GRANADA: PARAÍSO CULTURAL PINTADO POR LA ALHAMBRA


“Tierra mora hasta la eternidad,

olivares el jardín de Alá,

son murallas a tu alrededor

y en La Alhambra se oye una oración…”

Así comienza una preciosa canción dedicada a la una de las ciudades que más importancia tuvo para el mundo musulmán, la última gran ciudad de Occidente que resistió a la recuperación de la península por parte de los cristianos. La canción del grupo “La Caja de Pandora” habla de una ciudad que me enamoró como pocas lo han logrado hacer.

Y es que como nuestros lectores saben nos encanta viajar, y tras las maravillas conocidas en nuestro periplo en tierras africanas no paramos de movernos (cuando nuestro trabajo nos lo permitió algunos fines de semana), conociendo hermosas ciudades como Valladolid, Burgos, Segovia y otras localidades todas con un encanto muy particular. Sin embargo, sin menospreciar estas maravillosas ciudades, ninguna me aportó lo que Granada. Fue bajar del coche aquel jueves 31 de octubre del pasado año 2013 y simplemente el aire que respiramos llevaba tal embrujo que hizo que todavía hoy me pierda en la imaginación muriendo por volver allí. Y desde aquel noviembre yo creo seguir embrujado…

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Y es que por algún motivo me imagino que dos de las religiones más importantes y fuertes de la historia lucharon hasta la muerte por mantenerse o hacerse con aquel mágico enclave. Lo bello es que aún hoy, tras siglos y siglos siguen conviviendo dos religiones haciendo posible que por momentos, y si paseas por algunas calles de la ciudad, tu cuerpo y tu mente se metan de lleno en un mundo que como ya expliqué en la entrada de Túnez, te embruja sin ser uno consciente de ello hasta haberte enamorado por completo. Hablo de la increíble y apasionante cultura árabe.

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Como explicaba anteriormente nos dispusimos a viajar al último gran fortín musulmán durante la reconquista desde nuestras tierras, en el interior peninsular. Aproximadamente 430 kilómetros nos esperaban en ruta hasta llegar a Granada. Llegamos tarde, pues tardamos aproximadamente hora y media en atravesar La Carolina (Jaén), por una de las carreteras que se encontraba en obras… malas fechas para estar de obras, pleno puente de los Santos, operación salida… No obstante el viaje fue agradable pues lo hicimos junto a nuestra pareja de amigos favorita, con la que no hicimos nuestro primer ni nuestro último viaje. Sí uno de los que no olvidaremos jamás con lo que no podemos estar más que agradecidos por el viaje que nos brindaron. Gracias Marta, gracias Diego, gracias Familia Ortiz Gómez.

Como contaba, fue llegar a tierras de Granada y el ambiente cambió por completo nuestros ánimos tras un largo viaje. Nos esperaban tres largos días en los que intentaríamos culturizarnos lo máximo posible además de pasarlo en grande. Llegamos sobre la 1 de la madrugada y no pudimos más que adentrarnos en el corazón de la ciudad para hospedarnos en el hotel Meliá Granada. El servicio del hotel fue muy completo y las habitaciones, una más grande que la otra, estaban continuas y tenían unas considerables vistas a La Alhambra (con algún edificio que otro por medio). Se puede decir que el hotel hacía gala a sus cuatro estrellas, más posiblemente por su situación que por las comodidades. Descansamos y nos preparamos para un día que se avecinaba intenso.

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Y lo fue. Despertamos gracias a la luz que entró pronto en la habitación (y a la inquietud por conocer una ciudad que si de noche era bella, de día era gloriosa). La primera imagen fue esa, la de la Alhambra desde la ventana de nuestro hotel. El día era soleado, fresco pero agradable, se apreciaba una brisa que entraba por la nariz con un aroma intenso a jazmín. Bajamos a desayunar, no en el hotel sino en un pequeño bar-restaurante situado justamente a la derecha de la puerta principal del hotel que nos ofreció un estupendo desayuno con unos riquísimos bocadillitos (de lomo, de atún con pimiento, de queso,…) acompañados de un zumo o café. Tras esto nos dirigimos al punto estrella, La Alhambra. Casi desde cualquier punto de la ciudad se divisa esa maravilla creada por una cultura tan espectacular como la propia construcción. Nos dirigimos hacia la Plaza Nueva a través de calles estrechas típicas de un desestructurado plano que parte de la antigua ciudad musulmana, para tomar la Cuesta de Gomérez y acabar en la preciosa Puerta de las Granadas, desde donde ascendimos por un parque repleto de árboles que no dejaban ver casi el sol hasta la maravilla que estábamos a punto de contemplar, La Alhambra.

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A las 10.45, como nos informaron los trabajadores de la agencia a través de la que contratamos las entradas junto al guía que nos acompañaría en la visita, estábamos allí, en la taquilla. Aquí os dejo información para que tengáis posibilidad de comprar las entradas y contratar el guía.

http://www.entradasparalaalhambra.es/

granadaBajo mi punto de vista el precio es disparatado ya que considero que nuestra guía creó de la visita una monotonía que hizo que al final más de un 70 por ciento de los que íbamos dejáramos los cascos con los que apenas le escuchábamos y apreciáramos las tremendas maravillas del recinto por nuestros propios medios. Os informo que posteriormente supimos que además de poder contratar directamente con la Alhambra las entradas, uno puede, eso sí madrugando y estando en taquilla no más tarde de las 7.30 de la mañana, conseguir sus entradas (obligatoriamente el Ayuntamiento de Granada obliga a dejar un número mínimo de entradas diarias para vender en taquilla). El precio lógicamente es muy inferior ya que se suprime el servicio abonado al guía, que para nosotros, no fue de gran ayuda. A pesar de esto, comenzamos a vivir la aventura de visitar un recinto inigualable. Es difícil describir la sensación que uno percibe cuando comienza a pasear por los jardines del Generalife y empieza a contemplar los mil colores que entran por las retinas. Una paz absoluta parece parar el tiempo.

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granadaEl paraje es sobrecogedor: a un lado los edificios que conforman la fortaleza y el palacio de La Alhambra, de cara el espectacular barrio del Albaicín parece embellecer aún más la postal, hasta que dando una vuelta de 360º sobre uno mismo aparece la imponente muralla natural de Sierra Nevada, que pone la guinda al pastel. Los pequeños regueros que se encuentran entre los diferentes jardines parecen apaciguar todavía más el alma de uno mismo.

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Tras esto, uno comienza a visitar los llamados Palacios Nazaríes, entrando en un estado de éxtasis al que sólo se puede llegar en tal lugar. La espiritualidad que se respira allí suma emoción a la belleza que uno contempla en las construcciones que manos árabes crearon hace siglos. Cada estancia va dejando una cicatriz en el cerebro que la vuelve inolvidable. Los detalles arquitectónicos y las minuciosas formas de los techos dejan claro que los artesanos de aquellas maravillas eran unos auténticos magos.

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Posteriormente llega algo increíble, algo que visitando en un día soleado y agradable como el que teníamos, se convierte en uno de los paraísos de La Alhambra, el Patio de los Arrayanes. Nuevamente el agua se convierte en protagonista dando esa paz que debían sentir antaño los habitantes del palacio, pero las fachadas que hay en ambos lados aportan un acabado final simplemente espectacular al patio, uno de los que os aconsejo disfrutar porque es sencillamente impresionante.

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Como lo es el siguiente patio, el Patio de los Leones. Obviamente es el de más fama, y dicha fama la tiene bien merecida. Grandioso, de forma rectangular, y con una fuente que representa el poder y la furia musulmana con doce leones funcionando como surtidores de la fuente central que nuevamente convierte al agua en protagonista. A su alrededor se encuentran diferentes salas, cada una de un tamaño diferente y con una decoración a cuál más elaborada.

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Tras esto, queda un lugar que personalmente me fascinó, y fue una pequeña estancia en la que hay unas vistas hacia el barrio declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco del Albaicín (desde el Patio de la Reja). Contemplarlo desde allí es algo que se queda grabado en la mente como hecho a fuego. Las casas blancas de cal fabricadas sobre la misma roca y las cuevas transformadas en hogares alegran la vista de manera extraordinaria. Se puede apreciar también desde allí cómo la muralla rodea toda la ciudad.

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Tras los jardines del Generalife y los Palacios Nazaríes contemplamos un recinto mucho más chocante con toda la armonía de la arquitectura musulmana que hasta el momento habíamos recorrido. El Palacio de Carlos V (I de España), que fue construido en el siglo XVI por el propio emperador y es de un carácter renacentista que cuanto menos choca, como dije, con todo lo que gira alrededor, pero forma también parte de La Alhambra y tiene también una singular belleza y una particularidad inapreciable hasta que uno entra en el interior del recinto, y es que por fuera es un palacio de forma totalmente rectangular que engaña cuando uno entra y observa que se encuentra en un círculo perfecto que recuerda, por qué no, a una bonita plaza de toros. Actualmente es sede del Museo de Bellas Artes de Granada.

Cordoba y Granada - Abril 2009 109

Finalizamos la visita al magnífico e irrepetible monumento de La Alhambra y comenzamos, por decirlo de alguna manera, la juerga por las preciosas calles de Granada. Bajamos por la Cuesta de los Chinos en busca de algún sitio para almorzar por una de las calles que más me marcó en nuestra visita a la ciudad, El Paseo de los Tristes… El nombre mismo rebosa inquietud… Es la calle paralela al río Darro, que a su vez baja pegado al gran montículo montañoso que se eleva para sufrir a La Alhambra. Algunos hermosos puentes atraviesan dicho río, pintando un cuadro para enmarcar en la magnífica calle que va a dar a parar a la Carrera del Darro para desembocar en la Plaza Nueva.

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Si algo hay en Granada son sitios para picar, muchos y buenos. De todos a los que entramos sólo uno nos desencantó. El resto, de diez. Para encontrar algunos de los mejores bares para tapear sin duda hay que ir en busca de la Calle Elvira. Está desbordada de bares, algunos de ellos muy recomendables aunque llegamos a la conclusión de que en Granada se come muy bien. Especial mención merece la cadena de bares “La Bella y la Bestia“, con cuatro bares en la ciudad y además muy céntricos todos. Espectaculares tapas en medio de una ciudad espléndida y con un casco antiguo genial.

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Tras la comida, paseamos por el centro de la ciudad para comprobar el fascinante resultado que produce la fusión de varias culturas entremezcladas durante siglos y siglos. Las calles eran estrechas, parecíamos ir viendo baños árabes, teterías y de repente, PUM!!! chocabas contra alguna imponente iglesia o incluso con la tremenda catedral que se encontraba también en un enclave único en el que se podían obtener instantáneas grandiosas y en el que se respiraba un ambiente también muy especial pero diferente al de hacía tan sólo cinco minutos. La Catedral de Granada es la segunda catedral más grande de España y, además, su Capilla Real contiene los restos de los Reyes Católicos, su hija Juana la Loca y el esposo de ésta, Felipe el Hermoso.

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Otro de los puntos importantes fue la Plaza de Bib Rambla, situada en un lateral de la catedral, donde fuimos a dar con una caseta de información de visitas guiadas.

Nos decidimos por una que se titulaba: Granada Misteriosa… (15 € por persona)

http://www.ciceronegranada.com/espanol/web/visitasguiadas/granadamisteriosa.asp[/embed]

Compramos las entradas para los cuatro (en desacuerdo con uno de los componentes del grupo) y volvimos al hotel, ya que a las 20.45 horas debíamos estar frente al ayuntamiento, en la Plaza Nueva, y queríamos hacerlo ya duchados para salir directamente y disfrutar del picoteo nocturno de la ciudad. A dicha hora estábamos allí como clavos.

La ruta duró aproximadamente hora y media y estuvo bastante bien. La guía, una chica jovencita (de unos 30 años), se metía realmente bien en el papel y nos llevó por lugares y nos habló de leyendas que de no haber cogido la excursión no habríamos conocido. Entre todos ellos, recuerdo varios en concreto que fueron los que más me enamoraron y sobrecogieron. Uno era un punto cercano al Albaicín, desde el cual La Alhambra se exponía a una imagen iluminada que pocas imágenes pueden superar. Tal era la vista que al día siguiente regresamos a realizar fotos con la iluminación del sol.

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Otro momento que recuerdo como si lo estuviera viviendo ahora mismo, fue uno en el cual nos situamos ante la fachada de una casa. Una casa que realmente intimidaba por su aspecto. Una casa enorme pero antigua, totalmente oscura y en la que dábamos por hecho que habitaba algún fantasma de los que había en los anteriores sitios que íbamos visitando. Sin embargo nos confundíamos. Nos contó que allí habitó (allá por los años 50-60) una mujer que tras la muerte de su marido cayó en una profunda depresión que la llevó a coger kilos y kilos hasta no poder prácticamente moverse. Falleció al poco tiempo y había engordado tanto que el cadáver no pudo sacarse por la puerta, teniendo que desmontar una parte del tejado para sacarla por la parte superior de la casa.

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La visita guiada finalizó en un sitio en el que yo ya había escuchado que habían ocurrido cosas un tanto extrañas, la Diputación de Granada. Sonidos, gritos, sombras y demás fenómenos paranormales se produjeron e incluso se siguen produciendo en dicho edificio.

Esa noche acabamos tan cansados que ni picoteo ni nada, directamente regresamos al hotel para descansar ya que llevábamos una buena paliza además de parecer estar sufriendo el bofetón de aire frío que el Mulhacén repartía unos kilómetros más allá.

Por cierto, esa noche, una de las lamparillas que teníamos sobre las cabezas empezó a encenderse y a apagarse sin nuestra manipulación, lo que costó un buen susto a “la persona que está a mi lado”, que quedó bastante traumatizada tras la ruta del misterio (aunque no le disgustó tanto como dice).

La Cova d´en Xoroi


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Cuenta la leyenda que una noche de verano apareció en una aldea cercana a la ya existente localidad de Alaior un hombre con ropajes que le hacían ir casi desnudo y con una larga melena desgarbada. Dicen las lenguas que se trataba de un superviviente de un posible naufragio que hubiera cerca de la isla de Menorca. El presunto náufrago raptó a una hermosa y joven vecina de la aldea, a la que llevó nadie supo adonde. Meses y meses pasaban y a pesar de la intensa búsqueda propagada por la familia de la mujer no había señales de vida de ninguno de los dos con lo que prácticamente les daban por muertos en la isla. Pasado un tiempo, quizás años, unos agricultores del lugar que inexplicablemente perdían parte de su cosecha por las noches encontraron unas misteriosas huellas que siguieron hasta dar a parar a una inmensa gruta. En la gruta encontraron a la bella mujer que habían secuestrado tiempo atrás junto a su raptor, Xoroi, del que se había enamorado locamente y con el que compartía además de aquella bella cueva como hogar, tres lindos hijos. Los agricultores no tardaron en regresar al pueblo para avisar a los vecinos y a la familia de haber encontrado a la joven y su secuestrador, no dudando un momento todos los habitantes de la pequeña localidad en ir a dar rescate a la joven y muerte al náufrago, llamado Xoroi. Tras la llegada de la bandada al lugar, Xoroi no pudo más que lanzarse al mar perdiéndose en la lejanía por la que un día de hace varios años llegó. Uno de los hijos, el mayor, se lanzó tras él al mar perdiendo también la vida. El lugar donde se resguardaron, donde se enamoraron, donde tuvieron y mantuvieron tres hijos y desde donde Xoroi perdió la vida lanzándose para escapar de la ira de un pueblo entero, lleva hoy su nombre. Hablo de “La Cova d´en Xoroi”.

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Como expliqué en entradas anteriores hay para mí entre todas las joyas que tiene Menorca un diamante que reluce sobre todos los demás, y es ésta “La Cova de Xoroi”. Situada en Cala´n Porter, es uno de los lugares a los que llegué por fortuna, pues cuando viajé por primera vez a Menorca no sabía ni de su existencia, y regresé con cientos de imágenes de la cueva en mi mente. Y es que lo que proporciona este enclave a los cinco sentidos es algo casi inexplicable, aunque no obstante esté intentando contar qué se puede sentir al sobrepasar sus puertas.

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Me remito a describir la primera vez que entré en el lugar. Poca gente, aproximadamente las 20.00 horas, mes de Junio, finales del mes más bien, agradable temperatura y un cielo tan azul casi como las turquesas aguas de las calas de alrededor. Eso sí, ese cielo azul ya lo era ligeramente, por una todavía lejana oscuridad que era traída por una de las “para mi” siete maravillas del mundo antiguo y moderno, la puesta de sol de la isla de Menorca. Entré en la Cova, y tras unos metros en los que se adquiere la entrada sin saber qué realmente iba a encontrar dentro, desaparece el techo dando paso a un escaparate inigualable. Mi vista daba de frente al Mar Mediterráneo que parecía más inmenso que visto en los mapas y que, como decía, desprendía un color y una belleza inigualables. Ojalá pudiera trasladarme a ese momento más a menudo, aunque dando rienda suelta a mis recuerdos prácticamente lo logro. Me sitúo en un pasillo, un pasillo de azulejos que están sobre la piedra del acantilado sobre el que fue construida la pasarela que lleva al interior de la cueva. Continúo caminando dejando el mar a mi derecha, la barandilla, bastante baja, deja que me asome y quede impresionado de la altura que hay entre mis pies y las rocas donde rompen una y otra vez las fuertes olas que aquel inolvidable día de Junio había.

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Traspasamos una zona de reservado, adornado de forma bellísima con un estilo balear de sillones y mesitas blancas que dan más furor todavía al momento. Llegamos a una gran terraza prácticamente circular en la cual han acomodado un chillout. Las vistas, por difícil que parezca siguen mejorando cada instante quizás ayudándose de que el cielo va cogiendo un color rosado gracias al adiós del sol que se despedirá esa noche de nosotros en unos minutos. Tras la plataforma destechada unas escaleras bajan a otra zona de pequeños reservados, tan bien decorados como los anteriores. Otra instantánea desde ese lugar no sobrará tampoco en mi mente a pesar de la sobredosis de belleza que lleva mi cabeza tras las imágenes captadas desde hace ya un rato.

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Penetramos en un largo túnel (por el que seguramente antaño corretearon los pequeños de Xoroi y su amada) en el que se puede uno sentar en sillas y mesas a descansar de todo este sobreesfuerzo. Y uno va a parar a dar a la plataforma principal, donde un cantautor con una guitarra entona melodías que junto a aquel inmejorable paraje parece hacerte superar el umbral de lo real y lo divino.

Aún así te mantienes en pie, miras a tu alrededor, vuelves a mirar, te parece mentira, pero no lo es, no sabes qué hacer, dónde ir, te aproximas nuevamente a la barandilla para mientras escuchas una música tan bien cantada como tocada ver chocar las olas en una caída de más de 15 metros… Y a todo esto, las estrellas se iluminan, mientras la música del poeta da paso a melodías chillout que te envuelven igualmente en una atmósfera mágica.

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A partir de las 23.59 horas el lugar se convierte en discoteca, el ambiente es fenomenal, aunque tengo que reconocer que en aquel momento ya había vuelto sobre mí mismo. Fue uno de los momentos imborrables que jamás, espero jamás, puedan abandonar mi cabeza, porque así recuerdo la primera vez que entré en la Cova d´en Xoroi.

Comentar que la cueva puede visitarse como museo y tienda (que está a la derecha según entras / izquierda si la visitas cuando sales, que es lo recomendable), como sesión chillout por la tarde y como discoteca por la noche.

Para más información, dejo el enlace de la página oficial del sitio:

http://www.covadenxoroi.com