GRANADA: PARAÍSO CULTURAL PINTADO POR LA ALHAMBRA


“Tierra mora hasta la eternidad,

olivares el jardín de Alá,

son murallas a tu alrededor

y en La Alhambra se oye una oración…”

Así comienza una preciosa canción dedicada a la una de las ciudades que más importancia tuvo para el mundo musulmán, la última gran ciudad de Occidente que resistió a la recuperación de la península por parte de los cristianos. La canción del grupo “La Caja de Pandora” habla de una ciudad que me enamoró como pocas lo han logrado hacer.

Y es que como nuestros lectores saben nos encanta viajar, y tras las maravillas conocidas en nuestro periplo en tierras africanas no paramos de movernos (cuando nuestro trabajo nos lo permitió algunos fines de semana), conociendo hermosas ciudades como Valladolid, Burgos, Segovia y otras localidades todas con un encanto muy particular. Sin embargo, sin menospreciar estas maravillosas ciudades, ninguna me aportó lo que Granada. Fue bajar del coche aquel jueves 31 de octubre del pasado año 2013 y simplemente el aire que respiramos llevaba tal embrujo que hizo que todavía hoy me pierda en la imaginación muriendo por volver allí. Y desde aquel noviembre yo creo seguir embrujado…

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Y es que por algún motivo me imagino que dos de las religiones más importantes y fuertes de la historia lucharon hasta la muerte por mantenerse o hacerse con aquel mágico enclave. Lo bello es que aún hoy, tras siglos y siglos siguen conviviendo dos religiones haciendo posible que por momentos, y si paseas por algunas calles de la ciudad, tu cuerpo y tu mente se metan de lleno en un mundo que como ya expliqué en la entrada de Túnez, te embruja sin ser uno consciente de ello hasta haberte enamorado por completo. Hablo de la increíble y apasionante cultura árabe.

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Como explicaba anteriormente nos dispusimos a viajar al último gran fortín musulmán durante la reconquista desde nuestras tierras, en el interior peninsular. Aproximadamente 430 kilómetros nos esperaban en ruta hasta llegar a Granada. Llegamos tarde, pues tardamos aproximadamente hora y media en atravesar La Carolina (Jaén), por una de las carreteras que se encontraba en obras… malas fechas para estar de obras, pleno puente de los Santos, operación salida… No obstante el viaje fue agradable pues lo hicimos junto a nuestra pareja de amigos favorita, con la que no hicimos nuestro primer ni nuestro último viaje. Sí uno de los que no olvidaremos jamás con lo que no podemos estar más que agradecidos por el viaje que nos brindaron. Gracias Marta, gracias Diego, gracias Familia Ortiz Gómez.

Como contaba, fue llegar a tierras de Granada y el ambiente cambió por completo nuestros ánimos tras un largo viaje. Nos esperaban tres largos días en los que intentaríamos culturizarnos lo máximo posible además de pasarlo en grande. Llegamos sobre la 1 de la madrugada y no pudimos más que adentrarnos en el corazón de la ciudad para hospedarnos en el hotel Meliá Granada. El servicio del hotel fue muy completo y las habitaciones, una más grande que la otra, estaban continuas y tenían unas considerables vistas a La Alhambra (con algún edificio que otro por medio). Se puede decir que el hotel hacía gala a sus cuatro estrellas, más posiblemente por su situación que por las comodidades. Descansamos y nos preparamos para un día que se avecinaba intenso.

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Y lo fue. Despertamos gracias a la luz que entró pronto en la habitación (y a la inquietud por conocer una ciudad que si de noche era bella, de día era gloriosa). La primera imagen fue esa, la de la Alhambra desde la ventana de nuestro hotel. El día era soleado, fresco pero agradable, se apreciaba una brisa que entraba por la nariz con un aroma intenso a jazmín. Bajamos a desayunar, no en el hotel sino en un pequeño bar-restaurante situado justamente a la derecha de la puerta principal del hotel que nos ofreció un estupendo desayuno con unos riquísimos bocadillitos (de lomo, de atún con pimiento, de queso,…) acompañados de un zumo o café. Tras esto nos dirigimos al punto estrella, La Alhambra. Casi desde cualquier punto de la ciudad se divisa esa maravilla creada por una cultura tan espectacular como la propia construcción. Nos dirigimos hacia la Plaza Nueva a través de calles estrechas típicas de un desestructurado plano que parte de la antigua ciudad musulmana, para tomar la Cuesta de Gomérez y acabar en la preciosa Puerta de las Granadas, desde donde ascendimos por un parque repleto de árboles que no dejaban ver casi el sol hasta la maravilla que estábamos a punto de contemplar, La Alhambra.

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A las 10.45, como nos informaron los trabajadores de la agencia a través de la que contratamos las entradas junto al guía que nos acompañaría en la visita, estábamos allí, en la taquilla. Aquí os dejo información para que tengáis posibilidad de comprar las entradas y contratar el guía.

http://www.entradasparalaalhambra.es/

granadaBajo mi punto de vista el precio es disparatado ya que considero que nuestra guía creó de la visita una monotonía que hizo que al final más de un 70 por ciento de los que íbamos dejáramos los cascos con los que apenas le escuchábamos y apreciáramos las tremendas maravillas del recinto por nuestros propios medios. Os informo que posteriormente supimos que además de poder contratar directamente con la Alhambra las entradas, uno puede, eso sí madrugando y estando en taquilla no más tarde de las 7.30 de la mañana, conseguir sus entradas (obligatoriamente el Ayuntamiento de Granada obliga a dejar un número mínimo de entradas diarias para vender en taquilla). El precio lógicamente es muy inferior ya que se suprime el servicio abonado al guía, que para nosotros, no fue de gran ayuda. A pesar de esto, comenzamos a vivir la aventura de visitar un recinto inigualable. Es difícil describir la sensación que uno percibe cuando comienza a pasear por los jardines del Generalife y empieza a contemplar los mil colores que entran por las retinas. Una paz absoluta parece parar el tiempo.

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granadaEl paraje es sobrecogedor: a un lado los edificios que conforman la fortaleza y el palacio de La Alhambra, de cara el espectacular barrio del Albaicín parece embellecer aún más la postal, hasta que dando una vuelta de 360º sobre uno mismo aparece la imponente muralla natural de Sierra Nevada, que pone la guinda al pastel. Los pequeños regueros que se encuentran entre los diferentes jardines parecen apaciguar todavía más el alma de uno mismo.

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Tras esto, uno comienza a visitar los llamados Palacios Nazaríes, entrando en un estado de éxtasis al que sólo se puede llegar en tal lugar. La espiritualidad que se respira allí suma emoción a la belleza que uno contempla en las construcciones que manos árabes crearon hace siglos. Cada estancia va dejando una cicatriz en el cerebro que la vuelve inolvidable. Los detalles arquitectónicos y las minuciosas formas de los techos dejan claro que los artesanos de aquellas maravillas eran unos auténticos magos.

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Posteriormente llega algo increíble, algo que visitando en un día soleado y agradable como el que teníamos, se convierte en uno de los paraísos de La Alhambra, el Patio de los Arrayanes. Nuevamente el agua se convierte en protagonista dando esa paz que debían sentir antaño los habitantes del palacio, pero las fachadas que hay en ambos lados aportan un acabado final simplemente espectacular al patio, uno de los que os aconsejo disfrutar porque es sencillamente impresionante.

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Como lo es el siguiente patio, el Patio de los Leones. Obviamente es el de más fama, y dicha fama la tiene bien merecida. Grandioso, de forma rectangular, y con una fuente que representa el poder y la furia musulmana con doce leones funcionando como surtidores de la fuente central que nuevamente convierte al agua en protagonista. A su alrededor se encuentran diferentes salas, cada una de un tamaño diferente y con una decoración a cuál más elaborada.

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Tras esto, queda un lugar que personalmente me fascinó, y fue una pequeña estancia en la que hay unas vistas hacia el barrio declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco del Albaicín (desde el Patio de la Reja). Contemplarlo desde allí es algo que se queda grabado en la mente como hecho a fuego. Las casas blancas de cal fabricadas sobre la misma roca y las cuevas transformadas en hogares alegran la vista de manera extraordinaria. Se puede apreciar también desde allí cómo la muralla rodea toda la ciudad.

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Tras los jardines del Generalife y los Palacios Nazaríes contemplamos un recinto mucho más chocante con toda la armonía de la arquitectura musulmana que hasta el momento habíamos recorrido. El Palacio de Carlos V (I de España), que fue construido en el siglo XVI por el propio emperador y es de un carácter renacentista que cuanto menos choca, como dije, con todo lo que gira alrededor, pero forma también parte de La Alhambra y tiene también una singular belleza y una particularidad inapreciable hasta que uno entra en el interior del recinto, y es que por fuera es un palacio de forma totalmente rectangular que engaña cuando uno entra y observa que se encuentra en un círculo perfecto que recuerda, por qué no, a una bonita plaza de toros. Actualmente es sede del Museo de Bellas Artes de Granada.

Cordoba y Granada - Abril 2009 109

Finalizamos la visita al magnífico e irrepetible monumento de La Alhambra y comenzamos, por decirlo de alguna manera, la juerga por las preciosas calles de Granada. Bajamos por la Cuesta de los Chinos en busca de algún sitio para almorzar por una de las calles que más me marcó en nuestra visita a la ciudad, El Paseo de los Tristes… El nombre mismo rebosa inquietud… Es la calle paralela al río Darro, que a su vez baja pegado al gran montículo montañoso que se eleva para sufrir a La Alhambra. Algunos hermosos puentes atraviesan dicho río, pintando un cuadro para enmarcar en la magnífica calle que va a dar a parar a la Carrera del Darro para desembocar en la Plaza Nueva.

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Si algo hay en Granada son sitios para picar, muchos y buenos. De todos a los que entramos sólo uno nos desencantó. El resto, de diez. Para encontrar algunos de los mejores bares para tapear sin duda hay que ir en busca de la Calle Elvira. Está desbordada de bares, algunos de ellos muy recomendables aunque llegamos a la conclusión de que en Granada se come muy bien. Especial mención merece la cadena de bares “La Bella y la Bestia“, con cuatro bares en la ciudad y además muy céntricos todos. Espectaculares tapas en medio de una ciudad espléndida y con un casco antiguo genial.

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Tras la comida, paseamos por el centro de la ciudad para comprobar el fascinante resultado que produce la fusión de varias culturas entremezcladas durante siglos y siglos. Las calles eran estrechas, parecíamos ir viendo baños árabes, teterías y de repente, PUM!!! chocabas contra alguna imponente iglesia o incluso con la tremenda catedral que se encontraba también en un enclave único en el que se podían obtener instantáneas grandiosas y en el que se respiraba un ambiente también muy especial pero diferente al de hacía tan sólo cinco minutos. La Catedral de Granada es la segunda catedral más grande de España y, además, su Capilla Real contiene los restos de los Reyes Católicos, su hija Juana la Loca y el esposo de ésta, Felipe el Hermoso.

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Otro de los puntos importantes fue la Plaza de Bib Rambla, situada en un lateral de la catedral, donde fuimos a dar con una caseta de información de visitas guiadas.

Nos decidimos por una que se titulaba: Granada Misteriosa… (15 € por persona)

http://www.ciceronegranada.com/espanol/web/visitasguiadas/granadamisteriosa.asp[/embed]

Compramos las entradas para los cuatro (en desacuerdo con uno de los componentes del grupo) y volvimos al hotel, ya que a las 20.45 horas debíamos estar frente al ayuntamiento, en la Plaza Nueva, y queríamos hacerlo ya duchados para salir directamente y disfrutar del picoteo nocturno de la ciudad. A dicha hora estábamos allí como clavos.

La ruta duró aproximadamente hora y media y estuvo bastante bien. La guía, una chica jovencita (de unos 30 años), se metía realmente bien en el papel y nos llevó por lugares y nos habló de leyendas que de no haber cogido la excursión no habríamos conocido. Entre todos ellos, recuerdo varios en concreto que fueron los que más me enamoraron y sobrecogieron. Uno era un punto cercano al Albaicín, desde el cual La Alhambra se exponía a una imagen iluminada que pocas imágenes pueden superar. Tal era la vista que al día siguiente regresamos a realizar fotos con la iluminación del sol.

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Otro momento que recuerdo como si lo estuviera viviendo ahora mismo, fue uno en el cual nos situamos ante la fachada de una casa. Una casa que realmente intimidaba por su aspecto. Una casa enorme pero antigua, totalmente oscura y en la que dábamos por hecho que habitaba algún fantasma de los que había en los anteriores sitios que íbamos visitando. Sin embargo nos confundíamos. Nos contó que allí habitó (allá por los años 50-60) una mujer que tras la muerte de su marido cayó en una profunda depresión que la llevó a coger kilos y kilos hasta no poder prácticamente moverse. Falleció al poco tiempo y había engordado tanto que el cadáver no pudo sacarse por la puerta, teniendo que desmontar una parte del tejado para sacarla por la parte superior de la casa.

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La visita guiada finalizó en un sitio en el que yo ya había escuchado que habían ocurrido cosas un tanto extrañas, la Diputación de Granada. Sonidos, gritos, sombras y demás fenómenos paranormales se produjeron e incluso se siguen produciendo en dicho edificio.

Esa noche acabamos tan cansados que ni picoteo ni nada, directamente regresamos al hotel para descansar ya que llevábamos una buena paliza además de parecer estar sufriendo el bofetón de aire frío que el Mulhacén repartía unos kilómetros más allá.

Por cierto, esa noche, una de las lamparillas que teníamos sobre las cabezas empezó a encenderse y a apagarse sin nuestra manipulación, lo que costó un buen susto a “la persona que está a mi lado”, que quedó bastante traumatizada tras la ruta del misterio (aunque no le disgustó tanto como dice).

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TÚNEZ, PARTE IV: UN GRAN E INTENSO DÍA EN EL SAHARA


Comenzamos el día con muchísimo ánimo debido al embrujo que cubría todo mi cuerpo y mente gracias a la maravilla contemplada el día anterior. ¡El desierto me había fascinado!

Tras un potente desayuno pusimos rumbo a El Jerid (El país de las Palmeras) con destino Tozeur. Por una carretera estrechísima y en una recta que parecía infinita, divisábamos un paisaje totalmente desértico, pero al mismo tiempo parecíamos ir avanzando hacia una lejana cadena montañosa que empezaba a descubrirse en el horizonte. Mediante esa carretera por la cual nos aproximábamos a la frontera con Argelia llegamos a un lugar de ensueño. Un lugar fascinante por su rareza. Jamás he visto nada igual y difícilmente debe existir un lugar parecido a “Chott El Jerid” (Lago salado).

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Obviamente hicimos un alto para contemplar la magia del lugar. Era como estar en medio de la nada. Para poder explicarlo, nos situábamos en una llanura kilométrica por la que atravesaba una estrecha carretera, como anteriormente dije, y a unos 20 metros sobre el nivel del mar. Había pequeños charcos en algunas zonas, charcos de agua salada, y es que nuestro guía nos comentó que en algunas épocas del año aquella inmensa llanura se llena de agua salina y deja esos resquicios de sal que encontramos nosotros.
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Se pueden arrancar del suelo pequeñas porciones que uno lógicamente se puede llevar a casa, lo malo es que al ser pura sal, la piedra es muy frágil, y lo más fácil es que llegue hecha añicos.  A pesar de ser un día caluroso corría una cierta brisa que suavizaba la temperatura del lugar. Hay que tener en cuenta además, que no eran tan siquiera las 9.00 de la mañana, con lo cual el sol todavía no apretaba con la mayor fuerza posible, como sí lo hizo más tarde.

Impresionado aún por el lago salado, en este caso seco, llegamos a aquella cadena montañosa de la que hablaba anteriormente. La frontera argelina quedaba a menos de 20 kms lo que indicaba que estábamos en el interior de África, en medio del mismísimo desierto del Sahara. Sin embargo llegamos a un enclave en el cual las palmeras eran tan altas que sobresalían por encima de las colinas que había ante nuestros ojos.

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El paraje era nuevamente indescriptible. ¿Cómo era posible que en medio de la nada naciese un paraje natural como el que había en aquel enclave? Estábamos en un Oasis, concretamente llegamos a los Oasis de Tamerza y Chebika. Un guía (bereber) de la zona nos mostró el lugar. Primero subimos a lo alto del asentamiento que allí había. Realmente parecía un antiguo pueblo abandonado y prácticamente en ruinas.

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Sin embargo, lo bonito no eran las casas sino el paisaje en el que nos encontrábamos, donde entre otras, se rodaron escenas de películas como “Memorias de África” o “El Paciente Inglés”. Toda la naturaleza que parecía salir de la mismísima nada salía de un lugar. Nos fuimos adentrando en el oasis. Íbamos avanzando entre palmeras y flores por la ladera de una montaña en la que aparecían fósiles de mejillones y otros crustáceos (no olvidemos que hace millones de años esta zona estaba cubierta por el mar), hasta dar con un riachuelo que era el que daba vida a toda aquella maravilla. Fuimos siguiendo el agua pero a contracorriente hasta llegar a un pequeño estanque formado por la caída de una imponente cascada.

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El agua del pequeño estanque que había en el corazón de aquel oasis era azul celeste debido a los minerales que hay en la roca de aquella cadena montañosa, perteneciente a la cordillera del “Gran Átlas“. Volvimos entre palmeras, esta vez por la ribera del riachuelo, atravesando el oasis por el lado contrario al cual lo habíamos recorrido en la ida.

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Tras esto nos esperaba la gran aventura de recorrer el desierto de dunas montados en un 4×4 dirección al enclave en el cual Peter Jackson decidió rodar la saga “Star Wars”.

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Nuevamente en medio de la nada y tras una descarga excitante de adrenalina gracias a las “burrerías” que el conductor del todoterreno iba haciendo, apareció esa sorpresa. Una sorpresa de cartón piedra. Casitas del mismo color que la arena del desierto hacen que parezca que existe un pueblo que en realidad no existe. La astucia de los comerciantes del lugar ha hecho que tras el rodaje de una de las películas de la saga “Star Wars” no se derribaran las casitas que se prefabricaron para el mismo, comenzando a tener un cierto interés turístico que ha hecho del lugar una visita muy recomendable, sobre todo por el paisaje del que está rodeado.

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Posteriormente y tras un paseo algo más tranquilo que el anterior, volvimos hacia nuestro autobús, que nos esperaba para llevarnos a comer a la localidad más cercana. Recuerdo que comimos un revuelto de verduras frescas de primero y un buen plato de carne (no sé muy bien de qué pero descartado queda el cerdo) de segundo. No me disgustó, mientras que “la persona que está a mi lado” me ofreció gentilmente su ración, pues la comida seguía sin ser de su agrado…

Tras la comida viajamos rumbo al hotel, que se situaba en la ciudad de Tozeur, y descansamos por la tarde, agradeciéndolo enormemente, y disfrutando de la gran piscina que tenía el hotel de circuito en el que nos alojamos, que en esta ocasión sí que hacía honor a su categoría de 4 estrellas.

Había un “extra opcional” que consistía en una cena con espectáculo que elegimos contratar (por unos 40 dinares por persona, 20 € al cambio). Tomamos una gran decisión…

Machram y nuestro chófer durante todo el circuito nos esperaban sobre las 19.30 en la puerta del hotel para llevarnos al lugar donde disfrutaríamos de la esperada cena que nos ofrecerían. No salimos de la ciudad de Tozeur, me dio la impresión de que apenas llegábamos a las afueras de la pequeña localidad. Bajamos del autobús y ya a pie nos dirigimos hacia un recinto flanqueado por unas grandes y hermosas puertas de estilo árabe. Nada más entrar, un largo pasillo con antorchas a ambos lados que iluminaban nuestro camino. Tras brindar con un sabroso y refrescante cocktail (sin alcohol-recordemos que los musulmanes practicantes no toman alcohol-) compuesto por frutas exóticas como el mango, nos llevaron hacia una enorme explanada. Se trataba de una gran explanada de tierra en la que rodeados de antorchas presenciaríamos un espectáculo ecuestre que hicieron ponerse los pelos de uno como escarchas…

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Fue realmente bello. Había varios jinetes, algunos con trajes oscuros de temible guerrero musulmán y con magníficos caballos negros y otro de ellos con vestimenta también de guerrero pero blanca y con un hermoso caballo blanco. Todos realizaron magníficos números ecuestres, incluso simulando una lucha entre uno de los guerreros negros y el blanco. Éste último salió victorioso. Como decía, todavía no había comenzado la cena y ya había merecido la pena pagar esos 40 dinares que pagamos por persona.

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Posteriormente al número ecuestre, le siguió uno en el cual un encantador de serpientes y tarántulas era el protagonista. Él y nuestras parejas, que también salieron a escena para soportar que dicho encantador rodeara sus brazos con serpientes de diversos tipos. No tan impresionante como el primer número pero notable.

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Antes de llevarnos al comedor nos condujeron a unas jaimas, en las cuales “mujeres del desierto”, bereberes en realidad, hacían labores típicas diarias como muestra para los espectadores (lo habíamos vivido anteriormente en las casas bereberes). Algunas cosían, otras hacían aquel sabroso pan que anteriormente probamos y molían trigo… Después de esta pequeña visita sí nos condujeron hacia el comedor.

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El comedor realmente estaba bajo una especie de gran jaima. En medio, un pequeño escenario nos daba una pista sobre lo que podía acontecer.
tunezEl menú estaba elegido. Mientras nos servían un imponente consomé (chorba) tan delicioso como abrumador (por la temperatura que teníamos, y es que esa noche fue de las más calurosas de todo el viaje no bajando seguro de los 28 grados), un primer grupo de musulmanes con una típica vestimenta se dispusieron a tocar una
alocada pero hipnótica música para que una joven nos mostrara una especie de danza del vientre mientras hacía malabarismos colocándose diversos artilugios sobre la cabeza y ganándose los aplausos de los 30-35 viajeros que disfrutábamos de la noche. A todo esto, gastronómicamente hablando íbamos por un segundo plato compuesto de verduras y especias a montones que hacían subir los calores de más de uno (ensalada mechuia), empezando por mí. Posteriormente, bajaron del escenario los músicos que racialmente se calificarían de norteafricanos (por su tez morena pero no oscura) y llegaron unos nuevos artistas con la piel realmente oscura que parecían más bien subsaharianos. Eran hombres del desierto, touareg, hombres, y un niño que también participaba en las extrañas danzas que iban mostrándonos junto a la música en directo que ellos iban ofreciéndonos con pequeños pero contundentes instrumentos de percusión.  Con ellos nos iban sirviendo el plato estrella de la noche, por supuesto, un cus-cus que fue de los mejores que probamos en todos los días que pasamos en Túnez. Una vez finalizada la tanda de bailes y músicas que nos ofrecieron los touaregs, nos pusieron en las mesas los postres: esta noche tocaba probar un Makrouhd, un exquisito dátil recubierto de una masa de hojaldre y miel. Estábamos realmente llenos, yo especialmente ya que como siempre comía mi ración y parte de la de “la persona que está a mi lado” que aunque parecía ir abriendo el apetito y acostumbrándose a la gastronomía rica y típica tunecina (por cierto, no muy variada) no era capaz de acabar con su ración completa bajo ningún concepto.

Finalizamos la cena y los espectáculos y llegamos al hotel cerca de las 23.00 horas, lo que era una auténtica noche de ronda teniendo en cuenta el ritmo de vida que allí llevan a cabo y sobretodo sabiendo el duro día que nos esperaba ya que nos dispondríamos a regresar a la costa (y por qué no decir a la civilización) y abandonaríamos nuestro amado desierto…

TÚNEZ, PARTE II: EL MISTERIO TUNECINO SE DESTAPA


Mi primera noche en el país árabe digamos que no fue de lo más agradable. El hotel en el que nos alojaron (durante poco más de cuatro horas) dejaba bastante que desear: nos llevaron a una especie de bungalow con estructura musulmana en su edificación, eso sí, con un mobiliario bastante mal conservado, y al que llegó un pequeño hombre (claramente musulmán por el tipo de ropajes que vestía: túnica hasta los pies y gorro típico tunecino) con el mando del aire acondicionado en mano; obviamente no hablaba castellano y yo no estaba para hablar un perfecto francés y menos cuando eres interrumpido metiéndote en la cama a las dos de la mañana en un mal alojamiento y en un lugar al que como mínimo guardas respeto. A pesar de la calurosa y agobiante humedad que había en el ambiente pasamos una gélida noche gracias al distinguido señor del aire acondicionado que se paseó aquella noche por nuestras alcobas.

Pocas horas después tocó vestirse de viajero… Ver la luz de la mañana fue como tomar un respiro de aire puro tras llevar horas encerrado en una habitación. Empezamos con un buen desayuno que nos dieron en el cuestionado hotel. Un buen desayuno, todo hay que decirlo. Tras ello al autobús. Machram, nuestro guía al que ya os presenté, comenzó a avanzarnos las muchas cosas que visitaríamos los días venideros. Este día emprendimos la ruta hacia el sur del país con la intención de llegar hasta la puerta del desierto.

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La luz del día comenzó a mostrarnos las primeras imágenes de un país pobre. Las casas, de adobe, dejaban ver su inestabilidad con sus esquinas torcidas y con sus irregulares lados. Según empezamos a dejar la costa (podemos también decir la civilización) y nos dirigimos hacia el interior, la zona más deprimida económicamente, comenzamos a encontrarnos tanquecillos o bidones que contenían combustible. Eran gasolineras improvisadas que vendían el litro a menos de 40 céntimos de euro. Y a medida que íbamos hacia el sur y nos acercábamos a la frontera con Libia iban aumentando su frecuencia, a la vez que el precio del carburante iba también disminuyendo. Comprobábamos cómo, a parte de estas “gasolineras clandestinas” que encontrábamos por el camino aparecían de vez en cuando “chiringuitos” en los que colgaban a los corderos ya despellejados y boca abajo listos para cocinar.

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Las carreteras eran tan largas que parecían eternas y nuestro potente autobús de no menos de 12 o 13 años de edad adelantaba a todo tipo de vehículos incluyendo carros tirados por mulas y demás.

El primer destino de nuestra aventura africana era la ciudad de El Jem. Fue la primera gran ciudad africana que visitamos. Lo de gran ciudad entre comillas, ya que eso de altos edificios y centros financieros con impresionantes rascacielos comprobamos que allí no había llegado. Y seguramente tarde mucho en llegar. Era una ciudad, como dije, con todas las casas de adobe, de barro, y decoradas con bastante colorido. Pero todas eran casas bajas, no había grandes edificios. Según nos aproximábamos al centro de la ciudad empezó a vislumbrarse la primera maravilla de todas las que posteriormente nos encontramos. No he estado en Roma, a pesar de lo que he viajado es una de las ciudades que me falta por visitar, sin embargo todos hemos visto en miles de imágenes el Coliseo. Lo más parecido que he visto en directo al Coliseo romano lo vi en El Jem. Un colosal teatro romano se levantaba en lo más profundo de la ciudad.

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Bajamos del autobús y disfrutamos de aproximadamente una hora de libertad para subir y bajar por el recinto y vagar por todas las dependencias de la magnífica edificación. Quedé bastante impresionado con el teatro. Después comprobé que era el tercero más grande del mundo y el mayor de toda África. Recuerdo que la subida hasta el tercer piso del graderío fue sorprendente.

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Desde allí contemplé por primera vez una ciudad musulmana desde las alturas y vi que había una calle principal respecto a la cual se conformaban todas las demás, mucho más estrechas. Eso si mirábamos hacia el exterior del recinto. Al mirar hacia adentro contemplábamos un magnífico escenario que seguro fue testigo de cientos de luchas entre gladiadores durante siglos y siglos. Puedo decir firmemente que la visita me encantó.

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Túnez empezaba a atraparme.

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Tras la visita a El Jem, nuestro siguiente destino era Matmata.

TÚNEZ, PARTE I: CAMINO A TIERRAS DE ALÁ


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PREÁMBULOS

Puedo decir que cuando viajo lo hago siempre de forma corpórea, sin embargo en mi visita a Túnez, sentí cómo el alma de uno mismo es capaz de viajar también y de hacerlo a otra dimensión de la que nadie nos ha contado su existencia. Una tierra llena de secretos, de maravillas físicas y enérgicas, de misterios, de una cultura desconocida por completo hasta que uno la toca casi con los dedos, una cultura que es casi peligrosa por el poder de hipnosis que ofrece al viajero que se ve superado por la fascinación de aquellos parajes desérticos pero repletos de algo inexplicable que es capaz de abrazarte hasta dejarte tan atrapado que te hace sentir, me hace sentir (ya que hablo de mí mismo), la necesidad de volver en el menor tiempo posible. Y es que sí, quedé enamorado por completo de lo que me aportó un país que hace poco más de un par de años se vio envuelto en una guerra civil que hizo mella en la riqueza natural, cultural y arqueológica de una tierra con un embrujo divino.

Es una sensación inolvidable cuando por primera vez uno visita un país donde las oraciones sobrevuelan en el cielo. Se siente un profundo estremecimiento. No conocemos las palabras ni el lenguaje, es indescifrable lo que se está escuchando pero uno nota muy adentro que hay una espiritualidad profunda en lo que se reza. Da la sensación de estar tocando un tema prácticamente tabú.

Ellos rezan cinco veces al día, siempre oraciones pertenecientes al Corán.

Sentir ese aroma casi hipnótico. Desierto, ruinas, enclaves donde lo extraño, lo místico, lo desconocido te envuelve.

Viajar a un país árabe no era una de mis prioridades el año pasado a estas alturas, cuando empezamos a barajar diversas opciones para pasar nuestras vacaciones. Si pensamos en vacaciones veraniegas, disfrutar de la playa y el sol, la cosa no es sencilla para nosotros debido a nuestros oficios, metidos de lleno en el mundo del turismo y que nos impiden disfrutar de vacaciones en plena temporada alta, sea Junio, Julio o Agosto. Las nuestras serían en septiembre, en la segunda quincena concretamente, lo que para empezar causa una pequeña duda respecto a cómo se comportará la meteorología en dicha fecha.

Digamos que por empuje y presión de “la persona que está a mi lado” la idea de viajar a Túnez empezó a tomar forma. Desechamos la de Egipto por los problemas diplomáticos que hubo por aquel entonces y que se alargan hasta el día de hoy.

Pasaporte en regla (único documento necesario para entrar en Túnez para españoles), pusimos rumbo al país árabe.

COMIENZA LA AVENTURA

Llegamos al caótico aeropuerto de Túnez llenos de dudas. Al menos yo tenía dudas, llamémoslo miedo incluso. ¿A qué? No se puede explicar muy bien a qué pero sentía un enorme respeto por lo que nos podríamos encontrar en un sitio que era completamente desconocido para nosotros y que seguro nos depararía sorpresas, pero mi duda es sobre el tipo de sorpresas que encontraríamos en una cultura no diferente, sino totalmente opuesta a la nuestra. Nuestro único motivo de confianza es que a parte del árabe, en Túnez se hablaba también francés con lo cual algo entenderíamos en situación de alto riesgo. Además tengo que aclarar que no fuimos a la aventura, llevábamos un viaje organizado por un gran touroperador español que se conformaba de cuatro días de circuito por diversas zonas del país y otros tres de playa en un gran resort de la categoría más alta y con todas las comodidades y facilidades que pudimos coger (sólo Dios sabía qué se consideraría allí un resort de la más alta categoría).

Como decía, la primera impresión una vez puse pie en tierra firme fue incierta. El aeropuerto, reitero, caótico, incluso a pesar de ser las 23.00 horas, pues el vuelo salió de Madrid con retraso. Una vez nos dirigimos al punto donde nos dijeron que estaría nuestro autobús esperándonos, todo empezó a dilucidarse. El autobús más moderno que vagaba por el parking del aeropuerto de la capital, del mismo nombre que el país, tendría no menos de 15 años. Los vehículos que circulaban por allí los recordaba de mi infancia. Fue cuando empecé a ser consciente de que habíamos abandonado el primer mundo para plantarnos en un lugar todavía sin desarrollar, al menos tecnológicamente. O eso era lo que me parecía.

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Por lo demás, la temperatura era calurosa y la cercanía del mar hacía que el ese calor se multiplicará por culpa de la alta humedad que nos envolvía. Subimos a nuestro “magnífico autobús” que nos llevaría a nuestro primer hotel, situado en Port el Kantaoui, a unos 100 kms de la capital. Cogimos las dos primeras plazas del autobús, las que hay justamente encima de la cabeza del conductor, cuyo asiento se situaba por debajo de nosotros y que significó uno de los descubrimientos más emocionantes de nuestro viaje (en posteriores entradas explicaré por qué). Desde allí hasta nuestro destino al que llegamos prácticamente a la una de la madrugada. Todo el trayecto por una autopista por la que prácticamente no pasaba ningún coche. Nuestro autobús circulaba por dónde quería, hubiese los carriles que hubiese. Entre la espesa noche sí que me di cuenta que en más de una ocasión adelantábamos a personas con un burro de carga con su remolque que circulaban por el arcén. Nuevamente me vino a la mente el aviso de que estábamos en un país plenamente rural. Entramos en Port el Kantaoui por una especie de entrada protegida por militares armados, lo que me estremeció un poco recordándome que año y medio antes se había producido un terrible levantamiento civil que había destronado al poder político que había en aquel momento formándose un gobierno de transición.

Hago especial mención al que sería nuestro guía durante los siguientes días, Machram, y nuestro conductor, Mohammed, muy amable y servicial. Quedamos con Machram en la puerta del hotel donde nos habían dejado a las 6.30 del siguiente día. Reitero que era pasada la una de la madrugada.