tipo (chocolate puro, chocolate con leche y chocolate blanco).

Tras el desayuno decidimos subir al campanario , donde nos cobraron 8 € a cada uno. Un máximo de 30 personas podían subir en el mismo turno a la torre con lo cual tuvimos que esperar un buen rato a que bajaran todos los que allí quedaban. La espera fue de unos 15 minutos y mereció la pena. Desde arriba pudimos contemplar unas vistas increíbles de la ciudad. Además las campanas no tocaban como todos los demás campanarios sino que entonaban canciones, emblemáticas canciones. Pudimos ver las últimas panorámicas de la villa que nunca olvidaremos.

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El cuento estaba a punto de finalizar, el trayecto, no sé muy bien por qué, fue algo triste, aunque nuestra sonrisa seguía mostrándose en nuestras caras debido al hechizo que la ciudad de Brujas había dejado en nosotros, y que estoy seguro, nos durará mucho, mucho tiempo.