SALAMANCA: SECRETOS Y RINCONES DE LA VIEJA CIUDAD UNIVERSITARIA


Nos quedaba todo un día por delante para disfrutar de la capital salmantina tras haber ya extasiado nuestro espíritu habiendo ascendido hasta La Peña de Francia. Hicimos bien en madrugar, y tras visitar el sagrado santuario a más de 1700 m de altura, llegamos a la ciudad universitaria por antonomasia antes de las 12.30 horas. Como digo, todo el día por delante para descubrir cada recoveco de la ciudad, cada edificio de la misma, y por supuesto, cada misterioso dibujo de las fachadas tanto de la universidad como de la catedral. Sí, me refiero a la obligación moral que tiene cada visitante de Salamanca de buscar la rana en la fachada principal de la universidad o el curiosísimo cosmonauta de la fachada de la catedral.

Entramos directamente al centro de la ciudad helmántica sin problema alguno, provenientes de la comarca de la Sierra de Francia. De las dos ocasiones en las que nos hemos presentado en Salamanca, en ninguna de ellas hemos tenido problema para circular y estacionar el vehículo. Tengo que decir que es el río Tormes, irregular por cierto en cuanto a su caudal dependiendo de la época del año, el que proporciona el límite entre el casco antiguo y las afueras de la ciudad. Una vez atraviesas uno de los puentes y sobrepasas el río se puede considerar que estás dentro del núcleo histórico de la ciudad. Una de las avenidas que circunvalan el centro, la Avenida del Doctor Esperabe, nos dio acceso a una perpendicular (calle San Pablo), en la que estacionamos sin problema además de tener las inmensas torres de la catedral a tan sólo un paso. Sin plano en mano (la Oficina de Turismo se encontraba cerrada), pero con dichas torres como referencia nos dispusimos a ascender metros y metros por las recónditas calles salmantinas en dirección a la Catedral. Aquí podemos decir que comenzamos una nueva aventura:

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La pendiente de la primera calle que nos encontramos era considerable. Aquí nos encontramos la primera sorpresa, y es que si no habíamos tenido suficientes con las anteriores (“la moza las ánimas”, “el cerdito de San Antón”, “los retratos de Mogarraz” o la recién visitada “Virgen de la Peña”), una nos esperaba con los brazos abiertos. Una magnífica y de las que me placen como las que más, una de las leyendas que se guardaba en el corazón de la ciudad salmantina, y nunca mejor dicho cuando me refiero al corazón, porque cuenta la leyenda que dentro, en el interior, en el subsuelo del solar en el que entraríamos, habría estado durante años mostrando a discípulos deseosos de cultivarse de ciencias ocultas el mismísimo Satanás. Así lo explicaban los carteles indicadores. Nos encontrábamos en la antigua “cripta de San Cebrián”, donde impartió sus doctrinas el diablo, enmascarado de sacristán.

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A parte de haber entrada totalmente gratuita, es uno de los lugares que recomiendo visitar, pues en lo más profundo del solar, unas escaleras (no las que unen el lugar con el inframundo, como se cuenta), dan acceso a una ascensión que nos regaló unas maravillosas vistas panorámicas del casco de la ciudad desde una torre muy bien situada. Invito a que vosotros mismos seáis los que vayáis contemplando lo que los indicadores cuentan de la “leyenda de la cueva” y de cómo fue finalmente descubierto el maestro camuflado de sacristán.

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Tras la visita a la supuesta escuela de artes ocultas, durante muchos años, de Satanás, continuamos con nuestro rumbo, ascendiendo lo que nos quedaba de calle para girar a la derecha. Entramos de lleno en la plaza en la que se levanta la impresionante catedral gótica de Salamanca (mejor dicho, las dos catedrales, posteriormente explicaremos a qué me refiero). Sin embargo, en un primer momento, al entrar en la bonita plaza de Anaya, lo que llama la atención es un grandioso edificio perteneciente a la Facultad de Filología, también conocido como el edificio de Anaya.

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En frente, como decía, la Catedral deslumbra los ojos de cualquiera que se fije en ella, y hace incluso parecer inmensamente pequeño a uno, más aún si te dispones a acercarse a la misma, como fue nuestro caso. Tras realizar alguna fotografía desde el lateral de la catedral, buscamos aquí mismo la Puerta de Ramos, donde encontramos el astronauta, que en realidad fue incorporado a la construcción en 1992. Es de admirar que localicéis tal figura en menos de 2 minutos; nosotros, tardamos alguno más: a nosotros nos costó más de cinco con cuatro ojos.

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Salamanca (11)Posteriormente nos dirigimos hacia la fachada principal para contemplar la maravillosa arquitectura que la conforma, así como para examinar tanta riqueza decorativa de figuras pertenecientes a la Catedral Nueva. Y es aquí donde descubrimos algo que no sabíamos: dos son las catedrales que hay en Salamanca, dos conjuntos arquitectónicos transformados en uno sólo pero manteniendo amplias diferencias entre la que fue la Antigua Catedral y la que se denomina Catedral Nueva.

La Antigua Catedral, que se comenzó a construir en el siglo XII y se puso su último ladrillo en el XIV, es de estilo románico aunque con algunas zonas en las que predomina el estilo gótico que en los siglos XIII y XIV empezaba a utilizarse en el antiguo reino.

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En cuanto a la Catedral Nueva o llamada de La Asunción, comenzó a construirse en el siglo XVI y finalizó su obra en el XVIII; como particularidad, es mencionable que guarda en sus paredes tres de los estilos utilizados a lo largo de la historia en las grandes construcciones: el gótico, el barroco, y el renacentista.

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Ahora aquí, nuestro consejo. Existen diversas maneras de contemplar la belleza que tanto la Catedral Antigua como la Nueva despliegan, sin embargo me veo obligado a aconsejaros a hacerlo de una manera que os agradará, incluso impactará de manera sobresaliente. Es obvio que si lo que tenéis es un interés en conocer cada capilla de ambas catedrales a modo exhaustivo, nuestro consejo es que paguéis por la visita completa (concretamente 4,75 € por persona). Pero si queréis contemplar la belleza desde las alturas, no dudéis en seguir nuestro consejo: dirigíos hacia la entrada de la Catedral Antigua, donde os darán la opción de realizar la visita a ambos templos, como decía, desde las alturas. Cierto es que, en algún momento puede ser algo temeroso si alguien sufre de vértigo. Yo, tengo que reconocer que me sobresalté en varias ocasiones y es que la altura hasta la cual uno llega proporciona la mejor vista de toda la ciudad, pero al mismo tiempo impacta en uno de forma contundente, pues dicha altura supera en diversas torres los 35 metros sobre el suelo.

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Salamanca (13)Además de la visita desde las alturas, pudimos contemplar la Sala de la Mazmorra, la Sala Alta, la sala de la Bóveda, la terraza de la Torre Mocha, la pasarela hacia la Torre del Gallo, el balcón interior de la Catedral Nueva (desde donde vimos el interior de la misma), y la Terraza Norte. Nosotros, y nos consta que es algo ya habitual desde hace unos meses, tuvimos también la oportunidad de visitar la Sala del Reloj y la Sala del cuerpo de Campanas. En cuanto a la entrada, 3,75 € por persona y la experiencia, tan única como imponente.

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Tras esta segunda experiencia (tras la de la Cueva del Diablo), y una vez con los pies en tierra, recorrimos la Rúa Mayor (una de las calles principales del casco antiguo de la urbe), hasta encontrarnos con una que la cruza (Calle Palominos) y girar a nuestra izquierda para paralizarnos ante uno de los edificios emblema de la ciudad, la Casa de las Conchas.

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Frente a ésta, a la que también se puede acceder, se levanta el también imponente edificio de la Universidad Pontificia, perteneciente al siglo XVII y con varias estancias en su interior que son de contundente hermosura. A parte de poder visitar el Aula Magna, el luminoso claustro interior y diversas salas, tiene acceso también a unas torres superiores (Torres de Clerecía) desde las cuales también es recomendable vislumbrar la maravillosa ciudad universitaria y todos sus tejados (no es comparable a la altura a la que uno sube en las torres de las Catedrales, mucho más imponentes). Todo ello también por un módico precio, 3,75 € por persona. El acceso lo encontraréis en la calle Compañía, la que, como anteriormente dije, es perpendicular a la Rúa Mayor.

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Tras la contemplación de lo anteriormente descrito volvimos sobre nuestros pasos para colocarnos sobre la arteria de la Rúa Mayor y dirigirnos dirección a la Plaza Mayor superando numerosas ofertas de restaurantes y bares que presentaban bonitas mesas en el mismo centro de la calle, por supuesto, peatonal. Además, el tiempo acompañaba, incluso por momentos sentíamos algo de calor llegando casi a los 30º C, que nos hacían buscar la sombra en algunos instantes. A todo esto, fuimos a parar a una plaza, la llamada Plaza del Corrillo, por la que atravesaba una calzada y en la que encontramos otra obra de arte construida como templo religioso, la Iglesia de San Martín. La fachada no posee una exquisitez arquitectónica que sí puede tener la de la Universidad o la de la Catedral Nueva, pero lo que llama la atención en este templo del catolicismo es que si cruzamos la calzada y nos dirigimos por la misma plaza hacia, digamos, el pasillo de entrada a la archiconocida Plaza Mayor de Salamanca, daremos con una ventana que nos ofrece su ábside hacia abajo, maravilla arquitectónica ya que no es explicable que el peso de la ventana se mantenga sobre apenas nada. Este ventanón que nos encontraremos pertenece a la Iglesia de San Martín.

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Por fin, llegamos a uno de los puntos neurálgicos de Salamanca, de Castilla – León podría decir, e incluso del territorio nacional me atrevería. Y es que, ¿quién no ha oído hablar de la Plaza Mayor de Salamanca? Entramos por uno de los vértices de la misma, venidos de la Plaza del Corrillo y nos acogió con los brazos abiertos la fastuosa plaza que en tantas ocasiones he oído nombrar.

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Típica plaza castellana del siglo XVIII pero que en su origen era ya plaza importante, llamada de San Martín, albergando el mercado de la villa caracterizado tanto por el intercambio de ganado como de todo tipo de alimentos y artilugios. Finalmente quedó, tras diversas remodelaciones y restauraciones, una inmensa plaza cuadrada en la que aguardan sublimes soportales hoy convertidos en restaurantes, bares y cafés (algún comercio de otro tipo también), que trae a la mente de uno inmediatamente el recuerdo de la Plaza Mayor de Madrid. Ni mejor, ni peor, no soy quién para juzgar cuál de las dos es más espectacular porque posiblemente esté hablando de dos de las joyas más hermosas del panorama arquitectónico no sólo nacional, sino internacional. En ambas podría pasar una eternidad contemplando las fachadas de los edificios que forman el cuadrado perfecto que a su vez conforma dichas plazas.

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Tras esto, salimos por otro de los vértices de la plaza tras el cual fuimos a dar de nuevo a la Plaza de San Martín. Dimos varios paseos buscando la mejor oferta hostelera hasta que dimos con una que nos pareció atractiva. Íbamos dispuestos a comer de menú (en casi todos los sitios, y había muchos, ofrecían menús con grandes carteles). En la calle Francisco Vitoria, muy cercana a la Casa de las Conchas, encontramos un establecimiento llamado La Luna, por el que nos decantamos gracias a la variedad que tenía el menú; la calidad, sin embargo, nos dejó un poco disgustados. Comimos, de primero, patatas revolconas y, de segundo, unos solomillos de cerdo con salsa de cabrales que no brillaron por su excelencia (ni por la de la carne en sí, ni por la salsa). Además tuvimos una “no muy buena experiencia” ya que una de las múltiples palomas que son dueñas de las alturas en la ciudad quiso dejarnos un recuerdo que gracias a dios, cayó cerca de uno de los platos y no dentro de él. La comida nos salió por menos de 24 € en total, pero habría pagado un poco más por comer más cómodamente y mejor. No acertamos esta vez, y es que, alguna vez ocurre cuando uno va a la aventura.

Pero la aventura continuaba y no podíamos irnos sin dar nuestra más sincera enhorabuena a la rana que bien se ha ganado la fama de habitantes, visitantes y estudiantes de la ciudad, y que, según nos dijeron, se esconde en un punto concreto de la fachada de la Universidad de Salamanca (que no la Pontificia). Sin embargo, quisimos primero tomar un rico granizado de limón y un café para “la persona que está a mi lado” en uno de los cafés que hay en la Plaza Mayor, en el Café Novelty, siendo el más antiguo de la ciudad con sus más de 100 años, lo que han hecho del local un enclave de reunión para los personajes más ilustres de cada época (tanto es así, que es donde se llevó a cabo la fundación de Radio Nacional de España). Granizado en mano, ahora sí decidimos poner rumbo a la rana. Recorrimos de nuevo la Rúa Mayor, en forma de despedida, atravesamos y dejamos a la derecha la Casa de las Conchas y la Universidad Pontificia, y en vez de regresar por la calle Francisco Vitoria, en la cual habíamos comido, tomamos la paralela calle Libreros. Pronto fuimos a dar con la plazoleta que se forma en torno a la estatua de Fray Luis de León y que no se cansa de examinar desde hace siglos (y los que le queden) la impresionante fachada de la Universidad de Salamanca.

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Impresionante no en cuanto a volumen, ya que uno espera algo espectacular tanto en dimensiones como en ornamentación, sin embargo, es extremadamente estrecha, pero no por ello menos agraciada. La Universidad de Salamanca presume de ser la más antigua de España, y la cuarta de Europa (por detrás de la de Bolonia, Oxford y París). Por supuesto, conocimos a la famosa rana, uno de los requisitos fundamentales en nuestra visita a la ciudad y durante un buen rato disfrutamos de la paz (tensa por la gente que se agrupaba en la plazuela) que transmitía el lugar.

Tras este descubrimiento decidimos regresar a la Plaza de Anaya (dónde se ubican las Catedrales) y tomar la calle Tostado para ir a dar a parar a la Plaza del Concilio de Trento. Aquí, recomiendo totalmente ir, pues nos encontramos con una de las obras maestras (inesperadas) que vimos en nuestra visita. Hablo del impresionante convento de San Esteban, que bien parecía una auténtica catedral tanto por su belleza como, esta vez sí, por sus dimensiones. Increíbles las panorámicas que pudimos hacer desde la tremenda plaza, presidida también por una figura esculpida de Francisco de Vitoria.

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Poco más pudimos ver de la capital salmantina y capital de la cultura en el año 2002, pues era un domingo que se preparaba para miles de regresos a la capital. Eso sí, no quisimos irnos sin hacer una maravillosa panorámica de la ciudad ataviada e imponente gracias a los salientes de las torres de las catedrales (¡que sí, Salamanca tiene dos!) desde un punto que elegimos y acertamos, esta vez sí. Salimos, ya con el coche, del casco antiguo y nos paramos en el Puente Romano, dónde un gran parque con una pista de atletismo nos daba la posibilidad de situar nuestra cámara y trípode para poder hacer la panorámica con, y sin nosotros, como hacemos en todos los sitios que visitamos para intentar no aparecer en las fotografías que os mostramos, y que como dije en una de nuestras primeras entradas, son originales, es decir, nuestras. Absolutamente todas.

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Gracias de nuevo Salamanca, y hasta pronto.

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GRANADA: PINTORESCOS BARRIOS CON SORPRESA FINAL


Nuestro segundo y último amanecer en Granada fue simplemente maravilloso. Me levanté con la pena de tener que dejar la ciudad esa misma tarde en dirección a la montaña. Habíamos reservado nuestra tercera noche de hotel en plena Sierra Nevada, a tan sólo 6 kms de las pistas de esquí. No obstante, quedaban muchas horas para la despedida, por lo que la mente volvió a centrarse en el intenso día que nos aguardaba. Marchamos pues con las ganas de disfrutar del agradable día de Noviembre que se nos ponía por delante.

Lo primero que buscamos tras salir del hotel fue un sitio para darnos un primer buen homenaje en forma de desayuno. Fuimos a dar a una de las arterias principales del casco antiguo, la Calle de Los Reyes Católicos, y entramos en el Restaurante La Cueva de 1900, que ya nos había llamado la atención el día anterior con la particularidad de tener montones de jamones colgados del techo. Es un sitio fácilmente reconocible. Y os lo aconsejo porque las tostadas con jamón ibérico que nos pusieron son dignas de mención.

Tras las alas que cogimos con el boyante desayuno cruzamos la calle para dirigirnos a la magnífica catedral renacentista de la ciudad. Pasamos en segundos de estar en calles de estructura musulmana a una plaza típica castellana con una imponente catedral al frente.

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Granada (103)Las callejuelas que rodean a la catedral conformaban un entramado de clara estructura árabe mediante las cuales atravesábamos comercios de todo tipo, principalmente de souvenirs. Atravesamos una calle que me teletransportó directamente a la calle principal de la medina de la capital de Túnez, del mismo nombre. Aglomeración (no tanta como en Túnez, claro está), comerciantes a ambos lados de la calle e incluso olor a incienso hacían que uno se sintiese como en el norte del continente africano.

Pero el contraste y la diversidad se mostraron ante nosotros cuando la calle desembocó directamente en uno de los laterales de una de las catedrales más hermosas que yo he visto en mi vida.

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Tras la costosa e importante conquista por parte de los Reyes Católicos de la ciudad de Granada, se quiso dejar muestra de la importancia creando marcas sobre antiguos templos musulmanes. En este caso lo demuestra la imponente edificación (de la catedral), gracias a la cual hoy podemos visitar la Capilla Real, como dije en la entrada anterior, con las tumbas de los Reyes Católicos y de su hija Juana la Loca; también su marido, Felipe I, el Hermoso reposa junto ellos. La Capilla Real tiene un precio de 4 € por persona y es aconsejable de visitar aunque sea únicamente por ver los restos de personajes con tanta importancia como tienen los que allí reposan.

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Posteriormente a la visita de la Capilla Real nos dirigimos a la puerta principal de la Catedral, a la que accedimos por el mismo precio, 4 €. Varios altares menores y un deslumbrante altar mayor maravillaban a los visitantes del recinto. Aquí realizo una reflexión. Amo la historia del arte, la historia de las catedrales y la de todo templo construido para alabar una religión pero tengo que ser honesto y confesar que pocas catedrales me han logrado fascinar de la manera en que lo hizo el conjunto arquitectónico de La Alhambra. La Catedral granadina está entre las más bellas de todo el territorio español pero no podemos comparar uno y otro conjunto arquitectónico (Alhambra-Catedral de Granada).

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Tras contemplar la capilla y la catedral paseamos por esas callejuelas que antes describía y que se entremezclan en una fusión de calles medievales con pinceladas musulmanas que ofrecen al viajero algo que no en  muchas ciudades españolas se puede vivir (Toledo o Sevilla entre ellas). Anduvimos por el barrio de la Alcaicería (antiguo núcleo musulmán donde los comerciantes intercambiaban artículos de gran valor para la época, como seda, lino, esmeraldas…). Se dice que llegó a recoger entre sus estrechas calles más de cien tiendas; hoy tantas no se pueden encontrar pero sí se encuentran desde souvenirs de la ciudad hasta tiendas-talleres de madera, seda y demás materiales que los grandes artesanos venden. Incluso si alguien quiere realmente vivir el auténtico vicio del regateo que se vive en el norte de África lo puede practicar (nosotros no tuvimos tiempo de ello porque nuestro único objetivo comercial era adquirir nuestro típico imán que compramos en toda ciudad a la que vamos). Pronto volvimos a cruzar la Calle de Los Reyes Católicos para poner rumbo al Albaicín.

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Pocos paseos recuerdo tan agradables como el que dimos por las maravillosas calles del Albaicín, barrio declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. El barrio, que comenzaron a habitar los bereberes ziríes, estaba fuera del núcleo de la ciudad, es decir en los arrabales. Hoy, obviamente  está arropado por el centro de la localidad. Llama la atención el número de aljibes que se encuentran en el barrio, y que eran suministro de agua potable para la antigua ciudad (hay aproximadamente unos veinticinco, varios de ellos visibles, especialmente si se pasea con alguien que los tenga localizados).

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Plazuelas con un encanto divino, casas de miles de colores, teterías adornadas con mobiliario morisco y nuevamente comerciantes que, esta vez sí, te acometían de manera más directa (pero mucho menos agresiva que en países árabes) para venderte sus productos y servicios. Nuestra querida pareja de amigos se llevaron un bonito dibujo de sus nombres escrito en árabe por uno de los comerciantes que pintaba lo que le pidiesen en un marco de papel rectangular por tan sólo 2€.

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Debo decir algo también sobre un punto que ya visitamos anteriormente gracias a nuestra magnífica guía en la terrorífica pasada noche, el Mirador de San Nicolás, desde dónde ya nos hicimos una fotografía y que quisimos repetir debido a que las vistas hacia la Alhambra desde aquí me parecieron soberbias. Justamente ese punto estaba pegado a uno de los varios baños árabes repartidos por el casco antiguo.

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Tras un buen rato recorriendo este hermoso barrio y disfrutando de las vistas que ofrecen los miradores que esconde, decidimos ir a conocer una nueva perla de la ciudad, el Sacromonte, curioso barrio que en su origen fue habitado por judíos y musulmanes tras su expulsión por parte de los cristianos. Hubo posteriormente una raza, la de los gitanos, que se afincó en el lugar y que es la que en la actualidad habita mayoritariamente en el Sacromonte. Comenzaron a construir sus viviendas en la misma roca, en las cuevas que en las afueras de la montañosa Granada había. Además de seguir viviendo en ellas, incluso han construido templos (pequeñas iglesias) que se pueden visitar.

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Nosotros subimos en autobús por 1,20€ por persona y tuvimos la suerte de que además el conductor hiciera de guía y nos fuese mostrando las casas tan llamativas que iríamos encontrando en la cada curva. El autobús, por cierto, era el número 34. Como decía, sobresalieron sobre todas las demás un par de casas, una de ellas por sus flores y otra por sus platos de cerámica y plata (típicos andaluces) colgados sobre la fachada; había más de 200 platos adornando una pared no inferior a 6 metros de largo y unos 3 de alto. Por lo que nos pudo comentar nuestro guía, el conductor de la línea 34 de autobús urbano, la casa se había presentado y quedado finalista en varios concursos de arquitectura y decoración. Finalmente nos hicimos unas cuantas fotos y tomamos un refresco en uno de los más famosos bares-restaurantes del Sacromonte, Casa Juanillo. No tuvimos tiempo de contemplar alguno de los espectáculos flamencos que se dan en Casa Juanillo y demás tablaos flamencos que hay en la zona, aunque nos habría agradado bastante. En otra ocasión será…

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Granada (155)Bajamos de nuevo hasta el valle en dirección al Albaicín para degustar un estupendo salmorejo que, junto a alguna otra ración, nos puso nuevamente en plena forma para disfrutar de las últimas horas en Granada, las cuales decidimos dedicar a otro de los barrios importantes de la localidad, El Realejo. En este barrio, lleno de callejuelas empinadas, tengo que resaltar una plaza denominada la Puerta del Sol, en la que se emplaza un antiguo lavadero y desde la cual había una vista panorámica de la ciudad que era tan tierna como el sentimiento de despedirnos del municipio por una larga temporada.

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Era media tarde, marchamos nuevamente hacia el centro, cada vez con un paso más lento, llenos de melancolía por la despedida que se avecinaba, por el adiós a una de las ciudades que más nos ha maravillado y enamorado. El último paseo nos llevó a la zona comercial donde compramos algún pequeño último detalle, pero culturalmente no descubrimos nada más porque el día se agotaba y teníamos que marchar rumbo a Sierra Nevada. Así hicimos…

Marchamos, como decía, dirección a la montaña más alta de la península, el Mulhacén (casi 3500 metros de altura), nombre árabe donde los haya. Sólo es superada en España por el Teide, en Tenerife. El nombre, dicen, viene del nombre árabe Mulay-Hassan (antepenúltimo rey nazarí de Granada).

Era tarde, estábamos hinchados de haber comido tanto y tan bien durante nuestra estancia en los dos días anteriores en Granada y estábamos cansados, pero faltaba un último secreto. Pena que fuese de noche porque el paraje tenía toda la pinta de ir mostrando más hermosura a medida que íbamos ascendiendo metros.

Nuestro destino era el Hotel El Guerra, con una categoría de dos estrellas, lo que hacía dudar un poco la expectativa de cómo sería nuestra última noche en tierras andaluzas. Grata sorpresa la que nos llevamos al conocer el hotel. Estaba situado tras una curva en una explanada. Era un hotel no muy grande, muy familiar y con un encanto especial. Era un típico hotel de montaña que me imagino debe llenarse hasta su máxima ocupación en fechas invernales. Estaba decorado al estilo rústico. Recuerdo que estaba la recepción, a la izquierda un bar y a la derecha un acogedor saloncito en el que sobresalía una preciosa chimenea que parecía dar calor a casi todo el hotel. Las habitaciones estaban también muy bien, demasiado bien para estar hablando de un hotel con una categoría dos estrellas (yo le pondría sin ningún miramiento tres).

Tras dejar las cosas en dichas habitaciones bajamos a disfrutar: ellas del fuego y nosotros del juego, ya que gozamos de unas cuantas emocionantes partidas de futbolín, que también encontrábamos en el salón mientras veíamos un Rayo Vallecano – Real Madrid de ida de la Liga 2013-2014. Cuando acabaron tanto nuestras partidas como el partido de liga, fuimos a llamar a nuestras chicas que se quedaron literalmente dormidas a la vera del agradable calorcito que desprendía la acogedora chimenea. Con esto marchamos a la cama preparando una última aventura de cara al día siguiente.

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Despertamos y parecíamos estar en un lugar totalmente diferente al que nos había dado cobijo aquella noche. Y una de las explicaciones era que saliendo al balcón teníamos una vistas que por la noche no pudimos contemplar. La cordillera más alta de la península se cernía ante nuestros ojos llenando de parajes maravillosos y plenos de naturaleza nuestras retinas.

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Tras minutos de contemplación bajamos a comprobar cómo era el desayuno. Si las instalaciones eran de un hotel calificable de tres estrellas el desayuno lo era de un hotel de cinco sin duda. Era variado y de calidad. Nos pusimos las pilas preparándonos para una aventura diferente. Realizaríamos una de las múltiples rutas sobre puentes colgantes y colinas que hay en la zona de Sierra Nevada. Bajamos unos kilómetros en coche dirección a la localidad de Monachil. Pocos kilómetros más abajo nos encontramos un bar en el que dejamos el coche. En todo momento hay señales indicadoras de dónde comienzan las diversas rutas senderistas que se pueden realizar.

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Nos decidimos a hacer una de ellas por Los Cahorros, bastante cómoda, no muy complicada aunque tampoco recomendable para personas mayores o con dificultad de movilidad. Primero caminamos como un kilómetro y medio, lo necesario para empezar a calentar el cuerpo. El llano comenzó a convertirse en subidas y bajadas y de ahí a un pequeño puente colgante tras el cual vino la estrella de la ruta, el gran puente colgante. Sobre nuestros pies, las bravas aguas en forma de salvaje cascada hacían impacto sobre nuestras retinas. Este puente, de unos 60 metros de longitud, es el más largo de la zona, además del más antiguo por tener alrededor de 100 años.

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Al cruzarlo, continuamos nuestra ruta por un desfiladero en el que el río se situaba a nuestra izquierda. El camino empezaba a tener cierta dificultad, de modo que en algunos tramos era necesario agacharse e incluso pasar gateando por debajo de las rocas del desfiladero.

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Llegados a una pequeña explanada y debido a la hora (este mismo día debíamos regresar a casa), tuvimos que tomar la decisión de volver sobre nuestros pasos para tomar algo de fuerzas y poder afrontar el largo camino de vuelta. Nos vimos obligados a dejarnos un precioso tramo del sendero con impresionantes gargantas y vistas hacia el río Monachil. Totalmente recomendado que, si tenéis oportunidad de ir, sigáis hacia adelante y terminéis el camino.

Cogimos de nuevo el coche dando por finalizado un inolvidable viaje que nos dio la oportunidad de conocer la bella tierra de Granada…

Acabemos como empezamos, que lo que bien empieza, bien acaba…

Aún me pierdo en la imaginación pero muero por volver allí

y sentarme para contemplar un ocaso desde el Albaicín…

tan lejos de ti y no se me olvida tu encanto…

(letra “Granada”, La Caja de Pandora)

GALICIA, TIERRA DE MISTERIO Y TRADICIÓN… PARTE II


LA CORUÑA, DÍA 3

El tercer día, salíamos de la ciudad de La Coruña para conocer otros rincones de Galicia. Nos dirigimos hacia la parte oriental de La Coruña, e hicimos una primera parada en la Isla del Castillo, en la misma Ría de La Coruña. Un bonito castillo situado en un peñón unido a tierra por un puente desde el que hicimos varias fotos de gran calidad.

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El castillo estaba cerrado, no obstante lo rodeamos dando un paseo y volvimos al coche para salir dirección Betanzos. Nuestro objetivo éste día era un punto en concreto en el mapa, la localidad donde habíamos aprendido que, según la tradición gallega van todas las almas una vez abandonan los cuerpos. Hablo de San Andrés de Teixido. Y es que para corroborar la tradición, los gallegos tienen un dicho que reza: ” A San Andrés de Teixido, vai de morto quen non foi de vivo” (va de muerto quien no fue de vivo).

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Pusimos rumbo en marcha al pueblo en el que reposan todas las ánimas y paramos en una de las rías que nos había comentado nuestro guía los días anteriores, Suso Martínez. Paramos en Cedeira, y comimos también en un restaurante que él mismo nos aconsejó, el Restaurante O Badulaque. Quisimos ir a un restaurante en el que no encontrásemos turistas, sino que fuera uno concurrido por los propios coruñeses con intención de comer bien, y a pesar del nombre, nada más lejos de la realidad: comí unos de los mejores percebes que he probado. Los cuatro integrantes de grupo salimos totalmente satisfechos de lo que comimos.

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Seguimos nuestro trayecto hacia San Andrés y la carretera comenzó a volverse complicada. Se estrechó ofreciendo un pequeño carril hacia cada sentido en el cual, si nos cruzábamos con un coche teníamos que apartarnos totalmente a un lado, o bien nosotros, o bien ellos. Atravesamos bellas montañas y bajamos hasta llegar a un enclave simplemente maravilloso. Algo mágico se respiraba en aquel pequeño pueblecito “dejado de la mano de Dios” con una pequeña iglesia en la cual reposa parte del dedo de San Andrés. Naturaleza, pureza, mar… y magia… Todo esto se reunía en aquel enclave. Sacamos unas magníficas instantáneas y nos dispusimos a marchar hacia “los acantilados más altos de Europa“, según Suso Martínez, los acantilados de San Andrés de Teixido.

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La carretera ya no se dividía en dos, era un sólo carril en el cual si nos cruzábamos con alguien teníamos literalmente que parar. Seguimos subiendo el puerto en el que nos encontrábamos caballos salvajes como nunca antes había visto, y vacas silvestres a ambos lados de la carretera, incluso en algún momento cruzaban ante nosotros. Eran cientos de vacas las que en aquel maravilloso entorno había. Llegamos hasta arriba del todo y aparcamos el coche acercándonos a pie hasta los acantilados.

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El aire era realmente frío y muy fuerte debido a la altura a la que nos encontrábamos, a más de 600 metros. A duras penas pudimos llegar entre vacas hasta un punto desde donde se divisaba toda la línea de acantilados y desde donde la puesta de sol, que en esos momentos se producía, ponía en bandeja una panorámica espectacular. Sensacional. No pudimos estar mucho tiempo en el exterior debido al molesto aire que corría pero bastaron 15 minutos para disfrutar de un paraje difícilmente repetible.

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Tras esto, volvimos a La Coruña en un viaje de poco más de hora y media. Tras pegarnos una ducha y “ponernos guapos” disfrutamos de la noche coruñesa paseando por la encomiable Plaza de María Pita, que se vestía de gala con adornos navideños, y que nos daba la tranquilidad de una ciudad con ambiente pero no con aglomeraciones, pues estábamos ya en un día laborable.

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LA CORUÑA, DIA 4

El cuarto día que pasamos en Galicia fue hermoso también. El sol no nos abandonaba, y las nubes no amenazaban. No obstante éramos conscientes de que en cualquier momento esto podía cambiar.

corunaEl plan era claro, nos dirigiríamos hacia la parte occidental esta vez de la región para visitar la ciudad de Santiago de Compostela y finalizar el día en el mismo lugar en el que lo hace el sol, Fisterra (Finisterre). Llegamos tras un corto trayecto a la sagrada ciudad del apóstol Santiago. Qué decir de la localidad de Santiago de Compostela. Se respira un aire particular. Nombrar la Plaza del Obradoiro, por supuesto, y la magnífica catedral de Santiago, que tuvimos la mala suerte de encontrar en tareas de restauración y con andamios en la mitad de la fachada.

Pero a parte de la catedral, todas las calles guardaban rincones fabulosos desde los cuales hacer preciosas fotos, y cada esquina guardaba un secreto nuevo, una nueva placita, una hermosa iglesia o un antiguo convento.

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Comimos en Santiago y compramos un queso con un aroma ahumado que resultó buenísimo además de una típica tarta de Santiago que nos supo también a gloria. Tras la comida, partimos hacia Finisterre.

El trayecto desde Santiago a Fisterra fue por una buena carretera, no tardamos más de una hora y cuarto. A medida que nos aproximábamos a la costa volvía a sentir el embrujo de la tradición y costumbres galaicas y celtas y empezaba a verlo de nuevo todo de otro color. Parecía envolvernos algo ajeno a nosotros. Los pueblos por los que pasábamos dejaban ver sus cementerios con cruces protectoras hacia arriba en los límites de cada camposanto.

La llegada a Fisterra pareció parar el tiempo. Fue llegar al faro tras el cual se pensaba en la antigüedad que no había nada más que el fin del mundo, y entendí por qué. Hacía sol, como todos los anteriores días pero en aquel punto exacto parecía haber una tormenta. En el horizonte se apreciaba aquella tormenta que tapaba el sol, y la despedida de éste se hizo imposible de ver. Desde un peñasco sobresaliente simplemente divisábamos la furia del mar, que no obstante estaba bastante calmado para lo que dicen que suele estar en aquella zona, y cómo, poco a poco, la luz iba disminuyendo hasta dejarnos con ella apagada. Todo aquello nuevamente en un enclave en el que la magia parecía coger más fuerza que nunca, pues alrededor podíamos encontrar varias cruces que mostraban que aquellas gentes siguen arraigadas a sus ancestrales costumbres y seguirán haciéndolo durante siglos.

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Tras esta maravillosa puesta en escena regresamos hacia La Coruña. Nuevamente paseamos por las callejuelas cercanas al centro y cenamos en un lugar de manera muy notable. El sitio se llamaba “La Bombilla“. Ciertamente llevábamos varios días queriendo entrar pero en días anteriores había demasiado bullicio, ya que es uno de los bares en los que mejor se tapea de toda Coruña. Tengo que nombrar también un sitio en el que se puede tomar un estupendo vino casero y comer cacahuetes sin parar: “El Priorato“. Tras esto, a disfrutar de la penúltima noche al hotel.

 

LA CORUÑA, DÍA 5

El quinto y último día en Galicia fue simplemente espectacular. Cogimos, no demasiado pronto, rumbo a oriente de nuevo con destino Mondoñedo. La localidad, de poco más de 4000 habitantes, me resultó espectacular. Con una catedral románica esplendida y unas callejuelas preciosas, la pequeña localidad nos dejó asombrados.

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Seguíamos en Galicia, tierra de misterio, con lo cual, era imperdonable no visitar el cementerio que la persona que había en la oficina de información turística nos había aconsejado.

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Los puentecitos, algunos de origen romano, sobrepasaban el río Masma, haciendo posibles las mejores fotografías. Resumiendo, un pueblo maravilloso.

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Marchamos para llegar a comer a la frontera de Galicia con Asturias, más concretamente a la ciudad que la compone, Ribadeo. En la ría de Ribadeo comimos, y la verdad es que muy bien. El lugar se llamaba Restaurante Marinero (concretamente situado en el muelle de Porcillán, con toda la pared frontal acristalada permitiéndonos disfrutar de las vistas) y pudimos saborear productos nuevamente de la tierra, mejor dicho, del mar que rodea las zonas donde nos encontrábamos, el Cantábrico.

Después de comer fuimos a parar al lugar estrella, el lugar que llevaba esperando días y días, la Playa de las Catedrales (Praia das Catedrais, en gallego). Obviamente tuvimos que informarnos la noche anterior (nos informó el recepcionista del hotel, con el cual llegamos a tener mucha confianza) de las mareas, ya que la marea puede hacer cambiar la altura del nivel del mar en aquel paraje en unos cuatro metros incluso, llegando a tapar por completo la playa haciéndola inaccesible.

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Obviamente es necesario bajar a la playa cuando hay marea baja y uno no tiene más de hora y media para pasear antes de que todo vuelva a ser cubierto por el mar. En el siguiente enlace se puede ver el ciclo de las mareas para poder acudir a la maravillosa Playa de las Catedrales.

http://www.playadecatedrales.com/mareas.php

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Las palabras sobran para describir el lugar. Es algo inexplicable. Increíble lo que la naturaleza es capaz de formar. Mejillones y otros crustáceos estaban pegados en las paredes de los acantilados, la mayoría bastante pequeños, como empezando a formarse. Pasear por allí era como estar en el paraíso.

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Tras maravillarnos con aquello regresamos a nuestro punto de origen, La Coruña, desde donde al día siguiente partiríamos en un largo viaje…

Gante, la última perla de Flandes


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Nos dispusimos a salir, como teníamos previsto y tras el fabuloso desayuno de Bujas, camino de Gante. Gante, como mencioné ya en alguna entrada estaba situada justo a medio camino entre las ciudades de Brujas y Bruselas, donde pasaríamos esa, nuestra última noche. No es que no quisiera ver Gante pero el cansancio ya acumulado de cuatro días sin descanso y la resaca de tanta maravilla vista hasta el momento pesaban en mí haciéndome notar una cierta desgana. Desgana que no tardó en desaparecer. 25 fueron los minutos que tardamos en bajar del tren que nos alejó de nuestra inolvidable Brujas. Una vez en la estación de Gante despejamos nuestra primera duda. La estación dispone de consignas para las maletas de todos los tamaños, y menos mal, pues marchábamos con todos nuestros bártulos. Tras esto nos dirigimos hacia la salida de la estación, donde pronto vimos una parada de tranvía que nos acercaba hacia el centro de la ciudad. De momento, sobre la ciudad, nada llamativo, una estación poco atractiva y poco más. Pronto cometimos un error a tener en cuenta para el turista, y fue no llevar cambio. Sólo llevábamos un billete de 50 euros y con él subimos al tranvía dónde no disponían de semejante cambio para nuestro billete. Nos bajamos por nuestro propio pie, aunque tampoco nos hubieran dicho nada de no haber pagado, ya que normalmente uno sube con el ticket ya comprado de las máquinas que hay en cada parada y posteriormente nadie controla si llevas tal billete. No obstante nos bajamos, cambiamos monedas y para arriba de nuevo.

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Ahora sí hasta el mismísimo centro de la ciudad. ¡Y vaya ciudad de nuevo! El contraste de las afueras de Gante se pronunciaba al mostrarnos su maravilloso casco antiguo. Y todo en un día nuevamente primaveral e incluso demasiado caluroso por momentos. La camiseta de manga corta era suficiente. Estábamos en el centro sobre las dos y media de la tarde, y no os preocupéis porque no os quedáis sin comer a estas horas en la región de Flandes, como a nosotros nos habían comentado. Todo lo contrario, era difícil encontrar un hueco en alguna de las mesas exteriores que había en aquel majestuoso enclave. Nuevamente estábamos sentados comiendo entre iglesias, conventos, preciosas casitas y un gran canal, en Korenmarkt, donde también se encontraba el antiguo edificio de Correos. Presidiendo, por supuesto, una imponente catedral se alzaba. El sol no llegaba a quemar pero amenazaba con hacerlo y eso hacía que los y las jóvenes del lugar (se notaba que estábamos en una ciudad universitaria) aparcaran sus miles de bicicletas y dejaran colgar sus pies sobre el canal casi tocando el agua.

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Tras acabar con nuestro apetito, paseamos por aquel pequeño casco antiguo divisando a nuestro paso algunos lugares que hay que diferenciar de los demás por su belleza. La catedral de San Bavón, como dije, era imponente, algo que comprobamos era ya normal en las ciudades de la región de Flandes. Bajo la catedral un refrescante jardín en el que reposaban turistas, habitantes y estudiantes de la ciudad; y muy próximos a ella, el campanario (Belfort) y la iglesia de San Nicolás.

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Pasear a ambos lados del enorme canal que traspasaba Gante era bellísimo. Tanto en uno como en otro lado se conformaban dos plazas, una de ellas mayor que la otra pero a cada cual más bonita. Por supuesto había una Grote Markt, de forma cuadrada también y compuesta por casitas preciosas con aquella típica estructura del norte de Europa.

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ganteHabía, como en Amberes una contundente fortaleza (el castillo de los Condes de Flandes o Gravensteen) que daba pistas sobre las batallas que antaño contempló la ciudad, en manos de unos y otros en múltiples ocasiones. Grandiosas son esas típicas casitas que comentaba, acabadas en tejado triangular y que ya conocíamos. Quizá en Gante tuve la sensación de que las edificaciones en general, eran más incoloras o para ser más preciso, más grisáceas que en Brujas, menos llamativas pero igual de impresionantes, incluso alguna de ellas más sorprendente no por su color pero si por el misterio que despliegan esos latigazos negruzcos o marrones que el paso de los siglos ha ido pintando en sus fachadas.

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Ante todos estos puntos, entre los que sin lugar a dudas, destaca la catedral, llama la atención uno en particular, uno desde el cual se es capaz de ver todo lo demás. Y es que hablo sin duda del lugar desde el que mejores instantáneas se pueden obtener. Me refiero al puente de St. Michel. Es magnífico contemplarlo, bello sobrepasar el canal sobre él e impresionante fotografiarlo comprobando cómo nos da la posibilidad de meter en una sola imagen todos los puntos más encantadores del núcleo histórico, todos esos puntiagudos picos de las magníficas edificaciones góticas que tienen las fortalezas e iglesias de toda la región. Obligatoria es una fotografía en el Puente de Saint Michel como obligatorio me parece el paso del viajero por la ciudad de Gante, ciudad que ha evolucionado hasta nuestros días para mostrarnos resquicios de una villa medieval que son hoy cuna y residencia de miles de estudiantes centroeuropeos.

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Un último inciso; el neerlandés seguía siendo el idioma más hablado en la ciudad, por no decir el único. Cierto es que sin problema tanto en francés como en inglés nos atendieron de manera tan encantadora como en el resto de lugares de la región.

A pesar de quedar tan encantados como quedamos de nuestra visita a Gante, no aconsejo pernoctar en la ciudad pues considero suficiente una visita de tres horas para conocer plenamente lo interesante de la ciudad.

Sin más, considero que ésta fue la guinda que pusimos en la riquísima tarta de Flandes que nos llevábamos de vuelta a casa-antes a Bruselas para disfrutar de nuestra última noche en tierras flamencas-. Simplemente nos quedaba llegar hasta la estación donde la consigna guardaba nuestros bultos y otra media horita de trayecto hasta nuestro destino, de nuevo Bruselas.

Una ciudad de cuento: Brujas


 

La “CIUDAD MEDIEVAL” por antonomasia. Así describiría la ciudad de Brujas. Como un pueblo salido de un cuento que te envuelve con recovecos estrechos y misteriosos, puentes asombrosos que unen sus encantadoras callecitas… Todo esto, además, envuelto por una atmósfera de naturaleza divina decorada por sus grandiosos parques (en concreto uno muy especial). Me atrevería a decir que la ciudad de Brujas es una de las localidades que quedarán marcadas en mi mente por y para siempre. Sin duda ocupa ahora mismo uno de los primeros puestos en mi ranking.

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Tras esta breve introducción, que ni por asomo puede describir la sensación que a uno llega la primera vez que se planta en la Grote Markt (Plaza Principal) de Brujas, me dispongo a contar cómo fue nuestro día y medio en la ciudad.

Cogimos nuestros bártulos para trasladarnos de la capital belga (Bruselas) a la famosa ciudad de Brujas. Nos levantamos temprano, como todos los días que pasamos en Flandes. Tras un valeroso desayuno, nos dirigimos a la Estación Central de Bruselas para coger un tren destino Brujas. Tuvimos que darnos prisa en sacar los billetes para poder coger el tren. El billete a Brujas cuesta 14 € por persona. Si hay menores de 25 años cuesta tan sólo 6. Es más de un 50 % de descuento. Tras esta breve aclaración que espero os sirva de ayuda prosigo con nuestro viaje. El trayecto a Brujas no duró más de una hora. Para ser exactos fueron 55 minutos los que tardamos en llegar a la ciudad atravesando la ciudad de Gante, que al día siguiente visitaríamos. Pusimos pie en la pequeña estación de Brujas y preguntamos qué autobús nos dejaba en alguna zona cercana al centro. Casi todos, nos dijeron. Cogimos uno tras una espera de 5 minutos y os puedo asegurar que lo recomendable es hacerlo. Caminando hay un buen trecho hasta el centro, con lo cual os aconsejo como decía, coger el autobús. Como dije al principio, lo primero que se respira en la ciudad es pureza y naturaleza. Vas viendo en el trayecto de 12 minutos que aproximadamente tarda desde la estación hasta el centro que el paraje es maravilloso. Un entorno en el que te encuentras montones de especies de árboles y flores que van metiéndote en el papel que definitivamente coges una vez te presentas en la “Grote Markt”. A medida que íbamos avanzando y acercándonos al casco antiguo íbamos quedándonos más y más impactados gracias al peculiar estilo medieval que las casas tenían. No había ni un bloque de pisos de los que vemos a millares en nuestras ciudades. Únicamente casitas de como mucho tres plantas y tan sencillas que desplegaban un encanto que nos alcanzaba de lleno. Tras la zona residencial, que ya era bonita (pues lo embellecía el canal que rodea la ciudad) empezamos a meternos de lleno en el centro. El autobús se metía por callecitas por las cuales yo no pasaría ni en bici por su estrechez y lo hacía de una manera que parecía no tener ninguna complicación. A todo esto decidimos bajarnos sin preguntar sintiendo que, debido a las edificaciones que nos rodeaban, el centro estaba realmente cerca.

¡Qué aire se respiraba allí! El día de nuevo era soleado y de una temperatura tan agradable que por momentos nos hacía tener calor. Caminamos un poco y de repente, ¡zás!, desembocamos en la Grand Place, la Grote Markt , como ellos la llaman. ¡Simplemente maravilloso! Era una plaza típica de la región pero con el mayor encanto que he sentido yo en ninguna plaza de las que anteriormente habían visto mis ojos (incluyo la Plaza Mayor de Salamanca). Tenía forma cuadrada también, como las de Bruselas y Amberes, pero desplegaba algo que no se puede explicar con palabras. Era como si ese lugar del mundo no hubiese evolucionado hasta nuestros días y hubiese quedado estancado en la Edad Media.

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Las casas que componían en cuadrado eran las típicas de la zona, todas pegadas unas a otras y con sus fachadas acabadas en triángulo en su parte superior. Pero tenían algo que no habíamos contemplado en las de Amberes por ejemplo, un color especial, diferente del que tiene Sevilla, pero sin duda especial. Las casas tenían un colorido que era capaz de dibujar una sonrisa en nuestros rostros, al menos en el mío. Me sentí de nuevo dentro de un cuento del medievo. Sólo me faltaba mi montura, mi caballo y por supuesto mi traje o, por qué no, mi armadura de caballero. La plaza estaba formada en dos de los cuatro lados que constituían el cuadrado que comentaba por esas preciosas casitas, pero los otros dos restantes ponían la guinda al pastel.

En uno de los laterales, se dibujaba un edificio encomiable por su estructura, con pequeños balconcitos a los que posteriormente tuvimos oportunidad de subir y con acabados de oro que emocionaban aún más al que contempla la maravillosa plaza. Era la Corte Provincial.

brujasPero la joya de la corona está por explicar: en el lado que considero referencial del cuadrado que componía la plaza, un maravilloso edificio religioso, ahora con fines turísticos, se alzaba hasta tocar el cielo gracias a un campanario espectacular, el allí llamado Belfort. El edificio era tan imponente que resultaba complicado sacar alguna instantánea en la que se mostrase el edificio entero desde sus pies hasta el campanario. La villa, porque de nuevo la ciudad se convirtió en villa, al menos para nosotros, me pareció ser la más bonita que mis ojos habían visto hasta la fecha. Hoy, me reafirmo en ello.

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Todo aquello únicamente no había hecho más que comenzar. Todavía teníamos nuestras maletillas en las manos con lo cual decidimos dirigirnos al hotel. No nos costó mucho encontrarlo, pues se encontraba justo en la calle de atrás del edificio principal de la plaza, el que tenía el campanario. El hotel no hizo más que sumar encanto a nuestro ya alto índice de belleza contenida que teníamos en el cuerpo. Hablaremos del hotel en otra entrada. Una ducha rápida para depurarnos del trayecto y de nuevo a buscar maravillas por la pequeña ciudad en la que estábamos, una ciudad de cuento. Nos dimos cuenta que el edificio del campanario estaba abierto por dentro y que por medio de su claustro podíamos atravesar desde la calle donde se encontraba nuestro hotel hasta el medio de la plaza (pasando por debajo de la torre del campanario). Increíble, como antes decía, daba la sensación de habernos trasladado de repente a la Edad Media. La espada me la dejé en el hotel.

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Comenzamos a alejarnos de la plaza en búsqueda de otra de las maravillas que nos habían comentado que tenía la ciudad, el “Minnewater” o “Lago de los enamorados”. El paseo hasta allí era largo pero se nos hizo corto por la cantidad de joyas que nuestros ojos iban encontrando al doblar cada esquina. Que si una impresionante iglesia, que si un convento, que si una magnífica y tranquila placita, que si el canal que bordeaba la villa o alguno de sus hermosos puentes… En cada paso que dábamos algo sorprendente se mostraba ante nosotros.

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Por fin llegamos al lago. Realmente el “Minnewater” era un parque lleno de tonalidades verdes gracias a los montones de especies de árboles y arbustos que había. En medio de tanta naturaleza inundada por el canal que desembocaba en el lago encontrábamos algún castillo, alguna fortaleza, y por último una explanada de césped en la que la gente reposaba, jugaba y se divertía gracias al grandioso y soleado día que nos hizo.

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brujasTras la visita al “Lago de los enamorados” (hasta el nombre rebosa belleza) con la cual quedamos encantados nos dispusimos a volver de nuevo al centro de la ciudad para verla ahora con detalle. Uno de los primeros puntos ante los cuales nos paramos fue el Beaterio.Para entender lo que realmente es sirve con comentar que es un pequeño pueblo dentro de la ciudad de Brujas. Está flanqueado por unos grandes portones, que están abiertos, y deja ver montones de casitas pequeñísimas de cal, tan blanquecinas como algunas de las flores que adornan el lugar con un gran jardín de narcisos y demás flores. Precioso el lugar que sigue siendo sitio residencial de monjas. El beaterio, por supuesto estaba compuesto por una iglesia mayor que estaba también abierta al público.

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Tras esto decidimos ir hacia uno de los canales más importantes de la ciudad, Dijver. Hacia allí nos dirigimos, pero inesperadamente nos encontramos con uno de los tesoros de la villa, el “Puente de San Bonifacio”. En realidad no era sólo el puente, era el enclave en que estaba situado, en un entorno de naturaleza rodeado por cipreses y algún sauce que maravillaban todavía más los ojos de cualquiera que pueda contemplarlo.

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Para que uno se haga una idea, el centro de la ciudad era como el de una villa medieval en la que todas las puertas de las grandes edificaciones (casi todas con carácter religioso) estaban abiertas, pudiendo de esta manera entrar por una de ellas y salir por el claustro o por el patio del edificio, donde otra puertecita te sacaba a otra callejuela que guardaba seguro otra sorpresa. Por lo tanto había momentos en los que quedabas totalmente desorientado. Tras unas horas de pasear por el centro empezamos a “coger el tranquillo” y hasta descubríamos atajos que nos llevaban a alguna de las plazas donde tomar un gofre, un buen café o chocolate caliente, o como en mi caso, un delicioso batido de vainilla. Fue un pequeño alto en la visita de una ciudad que ya me había enamorado.

Tras un breve descanso seguimos caminando por las mil callejuelas que te invitaban a entrar simplemente por no saber dónde ibas a salir y qué ibas a encontrar a la vuelta de la esquina. Punto mágico nos pareció un lugar con banquitos de piedra, cercano al “Puente de San Bonifacio”, en el que había una escultura del español LUIS VIVES (curioso cuanto menos). En aquel enclave lleno de sombras gracias a los árboles que cubrían el lugar, parecía no pasar el tiempo. Si te asomabas al puente veías de vez en cuando una barquita repleta de turistas pasar, si no merecía la pena simplemente disfrutar del momento que se quedará guardado eternamente en mi mente.

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Fuimos en dirección contraria al Lago de los enamorados para ver hasta donde podíamos llegar. Íbamos siguiendo el canal, la paz que se respiraba era sólo interrumpida por algún carruaje que de vez en cuando pasaba a nuestro lado. Seguíamos el canal y cada puente era un espectáculo. Por cierto, ¿sabéis de dónde viene el nombre de Brujas? De la palabra “puente”. En neerlandés “Brugge” quiere decir puentes. Haceros la idea de la cantidad de puentes construidos sobre el canal que rodea la ciudad y por momentos la atraviesa. El nombre de Brujas no tiene nada que ver con las brujas que nosotros conocemos, aunque la ciudad os aseguro que parece estar encantada.

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Continuamos nuestra visita comenzando a explorar los sitios por brujasdentro. Vimos algunas iglesias y en concreto entramos en una de ellas famosa mundialmente por conservar en un tarrito sangre de la Virgen María. Otro motivo para “devotos” de acudir a la ciudad. Detrás de la gran plaza principal (Grote Markt) había otra igual de maravillosa (justo donde se encontraba la iglesia que os decía, llamada de la Santa Sangre). También, por supuesto era cuadrada como las demás y el ayuntamiento estaba situado en dicha plaza, denominada “Burg”. El ayuntamiento era un edificio también extraordinario. Todas las construcciones que formaban el cuadrado de dicha plaza de Burg eran extraordinarias realmente. El que estaba enfrente del ayuntamiento era espectacular. La diversa ornamentación que tenía no lo convertía en recargado. Había montones de escudos y bajo ellos rezaban diversos apellidos, pertenecientes a las familias de nobles que habían gobernado en Brujas desde hace siglos. Impresionante.

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brujasPero llamaba la atención una fachada pequeñita situada justo en el vértice de la plaza y que tenía sus puertas abiertas (si no te acercas bien no eres capaz de comprobar que por medio de ella hay una de las salidas de la plaza). Era una fachada espectacular, blanquecina y dorada que se componía de una cruz en lo alto y por la que, como he dicho, si entrabas, salías de la plaza para atravesar por un puente que daba continuación a esta edificación el canal. Salías a Dijver, sin duda un lugar por el que un paseo se hace una de las cosas más maravillosas del mundo.

Tras recorrer calles y calles por la villa decidimos volver a la plaza central y comprobamos que el edificio situado a la izquierda del campanario estaba abierto al público. Era el mencionado al principio de la entrada que tenía balcones hermosos. ¿Por qué no probar suerte a ver si podemos tomar algo en uno de ellos? Desde abajo parecía haber gente en alguno de ellos. Entramos en el edificio y efectivamente estaba abierto al público. En la parte de abajo mostraban la historia de la ciudad, en la segunda planta había una cervecería (típico de la región) en la que estaban esos balcones que daban la oportunidad de contemplar la plaza desde cierta altura. Aprovechamos durante un rato la buena vista que desde allí había y volvimos al hotel, que recuerdo, era acogedor y encantador. Descanso rápido y a conocer esta maravilla de noche…

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Todos los adjetivos que pueda utilizar para describir la ciudad de noche se quedan cortos. Antes de ver los mismos puentes, las mismas calles, las mismas plazas que habíamos visto de día, queríamos ir a cenar. Sin nombrar el sitio, que en posteriores entradas nombraré, sin duda, comimos la mejor comida de todo el viaje. Curiosamente no fue excesivamente caro para lo que habíamos pagado en ocasiones anteriores. Fue la mejor cena. El paseo posterior nos dejó unas imágenes del canal inolvidables. Pronto fuimos a nuestro hotelito para descansar tras un día grandioso. Seguíamos inmersos en un cuento.

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brujasAl día siguiente lo primero que hicimos fue buscar un buen sitio para desayunar. Recorrimos varias calles hacia una de ellas que habíamos visto el día anterior llena de tiendas de chocolates y efectivamente encontramos un sitio muy mono en el que nos metimos antes de que se nos hiciera tarde. El desayuno fue muy bueno. No fueron unas tostadas con aceite de oliva, jamón ibérico y tomate pero, ¿qué esperábamos? Eso en España, allí, lo típico. Me pusieron un chocolate caliente en un tarrito para echarme yo mismo en una gran taza de leche junto a tres troci
tos de chocolate y un bombón praliné
, a cual más rico, cada uno de un tipo (chocolate puro, chocolate con leche y chocolate blanco).

Tras el desayuno decidimos subir al campanario , donde nos cobraron 8 € a cada uno. Un máximo de 30 personas podían subir en el mismo turno a la torre con lo cual tuvimos que esperar un buen rato a que bajaran todos los que allí quedaban. La espera fue de unos 15 minutos y mereció la pena. Desde arriba pudimos contemplar unas vistas increíbles de la ciudad. Además las campanas no tocaban como todos los demás campanarios sino que entonaban canciones, emblemáticas canciones. Pudimos ver las últimas panorámicas de la villa que nunca olvidaremos.

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El cuento estaba a punto de finalizar, el trayecto, no sé muy bien por qué, fue algo triste, aunque nuestra sonrisa seguía mostrándose en nuestras caras debido al hechizo que la ciudad de Brujas había dejado en nosotros, y que estoy seguro, nos durará mucho, mucho tiempo.