CUMBRES DE CULTO: LA VIRGEN DE LA PEÑA DE FRANCIA


Despertamos pronto en nuestro hotel de Mogarraz con la esperanza de que la meteorología nos acompañara para, ya que habíamos disfrutado el día anterior de un día gris y lluvioso, comprobar cómo era la comarca con sol y buenas temperaturas. Las cortinas de nuestra habitación escondían la respuesta, la cual fue grata, pues, efectivamente, pocas o ninguna nube cubrían un cielo que hacía sólo horas dejaba caer gotas de agua intermitentemente. Las oscuras nubes se despidieron dando paso a un sol que sin embargo, no desplegaba el calor excesivo que podía recibir cualquier zona de la península.  Y es que no sé si podemos considerar que la comarca de Las Hurdes junto a la Sierra de Francia forman un microclima, pero según nos informaban familiares del tiempo que hacía en el resto del país, no se parecía en nada. De hecho nos plantaríamos posteriormente en Salamanca capital y comprobaríamos de primera mano cómo allí el sol sí se mostraba mucho más furioso. Antes de viajar a la capital salmantina, sin embargo, disfrutaríamos de algo que pocas veces he podido sentir: Libertad (literalmente).

Tras un desayuno decente en el ya nombrado Hotel Spa Villa de Mogarraz volvimos a por las maletas, y tras ello, bajamos para realizar el check out, pero de paso también, que nos informaran de qué opciones teníamos para visitar dentro de la comarca antes de dirigirnos hacia Salamanca. Nos dieron varias, una la de visitar un pueblo típico de la zona (pero habiendo visto ya Mogarraz y La Alberca lo descartamos inminentemente). La otra idea a mí me emocionó más que a “la persona que tengo a mi lado”. Más que emoción, la sensación que recibí podría definirse como presagio, una sensación que me invitó de manera muy fuerte a poner todo el empeño posible a escoger la opción de subir hasta la Peña de Francia. Poca información nos facilitaron en el hotel, únicamente la de que encontraríamos unas preciosas vistas desde arriba disfrutando de un soleado día como el que cubría nuestras cabezas.

Carretera y manta hacia el punto más alto de la comarca. Sabríamos dentro de poco lo que nos depararía nuestra elección. Cogimos la misma carretera que la noche anterior tenía un aspecto casi lúgubre y terrorífico, pero el sol del día la mostraba de otra manera, paradisiaca podría decir, gracias al espesor de una vegetación que convierte el lugar en único. La dirección que tomamos por aquellas estrechas carreteras fue hacia el pueblo de El Casarito. Al llegar a El Casarito, pueblo que no sobrepasará los cincuenta habitantes, hay una indicación en la entrada que señala la localidad de San Martin del Castañar. No se debe hacer caso a la indicación (información que nos facilitaron en el hotel), con lo cual traspasamos el pueblo y por fin encontramos la indicación que nos dirigiría a la Peña de Francia. La carretera tomó un aspecto todavía más estrecho del que ya mostraba, y además comenzó a empinarse de manera muy audaz. El desnivel era importante. Pronto empezamos a encontrar y a adelantar ciclistas que decoraban la carretera haciendo parecer que éramos uno de los coches participantes en la Vuelta Ciclista a España, y después supe que en múltiples ocasiones ha acabado alguna de las etapas de la Vuelta en la cumbre hacia la que nos dirigíamos.

Ascendíamos metros y metros en altitud comenzando a contemplar un paisaje que desde abajo ya era maravilloso. Poco a poco fuimos dejando atrás la maleza debido a la altitud que íbamos alcanzando empezando a encontrarnos con un terreno bastante más estéril y pedregoso, y sin embargo las vistas dejaban de ser maravillosas para ser imponentes. La carretera, tan estrecha como antes comentaba, rodeaba por completo la montaña que subíamos. No podíamos superar los 40 kms por hora, y si algún vehículo se cruzaba en nuestro camino, uno de los dos tenía que echarse prácticamente fuera de la carretera. Afortunadamente era temprano y no había demasiado tránsito. Hacía aproximadamente media hora que salimos del hotel y ya estábamos casi en la cumbre de la misteriosa Peña de Francia. Misteriosa empezando por el nombre (¿qué hace una sierra en plena provincia de Salamanca llamándose Francia?). No era éste el último secreto que aguardaba el monte. Según llegamos nos encontramos con un repetidor televisivo de varios metros de altura que tenía cierta semejanza con un cohete espacial. Rompía totalmente con lo que allí nos encontraríamos.

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En primer lugar, explicaré el porqué del nombre tanto del monte como de la sierra. Y es que tras la Reconquista cristiana sobre los musulmanes, la comarca fue repoblada por franceses (Gastón, Coupet…). De ahí que todavía haya derivaciones de apellidos de procedencia francesa.

Al llegar prácticamente a la cumbre de la montaña una valla nos obligó a dejar el coche para continuar durante unos trescientos metros a pie hasta llegar a lo más alto. Allí muchas cosas empezaron a sorprendernos, comenzando por un monasterio convertido hoy en hospedaje, en cuyo restaurante tomamos un refresco.

A continuación, nos aproximamos a uno de los riscos que parecen estar en la parte más alta no solo de la montaña sino de toda la cordillera. La sensación que comencé a sentir fue una de las mejores que he tenido últimamente. Total libertad, paz interior, alegría, dominio de una grandísima extensión de tierra que desde aquel lugar se divisaba. Los minutos u horas que pasamos allí me parecieron segundos porque podría haberme quedado en aquel enclave toda una eternidad. Tras aquel majestuoso rato nos dimos cuenta de que un reloj de sol estaba construido en piedra en el centro de “la rotonda” que hay en la explanada de la parte alta del monte. Esta zona recibe el nombre de “El Salto del Niño” por la imponente caída que hay desde el lugar.  Por otra parte, tengo que decir que pudimos ver cabras montesas en la lejanía desde el lugar donde éramos reyes de kilómetros a la redonda.

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En cuanto al paisaje, era inmejorable, pasemos al plano litúrgico: allí se levanta el Santuario de la Virgen de la Peña, comandada por la orden de los dominicos. La leyenda y la magia volvían a llamar a nuestra puerta. Un monasterio con una iglesia en la que curiosamente se da misa diariamente (y cuanto menos es curioso simplemente por la distancia que deben recorrer los feligreses para acudir a su cita con dios). Eso sí, lo hacen sólo en meses estivales, pues en invierno la nieve hace inexpugnable el ascenso al santuario.

Pudimos descubrir, a parte del recinto religioso que hay allí construido, la extraña virgen que tan venerada es en aquellas alturas (1727 metros). Una pequeña virgen que en alguna ocasión ha sido robada (en la última de estas ocasiones el propio ladrón decidió devolverla tras tenerla en su poder durante unos años). Hablo de una virgen que guardan en la pequeña gruta en la que fue encontrada, que prácticamente no ha sido modificada. No es la típica capilla que encontramos en toda iglesia. Y es que podemos decir que lo que han hecho ha sido construir un gran templo al aire libre, con estas pequeñas capillas a las que todos tienen acceso. Una de ellas, bajando unas pequeñas escaleras, guarda a la pequeña y cuanto menos extraña pieza que representa a la Virgen de la Peña de Francia.

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La virgen, a la que se venera desde hace más de seis siglos, fue encontrada por un francés: Simon Roldan, un estudiante parisino al que se le produjo la advocación de la virgen que antes comentaba y al que recomendó buscar la imagen de la misma en tierras de Occidente. Las palabras que la Virgen de Peña mentó, fueron: “Simon, vela y no duermas, busca en Occidente hasta encontrar una imagen semejante a mí. Allí sabrás cómo actuar después”. Cuatro años estuvo Simon buscando dicha imagen en tierras de Bretaña y finalmente desalentado decidió volver a París, pasando por Santiago para hacer una peregrinación religiosa. Confundido, llegó a tierras salmantinas dónde casualmente escuchó en la localidad de San Martín del Castañar algo sobre alguna extraña virgen que había sido vista en las alturas de la sierra. Desde entonces y durante tres días estuvo (exhausto) buscando por la Sierra de Francia, hasta que de nuevo la Virgen de la Peña se le apareció indicándole dónde estaba la imagen y solicitándole que tras cavar y encontrarla la colocara en lo más alto de la montaña, construyendo un santuario que pasaría a llamarse Santuario de la Virgen de la Peña. Así lo hizo, y en el año 1434 comenzó la construcción del templo. En él se pueden, además, encontrar imágenes de San Andrés a parte de capillas, como antes explicaba, dedicadas al Santo Cristo y al propio Santiago.

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Otra de las capillas improvisadas que hay, está formada por una escultura construida mediante tiras de hierro y que muestra una imagen de Santiago Apóstol sobre su caballo y con una cruz sobre su mano derecha; este rinconcito es llamado el Balcón de Santiago. Esta capilla, junto con las de San Andrés, la capilla del Cristo y la ya mentada capilla de la Virgen de la Peña de Francia, están situadas justo en el lugar dónde se encontraron sus respectivas imágenes.

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Después de un par de horas en aquellas alturas decidimos volver a la civilización, dirigiéndonos hacia la capital de la provincia en la que nos situábamos, Salamanca.

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Gante, la última perla de Flandes


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Nos dispusimos a salir, como teníamos previsto y tras el fabuloso desayuno de Bujas, camino de Gante. Gante, como mencioné ya en alguna entrada estaba situada justo a medio camino entre las ciudades de Brujas y Bruselas, donde pasaríamos esa, nuestra última noche. No es que no quisiera ver Gante pero el cansancio ya acumulado de cuatro días sin descanso y la resaca de tanta maravilla vista hasta el momento pesaban en mí haciéndome notar una cierta desgana. Desgana que no tardó en desaparecer. 25 fueron los minutos que tardamos en bajar del tren que nos alejó de nuestra inolvidable Brujas. Una vez en la estación de Gante despejamos nuestra primera duda. La estación dispone de consignas para las maletas de todos los tamaños, y menos mal, pues marchábamos con todos nuestros bártulos. Tras esto nos dirigimos hacia la salida de la estación, donde pronto vimos una parada de tranvía que nos acercaba hacia el centro de la ciudad. De momento, sobre la ciudad, nada llamativo, una estación poco atractiva y poco más. Pronto cometimos un error a tener en cuenta para el turista, y fue no llevar cambio. Sólo llevábamos un billete de 50 euros y con él subimos al tranvía dónde no disponían de semejante cambio para nuestro billete. Nos bajamos por nuestro propio pie, aunque tampoco nos hubieran dicho nada de no haber pagado, ya que normalmente uno sube con el ticket ya comprado de las máquinas que hay en cada parada y posteriormente nadie controla si llevas tal billete. No obstante nos bajamos, cambiamos monedas y para arriba de nuevo.

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Ahora sí hasta el mismísimo centro de la ciudad. ¡Y vaya ciudad de nuevo! El contraste de las afueras de Gante se pronunciaba al mostrarnos su maravilloso casco antiguo. Y todo en un día nuevamente primaveral e incluso demasiado caluroso por momentos. La camiseta de manga corta era suficiente. Estábamos en el centro sobre las dos y media de la tarde, y no os preocupéis porque no os quedáis sin comer a estas horas en la región de Flandes, como a nosotros nos habían comentado. Todo lo contrario, era difícil encontrar un hueco en alguna de las mesas exteriores que había en aquel majestuoso enclave. Nuevamente estábamos sentados comiendo entre iglesias, conventos, preciosas casitas y un gran canal, en Korenmarkt, donde también se encontraba el antiguo edificio de Correos. Presidiendo, por supuesto, una imponente catedral se alzaba. El sol no llegaba a quemar pero amenazaba con hacerlo y eso hacía que los y las jóvenes del lugar (se notaba que estábamos en una ciudad universitaria) aparcaran sus miles de bicicletas y dejaran colgar sus pies sobre el canal casi tocando el agua.

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Tras acabar con nuestro apetito, paseamos por aquel pequeño casco antiguo divisando a nuestro paso algunos lugares que hay que diferenciar de los demás por su belleza. La catedral de San Bavón, como dije, era imponente, algo que comprobamos era ya normal en las ciudades de la región de Flandes. Bajo la catedral un refrescante jardín en el que reposaban turistas, habitantes y estudiantes de la ciudad; y muy próximos a ella, el campanario (Belfort) y la iglesia de San Nicolás.

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Pasear a ambos lados del enorme canal que traspasaba Gante era bellísimo. Tanto en uno como en otro lado se conformaban dos plazas, una de ellas mayor que la otra pero a cada cual más bonita. Por supuesto había una Grote Markt, de forma cuadrada también y compuesta por casitas preciosas con aquella típica estructura del norte de Europa.

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ganteHabía, como en Amberes una contundente fortaleza (el castillo de los Condes de Flandes o Gravensteen) que daba pistas sobre las batallas que antaño contempló la ciudad, en manos de unos y otros en múltiples ocasiones. Grandiosas son esas típicas casitas que comentaba, acabadas en tejado triangular y que ya conocíamos. Quizá en Gante tuve la sensación de que las edificaciones en general, eran más incoloras o para ser más preciso, más grisáceas que en Brujas, menos llamativas pero igual de impresionantes, incluso alguna de ellas más sorprendente no por su color pero si por el misterio que despliegan esos latigazos negruzcos o marrones que el paso de los siglos ha ido pintando en sus fachadas.

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Ante todos estos puntos, entre los que sin lugar a dudas, destaca la catedral, llama la atención uno en particular, uno desde el cual se es capaz de ver todo lo demás. Y es que hablo sin duda del lugar desde el que mejores instantáneas se pueden obtener. Me refiero al puente de St. Michel. Es magnífico contemplarlo, bello sobrepasar el canal sobre él e impresionante fotografiarlo comprobando cómo nos da la posibilidad de meter en una sola imagen todos los puntos más encantadores del núcleo histórico, todos esos puntiagudos picos de las magníficas edificaciones góticas que tienen las fortalezas e iglesias de toda la región. Obligatoria es una fotografía en el Puente de Saint Michel como obligatorio me parece el paso del viajero por la ciudad de Gante, ciudad que ha evolucionado hasta nuestros días para mostrarnos resquicios de una villa medieval que son hoy cuna y residencia de miles de estudiantes centroeuropeos.

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Un último inciso; el neerlandés seguía siendo el idioma más hablado en la ciudad, por no decir el único. Cierto es que sin problema tanto en francés como en inglés nos atendieron de manera tan encantadora como en el resto de lugares de la región.

A pesar de quedar tan encantados como quedamos de nuestra visita a Gante, no aconsejo pernoctar en la ciudad pues considero suficiente una visita de tres horas para conocer plenamente lo interesante de la ciudad.

Sin más, considero que ésta fue la guinda que pusimos en la riquísima tarta de Flandes que nos llevábamos de vuelta a casa-antes a Bruselas para disfrutar de nuestra última noche en tierras flamencas-. Simplemente nos quedaba llegar hasta la estación donde la consigna guardaba nuestros bultos y otra media horita de trayecto hasta nuestro destino, de nuevo Bruselas.

Una ciudad de cuento: Brujas


 

La “CIUDAD MEDIEVAL” por antonomasia. Así describiría la ciudad de Brujas. Como un pueblo salido de un cuento que te envuelve con recovecos estrechos y misteriosos, puentes asombrosos que unen sus encantadoras callecitas… Todo esto, además, envuelto por una atmósfera de naturaleza divina decorada por sus grandiosos parques (en concreto uno muy especial). Me atrevería a decir que la ciudad de Brujas es una de las localidades que quedarán marcadas en mi mente por y para siempre. Sin duda ocupa ahora mismo uno de los primeros puestos en mi ranking.

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Tras esta breve introducción, que ni por asomo puede describir la sensación que a uno llega la primera vez que se planta en la Grote Markt (Plaza Principal) de Brujas, me dispongo a contar cómo fue nuestro día y medio en la ciudad.

Cogimos nuestros bártulos para trasladarnos de la capital belga (Bruselas) a la famosa ciudad de Brujas. Nos levantamos temprano, como todos los días que pasamos en Flandes. Tras un valeroso desayuno, nos dirigimos a la Estación Central de Bruselas para coger un tren destino Brujas. Tuvimos que darnos prisa en sacar los billetes para poder coger el tren. El billete a Brujas cuesta 14 € por persona. Si hay menores de 25 años cuesta tan sólo 6. Es más de un 50 % de descuento. Tras esta breve aclaración que espero os sirva de ayuda prosigo con nuestro viaje. El trayecto a Brujas no duró más de una hora. Para ser exactos fueron 55 minutos los que tardamos en llegar a la ciudad atravesando la ciudad de Gante, que al día siguiente visitaríamos. Pusimos pie en la pequeña estación de Brujas y preguntamos qué autobús nos dejaba en alguna zona cercana al centro. Casi todos, nos dijeron. Cogimos uno tras una espera de 5 minutos y os puedo asegurar que lo recomendable es hacerlo. Caminando hay un buen trecho hasta el centro, con lo cual os aconsejo como decía, coger el autobús. Como dije al principio, lo primero que se respira en la ciudad es pureza y naturaleza. Vas viendo en el trayecto de 12 minutos que aproximadamente tarda desde la estación hasta el centro que el paraje es maravilloso. Un entorno en el que te encuentras montones de especies de árboles y flores que van metiéndote en el papel que definitivamente coges una vez te presentas en la “Grote Markt”. A medida que íbamos avanzando y acercándonos al casco antiguo íbamos quedándonos más y más impactados gracias al peculiar estilo medieval que las casas tenían. No había ni un bloque de pisos de los que vemos a millares en nuestras ciudades. Únicamente casitas de como mucho tres plantas y tan sencillas que desplegaban un encanto que nos alcanzaba de lleno. Tras la zona residencial, que ya era bonita (pues lo embellecía el canal que rodea la ciudad) empezamos a meternos de lleno en el centro. El autobús se metía por callecitas por las cuales yo no pasaría ni en bici por su estrechez y lo hacía de una manera que parecía no tener ninguna complicación. A todo esto decidimos bajarnos sin preguntar sintiendo que, debido a las edificaciones que nos rodeaban, el centro estaba realmente cerca.

¡Qué aire se respiraba allí! El día de nuevo era soleado y de una temperatura tan agradable que por momentos nos hacía tener calor. Caminamos un poco y de repente, ¡zás!, desembocamos en la Grand Place, la Grote Markt , como ellos la llaman. ¡Simplemente maravilloso! Era una plaza típica de la región pero con el mayor encanto que he sentido yo en ninguna plaza de las que anteriormente habían visto mis ojos (incluyo la Plaza Mayor de Salamanca). Tenía forma cuadrada también, como las de Bruselas y Amberes, pero desplegaba algo que no se puede explicar con palabras. Era como si ese lugar del mundo no hubiese evolucionado hasta nuestros días y hubiese quedado estancado en la Edad Media.

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Las casas que componían en cuadrado eran las típicas de la zona, todas pegadas unas a otras y con sus fachadas acabadas en triángulo en su parte superior. Pero tenían algo que no habíamos contemplado en las de Amberes por ejemplo, un color especial, diferente del que tiene Sevilla, pero sin duda especial. Las casas tenían un colorido que era capaz de dibujar una sonrisa en nuestros rostros, al menos en el mío. Me sentí de nuevo dentro de un cuento del medievo. Sólo me faltaba mi montura, mi caballo y por supuesto mi traje o, por qué no, mi armadura de caballero. La plaza estaba formada en dos de los cuatro lados que constituían el cuadrado que comentaba por esas preciosas casitas, pero los otros dos restantes ponían la guinda al pastel.

En uno de los laterales, se dibujaba un edificio encomiable por su estructura, con pequeños balconcitos a los que posteriormente tuvimos oportunidad de subir y con acabados de oro que emocionaban aún más al que contempla la maravillosa plaza. Era la Corte Provincial.

brujasPero la joya de la corona está por explicar: en el lado que considero referencial del cuadrado que componía la plaza, un maravilloso edificio religioso, ahora con fines turísticos, se alzaba hasta tocar el cielo gracias a un campanario espectacular, el allí llamado Belfort. El edificio era tan imponente que resultaba complicado sacar alguna instantánea en la que se mostrase el edificio entero desde sus pies hasta el campanario. La villa, porque de nuevo la ciudad se convirtió en villa, al menos para nosotros, me pareció ser la más bonita que mis ojos habían visto hasta la fecha. Hoy, me reafirmo en ello.

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Todo aquello únicamente no había hecho más que comenzar. Todavía teníamos nuestras maletillas en las manos con lo cual decidimos dirigirnos al hotel. No nos costó mucho encontrarlo, pues se encontraba justo en la calle de atrás del edificio principal de la plaza, el que tenía el campanario. El hotel no hizo más que sumar encanto a nuestro ya alto índice de belleza contenida que teníamos en el cuerpo. Hablaremos del hotel en otra entrada. Una ducha rápida para depurarnos del trayecto y de nuevo a buscar maravillas por la pequeña ciudad en la que estábamos, una ciudad de cuento. Nos dimos cuenta que el edificio del campanario estaba abierto por dentro y que por medio de su claustro podíamos atravesar desde la calle donde se encontraba nuestro hotel hasta el medio de la plaza (pasando por debajo de la torre del campanario). Increíble, como antes decía, daba la sensación de habernos trasladado de repente a la Edad Media. La espada me la dejé en el hotel.

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Comenzamos a alejarnos de la plaza en búsqueda de otra de las maravillas que nos habían comentado que tenía la ciudad, el “Minnewater” o “Lago de los enamorados”. El paseo hasta allí era largo pero se nos hizo corto por la cantidad de joyas que nuestros ojos iban encontrando al doblar cada esquina. Que si una impresionante iglesia, que si un convento, que si una magnífica y tranquila placita, que si el canal que bordeaba la villa o alguno de sus hermosos puentes… En cada paso que dábamos algo sorprendente se mostraba ante nosotros.

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Por fin llegamos al lago. Realmente el “Minnewater” era un parque lleno de tonalidades verdes gracias a los montones de especies de árboles y arbustos que había. En medio de tanta naturaleza inundada por el canal que desembocaba en el lago encontrábamos algún castillo, alguna fortaleza, y por último una explanada de césped en la que la gente reposaba, jugaba y se divertía gracias al grandioso y soleado día que nos hizo.

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brujasTras la visita al “Lago de los enamorados” (hasta el nombre rebosa belleza) con la cual quedamos encantados nos dispusimos a volver de nuevo al centro de la ciudad para verla ahora con detalle. Uno de los primeros puntos ante los cuales nos paramos fue el Beaterio.Para entender lo que realmente es sirve con comentar que es un pequeño pueblo dentro de la ciudad de Brujas. Está flanqueado por unos grandes portones, que están abiertos, y deja ver montones de casitas pequeñísimas de cal, tan blanquecinas como algunas de las flores que adornan el lugar con un gran jardín de narcisos y demás flores. Precioso el lugar que sigue siendo sitio residencial de monjas. El beaterio, por supuesto estaba compuesto por una iglesia mayor que estaba también abierta al público.

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Tras esto decidimos ir hacia uno de los canales más importantes de la ciudad, Dijver. Hacia allí nos dirigimos, pero inesperadamente nos encontramos con uno de los tesoros de la villa, el “Puente de San Bonifacio”. En realidad no era sólo el puente, era el enclave en que estaba situado, en un entorno de naturaleza rodeado por cipreses y algún sauce que maravillaban todavía más los ojos de cualquiera que pueda contemplarlo.

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Para que uno se haga una idea, el centro de la ciudad era como el de una villa medieval en la que todas las puertas de las grandes edificaciones (casi todas con carácter religioso) estaban abiertas, pudiendo de esta manera entrar por una de ellas y salir por el claustro o por el patio del edificio, donde otra puertecita te sacaba a otra callejuela que guardaba seguro otra sorpresa. Por lo tanto había momentos en los que quedabas totalmente desorientado. Tras unas horas de pasear por el centro empezamos a “coger el tranquillo” y hasta descubríamos atajos que nos llevaban a alguna de las plazas donde tomar un gofre, un buen café o chocolate caliente, o como en mi caso, un delicioso batido de vainilla. Fue un pequeño alto en la visita de una ciudad que ya me había enamorado.

Tras un breve descanso seguimos caminando por las mil callejuelas que te invitaban a entrar simplemente por no saber dónde ibas a salir y qué ibas a encontrar a la vuelta de la esquina. Punto mágico nos pareció un lugar con banquitos de piedra, cercano al “Puente de San Bonifacio”, en el que había una escultura del español LUIS VIVES (curioso cuanto menos). En aquel enclave lleno de sombras gracias a los árboles que cubrían el lugar, parecía no pasar el tiempo. Si te asomabas al puente veías de vez en cuando una barquita repleta de turistas pasar, si no merecía la pena simplemente disfrutar del momento que se quedará guardado eternamente en mi mente.

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Fuimos en dirección contraria al Lago de los enamorados para ver hasta donde podíamos llegar. Íbamos siguiendo el canal, la paz que se respiraba era sólo interrumpida por algún carruaje que de vez en cuando pasaba a nuestro lado. Seguíamos el canal y cada puente era un espectáculo. Por cierto, ¿sabéis de dónde viene el nombre de Brujas? De la palabra “puente”. En neerlandés “Brugge” quiere decir puentes. Haceros la idea de la cantidad de puentes construidos sobre el canal que rodea la ciudad y por momentos la atraviesa. El nombre de Brujas no tiene nada que ver con las brujas que nosotros conocemos, aunque la ciudad os aseguro que parece estar encantada.

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Continuamos nuestra visita comenzando a explorar los sitios por brujasdentro. Vimos algunas iglesias y en concreto entramos en una de ellas famosa mundialmente por conservar en un tarrito sangre de la Virgen María. Otro motivo para “devotos” de acudir a la ciudad. Detrás de la gran plaza principal (Grote Markt) había otra igual de maravillosa (justo donde se encontraba la iglesia que os decía, llamada de la Santa Sangre). También, por supuesto era cuadrada como las demás y el ayuntamiento estaba situado en dicha plaza, denominada “Burg”. El ayuntamiento era un edificio también extraordinario. Todas las construcciones que formaban el cuadrado de dicha plaza de Burg eran extraordinarias realmente. El que estaba enfrente del ayuntamiento era espectacular. La diversa ornamentación que tenía no lo convertía en recargado. Había montones de escudos y bajo ellos rezaban diversos apellidos, pertenecientes a las familias de nobles que habían gobernado en Brujas desde hace siglos. Impresionante.

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brujasPero llamaba la atención una fachada pequeñita situada justo en el vértice de la plaza y que tenía sus puertas abiertas (si no te acercas bien no eres capaz de comprobar que por medio de ella hay una de las salidas de la plaza). Era una fachada espectacular, blanquecina y dorada que se componía de una cruz en lo alto y por la que, como he dicho, si entrabas, salías de la plaza para atravesar por un puente que daba continuación a esta edificación el canal. Salías a Dijver, sin duda un lugar por el que un paseo se hace una de las cosas más maravillosas del mundo.

Tras recorrer calles y calles por la villa decidimos volver a la plaza central y comprobamos que el edificio situado a la izquierda del campanario estaba abierto al público. Era el mencionado al principio de la entrada que tenía balcones hermosos. ¿Por qué no probar suerte a ver si podemos tomar algo en uno de ellos? Desde abajo parecía haber gente en alguno de ellos. Entramos en el edificio y efectivamente estaba abierto al público. En la parte de abajo mostraban la historia de la ciudad, en la segunda planta había una cervecería (típico de la región) en la que estaban esos balcones que daban la oportunidad de contemplar la plaza desde cierta altura. Aprovechamos durante un rato la buena vista que desde allí había y volvimos al hotel, que recuerdo, era acogedor y encantador. Descanso rápido y a conocer esta maravilla de noche…

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Todos los adjetivos que pueda utilizar para describir la ciudad de noche se quedan cortos. Antes de ver los mismos puentes, las mismas calles, las mismas plazas que habíamos visto de día, queríamos ir a cenar. Sin nombrar el sitio, que en posteriores entradas nombraré, sin duda, comimos la mejor comida de todo el viaje. Curiosamente no fue excesivamente caro para lo que habíamos pagado en ocasiones anteriores. Fue la mejor cena. El paseo posterior nos dejó unas imágenes del canal inolvidables. Pronto fuimos a nuestro hotelito para descansar tras un día grandioso. Seguíamos inmersos en un cuento.

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brujasAl día siguiente lo primero que hicimos fue buscar un buen sitio para desayunar. Recorrimos varias calles hacia una de ellas que habíamos visto el día anterior llena de tiendas de chocolates y efectivamente encontramos un sitio muy mono en el que nos metimos antes de que se nos hiciera tarde. El desayuno fue muy bueno. No fueron unas tostadas con aceite de oliva, jamón ibérico y tomate pero, ¿qué esperábamos? Eso en España, allí, lo típico. Me pusieron un chocolate caliente en un tarrito para echarme yo mismo en una gran taza de leche junto a tres troci
tos de chocolate y un bombón praliné
, a cual más rico, cada uno de un tipo (chocolate puro, chocolate con leche y chocolate blanco).

Tras el desayuno decidimos subir al campanario , donde nos cobraron 8 € a cada uno. Un máximo de 30 personas podían subir en el mismo turno a la torre con lo cual tuvimos que esperar un buen rato a que bajaran todos los que allí quedaban. La espera fue de unos 15 minutos y mereció la pena. Desde arriba pudimos contemplar unas vistas increíbles de la ciudad. Además las campanas no tocaban como todos los demás campanarios sino que entonaban canciones, emblemáticas canciones. Pudimos ver las últimas panorámicas de la villa que nunca olvidaremos.

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El cuento estaba a punto de finalizar, el trayecto, no sé muy bien por qué, fue algo triste, aunque nuestra sonrisa seguía mostrándose en nuestras caras debido al hechizo que la ciudad de Brujas había dejado en nosotros, y que estoy seguro, nos durará mucho, mucho tiempo.

Amberes: capital oriental de Flandes


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Comprobamos antes de iniciar el viaje a Bélgica que era un país bastante húmedo, es decir que la lluvia está a la orden del día y que el sol brilla por su ausencia. Sin embargo, éste era el segundo día en Bélgica (el primero entero lo pasamos en la capital, Bruselas) y la temperatura no bajaba de 12 grados por la noche y sólo alguna nube se divisaba en el cielo. Este segundo día en concreto era un día radiante, con unos 20 grados de temperatura y un azul en el cielo como el que vemos en nuestro propio país. El día fue levemente ensombrecido por la inolvidable visita que hicimos al Campo de Concentración de Breendonk por la mañana, y tras el cual a pesar de quedar encantado de visitar, me marcó de tal manera que costó un poquito volver a meterse en el papel de turista que traíamos de España.

A todo esto, tras la visita del fuerte y después de llegar a la estación de Willebroek, a unos 20 minutos caminando del fuerte (un buen paseíto) compramos en la taquilla los billetes dirección Amberes (Antwerpen). Es importante mencionar que debimos hacer trasbordo en Mechelen, la estación siguiente a Willebroek para coger allí otro tren que nos llevase a la ciudad medieval de Amberes. Tras hacerlo comprobamos que la gente con la que empezábamos a tratar era completamente distinta a la que había en Bruselas. En Bruselas había mucha más mezcla tanto racial como cultural. Sin embargo al llegar a Amberes (ciudad que tocaba visitar esa tarde), en la zona noreste de la región de Flandes y con salida al mar por un gran canal que se adentra hasta prácticamente el centro histórico de la ciudad, comprobamos que realmente estábamos en un lugar totalmente distinto a lo que hasta aquel momento conocíamos. La variedad de gentes de Bruselas (con sus respectivos orígenes tanto sudamericanos como mediterráneos, marroquíes, tunecinos, egipcios, argelinos, de razas morenas en general) se tornaron en rubios y rubias de ojos claros y de altura importante con apariencia más bien nórdica que mediterránea. Tras bajar del tren en la bonita estación de Amberes tuvimos la sensación de cambiar radicalmente de lugar.

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Encontramos en la imponente estación una oficina de turismo donde nos recomendaron ir hasta el centro a pie en vez de en tranvía o en autobús. Nos dijeron que el paseo hasta allí era agradable, y realmente lo era, sobre todo en un día como el que hacía.

Caminamos por una calle comercial (Meirbrug) con tiendas en su mayoría textiles a ambos lados. Era una calle amplia, la arteria principal de la ciudad de Amberes. Dejábamos a la espalda la imponente estación de ferrocarril de la localidad que cuanto más lejos quedaba más bonita parecía. Hasta entonces poco más, simplemente apreciábamos que estábamos en una ciudad con habitantes de alto poder adquisitivo (se veía en las ropas y en automóviles que rodaban por la ciudad) pero lo que realmente nos llamó la atención fue la dificultad que encontrábamos para pasear por la calle sin recibir el atropello de alguna de las miles de bicicletas que parecían invadirnos. Las teníamos por todos lados, iban familias con padres e hijos en bicicleta, grupos de amigas o amigos, incluso viejecitos entrañables en sus monísimas bicicletas. Era una auténtica plaga de bicicletas rodando tanto por la calzada como por la acera. Lo más curioso fue ver cómo en los semáforos se formaban pelotones de bicicletas a un lado y a otro de la calzada listas para avanzar en tromba unas contra las otras contigo inmerso en el pelotón intentando evitar golpes, codazos y posiblemente algún atropello. Además eran bicis de paseo de toda la vida con su cestita y muy personalizadas, eso sí. Algunas con corazoncitos, otras con lunares, otras más serias negras enteras, otras rojas, todas a medida de su dueño.

ambereaAvanzando por la gran arteria principal de la ciudad fuimos a parar a una gran plaza (Groenplaats) en la que se levantaba una increíble catedral de enormes dimensiones y con multitud de restaurantes, cafeterías, heladerías y demás a sus pies repletos de gente. ¡Y es que allí parece que no trabajan! No es broma, a cualquier hora había gente por todas partes y los bares y terrazas estaban hasta arriba de gente. Nos dispusimos a comer en uno de los locales que mejor imagen nos ofreció y la verdad es que comimos muy bien, pero a un precio bastante alto. En realidad pagamos por la situación en la que estábamos más de un 30 % del importe total de la comida, seguro. Os recuerdo que estábamos a los pies de la catedral de la ciudad de Amberes, que en la edad media llegó a ser el puerto más importante de Europa.

ambereaTras la catedral y una vez bien alimentados, porque la comida, reitero, aunque cara, fue muy buena, encontramos la “Grote Markt” o Grand Place. La Plaza principal, vamos. Aquí no utilizan el francés, utilizan éste complicado idioma llamado neerlandés que nos daba la sensación de ser una mezcla entre el inglés y el alemán (realmente así nos lo confirmó una amable señora que conocimos en los días posteriores en Brujas). La plaza principal de Amberes era preciosa. Es difícil describirla con palabras, para ello añadimos imágenes en nuestras explicaciones.
Tenía un gran y bello ayuntamiento, como en todas las localidades que visitamos, pero en concreto esta ciudad cambió totalmente de apariencia en tan sólo dos calles. La magia envolvió la ciudad convirtiéndola en una pequeña y magnífica villa medieval con sus típicas casitas de dos o tres plantas como mucho, y terminadas en un pico en lo alto de su fachada. Todas juntitas formando una plaza en cuadrado en el que llamaba la atención una espectacular fachada perteneciente, como decía, al edificio más llamativo, el ayuntamiento en el que por cierto, había un escudo del reino de Castilla y Aragón. Recordemos que durante años la región de Flandes perteneció al imperio castellano.

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amberesEn medio de la plaza una preciosa escultura mostraba un monstruo marino siendo vencido por un hombre que literalmente le arrancaba el brazo. No sé muy bien que victoria simbolizaba pero seguro que alguna de las muchas ofensivas que la ciudad recibió antaño por mar. Y es que no había más que comprobar que la ciudad tenía montones de fortalezas por todas partes, muchas de ellas en el mismísimo litoral. Llegamos hasta la costa y como decía nos encontramos una fortaleza que fue de las construcciones más bonitas que nos encontramos en los cinco días de viaje por Bélgica: el castillo de Het Steen.

 

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El paseo de vuelta entre recónditos lugares y pequeñas callejuelas nos demostró que era una ciudad llena de conventos, iglesias… construcciones religiosas en resumen. Una ciudad medieval en toda regla pero con esas casitas típicas del norte que como explicaba anteriormente adornaban y llenaban de color y dulzura la ciudad. No obstante, aunque bonito, no recomendaría hacer noche en la ciudad de Amberes y es que a pesar de ser una de las ciudades más grandes de la región de Flandes su interés cultural y turístico se remite al pequeño casco antiguo y alrededores que tiene la ciudad, que no te llevará más de dos o tres horas ver y contemplar tranquilamente.

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Volviendo camino de la estación a media tarde comprobamos como desde la calle principal de Amberes (Meirbrug), esa llena de tiendas entre las que se podían encontrar desde Zara hasta Bershka, Mango, Springfield y demás, la estación comenzaba a resaltar con gran fuerza en el horizonte gracias a sus cúpulas doradas. Ese era nuestro destino por hoy, la estación donde tomaríamos de nuevo un tren que salía con gran asiduidad, por lo que comprobamos, hasta la capital belga. No tardamos más de 45 minutos en llegar a la Estación Central de Bruselas.

Cambiábamos tan sólo de ciudad pero a la llegada pareció que regresábamos de nuevo a la vida real recién salidos de un pequeño cuento en el que habíamos sido protagonistas.

En resumen, gran día en la ciudad de Amberes, de la cual no nos habían hablado excesivamente bien y de la que nos llevamos un grandísimo recuerdo.

Día completo gracias a la también inolvidable visita al campo de concentración de Breendonk. Dos visitas tan diferentes como interesantes. Pero el viaje realmente no había hecho más que comenzar…