PASEANDO POR LAS TRADICIONES Y LEYENDAS DE DOS DE LOS PUEBLOS MÁS BONITOS DE ESPAÑA: MOGARRAZ Y LA ALBERCA


Es obvio que para nosotros un fin de semana sin asuntos laborales por delante es sinónimo de viaje, de nuevas tierras por conocer. Sin embargo, el pasado fin de semana (primero de Agosto) estuvimos titubeando sobre si viajar, dónde viajar y cómo viajar hasta el último momento. Y es que hasta el viernes no tomamos la decisión final. Lo que yo pretendía en realidad era, que mi mente se trasladara lo más lejos posible, ya que el estrés que invadía mi cuerpo y mi mente la anterior semana hacía complicado el hecho de afrontar un fin de semana más en nuestra ciudad, rodeado de lo que nos envuelve cada día de la semana. En fin, necesitaba evadirme totalmente aunque fuera por 48 horas.

El destino, como comentaba, fue elegido casi en el descuento, concretamente el viernes a mediodía. Escogimos la zona de la Sierra de Francia, concretamente una pequeña villa denominada Mogarraz, muy cercana a la localidad de La Alberca, bastante más afamada. Sinceramente no estaba muy convencido en un primer momento del destino que nos esperaba, pero poco a poco fui empapándome de información sobre la región salmantina que tocaríamos y comenzó a engancharme. ¿Dónde nos hospedaríamos? Escogimos el Hotel Spa Villa de Mogarraz, con alojamiento, sesión de spa y desayuno incluido por un precio de 98€ para los dos. Respecto a los precios que había por la zona en hoteles considerablemente interesantes era cuanto menos sorprendente un precio tan económico. Marcharíamos rumbo a la Sierra de Francia, limítrofe con la mítica y misteriosa comarca de Las Hurdes, dónde tantas leyendas y tradiciones se guardan como un tesoro esperando a ser descubierto. Gracias a varios documentales, libros y reportajes era conocedor del arraigo con el que los habitantes de aquella comarca se acogen a sus milenarias tradiciones y las resguardan del paso del tiempo para que sigan tan intactas como hace siglos. El viernes por la noche nos aprovisionamos de toda la información necesaria para crear una ruta que nos llevaría por las localidades de Mogarraz, La Alberca, Salamanca, y alguna que otra sorpresa más, que posteriormente describiré.

Mogarraz (plano zona)

Dicho y hecho, salimos el sábado por la mañana sobre las nueve de la mañana, y tras una hora y media de viaje pusimos nuestros pies en la capital de provincia que se encuentra a más altura respecto al nivel del mar en toda España. Efectivamente hablo de Ávila, que tendrá una entrada en nuestro blog dentro de muy poco. Tras un suculento y económico desayuno en uno de los centros comerciales que se ubican en la periferia de la ciudad, cogimos de nuevo el coche para enfrentarnos a nuestro verdadero viaje. Desde Ávila podíamos tomar dos caminos: uno, era sencillo, continuar por la A-5 hasta llegar a Salamanca desde donde deberíamos dirigirnos, ya por carreteras comarcales hasta lo más profundo de la Sierra de Francia; sin embargo, escogimos la senda más salvaje, y pusimos rumbo a Piedrahita por medio de una carretera comarcal en buen estado y sin excesiva circulación, acompañados de un paisaje embellecido por la Sierra de Gredos que íbamos dejando a nuestra izquierda hasta plantarnos en otra serranía que prácticamente la daba continuación, la Sierra de Béjar. Los pueblos que comenzábamos a dejar atrás empezaban a ser pintorescos, muy bonitos. Sobrepasamos entre ellos Barco de Ávila y la propia localidad de Béjar. Tras esto, el paisaje se volvió agreste. La meteorología también, pues lo que comenzó en Madrid como una soleada jornada se convirtió en un nuboso y fresco día en el que la lluvia comenzaba a hacer acto de presencia. Los últimos kilómetros antes de alcanzar la localidad en la que nos hospedaríamos convirtieron mis deseos en realidad. Y es que realmente pareció que habíamos recorrido cientos y cientos de kilómetros. Dejamos atrás las altas temperaturas de la capital, los terrenos que en estos meses nos brindan un color amarillento por la falta de vegetación y la abundancia de campos estériles para adentrarnos en algo asombroso, en una maraña verde que envolvía por completo la carretera, que en los últimos kilómetros incluso dejó de mostrarnos la línea que limita un carril del otro. Nos adentramos en un carreteril, en buen estado, eso sí, pero en el que uno casi tenía que parar si se encontraba con un coche en dirección contraria.

Fue entrar en la villa de Mogarraz, chocar casi con el Hotel Spa Villa de Mogarraz, y sacar nuestros cuerpos del coche para comprobar cómo un ambiente totalmente opuesto al que sentía tan sólo hacía unas horas envolvía todo mi cuerpo. Estábamos inmersos en una sierra tan verde como infinita, en una pequeña localidad que impactó nuestras retinas por sus maravillosas construcciones de pizarra y granito y sus magníficas vigas de madera formando una ornamentación inigualable en dichas construcciones. Comprobamos porqué Mogarraz está, como una placa muestra en la entrada del pueblo, dentro de la red de los pueblos más bonitos de España, distinción que no tienen más de 24 localidades españolas.

Mogarraz (3)

Nuestros primeros pasos nos guiaron hacia el hotel, un hotel con encanto y rústico a la vez, completamente reformado para dar una sensación de cobijo al huésped, la cual debe ser tan acogedora en verano como en invierno. La recepción era pequeña, parece en diversos aspectos que nos encontramos en un hotel familiar, lo que favorece el trato que recibe el cliente. Tras recibir los consejos de la recepcionista sobre qué ver y visitar durante nuestra estancia en la comarca, subimos a dejar nuestras cosas para inmediatamente bajar de nuevo a comer. La propia recepcionista nos aconsejó un restaurante que está situado en la misma entrada de Mogarraz, un pueblo de poco más de 300 habitantes. La distancia entre el hotel y el restaurante, llamado Mirasierra, unos 15 ó 20 metros. En cuanto a la distancia entre el hotel y la plaza de la villa, no más de 400, con lo cual todo andando. Lo que sí debemos aconsejar es reservar en el restaurante Mirasierra, ya que debe llenarse todos los fines de semana. Nosotros tuvimos suerte ya que falló alguna reserva y pudieron atendernos a las 15.30.

Tuvimos tiempo para dar un pequeño paseo por la villa y adaptarnos a la maravilla que estábamos viviendo. ¡Y es que era justo lo que necesitaba! Paz, naturaleza, frescor en el ambiente (casi frío por momentos) y un clima de desconexión que me hizo entrar en éxtasis para no abandonarme en todo el fin de semana.

Mogarraz (mapa_turistico)

Como dije anteriormente,  hasta las 15.30 no nos dieron posibilidad de sentarnos en el restaurante Mirasierra, con lo cual investigamos durante la media horita que nos sobraba por las calles de la villa… o más bien por la calle, puesto que es una estrecha y larga calle la que recorre Mogarraz casi de principio a fin hasta desembocar en la plaza. Una calle que comienza en la llamada Ermita del Humilladero, con una pizca de misterio y otra de poder gracias a la cruz que se presenta en piedra ante ella.

Mogarraz (4)

Pero no es esto lo que llama la atención a los ojos de uno cuando entra en Mogarraz. Es algo mucho más obvio y misterioso. Y es que en cada fachada aparecen los retratos de personas que parecen de otra época. Esto ocurre en cada casa y construcción mogarreña, incluyendo la propia iglesia. La razón la explica un cartel cercano a la ermita del Humilladero. En el año 1967, el fotógrafo Alejandro Martín Criado retrató a cada habitante mayor de edad de la localidad para poner su fotografía en el entonces documento de identidad; dicho archivo fotográfico fue después rescatado por Florencio Maíllo, quién plasmó cada uno de los 388 retratos con la intención de dar un toque de morbo al mostrarse eterna y públicamente a lo ancho y largo el pueblo. Es cierto que la sensación que uno percibe al verlas es un tanto virulenta. Puede significar un poco macabro para alguno porque es cierto que cuando uno clava la mirada en alguna de ellas, ésta parece responderte fijándose todavía más en ti. Lo que no deja lugar a dudas es que el sello de originalidad que da a Mogarraz es único y exclusivo.

Mogarraz (5)

Mogarraz (12)Llegamos hasta la plaza en poco más de 5 minutos, lo que tardamos en recorrer la calle que atraviesa la villa. Chocamos directamente con la Iglesia de Nuestra Señora de las Nieves, en la que, a parte de encontrarnos con más rostros inmortalizados, comprobamos que el campanario estaba separado del resto del edificio sagrado. Tiene una explicación lógica,  y es que en vez de construir una iglesia entera dejaron la torre que servía allá por el siglo XVI de vigilancia para construir la parroquia principal en torno a ella. Lo que no pudieron fue unir ambos edificios por completo.

Mogarraz (16)

Tras ello, bajamos a la plaza Mayor, que curiosamente se encontraba vestida de gala para darnos a entender que eran fiestas en la villa. Realmente nos adelantamos, pues las fiestas son el segundo fin de semana de Agosto. No obstante, alrededor de la plaza estaban colocadas las barreras que se utilizaban en festejos y corridas de toros en todas las plazas castellanas antaño, algo que allí, como explico, se sigue haciendo. El ayuntamiento, con la misma estructura y arquitectura que cualquiera de las otras edificaciones del lugar, diferenciándose de ellas tan sólo por las banderas de la comunidad de Castilla y León y la de la provincia de Salamanca, se mostraba majestuoso, pero eso sí, se anteponía a la iglesia, con lo cual no dejaba ver en plenitud la parroquia mogarreña. Supongo que la misma pared del fondo del ayuntamiento sirve como muro limítrofe de la parroquia. Poco o nada de ambiente había en el lugar, lo que invocaba a una reacción absoluta que no me canso de decir que mi mente necesitaba el pasado fin de semana.

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Pero el misterio y la tradición volvieron a dar un toque todavía más mágico a lo que estábamos viviendo. Tras dar una vuelta en torno a la iglesia nos encontramos con un macabro muro denominado por el cartel que allí rezaba “CALAVERNARIO” y que explicaba que aquella placa conmemora todos los cuerpos que allí iban a parar cuando no se podían almacenar en el cementerio.

Mogarraz (17)

La tradición llamó a nuestras puertas cuando volviendo por la calle principal dirección a la entrada del pueblo nos encontramos con el fabuloso cerdo de San Antón. Recuerdo a mi padre haberme contado en varias ocasiones que antaño un cerdo se soltaba por las calles del pueblo el día de San Antón y los vecinos participaban en su alimentación durante un año entero hasta rifarle un año después y bien engordado para aprovechar toda su carne. Bien, pues o retrocedimos algún siglo que otro en el tiempo o habíamos encontrado un lugar que quedó anclado en él manteniendo una tradición que yo consideraba extinguida. Allí sollozaba plácidamente el cerdito recibiendo el frescor de una fuente bajo la que se resguardaba.

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Poco más nos dio tiempo a hacer antes de caminar de nuevo hacia la entrada del pueblo con destino el Restaurante Mirasierra.

Llegamos al restaurante a las 15.30. Reitero que lo aconsejable es reservar con anterioridad pues, a pesar de no tener sensación de haber gente en el pueblo, el restaurante estaba abarrotado. Las vistas desde el interior del restaurante de toda la Sierra de Francia son maravillosas.

Mogarraz (21)

Veríamos ahora a qué nivel estaba la comida… Adelanto que espectacular, tanto en cantidad como, más si cabe, en calidad. Primero una tabla de quesos, todos ellos castellano-leoneses, junto a un gazpacho para mí que estaba exquisito. “La persona que está a mi lado” tomó una de las decisiones más acertadas que tomamos en todo el viaje, y fue la de degustar las patatas “meneás” que aparecían en la carta (un puré de patatas al que se le da sabor con pimentón y ajo, coronado con torreznos). Con ellas enloquecimos. No son aconsejables, son totalmente imprescindibles si coméis en este restaurante.

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Pero aún faltaba un plato fuerte. Yo no me lo pensé mucho a la hora de escoger un solomillo de bobino de la tierra con patatas fritas, y mi acompañante volvió a acertar de lleno escogiendo unos medallones de carne de ternera, también con patatas, que tuve la oportunidad de probar. Todo retocado por una sabrosa tarta de queso que supuso el remate final a una de las mejores comilonas a las que me he enfrentado últimamente. El precio, no fue muy económico, pero vista la calidad de lo que tomamos no me pareció desproporcionado. Concretamente 75€, unos 37€ por persona.

Acabamos casi a las 17.30 la gran comida y aunque estaba en nuestros planes dar un paseo antes de la sesión de spa que nos esperaba a las 18.00, subimos directos al hotel para coger el albornoz y descender hasta la planta -2, en la que nos esperaba una hora de relajación que nos evadiría por completo de la realidad. El spa se componía de una piscina con varias caídas de agua a distinta presión, una zona de piedras sobre las cuales caminar (pediluvio) para mejorar la circulación en pies y piernas, una sauna, un baño turco, una ducha de sensaciones, diversas camas de baldosas a altas temperaturas, varias piscinas con hidromasaje, un jacuzzi y una pequeña piscina de agua fría. Nos explicaron a la entrada cómo realizar el circuito y una vez comenzado cada uno iba por libre. Éramos un grupo de unas 10 personas (cinco parejas) y no había problemas de espacio. Dispusimos, como dije antes, de una hora. Tras aquella hora parecía no tener fuerza en el cuerpo, pero lo mejor era que mi mente alcanzó por fin el punto de quedarse en blanco, sin preocupaciones, sin agobios y con la posibilidad de abrir los balcones de mi habitación para disfrutar de un paraje simplemente maravilloso, de ensueño.

Mogarraz (1)

Eran las 19.30 y el día comenzaba a despedirnos llevándose un frescor único para traernos una temperatura menor a los 14 grados. Rápidamente nos dispusimos a coger el coche para poder disfrutar de los últimos rayos de sol en la sonada localidad de La Alberca, también entre los 24 pueblos más bellos del país. Y no lo digo yo, por ahora. El trayecto entre Mogarraz y La Alberca, separados por tan sólo 7 kilómetros, me trajo a la mente una de las magníficas leyendas que moran en la zona. El paraje influía en que, si uno no iba conduciendo, cayera tarde o temprano en trance, sobre todo si es conocedor de la leyenda de La Mora. Y es que una moza musulmana de impresionante hermosura residió antaño en la villa de Mogarraz. De familia humilde y con pocos recursos todas las mañanas bajaba al río a por agua que aprovisionaría a su familia para toda la jornada. Una de esas mañanas en las que la mora atravesaba malezas y monte para llenar su cuenco de agua, fue alcanzada por un hechicero que la ofreció fortuna si a cambio se entregaba a él. Ante la negativa de ésta, el hechicero enfureció, enviando un embrujo que condenaba a la joven a vivir bajo el agua durante la eternidad con un atisbo de mínima esperanza, pues la concedería salir cada noche de San Juan de las aguas del río para poder encontrar el amor de alguien que recorriera los majestuosos bosques de la comarca. Efectivamente ocurrió que un vecino de Mogarraz, conocido por ser el veterinario de la población, acudió al pueblo colindante de Monforte, separado tan solo por una ladera en la que la vegetación es tan extensa que impide ver la luz del sol en pleno día, y curiosamente por allí íbamos circulando, lo que hacía mezclarse la fantasía con la realidad que estábamos viviendo. El veterinario tuvo que acudir a Monforte a sanar a una res que llevaba varios días enferma y a la noche tuvo que adentrarse en el bosque para regresar a su pueblo. Aquella era una noche de San Juan. Dicen que el veterinario, entre el cansancio, la penumbra de una incesante noche y las cervezas que había ingerido aquella misma tarde entró en un estado de pánico en el que confundía esa fantasía y la realidad que de momento nosotros sí diferenciábamos, divisó cómo una hermosa joven salía del agua. Laila intentó abrazar al joven, que no intentó zafarse del encanto que desprendía la joven. Sin embargo el hombre llevaba un anillo de casado, lo que causó gran dolor en Laila, que arrastró al hombre hasta lo más profundo del río Tejada. Obviamente el joven murió ahogado.  Dicen que la mora sigue apareciendo la noche de San Juan en uno de los senderos que atraviesa aquella serranía y que pasa cerca del río en el que descansa el resto del tiempo, esperando ser algún día rescatada del embrujo al que fue sometida. Este suceso, hecho o leyenda, cada uno como lo quiera mirar, llegó a mi cabeza y a la de “la persona que tengo al lado” durante los 7 kilómetros que separan las localidades de Mogarraz y La Alberca.

La Alberca (1)Tras despertar de este pequeño sueño en el que mis ojos se mantenían abiertos, nos plantamos en La Alberca, localidad de muchísima fama por la reputación que la persigue por encontrarse, al igual que Mogarraz, entre los pueblos más bonitos del panorama nacional. Notamos un cambio importante respecto al ambiente que se vivía en Mogarraz, aunque en realidad la villa en sí era del mismo estilo. Las casas tienen las mismas características vigas de madera que las hacen únicas y exclusivas y tanto la estructura como los materiales han de ser también los mismos. La única diferencia notable era que en las fachadas de La Alberca ya no aparecían los rostros de aquellos antiguos habitantes mogarreños que aparecían en la localidad vecina. Por lo demás, aparcamos el coche en la carretera que atraviesa por la parte baja el pueblo y subimos a pie por una de las callejuelas (casi más bien era un camino) hasta alcanzar una de las calles que desembocan en la plaza, la calle Tablado, que parecía de lo más comercial que podíamos encontrar en aquella zona. Obviamente, allí encontramos nuestro imancito de La Alberca.

Mogarraz (9)Lo que sí apreciamos fue que, otra similitud con el vecino pueblo de Mogarraz, en la parte superior de las puertas de casi todas las casas aparecían, tanto la fecha de construcción de la casa, como, en algunas de ellas, un símbolo con una clara “I”, una “H” en medio y una “S” a su derecha. Comenzamos a notar una impresionante devoción que se parecía respirar desde que pusimos el primer pie en la localidad. El símbolo, cataloga claramente todas las casas que lo sostienen como cristianas y devotas con el significado de: Iesus Hominum Salvator (Jesús Salvador de los Hombres).

En algunas otras aparecía el símbolo de la Santa Inquisición, con una cruz en medio, una hoja de palma en el lado izquierdo de ésta, y la espada a la derecha.

La Alberca (21)

La Alberca (17)La siguiente parada que hicimos fue la Plaza Mayor, a la que llegamos siguiendo el curso de la calle, y que se mostraba pletórica. Es una típica plaza castellana con soportales, muy regular, cuadrada completamente y en la que, a parte de la casa consistorial, llama la atención otra de las muchas cruces que se pueden encontrar en la zona, lo que en Galicia habríamos denominado, un crucero o cruceiro.

 

La Alberca (3)

Pero a pesar de la meteorología que se cernía sobre nuestras cabezas no estábamos en tierras gallegas. Las oscuras nubes amenazaban con descargar en cualquier momento, sin embargo un largo paseo nos dio tiempo a dar antes de que las aguas cayesen sobre nuestras cabezas, y lo hicieron con fuerza. No obstante para entonces, ya habíamos completado una caminata que nos dio para contemplar la, ahora sí, imponente iglesia parroquial de la localidad, la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, finalizada en el mismo año que la Catedral Nueva de Salamanca, el 1733.

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Adelanto que antes de llegar a la iglesia por una de las magníficas callecitas empedradas que salen de la plaza para llevarte a la parroquia, fuimos a topar con un muro que volvió a destapar mis ansias de misterio y tradición, que van de la mano en toda aquella comarca. Chocamos con un muro, como decía, en el cual se explicaba que la moza de ánimas rezaría su plegaria durante la eternidad por las calles de la villa, esquila en mano, para dar salvación a las ánimas del purgatorio. El mosaico que mostraba la explicación y la plegaria que “la moza las ánimas” reza durante su trayecto se encontraba escoltado por dos calaveras.

La Alberca (8)

La Alberca (9)

Bonita leyenda si no fuese porque supimos minutos después que día tras día, este macabro y misterioso personaje sigue paseando cada tarde, justo cuando los últimos rayos de sol lanzan su bienvenida a la noche que moldea la localidad con una belleza singular y un poder místico como en pocos lugares he contemplado. Fuimos conscientes de que la leyenda, convertida y mantenida durante siglos en tradición, se hacía realidad tras oír varios toques o pequeñas campanadas y comprobar como una mujer mayor dobló la esquina para dirigirse calle arriba con una esquila en mano y una cruz en la otra para entonar la anteriormente mostrada plegaria en la esquina a la que llegaría tras recorrer unos metros. ¡Eso es magia! Que todavía permanezcan tradiciones, no sé si centenarias, incluso milenarias, como esta, es auténtica magia. Y todo gracias a que los habitantes de una villa lo han hecho posible. Y seguramente lo mantendrán durante mucho tiempo porque comprobé como, poco antes de que la moza pasara ante nosotros, un niño de no más de trece años nos explicaba con total naturalidad que “la señora con la esquila que sale todos los días del año estaría a punto de pasar para ir rezando en cada esquina y tocando el instrumento en petición a las ánimas del purgatorio”. Comprobé que no debe ser tan dificultoso mantener una tradición si se educa con total naturalidad a la población de determinado lugar desde la juventud para mantener tan vivo como siempre algo que se lleva haciendo desde hace siglos, sin que un acontecimiento así tenga que considerarse un tabú.

Tras observar a “la moza de ánimas” doblar la esquina y, con las últimas luces naturales del día, regresamos a la plaza, no sin antes encontrarnos con el cerdo en granito en honor al marrano de San Antón, que como en Mogarraz, andaba por las calles de la localidad a sus anchas. Lógicamente sería más complicado localizarle, pues La Alberca es una localidad de unos mil habitantes, frente a los poco más de trescientos del municipio vecino, lo que hacía muchísimo más difícil encontrarnos con el puerco de carne y hueso.

La Alberca (20)

Tras haber contemplado un rito litúrgico que no imaginaba ni en mis mejores pretensiones, descendimos de nuevo al mundo de los vivos para disponernos a tomar algo en las múltiples terracitas que había en la plaza, pertenecientes a los diversos bares y restaurantes que se resguardaban en los soportales de la misma. Fueron pocos los minutos en los que estuvo cayendo aquella tromba de agua, pero fue suficiente para empapar toda silla y mesa que había en la plaza. Además, la tormenta invitó a muchos de los presentes a recogerse, como dicen allí, para cenar y descansar. Nosotros, sin embargo, aprovechamos para buscar un sitio para cenar. Escogimos el bar-restaurante El Soportal, que nos dio la posibilidad de cenar en la planta superior con la puerta del balcón abierta y presidiendo desde allí la emblemática plaza albercana. A pesar de estar con el estómago abarrotado de la comida que degustamos en Mogarraz, tenemos la obligación de poner una nota de diez a los productos que nos pusieron en El Soportal, un plato de jamón ibérico de exquisita calidad, una ración de queso curado muy sabroso y unas croquetas artesanas que no pudimos acabar pero que estaban deliciosas.

La Alberca (26)

Además, tenemos que agradecer al joven que nos atendió, un camarero bejarano que nos comentó que tan sólo llevaba una semanita en el pueblo salmantino y estaba tan alucinado como nosotros del marcado espíritu religioso que se proyecta en toda la villa y de las costumbres y tradiciones que, lejos de ir perdiéndose con el paso de los años, han sabido forjar y reforzar hasta nuestros días. Mérito increíble a los albercanos y agradecimientos a todos ellos por la amabilidad, la sensatez, ternura y educación con la que atendieron nuestras preguntas. Y sobre todo, albercanos, agradeceros el ser participantes de vuestros ritos sin tener que presenciarlos desde el palco de un teatro o un cine, sino ver y corroborar que hay lugares en los que el tiempo se ha detenido para mostrarnos que siguen perviviendo costumbres que hace siglos comenzaron a formarse gracias a vuestra profunda e incesante fe y a vuestro carácter.

Tras la cena, nos encontrábamos en la Plaza Mayor, prácticamente sin gente ya (sólo unos vecinos amenizaban la fresca noche celebrando lo que me imagino se atribuía a una despedida de soltero en la cual el futuro novio iba vestido de vaca, riendo y tocando diversos instrumentos). Hicimos unas últimas fotografías junto al crucero que existe en medio de la plaza y ante la casa más llamativa que hay en todo el pueblo gracias a las flores que decoran los balcones, casa en la que todo el que visita La Alberca, recuerda seguro.

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El frescor que dejó la lluvia sobre las calles comenzó a convertirse en frío, la chaqueta o el jersey eran necesarios y aun así el frío traspasaba las ropas. El ambiente sin embargo, y aún quedando la plaza totalmente vacía, cuando, hacía unas horas, quioscos de especias, golosinas y frutos secos (a parte de las terracitas) la llenaban, seguía siendo mágico, pero echábamos de menos la cama, ya que nuestros cuerpos llevaban una paliza considerable tras haber madrugado y viajado durante el día. Decidimos regresar al coche pero no pudimos bajar por la calle que habíamos subido, pues no había iluminación alguna, y sinceramente daba un poco de miedo, incluso a mí, amante del misterio. Recorrimos toda la calle Tablado hasta llegar a la Carretera de Mogarraz, que rodea el pueblo, y montar en nuestro coche.

El trayecto de vuelta fue diferente al de ida. No por ello menos mágico y misterioso. La impresionante vegetación que presenta la comarca pareció tomar un color mucho más oculto e incluso terrorífico. La sinuosa carretera dejaba lugar a la imaginación dando pie a que en cada curva pudiera aparecer, por qué no, Laila, la mora de la leyenda que en el camino de ida vino a mi mente. Los 7 kilómetros se hicieron largos, sobre todo para la conductora. No le gusta conducir de noche y mucho menos sobre una tierra, cuanto menos, encantada, ya que es una persona muy temerosa. Mirar su rostro y no poder comentarle todas las cosas que a mí se me iban pasando por la cabeza en aquel trayecto era gracioso, pero al mismo tiempo sentía impotencia de no poder contarle todas las cosas que iban surcando mi imaginación.

A pesar de todo, llegamos a nuestra morada aquella noche, y tras un breve paseo nocturno por el centro de Mogarraz, en el que los rostros de las fachadas tomaban un aspecto quizás algo más lúgubre, fuimos a dormir.

Mogarraz (23)

La palabra que más puedo utilizar para describir lo que aconteció el pasado sábado 2 de Agosto es “desconexión”. Buscaba aislarme totalmente de la monotonía que uno siente en un sector como el que ocupo (el turístico), en estas fechas en las que damos el máximo de nosotros para completar una temporada alta lo más satisfactoria posible. Pero esto influye en que uno tenga la necesidad de aislarse y evadirse en algún momento, con lo cual, os puedo asegurar que no hay mejor destino que el que se narra en esta entrada.

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TOLEDO: CAPITAL DE LAS TRES CULTURAS, DE LA MAGIA Y EL MISTERIO


Gran elección la que hicimos la semana que acabó el pasado domingo, mediante la cual, junto a nuestra pareja de compañeros de viajes, y antes que nada, amigos, Diego y Marta, elegimos la opción de visitar una ciudad que a priori deberíamos conocer como nadie, ya que es lugar de paso casi inevitable hacia nuestras raíces. Paso inevitable en el cual, desde pequeño y junto a mis padres, recuerdo que no había ocasión en la que no paráramos si nos dirigíamos al pueblo que vio nacer a mi padre o volvíamos de él dirección a nuestro hogar, por cierto ubicado en otra de las ciudades que fue, como la que vamos a hablar hoy, una de las principales y más importantes no sólo del panorama nacional, sino también internacional, la antigua Complutum, posterior Al-Cala Nahar, hoy actual, Alcalá de Henares. Hablaremos de la ciudad que me ha visto crecer en próximas entradas, bien vale una de ellas. Hoy sin embargo, puedo decir que me encuentro, desgraciadamente no ante papel y pluma, como habría hecho en el siglo XI, pero sí entre teclado y fotografías que hace apenas unos días llenaron las memorias de nuestros móviles, al igual que apuntes que fuimos tomando por cada rincón, por cada esquina, por cada calle, en cada plaza, en cada orilla del magnífico río que rodea la mágica ciudad de la que me dispongo a hablar. Y es que el término mágico es uno de los que mejor pueden describir la villa a la que me refiero, porque la magnitud de adjetivos que definirían la ciudad sobrepasarían el límite de lo que tengo estimado escribir sobre nuestro apasionante día en Toledo. Comencemos a hablar de Toledo, pues:

Toledo (84)

A pesar de tratarse de un día de pleno verano (concretamente el sábado  5 de Julio del actual 2014), tuvimos relativa suerte en cuanto a la meteorología, no superamos los 32ºC, dato que suele ser muy usual en la ciudad de Toledo en época estival. De hecho, entre las 13 y las 18 horas en los meses de Julio y Agosto, es complicado ver reflejado en un termómetro una temperatura inferior a los 30ºC. Y es que Toledo, es una ciudad, en ocasiones, de extremos. Respecto al clima, sin duda, ya que en verano el calor que abruma la ciudad es incesante y en invierno el frío es capaz de congelar la ciudad con temperaturas realmente insoportables. Sin embargo, esto no evita que se encuentre entre las más bellas ciudades de Europa, o quizás del mundo: algo habría y debe seguir habiendo en la villa de Toledo cuando entre los siglos X y XVIII se decía que “las mejores y más válidas materias se aprendían en París, Salerno y Toledo, sin embargo”, continuaba la frase, “en ninguna de las tres ciudades se aprendían <<buenas cosas>>”. Entiendan “buenas cosas” cada uno como quiera. Todo en Toledo deja lugar a la imaginación de cada uno. Sigamos con nuestro relato.

Llegamos a Toledo, pasadas las 12.30 de la mañana, en apenas 45 minutos de viaje desde nuestras madrileñas tierras. Quedamos en las afueras de la ciudad con nuestra pareja de amigos para hacerlo todo un poco más fácil e ir a aparcar nuestros coches juntos lo más cerca posible del casco antiguo de Toledo, conocido coloquialmente como “el casco”. Llevábamos mucho tiempo pensando en hacer este viaje, era una visita que nos tenía prometida nuestra guía turística durante el pasado sábado, Marta, que aunque talaverana de nacimiento y medio criada en el pequeño pueblo de Los Navalucillos, obtuvo su formación universitaria, como tantos otros intelectuales en otros tiempos, en la hoy en día no tan renombrada Universidad de Toledo, actual Universidad de Castilla la Mancha. Antaño, reitero, fue de las que mayor reputación y fama mundial tuvo. Marta, sin embargo, no estudió ni ciencias ocultas, ni nigromancia ni astrología, se declinó por la diplomatura de Magisterio. Sus tres años allí le dieron, a parte de para obtener su título académico, para conocer algunos de los más recónditos escondites que tiene la ciudad y en la que uno es capaz de perder el conocimiento quedando encantado por completo con las maravillosas leyendas que quizá entre aquellas paredes y sobre aquellos suelos, se produjeron.

Dicho lo anterior, y tras encontrarnos en la entrada de la ciudad, junto al cementerio (más concretamente en la calle París), nos dirigimos hacia el centro en los coches para buscar aparcamiento. Seguimos a nuestros amigos hasta ir a dar a una calle confrontada al lugar dónde se encuentra el circo romano (no de gran importancia en Toledo), y que lleva el mismo nombre, calle del Circo Romano. Eran aproximadamente las 13 horas, así que tan sólo con 85 céntimos pudimos pagar la zona azul que duraba hasta las 14 horas, hora en la que se deja de pagar hasta el lunes a las 10 de la mañana. Tras esto comienza la aventura.

Nos dirigimos hacia las Puertas de Bisagra pasando por la Oficina de Turismo tan sólo para coger un plano de la ciudad, pues los lugares que visitaríamos los conocíamos (ya llevábamos un guía incorporado). Eso sí, en homenaje a mi padre, el cual viaje tras viaje hacia su pueblo, Los Navalucillos, nos paraba para contemplar desde una de las múltiples terracitas del Parque de La Vega la majestuosa vista de la muralla y sus puertas, quise comprar una bolsa de unas de las mejores patatas fritas que se pueden comer en toda España. Para él, son las mejores. La horchata, a la que él también nos invitaba en nuestras paradas, no pude degustarla esta vez, pues los demás me esperaban para comenzar la ascensión al casco.

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Las Puertas de Bisagra forman parte de la muralla original de Toledo y son simplemente majestuosas. Parecen dar la bienvenida al viajero con el escudo de Toledo, compuesto por un águila bicéfala y su escudo de armas en el centro.

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Tras sobrepasar el límite de la puerta, tomamos rumbo a las escaleras mecánicas que se construyeron hará apenas 8 años y que, a pesar de que algunos comentan que rompen totalmente con el estilo arquitectónico del conjunto de la ciudad, no puedo estar de acuerdo. Personalmente considero que esquivan con gran inteligencia la innovación y comodidad que ofrecen a personas que tengan algún tipo de problema en cuanto a su movilidad y camuflan su estilo moderno para no chocar de lleno con la estructura del conjunto del casco. Os puedo asegurar que hay estructuras en Toledo que, aunque suene brusco decirlo, han destrozado literalmente los antiguos edificios que los colindan. Claro ejemplo, el nuevo edificio del Museo del Ejército que colinda con la impresionante obra arquitectónica del Alcázar. Tras subir las escaleras mecánicas con mi bolsa de patatas en mano, todo cambió.

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Nos trasladamos a la Edad Media. Callejeamos un poco hasta llegar a la plaza de San Vicente, dónde paramos a tomar un refresco en el Café Club Legendario, que con una recogidita terraza en el medio de la placita, nos surtió el pequeño descanso que necesitábamos para comenzar la ruta de verdad.

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Tras unos minutos, y atravesando parte de lo que Marta nos enseñó, se suponía la calle más comercial de Toledo, la calle Comercios, nos dispusimos a marchar hacia lo más alto de la ciudad, el punto central, la plaza que durante muchos siglos fue la más importante de la villa, la Plaza de Zocodover. La plaza fue construida durante tiempos de Felipe II tal y como hoy la conocemos, por el archiconocido arquitecto y diseñador Don Juan de Herrera. El origen del nombre de la plaza, sin embargo, es musulmán, lo que nos comienza a demostrar de lo que es capaz Toledo y cualquiera de sus puntos. “Zoco” significa en árabe mercado, y “dover” sería bestias o animales; de ahí “Zocodover”, mercado de bestias o animales. Era además del mercado, el lugar dónde ya los castellanos, una vez reconquistada la ciudad más importante de Castilla, celebraban corridas de toros y por supuesto, ajusticiamientos.

Toledo (10)Desde la Plaza de Zocodover marchamos hasta la Plaza de la Magdalena, enclavada en una pequeña plazuela que se encuentra tras pasar un bonito arco. Hay dos ofertas de restauración, pero de buena mano podemos decir, que no son las mejores de la ciudad respecto a la relación calidad-precio que se ofrece en Toledo, con lo cual, no hagáis más que una parada para disfrutar del enclave del que acabamos de hablar y si acaso, una cervecita o refresco. Volvimos sobre nuestros pies para salir del pequeño recinto y caminamos hasta la calle con el original nombre de Calle Horno de los Bizcochos, en la cual os recomiendo que según vayáis dirección al Alcázar, os metáis en una pequeña callejuela, que os dará la primera pincelada de magia del día: una magnífica vista de la torre de la Catedral que sobresale por encima de las demás edificaciones.

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Marta comenzaba a darnos vestigios de los rinconcitos de los que tanto nos había hablado.

Toledo (14)Tras esto, pusimos rumbo al Alcázar de Toledo y lo rodeamos por completo haciendo unas estupendas instantáneas del edificio militar, edificio que se encuentra en la parte más alta de la localidad y por ello, con un importantísimo dominio estratégico de la zona, honrando de esta manera el nombre que lleva. Y es que Alcázar viene de Al-Quasaba, del árabe, fortaleza.

Hay documentos que señalan que ya en el siglo II los romanos establecieron un campamento militar en el lugar. Posteriormente, se narra uno de los acontecimientos que se dieron en el edificio durante la Guerra Civil. Y es que en el año 1936, uno de los coroneles del bando sublevado, el militar José Moscardó, se resguardó junto a sus hombres durante 70 días a la espera de que los refuerzos llegasen. Resistieron más de dos meses, en los que pasaron hambre y asedios continuos por parte del bando rival, hasta que llegaron desde África (las fuerzas militares de Melilla) dichos refuerzos. El general Francisco Franco no tardó en visitar, tras la liberación y la consecución de la conquista de la ciudad, el lugar, convirtiéndose el acontecimiento en todo un mito de la propaganda franquista durante los años de la guerra.El Alcázar, que hoy posee, entre otras cosas, la Biblioteca de Castilla La Mancha, ha sufrido múltiples remodelaciones entre las que destaca una llevada a cabo por parte del ejército de arquitectos que llevaba consigo Carlos I de España, que ante la disminución de la amenaza musulmana dio un carácter más de morada regia que de fortaleza a la construcción, trazándose entonces el patrón que hoy mantiene. A pesar de ello ha sufrido numerosos incendios y, obviamente, se ha modificado y restaurado en múltiples ocasiones su planta.

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Toledo (16)Tras rodear el Alcázar caminamos por la calle de Los Alféreces hasta cruzarnos con la calle de Carlos V (insisto, I de España). Dicha calle nos devolvió al lugar del que habíamos partido, la bella Plaza de Zocodover, que este día mostraba en su plenitud un mercado medieval de numerosos tipos de especias, frutas, dulces, infusiones y hasta una estancia árabe que por la tarde dio un número musical y de baile. Todo hacía que el ambiente que se respiraba en Toledo fuese genial, mágico, como de otra época.

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Llama la atención si uno se sitúa en medio de la plaza una puerta de claro estilo artístico mozárabe. Hablo del Arco de la Sangre, puerta árabe del primer recinto militar, hoy lógicamente con varias reconstrucciones a sus hombros. Cuando uno la ve no duda en ir hacia allí ya que da la impresión de que tras ella se va a encontrar algo imponente, una caída libre, un terraplén… No se sabe muy bien qué, pero al no apreciarse ninguna calle tras la puerta, el que no conoce Toledo parece ver que no continúan las calles de la ciudad tras ella.

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Sin embargo, no es así. El domingo, Marta nos llevó hacia ella para traspasarla y comprobar que lo que sí que hay son unas escaleras muy empinadas que nos hicieron descender mediante la calle de Santa Fe hasta el antiguo Hospital de Santa Cruz, en el que os aconsejo hacer una parada, no para entrar, sino para observar cómo cerca de cada ventanón existen numerosas cicatrices de lo que fue la lucha entre los dos bandos durante la Guerra Civil. Persisten todavía los disparos que se realizaban desde el Alcázar durante esos setenta días en los que se produjo el fuego cruzado entre los contendientes de la desgraciada guerra que envolvió al país durante los años del 1936 al 1939.

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Giramos hacia la Plaza de Santiago de los Caballeros para disponernos a comer. Hasta ahora estaba disfrutando como un niño pequeño de la visita encabezada por Marta, que a las 14.30 horas, ya se había ganado toda nuestra confianza. Más aún si hablamos del lugar al que nos llevó para alimentarnos. Una caña, dos refrescos y un tinto de verano amenizaron con una sabrosa paella nuestra primera ronda. La segunda fue una tanda de bocadillitos de bacon con queso (uno de ellos de jamón). El sitio es totalmente recomendable. Su nombre, el Enebro.

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Toledo (51)Aunque todavía teníamos algo de hambre, en especial mi querido amigo Diego y yo, buscamos algún otro lugar en el que nos demostrasen que en Toledo se come bien. Entramos en uno en el cual es de remarcar la excepcional decoración que tenía. Se llamaba, el Trébol, y estaba situado en la calle Santa Fe. Gastronómicamente no tuvimos tanta fortuna, ya que no tuvimos suerte con la tapa. Nos pusieron una pequeña tanda de mini croquetas. No obstante el lugar, reitero, tenía un magnífico servicio, y seguro que una excepcional cocina, pero íbamos buscando comer de tapeo, sobre todo ya que habíamos comenzado así, con lo cual, y como ya estábamos algo más llenos, decidimos regresar al Enebro a poner fin a nuestras hambres con una nueva tapa acompañada de unos refrescos. Esta vez fueron unos montados de salchichón.

Ahora sí teníamos fuerzas para dejar a Marta mostrarnos todo el esplendor de una ciudad no tan conocida como creíamos. Al menos algunos de los lugares que nos mostraría la tarde de ayer no eran para nada conocidos si uno no ha vivido varios años en Toledo, como es su caso.

Toledo (64)Tras la suculenta comida en forma de tapas, nuestra guía particular continuó con su exclusiva ruta llevándonos por la calle del Comercio hasta la calle del Hombre de Palo, donde mi gran amigo Diego, amante y apasionado de la historia y las leyendas y que complementaba con su conocimiento algunas de las explicaciones que su mujer iba dándonos, nos habló de la leyenda del hombre del palo, y del porqué del nombre de la calle. Y es que hubo en su momento un hombre de gran importancia en Toledo gracias a su intelecto. Era ingeniero, inventor y relojero del emperador Carlos I, que a mediados del siglo XVI contribuyó en obras y proyectos de inmensa importancia en el panorama de la villa, como el proyecto que finalmente no fue llevado a cabo tras el cual perseguía subir agua del río Tajo a la parte más alta de Toledo. Pero, lo que me disponía a contar era la leyenda del Hombre deToledo (135) Palo, y es que una vez jubilado el ingeniero Juanelo Turriano, no paró de ingeniar y construir. Dicen que el inventor fue capaz de crear un autómata que por sí mismo paseaba por la calle que hoy lleva el nombre del Hombre de Palo, recolectando limosnas. La figura antropomórfica que Juanelo construyó era, dicen, capaz de caminar alrededor de la catedral, inmiscuyéndose entre los viandantes para que ellos, ante su espasmo, dejasen pequeñas monedas que finalmente irían a parar al inventor. Curioso, cuanto menos, que se muestre un adoquín en dicha calle que explique, con una estructura claramente poética, la veracidad del autómata que por aquellas calles mendigó antaño.

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Tras atravesar la calle del  Hombre de Palo finalizamos en la calle Arco de Palacio, que embellece el lugar de forma extraordinaria. Además, teníamos la suerte de que gracias a la festividad del Corpus, que se celebra en Toledo con gran fervor, había todavía resquicios de la ornamentación dispuesta para el día que se había celebrado hacía tan sólo quince días. Encima de algunas de las calles del casco había un telar con escudos de armas que nos transportaban, un poquito más si cabe, a la época del medievo.

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Al sobrepasar al Arco de Palacio fuimos directos a dar a la Plaza del Ayuntamiento, con la impresionante Catedral gótica de Toledo presidiéndola. Majestuosa, imponente, grandiosa y, por supuesto, llena de misterio. Hablamos de una catedral que fue capital para el cristianismo, una de las construcciones religiosas más emblemáticas de la cultura cristiana y occidental, y situada en un punto en el que la magia ha subsistido hasta nuestros días, y lo hará infinitamente. Todo esto ayuda a que la Catedral de Toledo, guarde, por supuesto, muchos misterios y secretos.

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Uno de ellos y que me parece de los más curiosos es que si nos situamos en mitad de la plaza del ayuntamiento y miramos hacia el campanario de la magnífica catedral, contemplaremos que la parte superior de este tiene un color más claro que la parte inferior, se aprecia un menor desgaste arriba que abajo. Esto se debe a que para el uso cotidiano del aviso de horas, defunciones y demás, los arquitectos quisieron hacer la campana más potente y a su vez grande que jamás se había visto en toda Castilla. Efectivamente lo lograron. El problema vino al incorporarla al campanario. Hubo que levantar esa parte que se ve más clara para introducir la inmensa campana, ya que no cabía por ninguno de los orificios que quedaron hechos para colocarla. De ahí que notemos que el material de la parte alta del campanario está menos desgastado por la simple razón de que es posterior en años a la parte más baja. Pero ese no fue el único problema que daría la gigantesca campana. Os sorprenderá saber que a pesar de hacer todos los esfuerzos por construir e incorporar a la Catedral de Toledo la campana más impresionante del mundo sólo llegó a tocarse una vez. El porqué tiene que ver también con su tamaño, y es que tal fue el toque que entonó, que los cristales de las ventanas cuyos edificios eran cercanos a la catedral reventaron al igual que se produjeron daños en algunas estructuras. Obviamente, no pudieron volver a tocar la campana.

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Toledo (59)Volviendo a situarnos en la espléndida Plaza del Ayuntamiento tengo que decir que, cuando uno contempla la fachada de la catedral desde el punto central de ésta, trasciende a otro mundo paralelo en el que es capaz de divisar cosas que no se ven desde la faz terrenal, pero cuando uno se dispone a entrar en ella ese mundo paralelo parece haberte alcanzado por completo. El interior de la construcción es alucinante, sobrecogedor. Cabe decir, como mi gran amigo Diego, conocedor y amante de la historia y del arte como poca gente conozco (ahí otro de los misterios de la vida, y es que es licenciado en administración y dirección de empresas) me daba la indicación que después pude comprobar, y es que es la única catedral de cinco naves de todo el país. De todas las catedrales a las que he entrado, y puedo presumir que pocas no son, ésta me transmitió más espiritualidad que ninguna otra, pero de un modo diferente, en este caso me inspiraba grandeza, poder y ,cómo no, una magia irrespirable en ninguna otra. Nos llamó la atención especialmente un retablo dibujado en la parte delantera de la catedral, y una imagen en el techo simulando la subida a los cielos en la que, gracias a los rayos de luz que el lúgubre edificio dejaba pasar, los personajes representados parecían aproximarse al sol. Hablamos del claroscuro de la catedral.

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Tras aquel mágico rato en la catedral nos dejamos caer por las diversas calles de la que fue la capital de las tres culturas. Obviamente, en cada calle encontrábamos una nueva sorpresa, al doblar cada esquina chocábamos con alguna curiosidad que, in situ, nuestra guía, Marta, nos explicaría.

Nos dirigimos hacia el ayuntamiento, maravilloso edificio también, y tomamos la calle de la derecha. Bajamos por el Pasadizo del Ayuntamiento, que tanto te saca de la plaza como te mete el ella.

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Toledo (83)Bajamos en dirección a la Iglesia de San Pablo Mártir, pero antes hicimos una parada en la Iglesia de San Ildefonso, tras la cual se escondía uno de los tesoros que, para mí, hicieron más hermosa la visita a Toledo. La iglesia, no presentaba nada excepcional aparentemente, su interior era de un blanco impoluto, pero lo que sí fue una grata sorpresa fue la posibilidad de que por tan sólo dos euros por persona pudiésemos acceder al campanario para poder cazar las mejores panorámicas a las que pudimos acceder en todo el día. Ascender hasta el campanario de la construcción barroca es una oportunidad única y que no es conocido para todo el mundo, con lo cual, quedaros con la dirección exacta de la parroquia: se sitúa entre la plaza del Padre Juan Mariana y la de San Román, muy cercana al Museo de los Templarios. Muy aconsejable, de verdad.

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Seguimos el descenso, entrando en la judería de Toledo, y llegamos hasta la Plaza de La Virgen de Gracia, en la que se escondía uno de los secretos más preciados de nuestra Marta. Según nos contó era uno de sus lugares de retiro espiritual durante su estancia en Toledo, era el lugar al que acudía para reflexionar, para ver las horas pasar y para contemplar un espectáculo panorámico como pocos lugares pueden proporcionar en toda la ciudad. Desde la barandilla del parque sobresalía entre los tejados de las casas la majestuosa Iglesia de San Juan de los Reyes, emblema y señal del poder del bando cristiano desde la conquista de la ciudad por parte de éstos. Unos minutos nos bastaron para comprobar porqué Marta se desviaba a este lugar para obtener un descanso espiritual. Era un enclave fascinante en el que la mente desconectaba y únicamente se ocupaba de procesar toda la belleza de la villa.

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Toledo (99)Pero, como decía anteriormente, San Juan de los Reyes nos esperaba abajo. Tras un descenso único entre callejuelas y pasadizos tipiquísimos en Toledo, nos plantamos en la plaza que daba de frente con la impresionante iglesia. Como expliqué anteriormente, la magnífica Iglesia de San Juan de los Reyes fue construida contemporáneamente a la conquista de diversos reinos por parte de los cristianos contra el poderío musulmán, pero hay algo, a parte de su belleza, que atrae especialmente la atención del que contempla con detalle la fachada principal. Y es que al lado izquierdo del gran pórtico de claro estilo gótico, decenas de cadenas parecen estar ancladas en la pared. ¿Por qué? Cuenta la leyenda, comentaban Diego y Marta, que cerca de donde hoy se sitúa la iglesia (y es importante decir que está situada prácticamente en el centro del barrio judío) había un taller, propiedad de un herrero judío, del cual todas las noches salían importantes encargos de cadenas; el destino, era desconocido. Meses después ante la liberación de muchos de los cristianos, se encontraron las cadenas del herrero judío, con lo que se concluyó, a parte por supuesto de ahorcar al hebreo, devolver las cadenas de manera conmemorativa, a su ciudad de origen.  Allí yacen y perduran dichas cadenas y sin duda, llaman la atención, con lo cual me parece correcto también explicar el porqué de que allí estén situadas, ya que es algo, cuanto menos, inusual e inexplicable para cualquier parroquia o iglesia.

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Toledo (102)Hasta aquí, montones de maravillas habían contemplado nuestras retinas, pero casi todas eran construcciones de claro espíritu cristiano. Cambiaríamos de tercio en poco tiempo, pues era el momento de llegar a la Sinagoga de Santa María la Blanca: 2€ por persona era el precio, visita obligada. Como bien presenta el adoquín cerámico de la entrada, hablamos de una sinagoga del siglo XII. Lo curioso y casi único de Toledo es que a pesar de estar a punto de entrar en un edificio claramente judío, no tardaríamos mucho en contemplar que, a pesar de ser una construcción hebrea, tiende a recordar la tipología de una antigua mezquita, pues fue construida por canteros moros, y cualquier persona puede ver resquicios de mezquita, a pesar de no haberlo sido jamás. Lo que sí fue después es un templo cristiano, de ahí su nombre actual, Santa María la Blanca. Podemos corroborar una clarísima arquitectura mudéjar que facilita al viajero hermosos arcos y detalles en cemento o en madera, como sólo los árabes sabían hacerlo; así como también una cruz cristiana presidiendo  la parte frontal más alta del lugar.

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Toledo (110)Otra importante sinagoga nos sorprendería por el camino: la Sinagoga del Tránsito. También de estilo mudéjar, como la anterior, pero del siglo XIV, posterior. Es importante decir que, por aquel tiempo estaba prohibido edificar templos que no fueran cristianos en tierras castellanas, sin embargo, Pedro I, el cruel, también apodado, el justiciero, permitió edificar dicho templo en agradecimiento al pueblo judío, que en la lucha contra Enrique de Trastámara por hacerse con el trono castellano, recibió su total apoyo. En el interior de la antigua sinagoga podemos encontrar amuletos, joyería, trajes típicos de festividades hebreas y demás artilugios mostrados como si estuviésemos en el interior de un museo, un museo sefardí. Las estrellas de David que nos encontramos por el edificio, nos demuestran que estamos en un edificio judío, pero además, aprendimos, que como en los templos musulmanes, también se diferencian dos zonas de rezo, divididas dependiendo del género de la persona: los hombres tenían su espacio de rezo en el piso inferior y las mujeres en el piso superior. Como en otros casos, los cristianos volvimos a profanar un edifico que anteriormente fue lugar de oración para otras religiones. Y es que parece ser que eso era muy del gusto tanto de unos como de otros. Los árabes lo hicieron cuando conquistaron casi la totalidad de la península y los cristianos pagamos con la misma moneda, y puedo asegurar que con creces, lo que hicieron, pues en cada mezquita que encontrábamos a nuestro pasó se edificaba una imponente iglesia que supusiera el poderío de la religión cristiana sobre las demás religiones.

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Nos marchamos encantados tras la visita a ambos templos y pusimos rumbo a las orillas del río Tajo, hermoso como pocos y guardián eterno de la ciudad imperial. Y es que en torno al río existen, supimos nuevamente gracias a nuestra guía y amiga Marta, montones de leyendas y rumores de acontecimientos ocurridos a lo largo de los siglos.

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Bajamos hasta el río para acercarnos al embarcadero, donde, durante la dominación musulmana, un hebreo y una mora se veían al otro lado de la orilla para no levantar sospecha en la ciudad. Obviamente, hablamos de tiempos en los que la otra orilla del río era extramuros, es decir, ya no pertenecía a la ciudad. Una de las noches que el judío esperaba a su enamorada se encontró que quien pasaba con la barca era la familia de ésta, tras enterarse del lío. Tardaron poco en alcanzar al judío y darle muerte a puñaladas.

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Pero no acaban aquí las leyendas que hay en las cercanías del Tajo, ya que prácticamente al lado de donde se sitúa la zona del embarcadero donde se veían aquellos enamorados, está la famosa casa del diamantista, que aguarda con un magnífico mito, que personas como nuestra amiga “casi toledana” mantienen como cierto. Y es que en aquella casa, que todavía hoy sigue en pie, vivió un diamantista, lo que se denomina hoy joyero y pulidor. Pero no era uno cualquiera, era el mejor que se conocía en su época. Tan conocida era su gran fama, que los reyes solicitaron su ayuda para conseguir mostrar al pueblo la corona más portentosa que se pudiese imaginar para el acontecimiento de la coronación de la reina Isabel II. El afamado joyero no pudo rechazar una oferta sin igual, no pensando en el dinero sino más aún en la reputación mundial que le daría ser el que realizara la corona para una de las mujeres más importantes del momento a nivel mundial. Sin embargo, tras aceptar la proposición, vio que no era capaz de realizar la maqueta del proyecto que tenía en mente, con lo cual, le era imposible llevar a cabo el trabajo. Sin embargo, a pesar de presentarse ante los reyes y comunicar que no se veía capaz de llevarlo a cabo, estos confiaban sin dudarlo en que el diamantista tendría tarde o temprano en mente la manera de hacer la mejor corona que se podía llevar en un evento como el que se produciría. Tras noches de insomnio y días sin comer, el joyero cayó inconsciente durante horas, tras las que despertó y encontró hecha una plantilla de la corona que construiría. No sabía cómo había ocurrido pero el proyecto estaba en marcha. Sin embargo, la cosa no tornó a bien, el bloqueo mental del constructor hizo que de nuevo pasaran días sin avanzar en su trabajo y volvió a caer rendido unos días después. Al despertar, los materiales de la corona estaban en su taller. Algo estaba pasando. Pensó, como persona inteligente que era, y decidió hacerse el dormido a la noche siguiente comprobando cómo unos pequeños duendes llevaban a cabo el trabajo que él no pudo hacer. Siguió a estos duendes quedando impactado al ver que tras construir la que se convertiría en la corona más impresionante y lujosa que la historia hasta entonces había contemplado, se adentraban en el río Tajo, que bañaba prácticamente su puerta. Otra hermosa leyenda que recomiendo contar o escuchar, cualquiera de las dos cosas, frente a la mismísima casa del diamantista.

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Toledo (119)Tras quedarnos boquiabiertos con la historia, nos dispusimos a ascender calle a calle hasta llegar a una de las más atractivas y misteriosas, no sólo por su nombre, sino también por una nueva leyenda que nos depararía. Llegamos a la calle del Pozo Amargo, encontrándonos con un pozo, obviamente, en medio de una plazuela. Allí, comenzaba a entonar Marta, había hace siglos una casa perteneciente a una familia judía, la cual una de las hijas menores estaba enamorada de un apuesto cristiano. Éste, para visitarla todas las noches a la luz de la luna toledana, debía saltar un pequeño muro. Dice la leyenda que una de esas noches saltó el muro y esperaba paciente la familia de la hebrea, acabando con la vida del joven. Fueron tantas las lágrimas de la muchacha que, llorando sobre el pozo que todavía hoy persiste, consiguieron amargar el agua que se recogía para el uso cotidiano. El agua se volvió no potable y desde entonces es conocido el lugar como el Pozo Amargo.

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Maravillados y sin excesivo calor, regresamos a pleno corazón del casco para alentarnos con unos refrescos en el bar Kumera Café y ver cómo finalizaba el partido del mundial de cuartos de final entre Bélgica y Argentina, partido que se llevó esta última.

Posteriormente entramos, sin conocerlo, en un bar llamado El Quitapenas, donde nos tomamos unas buenas raciones de salmorejo, una buena ración de patatas ali oli, y unos montados de carne mechada con mojo picón y de carne adobada con ali oli, especialidad de la casa. Servicio sobresaliente y calidad buena. Lugar muy recomendable para hacer una parada cuando uno va de tapeo por la ciudad.

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Toda esta comilona nos preparó para pasar una noche toledana que cada vez estaba más cerca. Concretamente en el Museo de la España Mágica de la Calle Cardenal Cisneros, número 11, donde comenzaría nuestra ruta guiada por el Toledo tenebroso de la mano de O.T.O.

Toledo empezaba a entonar un aspecto especial, un color único, gracias a que la luz natural que el astro rey nos proporcionó durante todo el día iba dejándonos poco a poco. Sin embargo, la ciudad parecía vestirse de gala con la venida de la noche. Llegaron las 21.30 horas aproximadamente y las luces que iluminan, entre otros edificios y monumentos de la ciudad, la catedral, comenzaron a brotar para maravillar nuestras retinas con un espectáculo sin igual. Al mismo tiempo que la noche empezaba a caer, Toledo nos envolvía en un embrujo que hacía todavía más atractivo pasear por las mágicas callecitas de la ciudad. Y ese era precisamente el término que más utilizaríamos a partir de ese momento. La noche nos abrazó por completo y, aunque las piernas llevaban muchos kilómetros a cuestas, pusimos la guinda al pastel que llevábamos esperando todo el día. La ruta por el Toledo Tenebroso, que de la mano de Julio, de la agencia O.T.O. (Orden del Toledo Oculto) nos mostraría aún más mitos, leyendas y acontecimientos reales y autentificados que nos pondrían en algún momento los pelos de punta, a parte, por supuesto, de arrastrar nuestra imaginación por todos los siglos en los que Toledo fue un referente mágico y de conocimiento.

Y es que, comenzaba a comentar Julio, antiguamente (y no tan antiguamente, puesto que hasta el siglo XVIII se estuvo enseñando en algunas universidades la especialización en ciencias relacionadas con la magia) Toledo, entre los siglos XIV y XVI, fue cuna y cumbre de la sabiduría mágica. Y según nos explicaba Julio, un intelectual se especializaba en decenas de campos: un sabio lo era porque sabía de matemáticas o ciencias numéricas, de geografía, de gramática, de historia y por supuesto parlaba varios idiomas, entre ellos latín (imprescindible), griego, castellano y, en ocasiones, lenguas anglosajonas. Lo que también estaba unido a todo este repertorio de sapiencias eran las ciencias oscuras o mágicas, la astrología, astronomía, la menos conocida nigromancia o necromancia, el espiritismo, que contempla la invocación a ánimas de difuntos o demonios, hechicería, premoniciones, los ritos y rituales, y múltiples campos más de algo que hoy consideramos casi como un tabú.

Toda esta introducción vino a propósito de que Toledo, como he explicado, fue una de las ciudades que unió contemporáneamente a las tres culturas más importantes a lo largo de la historia: la judía, la musulmana y la cristiana. Esto contribuyó, sin duda, en que todos los conocimientos y supersticiones de ambas culturas fueran aprendidos por unos y otros estudiantes que venían a la ciudad para aprovecharse de la riqueza cultural de la villa. Posteriormente, unos utilizaban sus conocimientos para hacer el bien, y otros para hacer el mal. Esa fue la primera regla que nos enseñó Julio, que no existe la magia blanca, y por supuesto tampoco la magia negra. Lo que sí se hacía era utilizar todo ese conocimiento esotérico para hacer el bien o, por el contrario, hacer el mal.

Toledo (125)La primera parada que hicimos tras la breve introducción que nos ofreció Julio fue en la plaza del Juego de Pelota. Curioso el nombre de la calle, como todo en Toledo. Pero la curiosidad se convertía en magia de noche en la ciudad; los nombres de las calles que sugerían unas cosas con el sol como sombrero, sugerían otras diferentes por la noche. Sin embargo, nuestra parada no tendría nada que ver con el nombre de la calle. Sí con uno de los edificios que se muestran honorables a simple vista y que hoy son morada de montones de viajeros que se hospedan en la ciudad, seguramente desconociendo el pasado del edificio. Y es que el hotel Fontecruz Palacio Eugenia de Montijo fue sede de la Santa Inquisición durante los siglos en que persistió en España. En este edificio se practicaron, a parte de aquellos juicios a supuestos hechiceros, brujos y practicantes de magia negra, o simplemente a infieles que se desviaban del camino del señor (cristiano), también se ejecutaban los castigos y torturas para que el reo confesara el haber tratado con espíritus y demonios. Estos castigos se producían en la planta baja del edificio, en el subsuelo, y Toledo de esto tiene mucho. La cuestión es que supimos y por un momento fuimos conscientes de algunos de los sufrimientos que padecían los allí condenados antes de subir a la plaza de Zocodover, dónde algunos verían los rayos del sol por última vez. Los tres castigos que se aplicaban sobre los reos eran el potro (donde estiraban las extremidades del individuo alargándole a éste en ocasiones hasta quince centímetros), la toca (era un paño que se introducía dentro de la boca del prisionero para hacerle todavía más angustioso el castigo que, a parte, ya estaba recibiendo, practicándolo de forma complementaria al potro), y , por último, en el hoy hotel, se llevaba también a cabo el método de tortura de la garrucha (que consistía en atar las manos del preso a la espalda, subirle unos metros en altura gracias a una polea, y soltarle con suma violencia sin llegar a tocar el suelo, de forma que normalmente se producía la dislocación de las extremidades superiores del condenado). Pasemos a una de las personas que mejor conoció hasta dónde puede llegar el sufrimiento que producen tales mecanismos de tortura. Hablo de Ana de la Cruz, que allá por el 1635 andaba enamorada de un religioso que llegó a tener importancia, y con el que tenía encuentros en secreto en la ciudad. El capellán no pudo rechazar la oferta que recibió desde las altas instituciones del clero, que le ofrecieron algo irrechazable: marchar al Yucatán, dónde sería cardenal de toda una región perteneciente a Las Españas. La hechicera le prometió que si partía sin ella moriría horriblemente echando gusanos por la boca. Casualidad o no, el fraile cayó enfermo meses después falleciendo y efectivamente vomitando pequeños gusanos entre sangre de su mismo estómago. ¿Casualidad? ¿Hechizo? ¿Brujería? ¿Envenenamiento? Lo único que se sabe es que Ana de la Cruz se convirtió en la bruja con más clientes de la ciudad tras conocerse su “gesta”, y que al poco tiempo fue torturada y condenada al destierro y expulsión de la ciudad, salvándose sin embargo de la pena capital. Hecho totalmente verídico gracias a los archivos que se guardan, precisamente, en el Alcázar.

Nuestro guía del Toledo tenebroso, Julio, nos llevó posteriormente entre callejuelas y escondrijos hasta una explanada en la parte alta de la ciudad en la que había un parque. Estábamos justo encima de la zona de la judería, concretamente en la plaza de San Cristóbal, desde la cual, gracias a la altura a la que se encuentra, había unas maravillosas vistas e incluso corría una brisa refrescante, haciéndonos estar pasando una preciosa noche toledana.

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Aunque, parémonos a pensar por un momento lo de noche toledana y llegaremos a la conclusión de que hemos utilizado una frase hecha: noche toledana, ¿de dónde vendrá este dicho tan conocido? Hubo un tiempo, volvía a entonar la voz de Julio, dónde los musulmanes mandaban en la ciudad, concretamente Jussuf Ben Amruz era el gobernador de la villa, quien vivió en un palacio situado justo en esta plaza. El ambicioso y cruel árabe logró que los nobles castellanos, maltratados por este, se amotinasen hasta llegar a idear un plan en el que darían muerte a Jussuf en su propio palacio. Tras la muerte del joven gobernador, llegó un temible militar musulmán desde el Emirato de Córdoba, Jussuf Amruz, el mismísimo padre del recién fallecido. Sin embargo, lejos de implantar la crueldad como revancha ante la matanza de su propio hijo, juró al pueblo de Toledo dar la paz que su hijo no había sabido alcanzar. Todo Toledo vivió durante diez años en gloria, bajaron los impuestos, los nobles gozaban de más riquezas que nunca, los cristianos tenían más derechos que antes e incluso Jussuf Amruz celebraba alguna que otra fiesta en palacio. Una fría e intempestiva noche de invierno, el mandatario árabe recibió a muchas familias nobles cristianas en su morada, las cuales fueron siendo rebanadas a la altura de los hombros según iban caminando sobre el pasillo de entrada al palacio. La noche fue extremadamente sangrienta y al amanecer se expusieron las cabezas de cuatrocientos cristianos sobre la fachada del palacio del musulmán, colmando así su venganza por la muerte de su hijo. Desde entonces, desde aquella noche en concreto, sabemos que pasar una noche toledana no es un término que nos indique que se ha pasado precisamente una buena noche.

Nuestra noche toledana, sin embargo, continuó bajando las escaleras que hay en la plaza en la que nos encontrábamos hacia la actual Casa-Museo del Greco, que resultó no ser la casa real del pintor durante su vida en Toledo. Aprendimos que donde hoy se ubica el museo fue realmente una casa en la que, el hombre que la habitó, empezó a comprar obras del artista griego y que, tras la gran colección que el propietario del lugar había conseguido, se decidió montar la casa-museo. Sin embargo, sí que tengo que decir que la casa original de El Greco estaba situada en esa zona, muy probablemente dónde está construida una escultura en honor a él, a tan sólo unos metros de la que hoy es conocida como Sinagoga del Tránsito.

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La siguiente parada que hicimos con nuestra compaña, fue entre un conjunto de estrechas calles que se situaban en la judería, cercanas a la Sinagoga del Tránsito y la Casa-Museo del Greco. La voz de Julio volvió a susurrar para encender de nuevo la llama de una nueva leyenda que se escribió en aquel lugar, y qué mejor lugar que plena judería. Y es que nos contó que en el año 1491, un año antes de la expulsión de judíos y moros de la península, se cometió una cruel matanza. Se produjo el rapto y asesinato de un niño, Cristóbal, que con tan sólo siete años fue apaleado y crucificado el viernes santo de aquel importante año, prolegómeno de la expulsión de los judíos, como antes decía. El asesinato ocurrió en La Guardia, un pueblecito cercano a la capital manchega, pero los documentos intuyen que no hubo verdad alguna en que los culpables fuesen los varios judíos que recibieron muerte condenados por el asesinato del “niño de la Guardia”.

Poco nos faltaba para finalizar la ruta turística nocturna que habíamos contratado con los guías de O.T.O.

Toledo (138)Llegamos de nuevo a la parte central del casco, la catedral, para acabar en el Museo de la España Mágica con nuestra excursión. Bajamos al sótano del edificio, dónde encontramos un museo en el cual se exhiben todo tipo de amuletos que se han ido encontrando en la ciudad durante siglos. Podemos también ver escudos templarios y de varias órdenes secretas más, además de biblias y manuscritos sobre cómo realizar exorcismos, aquelarres y pócimas con remedios caseros. Todo ello sobre una antigua casa árabe del siglo III que deja todavía ver símbolos como la mano de Fátima pintada en lo que fueron las puertas de entrada a la morada y gracias a las cuales los malos augurios quedarían fuera del hogar.

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Como hemos comentado, la oficina dónde podéis contratar la ruta guiada de la que hablamos, está situada en la calle Cardenal Cisneros, número 11, junto a la Catedral, y podéis consultar las diferentes rutas y los horarios en su web:

http://paseostoledomagico.es/

Eran ya más de las 00.30 horas y los pies no daban para mucho más. No obstante, sólo nos quedó una espinita clavada, y no creo que tardemos mucho en sacárnosla. Queríamos habernos llevado el recuerdo de una foto panorámica de la ciudad con todas sus obras de arte iluminadas. A pesar de tener varios sitios elegidos para disparar esa fotografía no pudimos hacerlo, pues a las 00:00 horas las luces de los más importantes monumentos turísticos de la ciudad quedan apagadas, con lo cual, lo dicho, no tardaremos en subir la foto preciada…

Aprovechamos para dejar constancia de nuestros agradecimientos  a Marta, artífice de esta entrada en nuestro blog, por mostrarnos tanta belleza y contarnos tantas historias sobre su ciudad favorita, y a Diego, por complementarlas con aclaraciones tan medidas como necesarias. Gracias pareja.

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GRANADA: PARAÍSO CULTURAL PINTADO POR LA ALHAMBRA


“Tierra mora hasta la eternidad,

olivares el jardín de Alá,

son murallas a tu alrededor

y en La Alhambra se oye una oración…”

Así comienza una preciosa canción dedicada a la una de las ciudades que más importancia tuvo para el mundo musulmán, la última gran ciudad de Occidente que resistió a la recuperación de la península por parte de los cristianos. La canción del grupo “La Caja de Pandora” habla de una ciudad que me enamoró como pocas lo han logrado hacer.

Y es que como nuestros lectores saben nos encanta viajar, y tras las maravillas conocidas en nuestro periplo en tierras africanas no paramos de movernos (cuando nuestro trabajo nos lo permitió algunos fines de semana), conociendo hermosas ciudades como Valladolid, Burgos, Segovia y otras localidades todas con un encanto muy particular. Sin embargo, sin menospreciar estas maravillosas ciudades, ninguna me aportó lo que Granada. Fue bajar del coche aquel jueves 31 de octubre del pasado año 2013 y simplemente el aire que respiramos llevaba tal embrujo que hizo que todavía hoy me pierda en la imaginación muriendo por volver allí. Y desde aquel noviembre yo creo seguir embrujado…

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Y es que por algún motivo me imagino que dos de las religiones más importantes y fuertes de la historia lucharon hasta la muerte por mantenerse o hacerse con aquel mágico enclave. Lo bello es que aún hoy, tras siglos y siglos siguen conviviendo dos religiones haciendo posible que por momentos, y si paseas por algunas calles de la ciudad, tu cuerpo y tu mente se metan de lleno en un mundo que como ya expliqué en la entrada de Túnez, te embruja sin ser uno consciente de ello hasta haberte enamorado por completo. Hablo de la increíble y apasionante cultura árabe.

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Como explicaba anteriormente nos dispusimos a viajar al último gran fortín musulmán durante la reconquista desde nuestras tierras, en el interior peninsular. Aproximadamente 430 kilómetros nos esperaban en ruta hasta llegar a Granada. Llegamos tarde, pues tardamos aproximadamente hora y media en atravesar La Carolina (Jaén), por una de las carreteras que se encontraba en obras… malas fechas para estar de obras, pleno puente de los Santos, operación salida… No obstante el viaje fue agradable pues lo hicimos junto a nuestra pareja de amigos favorita, con la que no hicimos nuestro primer ni nuestro último viaje. Sí uno de los que no olvidaremos jamás con lo que no podemos estar más que agradecidos por el viaje que nos brindaron. Gracias Marta, gracias Diego, gracias Familia Ortiz Gómez.

Como contaba, fue llegar a tierras de Granada y el ambiente cambió por completo nuestros ánimos tras un largo viaje. Nos esperaban tres largos días en los que intentaríamos culturizarnos lo máximo posible además de pasarlo en grande. Llegamos sobre la 1 de la madrugada y no pudimos más que adentrarnos en el corazón de la ciudad para hospedarnos en el hotel Meliá Granada. El servicio del hotel fue muy completo y las habitaciones, una más grande que la otra, estaban continuas y tenían unas considerables vistas a La Alhambra (con algún edificio que otro por medio). Se puede decir que el hotel hacía gala a sus cuatro estrellas, más posiblemente por su situación que por las comodidades. Descansamos y nos preparamos para un día que se avecinaba intenso.

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Y lo fue. Despertamos gracias a la luz que entró pronto en la habitación (y a la inquietud por conocer una ciudad que si de noche era bella, de día era gloriosa). La primera imagen fue esa, la de la Alhambra desde la ventana de nuestro hotel. El día era soleado, fresco pero agradable, se apreciaba una brisa que entraba por la nariz con un aroma intenso a jazmín. Bajamos a desayunar, no en el hotel sino en un pequeño bar-restaurante situado justamente a la derecha de la puerta principal del hotel que nos ofreció un estupendo desayuno con unos riquísimos bocadillitos (de lomo, de atún con pimiento, de queso,…) acompañados de un zumo o café. Tras esto nos dirigimos al punto estrella, La Alhambra. Casi desde cualquier punto de la ciudad se divisa esa maravilla creada por una cultura tan espectacular como la propia construcción. Nos dirigimos hacia la Plaza Nueva a través de calles estrechas típicas de un desestructurado plano que parte de la antigua ciudad musulmana, para tomar la Cuesta de Gomérez y acabar en la preciosa Puerta de las Granadas, desde donde ascendimos por un parque repleto de árboles que no dejaban ver casi el sol hasta la maravilla que estábamos a punto de contemplar, La Alhambra.

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A las 10.45, como nos informaron los trabajadores de la agencia a través de la que contratamos las entradas junto al guía que nos acompañaría en la visita, estábamos allí, en la taquilla. Aquí os dejo información para que tengáis posibilidad de comprar las entradas y contratar el guía.

http://www.entradasparalaalhambra.es/

granadaBajo mi punto de vista el precio es disparatado ya que considero que nuestra guía creó de la visita una monotonía que hizo que al final más de un 70 por ciento de los que íbamos dejáramos los cascos con los que apenas le escuchábamos y apreciáramos las tremendas maravillas del recinto por nuestros propios medios. Os informo que posteriormente supimos que además de poder contratar directamente con la Alhambra las entradas, uno puede, eso sí madrugando y estando en taquilla no más tarde de las 7.30 de la mañana, conseguir sus entradas (obligatoriamente el Ayuntamiento de Granada obliga a dejar un número mínimo de entradas diarias para vender en taquilla). El precio lógicamente es muy inferior ya que se suprime el servicio abonado al guía, que para nosotros, no fue de gran ayuda. A pesar de esto, comenzamos a vivir la aventura de visitar un recinto inigualable. Es difícil describir la sensación que uno percibe cuando comienza a pasear por los jardines del Generalife y empieza a contemplar los mil colores que entran por las retinas. Una paz absoluta parece parar el tiempo.

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granadaEl paraje es sobrecogedor: a un lado los edificios que conforman la fortaleza y el palacio de La Alhambra, de cara el espectacular barrio del Albaicín parece embellecer aún más la postal, hasta que dando una vuelta de 360º sobre uno mismo aparece la imponente muralla natural de Sierra Nevada, que pone la guinda al pastel. Los pequeños regueros que se encuentran entre los diferentes jardines parecen apaciguar todavía más el alma de uno mismo.

Granada

Granada

Tras esto, uno comienza a visitar los llamados Palacios Nazaríes, entrando en un estado de éxtasis al que sólo se puede llegar en tal lugar. La espiritualidad que se respira allí suma emoción a la belleza que uno contempla en las construcciones que manos árabes crearon hace siglos. Cada estancia va dejando una cicatriz en el cerebro que la vuelve inolvidable. Los detalles arquitectónicos y las minuciosas formas de los techos dejan claro que los artesanos de aquellas maravillas eran unos auténticos magos.

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Posteriormente llega algo increíble, algo que visitando en un día soleado y agradable como el que teníamos, se convierte en uno de los paraísos de La Alhambra, el Patio de los Arrayanes. Nuevamente el agua se convierte en protagonista dando esa paz que debían sentir antaño los habitantes del palacio, pero las fachadas que hay en ambos lados aportan un acabado final simplemente espectacular al patio, uno de los que os aconsejo disfrutar porque es sencillamente impresionante.

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Como lo es el siguiente patio, el Patio de los Leones. Obviamente es el de más fama, y dicha fama la tiene bien merecida. Grandioso, de forma rectangular, y con una fuente que representa el poder y la furia musulmana con doce leones funcionando como surtidores de la fuente central que nuevamente convierte al agua en protagonista. A su alrededor se encuentran diferentes salas, cada una de un tamaño diferente y con una decoración a cuál más elaborada.

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Tras esto, queda un lugar que personalmente me fascinó, y fue una pequeña estancia en la que hay unas vistas hacia el barrio declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco del Albaicín (desde el Patio de la Reja). Contemplarlo desde allí es algo que se queda grabado en la mente como hecho a fuego. Las casas blancas de cal fabricadas sobre la misma roca y las cuevas transformadas en hogares alegran la vista de manera extraordinaria. Se puede apreciar también desde allí cómo la muralla rodea toda la ciudad.

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Tras los jardines del Generalife y los Palacios Nazaríes contemplamos un recinto mucho más chocante con toda la armonía de la arquitectura musulmana que hasta el momento habíamos recorrido. El Palacio de Carlos V (I de España), que fue construido en el siglo XVI por el propio emperador y es de un carácter renacentista que cuanto menos choca, como dije, con todo lo que gira alrededor, pero forma también parte de La Alhambra y tiene también una singular belleza y una particularidad inapreciable hasta que uno entra en el interior del recinto, y es que por fuera es un palacio de forma totalmente rectangular que engaña cuando uno entra y observa que se encuentra en un círculo perfecto que recuerda, por qué no, a una bonita plaza de toros. Actualmente es sede del Museo de Bellas Artes de Granada.

Cordoba y Granada - Abril 2009 109

Finalizamos la visita al magnífico e irrepetible monumento de La Alhambra y comenzamos, por decirlo de alguna manera, la juerga por las preciosas calles de Granada. Bajamos por la Cuesta de los Chinos en busca de algún sitio para almorzar por una de las calles que más me marcó en nuestra visita a la ciudad, El Paseo de los Tristes… El nombre mismo rebosa inquietud… Es la calle paralela al río Darro, que a su vez baja pegado al gran montículo montañoso que se eleva para sufrir a La Alhambra. Algunos hermosos puentes atraviesan dicho río, pintando un cuadro para enmarcar en la magnífica calle que va a dar a parar a la Carrera del Darro para desembocar en la Plaza Nueva.

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Si algo hay en Granada son sitios para picar, muchos y buenos. De todos a los que entramos sólo uno nos desencantó. El resto, de diez. Para encontrar algunos de los mejores bares para tapear sin duda hay que ir en busca de la Calle Elvira. Está desbordada de bares, algunos de ellos muy recomendables aunque llegamos a la conclusión de que en Granada se come muy bien. Especial mención merece la cadena de bares “La Bella y la Bestia“, con cuatro bares en la ciudad y además muy céntricos todos. Espectaculares tapas en medio de una ciudad espléndida y con un casco antiguo genial.

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Tras la comida, paseamos por el centro de la ciudad para comprobar el fascinante resultado que produce la fusión de varias culturas entremezcladas durante siglos y siglos. Las calles eran estrechas, parecíamos ir viendo baños árabes, teterías y de repente, PUM!!! chocabas contra alguna imponente iglesia o incluso con la tremenda catedral que se encontraba también en un enclave único en el que se podían obtener instantáneas grandiosas y en el que se respiraba un ambiente también muy especial pero diferente al de hacía tan sólo cinco minutos. La Catedral de Granada es la segunda catedral más grande de España y, además, su Capilla Real contiene los restos de los Reyes Católicos, su hija Juana la Loca y el esposo de ésta, Felipe el Hermoso.

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Otro de los puntos importantes fue la Plaza de Bib Rambla, situada en un lateral de la catedral, donde fuimos a dar con una caseta de información de visitas guiadas.

Nos decidimos por una que se titulaba: Granada Misteriosa… (15 € por persona)

http://www.ciceronegranada.com/espanol/web/visitasguiadas/granadamisteriosa.asp[/embed]

Compramos las entradas para los cuatro (en desacuerdo con uno de los componentes del grupo) y volvimos al hotel, ya que a las 20.45 horas debíamos estar frente al ayuntamiento, en la Plaza Nueva, y queríamos hacerlo ya duchados para salir directamente y disfrutar del picoteo nocturno de la ciudad. A dicha hora estábamos allí como clavos.

La ruta duró aproximadamente hora y media y estuvo bastante bien. La guía, una chica jovencita (de unos 30 años), se metía realmente bien en el papel y nos llevó por lugares y nos habló de leyendas que de no haber cogido la excursión no habríamos conocido. Entre todos ellos, recuerdo varios en concreto que fueron los que más me enamoraron y sobrecogieron. Uno era un punto cercano al Albaicín, desde el cual La Alhambra se exponía a una imagen iluminada que pocas imágenes pueden superar. Tal era la vista que al día siguiente regresamos a realizar fotos con la iluminación del sol.

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Otro momento que recuerdo como si lo estuviera viviendo ahora mismo, fue uno en el cual nos situamos ante la fachada de una casa. Una casa que realmente intimidaba por su aspecto. Una casa enorme pero antigua, totalmente oscura y en la que dábamos por hecho que habitaba algún fantasma de los que había en los anteriores sitios que íbamos visitando. Sin embargo nos confundíamos. Nos contó que allí habitó (allá por los años 50-60) una mujer que tras la muerte de su marido cayó en una profunda depresión que la llevó a coger kilos y kilos hasta no poder prácticamente moverse. Falleció al poco tiempo y había engordado tanto que el cadáver no pudo sacarse por la puerta, teniendo que desmontar una parte del tejado para sacarla por la parte superior de la casa.

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La visita guiada finalizó en un sitio en el que yo ya había escuchado que habían ocurrido cosas un tanto extrañas, la Diputación de Granada. Sonidos, gritos, sombras y demás fenómenos paranormales se produjeron e incluso se siguen produciendo en dicho edificio.

Esa noche acabamos tan cansados que ni picoteo ni nada, directamente regresamos al hotel para descansar ya que llevábamos una buena paliza además de parecer estar sufriendo el bofetón de aire frío que el Mulhacén repartía unos kilómetros más allá.

Por cierto, esa noche, una de las lamparillas que teníamos sobre las cabezas empezó a encenderse y a apagarse sin nuestra manipulación, lo que costó un buen susto a “la persona que está a mi lado”, que quedó bastante traumatizada tras la ruta del misterio (aunque no le disgustó tanto como dice).