UNAS VACACIONES DIFERENTES: EL CRUCERO, QUÉ HACER A BORDO Y ALGUNOS CONSEJOS PARA CRUCERISTAS


La elección definitiva de dónde pasar nuestras vacaciones este 2014 se tomó a tan sólo dos semanas del comienzo de las mismas. Cierto es que siempre estuvo la idea de realizar un crucero rondando por nuestras cabezas, pero nunca lo contemplamos como una opción real hasta los últimos días.

Ahora bien, ¿qué tipo de crucero haríamos?, porque cruceros hay muchos, quién mejor que nosotros mismos, que nos dedicamos al sector turístico y más concretamente al de cruceros, para corroborarlo. Gracias a la experiencia y al conocimiento que tenemos de ello, teníamos claro (ambos) que no queríamos algo corriente. Queríamos un barco de garantías, de una naviera que nos diese seguridad de calidad, un barco moderno, con clase, con estilo, grande, confortable y que nos diese la posibilidad de disfrutar del mismo sin que se nos presentara un sólo minuto de monotonía durante las vacaciones, es decir, que nos ofreciera todo tipo de actividades para no aburrirnos dentro del buque. Pero había algo igual o más importante incluso, el destino, los destinos en este caso. Yo tenía una idea clara en la cabeza, y era que no quería realizar el típico Mediterráneo Occidental. Sin menospreciarlo, es una zona cuyos principales puntos de interés conozco bien, también “la persona que está a mi lado”. Además se alejaba mucho de lo que yo había ideado para nuestras vacaciones, quería algo, por qué no decirlo, más lejano, más exótico. Simplemente era cuestión de encuadrar todo esto dentro de las vacaciones que teníamos, que reitero, gracias a nuestro sector, son algo anormales. Dispondríamos de la primera quincena de octubre.

Una vez estudiado todo lo anterior, pusimos la bala en la presa, es decir, buscamos algo que tanto en fechas, como en calidad nos encajara pronto. La disponibilidad, nosotros mismos pudimos comprobarla. Elegimos pues, un barco, como expliqué en el párrafo anterior, de garantías, de una naviera de la que nos podíamos fiar y con un recorrido que satisfacía por completo nuestras expectativas, pues aunaba cultura en algunos de sus puntos, exotismo en otros y lejanía por supuesto (el Mediterráneo Occidental quedaría lejos). Tengo que decir que por nuestro trabajo conocíamos ya varios barcos de primera mano, pues de tanto en cuanto recibimos invitaciones para conocer el producto a fondo, teniendo la posibilidad de realizar pequeños minicruceros de uno o dos días. Finalmente nuestra elección fue el barco MSC Orchestra, de la compañía MSC Cruceros, una compañía italiana y de las primeras en fundarse. Tanto “la persona que está a mi lado” como yo, conocíamos ya algún barco de la naviera gracias a alguna invitación por parte de nuestras empresas, y realmente la experiencia había sido positiva. En cuanto al destino, como decía, descartada la opción de visitar zonas pertenecientes al Mediterráneo Occidental por los motivos que ya expresé antes, y también descartada una de las opciones de crucero que por fechas y motivos meteorológicos era imposible realizar, la del norte de Europa (Fiordos o Capitales Bálticas), decidimos adentrarnos en el misterioso Mediterráneo Oriental, con un crucero que saldría desde una de las ciudades más hermosas del mundo (según tenía entendido), Venecia, y nos llevaría hasta la parte más oriental del continente europeo (Estambul, Turquía), adentrándonos incluso en el embudo que forma el estrecho del Bósforo cuando arrastra las aguas del Mar Mediterráneo a las del mítico Mar Negro, en el que haríamos dos paradas (una en Constanza, Rumanía, y otra en Burgas, Bulgaria). El itinerario quedaría compuesto de esta manera:

Itinerario MSC Orchestra 04-14 oct

La cosa incluso mejoró, cuando por motivos meteorológicos la escala en Katakolon no pudo realizarse teniendo que poner el barco rumbo a Atenas, donde el tiempo sí acompañó.

Una vez en este punto, no hablaré más de las escalas que hicimos y los puntos que visitamos, dedicaremos una entrada a cada uno de los lugares indicándoos todo tipo de información necesaria para disfrutar al máximo de cada escala.

A bordo del MSC Orchestra (1)

De lo que sí me dispongo a hablar es del, hoy puedo decir, espectacular barco en el que navegamos un total de 11 noches y 12 días surcando gran parte del Mediterráneo y adentrándonos en el misterioso Mar Negro.

Cogimos un camarote exterior con balcón posicionado casi en la parte de atrás del barco (popa), y en la novena cubierta del buque y una vez entramos en el camarote se disiparon nuestras dudas sobre si había merecido la pena coger un camarote con balcón. El camarote era realmente espacioso, con un amplio armario, con varios espejos (cosa que agradó enormemente a “la persona que está a mi lado”), y con ese dichoso balcón que nos regaló, en mi opinión, los mejores momentos del crucero.

A bordo del MSC Orchestra (3)

Y es que pocos momentos proyectan sensaciones como las que me llegaron viendo desde nuestro balcón cómo el barco zarpaba por el Gran Canal de Venecia, cómo dejaba a ambos lados fastuosas islas como Andros o Giaros a lo largo del Mar Egeo, o cómo nos adentrábamos en misteriosos mares (como el de Mármara) a través del reconocido Estrecho de los Dardanelos, tan utilizado en obras de autores dela antigua Grecia para sus inmortales novelas (qué mejor ejemplo que el del mismísimo Homero, autor de la Odisea, entre otras).

A bordo del MSC Orchestra (12)

Pero hubo un momento que sobresalió por encima de todos los demás. Sí, sé que suena exagerado, pero traigo una experiencia recogida por mis retinas y moldeada por mis sentidos que casi la podría tachar de indescriptible. No obstante, intentaré con mis palabras llegaros a lo más profundo para que podáis entender el porqué de mi encantamiento con aquel majestuoso rato. Fueron dos horas tan sólo. El día se daba prácticamente por terminado, pues eran las 17.00 horas y nuestro MSC Orchestra debía zarpar desde el puerto de Estambul poniendo rumbo al inhóspito Mar Negro. Como decía, desde el balcón de nuestro camarote se apreciaban a poca distancia las muchas mezquitas que colorean la milenaria ciudad de Estambul, antigua Constantinopla.

A bordo del MSC Orchestra (8)

El misterio que sobrevuela por encima de la antigua capital otomana llegaba a nuestro balcón y recorría todos y cada uno de los que el barco tiene. A pesar de ser tan sólo las cinco de la tarde, el sol parecía comenzar a despedirse, pues nos encontrábamos en el extremo oriental del continente europeo, donde el sol se acuesta antes. Así pues, no se ponía el sol, pero se alejaba esa claridad que nos había acompañado durante todo el día por las calles de la ciudad, y a la bocina de nuestro imponente barco empezaba a acompañarle esa hipnótica melodía del canto que el imán entonaba desde alguna de las múltiples mezquitas de la ciudad. Tanto “la persona que está a mi lado” como yo parecimos quedar inmovilizados en el balcón gracias al embrujo que desde algún lugar de la inmensa urbe se nos envió. A todo esto partíamos. Dejábamos atrás la ciudad de las mil mezquitas, comenzábamos a recorrer el Estrecho del Bósforo. Nuestro imponente buque dejaba a ambos lados barquitas de pescadores que saludaban a nuestro barco. Algunos hondeaban banderas turcas, otros incluso, nos dedicaban alguna canción con una especie de saxofón. Mientras tanto, se oía una canción de Andrea Bocelli que reproducían desde la cubierta del barco, donde cientos de pasajeros también contemplaban el paso de nuestro barco por el estrecho. Aquel insultante color naranja que desprendía el sol con una fuerza inusitada se veía desteñido por un indomable gris que venía desde Oriente. Pasamos bajo varios puentes a medida que íbamos alejándonos de la ciudad turca.

A bordo del MSC Orchestra (7)

Dejábamos a ambos lados del barco tierras fértiles en las que pequeños pueblos pescadores nacían del mismo borde del mar. Por momentos parecía que alargándonos todo lo posible éramos capaces de tocar tierra, pues el Estrecho era extremadamente “estrecho” en algunas zonas. Nuestro camarote, situado a babor (parte derecha del barco), nos daba la opción de ir tocando con nuestras retinas el continente asiático. Y pasaron los minutos. Parecíamos ir despertando de aquel embrujo a medida que el gris se tornaba en el negro que la noche traía. Un último momento de aquellas dos horas se tatuó en mi memoria. Fue el momento en el que nuestro barco se aproximaba al final del estrecho, donde dos faros, cada uno a un lado del mismo, parecían mostrarnos el cartel de llegada. Sin embargo, a medida que íbamos aproximándonos a las puertas del Mar Negro todo parecía tornarse de oscuridad, el mar incluso comenzó a enfurecer, el cielo despidió los últimos y escasos rayos de claridad que el sol intentaba mandarnos desde el extremo occidental. Una vez atravesados los faros que ponían fin al Estrecho del Bósforo nos pareció entrar en un mundo en que las tinieblas reinaban, las tempestades gobernaban los mares y las nubes dibujaban los aterradores cielos. Y no me alejo tanto de la realidad, pues aquella fue una noche movidita. El Mar Negro hizo gala a su nombre. A todo esto y en el interior del Orchestra, disfrutábamos de todas esas comodidades que habíamos buscado antes de encomendarnos a la compañía.

Expliqué antes que nuestro camarote se encontraba en la novena planta del barco, un barco de quince cubiertas. Tengo que decir que tan sólo hasta la doce había ubicados camarotes para pasajeros, cierto es que en la trece también se sitúan unas limitadísimas suites. Nuestra posición era muy buena. No estábamos exactamente en el centro del barco, el camarote se encontraba un poquito hacia atrás, pero, como ya sabíamos, eso no iba a suponer ningún problema. Y es que menciono todo esto porque sé que será de gran ayuda, sobre todo a viajeros que se dispongan a tomar un crucero por primera vez, ya que sé que los foros de internet y la gente que piensa que sabe de todo (y realmente no sabe de casi nada) pueden hacer muchísimo daño creando un temor de proporciones enormes y unas dudas que pueden dar con que al final se queden sin crucero. Como decía anteriormente, y esto sí es de gran ayuda, nuestro camarote se situaba en la novena planta; ni en la trece, ni en la doce,… no, pero ni mucho menos los motores quedaban bajo el suelo de nuestra cabina, duda que irrumpe una y otra vez en nuestras oficinas. Tampoco tendríamos problemas por no estar situados exactamente en la parte central del barco, no pasaría nada, y efectivamente no pasó por ir volcados un poquito hacia la parte de atrás del mismo (popa).

A bordo del MSC Orchestra (17)

Todos esos miedos que comento en el párrafo anterior son solo reales si uno viaja en un barco pequeño (menos de 70.000 T) y antiguo (construido antes de los años 90-95). Los ejemplos pueden ser diversos barcos de la ya casi extinguida naviera Iberocruceros (con los barcos Grand Holiday y Grand Celebration -que ya forma parte de la naviera Costa Cruceros-), o Pullmantur (barcos Sovereign y Empress). Estos barcos fueron buenos en su época, incluso formaron parte de alguna de las mejores navieras del planeta, como el Sovereign y Royal Caribbean, pero hoy en día son barcos en los que uno se arriesga a conocer de primera mano todos esos miedos de los que se habla en los foros, una travesía en la que reine el movimiento y los vaivenes, gracias a los antiguos sistemas estabilizadores del buque, el ruido, por la fuerza de un motor que por su antigüedad no sea capaz de funcionar en silencio, y unos camarotes en los que uno tenga la sensación de hospedarse en auténticas cajas de cerillas. Y es que España es una potencia en el sector crucerista, pero lo es por los destinos que muestra a millones de pasajeros extranjeros que viajan en navieras italianas y norteamericanas sobre todo. Nuestro país, a día de hoy no tiene ninguna naviera que nos proporcione verdadera calidad en este campo. Con lo cual, mis únicos consejos son:

  1. Coged un camarote exterior con balcón siempre y cuando sea posible. Si la duda está entre coger un camarote con ventana o uno interior, no merece la pena, coged uno interior.
  2. Intentad evitar a toda costa que vuestro camarote sea con vista obstruida, pues los botes salvavidas ocuparán buena parte de vuestra visibilidad.
  3. Hay algunos barcos en los que hay una serie de camarotes (en la parte central) metidos hacia dentro. Intentad que vuestro camarote no sea el de la esquina que se forma, pues perderéis gran parte del ángulo de visión hacia uno u otro lado.
  4. Coged el segundo turno de cena, sobre todo si sois de nacionalidad española, pues el primero suele ser en torno a las 18.30 horas y el segundo hacia las 20.30.
  5. Escoged un barco construido en años superiores al 2006.

Continúo:

El barco que nos llevaría de un lado a otro del Mediterráneo llevaba a cuestas 16 bares o cafeterías (en las que algunas se contemplaba música en directo gracias a los conjuntos musicales que noche tras noche mostraban su profesionalidad), dos restaurantes y uno extra especializado en comida asiática (nosotros no sentimos la necesidad de acudir a él ya que era de pago y no lo consideramos necesario, pues en los otros dos comimos realmente bien), discoteca, spa (al cual acudimos por un precio de 20 € los dos gracias a las ofertas que van saliendo algunos días durante la travesía), salón de juegos y casino, gimnasio, zona de boutiques con precios “duty free”, una sala de videojuegos virtual, y para mí, la joya de la corona, un espectacular teatro de más de 1200 butacas. En el exterior, dos piscinas, una pista de atletismo, un minigolf y una zona de divertimento (ping-pong, futbolín…).

A bordo del MSC Orchestra (9)

Nuestro día a día en el buque pasaba por todas estas zonas, siempre y cuando no nos encontráramos visitando algún lugar. Nos levantábamos pronto para acudir al buffet, situado en la planta 13 del barco, un buffet con una gran variedad aunada de calidad y al que había que acudir antes de las 11.00 para tomar el desayuno (bastante antes ya que algunos alimentos los retiraban antes). El gimnasio lo visité también bastantes días, ubicado en la misma cubierta 13 pero en la parte delantera del barco (proa), con lo cual era precioso correr en la cinta mientras veía cómo avanzábamos a una velocidad de unos 35-40 km a la hora. Tras la ducha, nada como disfrutar de una buena mañana en la hamaca junto a la piscina y a los jacuzzis hasta que, tras algún baño que otro, el estómago daba la voz de alarma para que acudiéramos al buffet nuevamente.

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Se puede decir que, para los doce días que estuvimos a bordo, la comida fue abundante y de calidad, y si hubiésemos querido no habríamos repetido ningún día menú, pero gracias a que la calidad de las pizzas, por ejemplo, era sublime, repetimos no uno, sino muchos días. Creo que en al menos cinco o seis días mi menú fue acompañado de pizza, de hecho las convertí en acompañamiento de otros platos principales. Bromas aparte, quedó demostrado que la gastronomía es uno de los fuertes de la naviera MSC gracias a los cocineros y jefes de cocina de renombre que viajan en sus barcos. Tras la comida, varias eran las actividades que se podían realizar, pero recuerdo uno de los días en los que nuestros compañeros de viaje (que conocimos en nuestro mesa durante las cenas), propusieron jugar al Trivial. Hicimos dos equipos y perdió el nuestro, acompañado de Clara; Paco, José Luís y Helen se hicieron con la victoria.

A las 19.15 teníamos que estar en el teatro, en el que tarde tras tarde nos impresionaban con unos espectáculos que en mi opinión, fueron de lo más asombroso del crucero. Los espectáculos eran temáticos, algunos días iban dedicados a viejas glorias del rock y se entonaban canciones de Queen mientras los bailarines y bailarinas acompañaban al vocalista y a las dos vocalistas que capitaneaban el escenario. Otros días, la temática giraba en torno a Batman (con un espectacular musical dedicado al superhéroe), a faraones en los que se representaba la historia del antiguo Egipto. Otros días había ópera con un majestuoso tenor y un trío de cuerda formado por tres magníficas violinistas… La gran gala final fue simplemente espectacular. Todos los trabajadores del equipo de animación nos dieron las gracias desde el escenario con una gran puesta en escena.

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Una vez finalizado el show nosotros incluimos en nuestra rutina tomar un refresco en uno de los bares en los que se escuchaba música en directo gracias a una banda que tocaba obras maestras del pop internacional, el Savannah Bar, cercano al teatro y en la cubierta seis. Tras media hora disfrutando algunas veces de música y otras veces de un divertido bingo llegaba la hora de cenar. (20.30).

A bordo del MSC Orchestra (4)

Especial mención hago aquí. Desde el inicio del crucero todos los pasajeros teníamos fijada una mesa en nuestro respectivo turno de cena. Nuestra mesa era de ocho personas (sin ningún problema se puede pedir al maître que facilite una mesa para dos o para cuatro personas, y si nada lo impide, se concede). Las seis plazas restantes de la mesa fueron ocupadaas por seis personas que han ocupado gran parte del recuerdo que tenemos del crucero que hemos hecho, seis personas de muy variado carácter y personalidad que se han ganado ese rinconcito en algún lugar más que en las muchas fotos que guardaremos por siempre.

Tras la cena, uno de los integrantes de la mesa fue poco a poco convenciéndonos para acudir a las clases de baile que se daban en una de las zonas (chachachá, bachata, merengue, polca…), y por último acudíamos (no todos los días) a la discoteca R32, que el MSC Orchestra tiene para “echar algún bailecito que otro” y tomar algo viendo el ambiente. Tras un rato en la discoteca marchábamos hasta nuestro camarote desviando nuestro camino hasta llegar a la cubierta, donde el mar unido al cielo y a sus estrellas, en ocasiones nos mostraba una belleza sin igual si el viento nos lo permitía. Un espectáculo que era la culminación de un día más de aventuras y la antesala de un descanso merecido. Con poco más llenamos jornada tras jornada hasta completar las 12 que tuvo el viaje.

A bordo del MSC Orchestra (20)

Y aquí acabo nuestra primera entrada dedicada a las inolvidables vacaciones que hemos tenido este 2014, no sin antes mencionar a las seis magníficas personas que tuvimos el placer de conocer gracias a esa mesa tan bien distribuida por los trabajadores de MSC, en la que ubicaron a dos guapísimas mallorquinas, madre e hija, viajeras como las que más y que gracias a su experiencia como turistas (en especial María Antonia) nos dieron claves para futuros viajes. Besos a tus dos pequeñas Lourdes!! Recordar también a nuestra pareja favorita de todo el crucero, Clara y Paco; os llevamos en el corazón y esperamos vernos pronto, lo sabéis. Y por supuesto, gracias a las dos incorporaciones que recibimos en nuestra mesa la segunda noche, y sin las cuales el crucero no habría sido lo mismo; gracias a ellos y a sus turbantes, que incluso fueron los personajes principales de la última noche de gala a bordo, y que como una de las pasajeras dijo, de haber durado el crucero un par de días más habrían ocupado las cabezas de todos los pasajeros; gracias José y Helen por llenar nuestras vacaciones con esa pizca de gracia y humor, con vuestra personalidad y forma tan alegre de vivir la vida.

Esperamos encontrarnos de nuevo todos algún día!

AYLLÓN: LA VILLA MEDIEVAL POR LA QUE NO PASA EL TIEMPO


Saliéndose va del reino el Campeador leal,

de siniestro, San Esteban, una buena ciudad,

por diestro, Ayllón, allí son las torres que moros las han,

pasó por Alcubilla, que de Castilla fin es ya…

Fragmento del “Cantar del Mío Cid”, versos 395-398.

El Cantar del Mío Cid es una de las obras literarias más importantes de la historia del castellano. Hablamos de una obra escrita (obviamente en castellano antiguo) en lengua romance, tratándose de la primera obra narrativa extensa en castellano que fue compuesta, según los expertos, allá por el año 1200. Habla de los últimos años del nombrado caballero Don Rodrigo Díaz, el Cid Campeador, en los cuales el hidalgo camina, cabalga, lucha, sirve, ama, es amado y desterrado por su rey, Alfonso VI.

Ésta, una de las piezas literarias más importantes de la historia de nuestra lengua, nombra, entre otras, la localidad por la que hoy nuestros pies tendrán oportunidad de trotar hasta conocer el último resquicio histórico en la zona. Llena está Ayllón de ello, lo he respirado nada más salir del coche, antes incluso, cuando nuestras retinas han contemplado que la antigua puerta de El Arco nos ha invitado a dejar en extramuros nuestro vehículo a motor para viajar unos ochocientos años en el tiempo y plantarnos en plena edad media. Disfrutemos pues de un día entero en la villa de Ayllón, tierra casi de unión entre las hoy dos Castillas, Castilla la Mancha (Guadalajara) y Castilla y León (Segovia y Soria), debido a su posición geográfica.

Llegamos a la antiquísima villa antes de las 11.00 horas, debido a que deberíamos dirigirnos hacia la Iglesia de San Miguel para recoger las acreditaciones que nos darían derecho a ser partícipes de la ruta teatralizada que organiza el ayuntamiento de la localidad y que daría comienzo a las 12.00 horas. El precio de cada entrada fue de 6,50 €. La ruta, de la cual después iremos hablando, fue simplemente inmejorable. Tremendos los actores, ingeniosos los guiones y guionistas, magníficas las escenas y perfecta la guía, Mari Carmen.

Nuestra llegada, como decía, se produjo poco antes de las 11.00. El consejo es aparcar ante El Arco, puerta que da acceso al casco antiguo de Ayllón, a la vera del río Aguisejo. Comprobaréis que es donde aparca todo el mundo. Antes comentaba que al bajar del coche recibí un golpe de viento con sabor a historia que se agravó con un soplido todavía más fuerte una vez atravesamos la única puerta de entrada y salida del pueblo, la puerta de El Arco.

Ayllón (7)

Ayllón (11)A partir de ahí, empezaba a entonar una música medieval que en realidad sólo producía mi cerebro, pero que no dejó de acompañarme durante toda mi estancia en Ayllón. Nada más atravesar el arco, se puede contemplar ya alguna que otra construcción que da pistas de lo que va a ser capaz de ofrecer la villa. No obstante, seguimos nuestro camino sin detenernos ante ninguna de las maravillas arquitectónicas que se oponían a ambos lados de la calle principal, por la que caminábamos, pues nuestro principal destino era, como antes dije, la Iglesia de San Miguel, dónde nos esperaba la persona con la cual había hablado la mañana anterior para facilitarnos las acreditaciones y abonar los 6,50 € por persona de la visita. Llegamos a dicha iglesia, que ha dejado de ser lugar de culto para ser una mezcla de punto de información y museo donde uno puede encontrar piezas arqueológicas de valor incalculable y fechas que pueden variar desde la prehistoria hasta nuestros días. Posteriormente sabremos porqué hay obras escultóricas y de pintura de arte contemporáneo esparcidas por todo el pueblo.

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Tras pasar un rato con Mariana y recoger los tickets e instrucciones de la hora a la que deberíamos estar en el Palacio de Los Contreras para dar comienzo a la ruta guiada y teatralizada (12.00), fuimos a retomar fuerzas a una de las cafeterías que había en mitad de la plaza, con una tranquila y bonita terracita en la que nos sirvieron unas suculentas tostadas con un buen pan de pueblo.

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Eran las 11.15 horas de la mañana y poco más nos daría tiempo a hacer, ya que en aproximadamente media hora debíamos plantarnos en la puerta de El Arco, junto al Palacio de los Contreras, conocido también como residencia del Condestable Don Álvaro de Luna, y es que realmente allí residió durante buena parte del siglo XI. Algunas fotos en la parte exterior de la puerta de entrada al pueblo con el puente y el río en el que montones de patos se refrescaban, a pesar de los justos 20ºC que había, precedieron a la ruta, que sin demora, dio comienzo a las 12.00 horas exactas.

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Nos avisaron de la prohibición de realizar instantáneas a los actores, por ello no encontraréis ninguna en nuestro blog. Tras ello, Mari Carmen (la guía) dio rienda suelta a la obra móvil que presenciaríamos durante las casi dos próximas horas. El primer personaje que apareció por la calle que viene de la Plaza fue Don Amancio, un historiador del pueblo que parecía tener cultura como pocos, sapiencia como no muchos y ganas de hablar como ninguno; historiador del pueblo en el que nos encontrábamos, hecho que hacía que el Sr. Amancio no dejara de contar las mil y una maravillas que en su tierra existieron y todavía hoy son visibles. Como decía, la primera pieza arquitectónica que sobresale de las demás es el Palacio de Los Contreras, edificio construido por Juan de Contreras en 1497. La fachada es espectacular, con tres escudos de armas inclinados mostrando algo poco usual. El artesonado encontrado en su interior confirmó que la edificación fue construida anteriormente a la fecha citada.

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De la mano de Mari Carmen continuamos hasta la Plaza Mayor, una plaza porticada, con el Ayuntamiento (antiguo Palacio de los Villena) presidiendo la misma, y junto a la emblemática Iglesia románica de San Miguel, de la que hemos hablado antes. Desde la misma plaza pudimos comenzar a descubrir nuevos lugares a los que después tendríamos posibilidad de aproximarnos para investigar. Llama la atención lo que debió ser una impresionante torre de defensa musulmana, que todavía hoy se mantiene en pie. Está ubicada en lo alto del cerro que parece resguardar la villa, y se la conoce con el nombre de Torre de La Martina.

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Ayllón (1)Entre todos los acontecimientos que reúne Ayllón desde que tiene vida propia, hay uno que fue de enorme relevancia histórica. Y es que, en 1406, Catalina de Lancaster sufre la muerte de su marido, Enrique III de Trastámara, no pudiendo coronar a su hijo, el que sería Juan II, con tan sólo dos años de edad. Se asume una regencia sobre el trono de Castilla por parte de Catalina, pero compartida con Fernando de Antequera, su cuñado. Muchísimos fueron los enfrentamientos de ambos debido a la forma de gobernar sobre Castilla pero antes de que se produjese un grave conflicto se firma un tratado mediante el cual Fernando ocupará el trono de Aragón, gracias al compromiso de Caspe (1412 Caspe), con el apoyo total de Catalina, que vio aquí la clara salida de que Fernando dejara de involucrarse en temas castellanos y se dedicase de lleno a los aragoneses. Fue impecable la representación que el anterior hecho tuvo lugar en la iglesia de San Miguel por parte de los actores de la ruta.

Ayllón (13)Nuestro paseo por la villa continuó tornándose hacia la Plaza del Obispo Velosillo, en la cual preside el genial Palacio del Velosillo. Además de observar la grandeza arquitectónica que tiene este edificio, construido en el siglo XVI, comprobamos que hoy es un edificio dedicado a numerosas funciones. Lo chocante es que cuando entramos empezamos a encontrar obras artísticas que parecían más bien contemporáneas, recientes. Encontramos cuadros pictóricos de estilo abstracto, esculturas parecidas a las de Botero, es decir, el edificio facilitaba a nuestras mentes un billete de tren que recorreríamos en cinco segundos y mediante el cual nos transportaríamos cinco siglos. En la actualidad, el edificio alberga la biblioteca y el Museo de Arte Contemporáneo de Ayllón. Hay que decir que desde 1979 se facilita una beca a 8 de los graduados en Bellas Artes mediante la cual pasan un mes estival en la localidad, dando rienda suelta a su imaginación y a su don artístico, de ahí que muchas de las obras que los principiantes artistas tengan un hueco en el Museo del Palacio del Velosillo.

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Tras la visita al Palacio del Velosillo donde concluyó la estupenda visita guiada, tomamos la decisión de ascender a lo más alto de la villa. Nos dirigimos por la calle Termiño hasta cruzarnos con la calle Real en la cual encontramos varias estrechas callejuelas que tomaban un gran desnivel para acelerar la llegada a la siguiente calle que encontraríamos, y que prácticamente nos colocaba ya en el paseo de las Bodegas, dónde pudimos ver cómo las cuevas que hoy todavía persisten son capaces de conservar el vino que se produce en tierras segovianas.

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Aquellas callejuelas que recorrimos hasta la ascensión a Los Paredones debieron albergar numerosos acontecimientos, alguno de ellos nos lo mostró la visita teatralizada en la que se representaba lo mal que lo debieron pasar algunos judíos conversos en época en la que la Santa Inquisición investigaba con lupa cada movimiento de los habitantes de aquellas villas medievales como la que pisábamos, y mediante la cual se obligaba a llevar a cabo toda costumbre cristiana tanto en vida, como en los enterramientos, costumbres que algunos de los nuevos judíos conversos ni siquiera conocían. Tanto la horca como la hoguera fueron buenos testigos de muchos de aquellos hechos.

Una vez llegamos a lo más alto del cerro contemplamos el Cristo de piedra que hay allí construido y que parece ser guardián de toda la villa.

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Ayllón (17)Curioso que en aquellas alturas, al otro lado del cerro, presida increíblemente bien conservada una torre de origen musulmán. He aquí la riqueza cultural y arquitectónica española, que es capaz de tener dos perlas en lo alto de la corona que protege la villa: una fortaleza árabe del siglo VIII-IX y un monumento cristiano. Poco podemos decir sobre la fortaleza o castillo que hubo en lo alto del cerro, que fue un edificio militar, seguramente adosado a la torre de la que hablamos, pero del que no quedan prácticamente restos.

Hay que decir que desde aquellas alturas la panorámica era inmejorable, y a pesar de que el día empezó a pintarse de un color grisáceo, se divisaba perfectamente la cordillera que toma el nombre de Sierra de Ayllón (perteneciente a la vertiente nororiental del Sistema Central y la submeseta norte, que cubre gran parte de Castilla). Las vistas arropaban kilómetros y kilómetros a la redonda. A pesar de disfrutar del sosegado impulso de la suave brisa que atizaba nuestros rostros, nos vimos obligados a descender de nuevo a la villa para seguir descubriendo joyas.

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Ayllón (21)La siguiente fue el Antiguo Convento de las Concepcionistas, y más adelante la Iglesia románica de San Juan, en la cual se orquestaba justamente una boda cuando llegamos. Y es que el edificio es hoy propiedad de manos privadas, con lo cual, nos encontramos que se estaba celebrando tal evento. Pudimos ver que la boda que estaba teniendo lugar en el edificio era una boda medieval. La gente iba vestida de época. No pudimos visitarlo pues, aunque tampoco llevábamos mucha idea de ello, ya que la entrada suponía otros 6 € por persona que eran excesivos para ver el claustro y alguna de las dependencias del lugar. No obstante, invitamos a acceder a los que llevéis tiempo de sobra para visitar la villa porque supimos que uno de los propietarios del antiguo convento realiza una magnífica explicación de lo que fue en su día el lugar.

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Ayllón (20)Poco más nos quedaba por descubrir de Ayllón, como no, la enorme Iglesia de Santa María la Mayor, que puede contemplarnos a todos los que andemos por las calles de su villa desde una altura superior a los 40 metros gracias a su imponente campanario, que al mismo tiempo sirve de referencia al viajero, ya que casi desde cualquier callejuela se ve asomar la tremenda obra. A finales del siglo XVII se hundió la antigua parroquia allí existente y se construyó en su lugar la nueva iglesia de estilo neoclásico, toda de sillería, que actualmente ocupa aquel lugar. La entrada al edificio es gratuita, ya que actualmente sigue siendo templo de culto (siempre y cuando esté abierto).

Ayllón (26)La siguiente parada fue una de las que más relevancia tuvo, y es que sigo diciendo, entrada tras entrada, que una de las mayores señales del potencial cultural de un lugar se encuentra en su gastronomía, y si Ayllón no nos había fallado en el plano histórico, seguramente no lo haría en este. Nos dirigimos a la plaza principal, donde hay dos claras ofertas gastronómicas. Leyendo ambas cartas, tomamos la decisión de entrar en el restaurante en el cual horas antes habíamos desayunado, el Restaurante Pemar. Impresionantes fueron los huevos rotos con chistorra que nos pusieron de primero (éramos dos, pero bien habrían valido para cuatro), como también lo fue el secreto ibérico que adornó nuestra visita al restaurante. Buenísima relación calidad-precio, pues la cuenta fue inferior a 40 € habiendo comido mucho y bien.

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Tras la suculenta comida recorrimos por última vez las empedradas calles de la villa que nos dirigió a extramuros mediante nuestro nuevo paso por la Puerta del Arco, donde el majestuoso Palacio de Los Contreras parecía despedirse también de nuestra compañía. Cogimos el coche para realizar nuestra última visita a tierras ayllonenses. Tomamos dirección a Burgos por la SG-945 donde encontraríamos un enclave que dio el toque mágico que quizás había faltado en el interior de la localidad. Se respiraba una paz sin igual en el lugar y yacía un edificio eclesiástico con una espectacular fachada que transmitía la sensación de espiritualidad que los monjes deben respirar en su interior. Varios minutos fueron los que anduvimos en la explanada frente al Convento de San Francisco, conocido actualmente como el Exconvento. Por mucho que os guste y os enamore el pueblo no subestiméis dicho convento y dejéis de visitarlo, porque sé que a veces contemplar tanta belleza en poco tiempo nos vuelve perezosos y lo que ésta visita debe suponer no es un trastorno sino una guinda en el sabroso pastel cultural, histórico y arquitectónico que pudimos saborear en tierras de Ayllón. Visita obligada pues.

Ayllón (29)

Con esto completamos la visita a otra de las localidades que aparecen en lospueblosmasbonitosdeespana.org

Podemos dar fe de que Ayllón, merece estar aquí.

VILLAJOYOSA: EL TOQUE DE COLOR DE LA COSTA BLANCA


Llegamos aquella tarde de Junio a eso de las 18.00 horas a la ciudad de Villajoyosa. Lo primero que nos encontramos fue el cartel que da la bienvenida al forastero con un: ¡Bienvenido a La Vila Joiosa! Dicha denominación, es tan oficial como la otra.

Llegamos desde Torrevieja en poco más de una hora y una vez dentro de la ciudad, que apenas supera los 30.000 habitantes, seguimos las indicaciones que nos enviaban al puerto (realmente no teníamos idea de dónde dejar el coche). Sin embargo, y aquí va una puntualización que os servirá de gran ayuda, una vez que hayáis bajado hasta la mismísima playa principal de la localidad, no giréis a la izquierda, lo que os haría llegar al puerto; girad a la derecha e iréis a parar a una zona de estacionamiento público para vehículos sin coste alguno. Realmente es un trozo de playa habilitado como un pequeño parking en el que, si no llegáis en horas muy conflictivas, podréis aparcar sin ningún problema. Para que tengáis un poco más de información, la calle paralela a la playa es denominada calle Arsenal y debéis dirigiros hacia la zona denominada Partida Puntes del Moro, dónde se encuentra el lugar de estacionamiento del que os hablo.

Una vez allí, nos dirigimos hacia el paseo marítimo, calle Arsenal, en el cual comenzamos a darnos cuenta de la diversidad de colores que adornaban las casas de la localidad, lo que gracias al sol que pegaba aquel maravilloso día de finales de Junio, embellecía de forma brutal la postal que se cernía ante nuestros ojos. Tanto si destinábamos la mirada hacia la playa como si, con un giro de 180º, contemplábamos los variados colores de las viviendas, divisábamos una maravilla. La primera imagen que me vino a la mente cuando comprobé lo que era capaz de transmitirme el conjunto de viviendas y sus colores, fue la de uno de los destinos más demandados actualmente en el Mediterráneo cuando hablamos de cruceros, y es que la profesión tira mucho. Hablo de la región de La Spezia, localidad italiana que se encuentra en el golfo del mismo nombre que la localidad y que muestra un encanto muy particular por el colorido que presentan sus casas. La Vila Joiosa se me asimiló muchísimo a las imágenes que corren en mi mente de la región de Cinque Terre (La Spezia), y a las que, por cierto, podéis acceder en montones de catálogos del actual verano 2014 (como es el caso de Pullmantur) que se han inclinado por este destino como poderío turístico del Mediterráneo en cuanto a cruceros. A todo esto, la localidad me comenzó a enamorar. El sol ayudaba, la temperatura, no excesiva, echaba una mano y los colores que empezaban a formar tanto el mar como el cielo en su fusión en aquel lejano horizonte hacían que el momento fuese sencillamente precioso. Posteriormente, incluso mejoró.

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La localidad está situada en una fuerte pendiente, es decir, sobre un montículo. Decidimos pues, ascender para perdernos por las fastuosas calles de la localidad. Enseguida estas callejuelas dieron paso a que mi imaginación se pusiera a trabajar para hacer retroceder el reloj y rememorar alguna de las luchas que allí debieron suceder entre piratas y habitantes del lugar, o como después supimos, cruentas batallas entre moros y cristianos (de aquí que se celebren unas de las fiestas más populares del territorio nacional conmemorando esas luchas entre ambas culturas).

Sigamos con nuestra ruta, que nos llevó, tras conocer la bonita plaza principal en la que había varias opciones de restauración, a tomar una calle con una buena cuesta arriba. Cogimos la calle Costera del Mar hasta llegar a la plaza de la Generalitat, y nos dimos cuenta que entre las fachadas de las casas de la parte izquierda de dicha calle (izquierda si uno sube), sobresalían trozos de muralla que bien denotaban el ser muy antiguas. Efectivamente comprobé después que son resquicios de la muralla que ordenó construir Felipe II durante el siglo XVI para defender la ciudad de los constantes ataques de piratas berberiscos. Empalmada a las mismas murallas, fuimos a parar a una iglesia que, aunque bastante erosionada por el paso del tiempo, dejaba ver la hermosura del conjunto histórico artístico de la ciudad. Hablamos de la Iglesia de la Assumpció.

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Posteriormente decidimos dar el paso definitivo de perdernos por las callejuelas vileras: desde la Avenida del País Valenciá fuimos buscando el camino que nos introdujera en la maraña de calles, y qué mejor lugar para empezar el paseo por la Carrer Major, por la cual descendimos hasta la Plaza Castelar donde, tras la esquina, vimos la parte frontal de la Iglesia que habíamos intuido desde extramuros.

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Villajoyosa (8)Desde aquí, podría contaros exactamente el recorrido que realizamos pero mi consejo es que, una vez que hayáis llegado a este punto, dejéis que vuestras piernas os guíen sin rumbo fijo a través de las preciosas calles de la ciudad. Calles como la Carrer Arxius, la calle María Amada, Carrer Costereta y unas cuantas más podrán daros muestra de la belleza que el pequeño casco antiguo de La Vila Joiosa posee. Todas, o prácticamente todas, dan a parar, eso sí, a la más atractiva de todas, la Carrer Major. Os aconsejo buscar también la Carrer Frai Posidonio Major, desde la cual comprobaréis cómo el río Amadorio divide la ciudad en dos partes y podréis divisar el lado adverso de la orilla del río, una zona en la que también encontraréis una belleza urbanística de importancia. Entre las diversas calzadas de la localidad podréis encontrar algunas plazuelas o placitas en las que, os aseguro, el cuerpo os invitará a sentaros para respirar el sosiego que el casco histórico pone en bandeja al turista. No perdáis de vista el Ayuntamiento, en una construcción igual de llamativa que el resto de edificaciones pero que diferenciaréis gracias a las banderas de la localidad y de la Comunidad Valenciana que afloran en la fachada. Dicho edificio lo encontraréis bajando por la Carrer Major.

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Sin daros cuenta, recorreréis calle tras calle hasta ir descendiendo y dar a parar a la avenida que después nombraré. Aprovecho también para decir que, aunque no íbamos ataviados para darnos un baño, sí pudimos acercarnos a la arena para calificar el estado de la misma, algo que nos pareció asombroso. Sin duda, Playa Centro es de las mejores playas que hemos conocido en la zona levantina, con una arena fina y clara y una explanada lo bastante ancha (unos 30 metros) y lo bastante larga (más de 1 km) como para soportar la gran cantidad de turistas que acuden al lugar verano tras verano y evitar así que se produzcan aglomeraciones de gente que conviertan la jornada playera en incómoda; el mar además, parecía claro y limpio, a pesar de tener la desembocadura del río Amadorio cerca de dicha playa. Además de esta playa, situada en el centro de la localidad, también hay otras cercanas algo más pequeñas, incluso calas, de calidad muy similar y con un grado de ocupación más bajo.

Sublime (sobre todo para la mente) fue el paseo que dimos hasta dar de nuevo, casi sin querer, con la Avinguda Jose Maria Esquerdo Zaragoza, concretamente con la hermosa plaza desde la que en el inicio de nuestro tránsito contemplamos la playa.

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Algo había cambiado, eran pasadas las 20.30 de la tarde y ya prácticamente nadie quedaba en la playa. El color del cielo en la puesta de sol era todavía más lindo que horas antes. Cuanto más se iba escondiendo éste, más se iba formando un color indescriptible, que tan sólo con una imagen se puede mostrar.

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Tan sólo quedaba decantarnos por un lugar para dar rienda suelta al paladar, que ya eran horas de cenar. Escogimos una creperie y nuevamente acertamos de lleno. Los refrescos acompañados por unas aceitunas con guiso de la tierra dieron paso a unos asombrosos crepes que contenían bechamel, huevo, champiñones, bacon y jamón de york. La simpática camarera de origen francés nos comentó que eran unos crepes de diseño italiano, ya que la cocinera era del país de la bota. Ya les felicitamos in situ, pero volvemos a hacerlo desde aquí. De los mejores crepes que hemos comido sin duda, en la Crepería La Florentina, en la calle Arsenal nº 22. Además, desde el lugar pudimos contemplar una de las más inolvidables puestas de sol que he contemplado en todo lo que va de 2014.

Nuestra visita a La Vila Joiosa acabó aquí, esperamos poder acudir el año que viene en lo que nos han contado son unas de las más populares fiestas de Moros y Cristianos y que se celebran entre el 24 y el 31 de Julio (aunque en nuestro sector es temporada alta y nos será muy complicado, no obstante, lo intentaremos). Podremos conocer la ciudad a fondo, aunque nuestra primera impresión fue simplemente magnífica.

SALAMANCA: SECRETOS Y RINCONES DE LA VIEJA CIUDAD UNIVERSITARIA


Nos quedaba todo un día por delante para disfrutar de la capital salmantina tras haber ya extasiado nuestro espíritu habiendo ascendido hasta La Peña de Francia. Hicimos bien en madrugar, y tras visitar el sagrado santuario a más de 1700 m de altura, llegamos a la ciudad universitaria por antonomasia antes de las 12.30 horas. Como digo, todo el día por delante para descubrir cada recoveco de la ciudad, cada edificio de la misma, y por supuesto, cada misterioso dibujo de las fachadas tanto de la universidad como de la catedral. Sí, me refiero a la obligación moral que tiene cada visitante de Salamanca de buscar la rana en la fachada principal de la universidad o el curiosísimo cosmonauta de la fachada de la catedral.

Entramos directamente al centro de la ciudad helmántica sin problema alguno, provenientes de la comarca de la Sierra de Francia. De las dos ocasiones en las que nos hemos presentado en Salamanca, en ninguna de ellas hemos tenido problema para circular y estacionar el vehículo. Tengo que decir que es el río Tormes, irregular por cierto en cuanto a su caudal dependiendo de la época del año, el que proporciona el límite entre el casco antiguo y las afueras de la ciudad. Una vez atraviesas uno de los puentes y sobrepasas el río se puede considerar que estás dentro del núcleo histórico de la ciudad. Una de las avenidas que circunvalan el centro, la Avenida del Doctor Esperabe, nos dio acceso a una perpendicular (calle San Pablo), en la que estacionamos sin problema además de tener las inmensas torres de la catedral a tan sólo un paso. Sin plano en mano (la Oficina de Turismo se encontraba cerrada), pero con dichas torres como referencia nos dispusimos a ascender metros y metros por las recónditas calles salmantinas en dirección a la Catedral. Aquí podemos decir que comenzamos una nueva aventura:

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La pendiente de la primera calle que nos encontramos era considerable. Aquí nos encontramos la primera sorpresa, y es que si no habíamos tenido suficientes con las anteriores (“la moza las ánimas”, “el cerdito de San Antón”, “los retratos de Mogarraz” o la recién visitada “Virgen de la Peña”), una nos esperaba con los brazos abiertos. Una magnífica y de las que me placen como las que más, una de las leyendas que se guardaba en el corazón de la ciudad salmantina, y nunca mejor dicho cuando me refiero al corazón, porque cuenta la leyenda que dentro, en el interior, en el subsuelo del solar en el que entraríamos, habría estado durante años mostrando a discípulos deseosos de cultivarse de ciencias ocultas el mismísimo Satanás. Así lo explicaban los carteles indicadores. Nos encontrábamos en la antigua “cripta de San Cebrián”, donde impartió sus doctrinas el diablo, enmascarado de sacristán.

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A parte de haber entrada totalmente gratuita, es uno de los lugares que recomiendo visitar, pues en lo más profundo del solar, unas escaleras (no las que unen el lugar con el inframundo, como se cuenta), dan acceso a una ascensión que nos regaló unas maravillosas vistas panorámicas del casco de la ciudad desde una torre muy bien situada. Invito a que vosotros mismos seáis los que vayáis contemplando lo que los indicadores cuentan de la “leyenda de la cueva” y de cómo fue finalmente descubierto el maestro camuflado de sacristán.

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Tras la visita a la supuesta escuela de artes ocultas, durante muchos años, de Satanás, continuamos con nuestro rumbo, ascendiendo lo que nos quedaba de calle para girar a la derecha. Entramos de lleno en la plaza en la que se levanta la impresionante catedral gótica de Salamanca (mejor dicho, las dos catedrales, posteriormente explicaremos a qué me refiero). Sin embargo, en un primer momento, al entrar en la bonita plaza de Anaya, lo que llama la atención es un grandioso edificio perteneciente a la Facultad de Filología, también conocido como el edificio de Anaya.

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En frente, como decía, la Catedral deslumbra los ojos de cualquiera que se fije en ella, y hace incluso parecer inmensamente pequeño a uno, más aún si te dispones a acercarse a la misma, como fue nuestro caso. Tras realizar alguna fotografía desde el lateral de la catedral, buscamos aquí mismo la Puerta de Ramos, donde encontramos el astronauta, que en realidad fue incorporado a la construcción en 1992. Es de admirar que localicéis tal figura en menos de 2 minutos; nosotros, tardamos alguno más: a nosotros nos costó más de cinco con cuatro ojos.

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Salamanca (11)Posteriormente nos dirigimos hacia la fachada principal para contemplar la maravillosa arquitectura que la conforma, así como para examinar tanta riqueza decorativa de figuras pertenecientes a la Catedral Nueva. Y es aquí donde descubrimos algo que no sabíamos: dos son las catedrales que hay en Salamanca, dos conjuntos arquitectónicos transformados en uno sólo pero manteniendo amplias diferencias entre la que fue la Antigua Catedral y la que se denomina Catedral Nueva.

La Antigua Catedral, que se comenzó a construir en el siglo XII y se puso su último ladrillo en el XIV, es de estilo románico aunque con algunas zonas en las que predomina el estilo gótico que en los siglos XIII y XIV empezaba a utilizarse en el antiguo reino.

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En cuanto a la Catedral Nueva o llamada de La Asunción, comenzó a construirse en el siglo XVI y finalizó su obra en el XVIII; como particularidad, es mencionable que guarda en sus paredes tres de los estilos utilizados a lo largo de la historia en las grandes construcciones: el gótico, el barroco, y el renacentista.

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Ahora aquí, nuestro consejo. Existen diversas maneras de contemplar la belleza que tanto la Catedral Antigua como la Nueva despliegan, sin embargo me veo obligado a aconsejaros a hacerlo de una manera que os agradará, incluso impactará de manera sobresaliente. Es obvio que si lo que tenéis es un interés en conocer cada capilla de ambas catedrales a modo exhaustivo, nuestro consejo es que paguéis por la visita completa (concretamente 4,75 € por persona). Pero si queréis contemplar la belleza desde las alturas, no dudéis en seguir nuestro consejo: dirigíos hacia la entrada de la Catedral Antigua, donde os darán la opción de realizar la visita a ambos templos, como decía, desde las alturas. Cierto es que, en algún momento puede ser algo temeroso si alguien sufre de vértigo. Yo, tengo que reconocer que me sobresalté en varias ocasiones y es que la altura hasta la cual uno llega proporciona la mejor vista de toda la ciudad, pero al mismo tiempo impacta en uno de forma contundente, pues dicha altura supera en diversas torres los 35 metros sobre el suelo.

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Salamanca (13)Además de la visita desde las alturas, pudimos contemplar la Sala de la Mazmorra, la Sala Alta, la sala de la Bóveda, la terraza de la Torre Mocha, la pasarela hacia la Torre del Gallo, el balcón interior de la Catedral Nueva (desde donde vimos el interior de la misma), y la Terraza Norte. Nosotros, y nos consta que es algo ya habitual desde hace unos meses, tuvimos también la oportunidad de visitar la Sala del Reloj y la Sala del cuerpo de Campanas. En cuanto a la entrada, 3,75 € por persona y la experiencia, tan única como imponente.

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Tras esta segunda experiencia (tras la de la Cueva del Diablo), y una vez con los pies en tierra, recorrimos la Rúa Mayor (una de las calles principales del casco antiguo de la urbe), hasta encontrarnos con una que la cruza (Calle Palominos) y girar a nuestra izquierda para paralizarnos ante uno de los edificios emblema de la ciudad, la Casa de las Conchas.

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Frente a ésta, a la que también se puede acceder, se levanta el también imponente edificio de la Universidad Pontificia, perteneciente al siglo XVII y con varias estancias en su interior que son de contundente hermosura. A parte de poder visitar el Aula Magna, el luminoso claustro interior y diversas salas, tiene acceso también a unas torres superiores (Torres de Clerecía) desde las cuales también es recomendable vislumbrar la maravillosa ciudad universitaria y todos sus tejados (no es comparable a la altura a la que uno sube en las torres de las Catedrales, mucho más imponentes). Todo ello también por un módico precio, 3,75 € por persona. El acceso lo encontraréis en la calle Compañía, la que, como anteriormente dije, es perpendicular a la Rúa Mayor.

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Tras la contemplación de lo anteriormente descrito volvimos sobre nuestros pasos para colocarnos sobre la arteria de la Rúa Mayor y dirigirnos dirección a la Plaza Mayor superando numerosas ofertas de restaurantes y bares que presentaban bonitas mesas en el mismo centro de la calle, por supuesto, peatonal. Además, el tiempo acompañaba, incluso por momentos sentíamos algo de calor llegando casi a los 30º C, que nos hacían buscar la sombra en algunos instantes. A todo esto, fuimos a parar a una plaza, la llamada Plaza del Corrillo, por la que atravesaba una calzada y en la que encontramos otra obra de arte construida como templo religioso, la Iglesia de San Martín. La fachada no posee una exquisitez arquitectónica que sí puede tener la de la Universidad o la de la Catedral Nueva, pero lo que llama la atención en este templo del catolicismo es que si cruzamos la calzada y nos dirigimos por la misma plaza hacia, digamos, el pasillo de entrada a la archiconocida Plaza Mayor de Salamanca, daremos con una ventana que nos ofrece su ábside hacia abajo, maravilla arquitectónica ya que no es explicable que el peso de la ventana se mantenga sobre apenas nada. Este ventanón que nos encontraremos pertenece a la Iglesia de San Martín.

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Por fin, llegamos a uno de los puntos neurálgicos de Salamanca, de Castilla – León podría decir, e incluso del territorio nacional me atrevería. Y es que, ¿quién no ha oído hablar de la Plaza Mayor de Salamanca? Entramos por uno de los vértices de la misma, venidos de la Plaza del Corrillo y nos acogió con los brazos abiertos la fastuosa plaza que en tantas ocasiones he oído nombrar.

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Típica plaza castellana del siglo XVIII pero que en su origen era ya plaza importante, llamada de San Martín, albergando el mercado de la villa caracterizado tanto por el intercambio de ganado como de todo tipo de alimentos y artilugios. Finalmente quedó, tras diversas remodelaciones y restauraciones, una inmensa plaza cuadrada en la que aguardan sublimes soportales hoy convertidos en restaurantes, bares y cafés (algún comercio de otro tipo también), que trae a la mente de uno inmediatamente el recuerdo de la Plaza Mayor de Madrid. Ni mejor, ni peor, no soy quién para juzgar cuál de las dos es más espectacular porque posiblemente esté hablando de dos de las joyas más hermosas del panorama arquitectónico no sólo nacional, sino internacional. En ambas podría pasar una eternidad contemplando las fachadas de los edificios que forman el cuadrado perfecto que a su vez conforma dichas plazas.

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Tras esto, salimos por otro de los vértices de la plaza tras el cual fuimos a dar de nuevo a la Plaza de San Martín. Dimos varios paseos buscando la mejor oferta hostelera hasta que dimos con una que nos pareció atractiva. Íbamos dispuestos a comer de menú (en casi todos los sitios, y había muchos, ofrecían menús con grandes carteles). En la calle Francisco Vitoria, muy cercana a la Casa de las Conchas, encontramos un establecimiento llamado La Luna, por el que nos decantamos gracias a la variedad que tenía el menú; la calidad, sin embargo, nos dejó un poco disgustados. Comimos, de primero, patatas revolconas y, de segundo, unos solomillos de cerdo con salsa de cabrales que no brillaron por su excelencia (ni por la de la carne en sí, ni por la salsa). Además tuvimos una “no muy buena experiencia” ya que una de las múltiples palomas que son dueñas de las alturas en la ciudad quiso dejarnos un recuerdo que gracias a dios, cayó cerca de uno de los platos y no dentro de él. La comida nos salió por menos de 24 € en total, pero habría pagado un poco más por comer más cómodamente y mejor. No acertamos esta vez, y es que, alguna vez ocurre cuando uno va a la aventura.

Pero la aventura continuaba y no podíamos irnos sin dar nuestra más sincera enhorabuena a la rana que bien se ha ganado la fama de habitantes, visitantes y estudiantes de la ciudad, y que, según nos dijeron, se esconde en un punto concreto de la fachada de la Universidad de Salamanca (que no la Pontificia). Sin embargo, quisimos primero tomar un rico granizado de limón y un café para “la persona que está a mi lado” en uno de los cafés que hay en la Plaza Mayor, en el Café Novelty, siendo el más antiguo de la ciudad con sus más de 100 años, lo que han hecho del local un enclave de reunión para los personajes más ilustres de cada época (tanto es así, que es donde se llevó a cabo la fundación de Radio Nacional de España). Granizado en mano, ahora sí decidimos poner rumbo a la rana. Recorrimos de nuevo la Rúa Mayor, en forma de despedida, atravesamos y dejamos a la derecha la Casa de las Conchas y la Universidad Pontificia, y en vez de regresar por la calle Francisco Vitoria, en la cual habíamos comido, tomamos la paralela calle Libreros. Pronto fuimos a dar con la plazoleta que se forma en torno a la estatua de Fray Luis de León y que no se cansa de examinar desde hace siglos (y los que le queden) la impresionante fachada de la Universidad de Salamanca.

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Impresionante no en cuanto a volumen, ya que uno espera algo espectacular tanto en dimensiones como en ornamentación, sin embargo, es extremadamente estrecha, pero no por ello menos agraciada. La Universidad de Salamanca presume de ser la más antigua de España, y la cuarta de Europa (por detrás de la de Bolonia, Oxford y París). Por supuesto, conocimos a la famosa rana, uno de los requisitos fundamentales en nuestra visita a la ciudad y durante un buen rato disfrutamos de la paz (tensa por la gente que se agrupaba en la plazuela) que transmitía el lugar.

Tras este descubrimiento decidimos regresar a la Plaza de Anaya (dónde se ubican las Catedrales) y tomar la calle Tostado para ir a dar a parar a la Plaza del Concilio de Trento. Aquí, recomiendo totalmente ir, pues nos encontramos con una de las obras maestras (inesperadas) que vimos en nuestra visita. Hablo del impresionante convento de San Esteban, que bien parecía una auténtica catedral tanto por su belleza como, esta vez sí, por sus dimensiones. Increíbles las panorámicas que pudimos hacer desde la tremenda plaza, presidida también por una figura esculpida de Francisco de Vitoria.

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Poco más pudimos ver de la capital salmantina y capital de la cultura en el año 2002, pues era un domingo que se preparaba para miles de regresos a la capital. Eso sí, no quisimos irnos sin hacer una maravillosa panorámica de la ciudad ataviada e imponente gracias a los salientes de las torres de las catedrales (¡que sí, Salamanca tiene dos!) desde un punto que elegimos y acertamos, esta vez sí. Salimos, ya con el coche, del casco antiguo y nos paramos en el Puente Romano, dónde un gran parque con una pista de atletismo nos daba la posibilidad de situar nuestra cámara y trípode para poder hacer la panorámica con, y sin nosotros, como hacemos en todos los sitios que visitamos para intentar no aparecer en las fotografías que os mostramos, y que como dije en una de nuestras primeras entradas, son originales, es decir, nuestras. Absolutamente todas.

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Gracias de nuevo Salamanca, y hasta pronto.

CUMBRES DE CULTO: LA VIRGEN DE LA PEÑA DE FRANCIA


Despertamos pronto en nuestro hotel de Mogarraz con la esperanza de que la meteorología nos acompañara para, ya que habíamos disfrutado el día anterior de un día gris y lluvioso, comprobar cómo era la comarca con sol y buenas temperaturas. Las cortinas de nuestra habitación escondían la respuesta, la cual fue grata, pues, efectivamente, pocas o ninguna nube cubrían un cielo que hacía sólo horas dejaba caer gotas de agua intermitentemente. Las oscuras nubes se despidieron dando paso a un sol que sin embargo, no desplegaba el calor excesivo que podía recibir cualquier zona de la península.  Y es que no sé si podemos considerar que la comarca de Las Hurdes junto a la Sierra de Francia forman un microclima, pero según nos informaban familiares del tiempo que hacía en el resto del país, no se parecía en nada. De hecho nos plantaríamos posteriormente en Salamanca capital y comprobaríamos de primera mano cómo allí el sol sí se mostraba mucho más furioso. Antes de viajar a la capital salmantina, sin embargo, disfrutaríamos de algo que pocas veces he podido sentir: Libertad (literalmente).

Tras un desayuno decente en el ya nombrado Hotel Spa Villa de Mogarraz volvimos a por las maletas, y tras ello, bajamos para realizar el check out, pero de paso también, que nos informaran de qué opciones teníamos para visitar dentro de la comarca antes de dirigirnos hacia Salamanca. Nos dieron varias, una la de visitar un pueblo típico de la zona (pero habiendo visto ya Mogarraz y La Alberca lo descartamos inminentemente). La otra idea a mí me emocionó más que a “la persona que tengo a mi lado”. Más que emoción, la sensación que recibí podría definirse como presagio, una sensación que me invitó de manera muy fuerte a poner todo el empeño posible a escoger la opción de subir hasta la Peña de Francia. Poca información nos facilitaron en el hotel, únicamente la de que encontraríamos unas preciosas vistas desde arriba disfrutando de un soleado día como el que cubría nuestras cabezas.

Carretera y manta hacia el punto más alto de la comarca. Sabríamos dentro de poco lo que nos depararía nuestra elección. Cogimos la misma carretera que la noche anterior tenía un aspecto casi lúgubre y terrorífico, pero el sol del día la mostraba de otra manera, paradisiaca podría decir, gracias al espesor de una vegetación que convierte el lugar en único. La dirección que tomamos por aquellas estrechas carreteras fue hacia el pueblo de El Casarito. Al llegar a El Casarito, pueblo que no sobrepasará los cincuenta habitantes, hay una indicación en la entrada que señala la localidad de San Martin del Castañar. No se debe hacer caso a la indicación (información que nos facilitaron en el hotel), con lo cual traspasamos el pueblo y por fin encontramos la indicación que nos dirigiría a la Peña de Francia. La carretera tomó un aspecto todavía más estrecho del que ya mostraba, y además comenzó a empinarse de manera muy audaz. El desnivel era importante. Pronto empezamos a encontrar y a adelantar ciclistas que decoraban la carretera haciendo parecer que éramos uno de los coches participantes en la Vuelta Ciclista a España, y después supe que en múltiples ocasiones ha acabado alguna de las etapas de la Vuelta en la cumbre hacia la que nos dirigíamos.

Ascendíamos metros y metros en altitud comenzando a contemplar un paisaje que desde abajo ya era maravilloso. Poco a poco fuimos dejando atrás la maleza debido a la altitud que íbamos alcanzando empezando a encontrarnos con un terreno bastante más estéril y pedregoso, y sin embargo las vistas dejaban de ser maravillosas para ser imponentes. La carretera, tan estrecha como antes comentaba, rodeaba por completo la montaña que subíamos. No podíamos superar los 40 kms por hora, y si algún vehículo se cruzaba en nuestro camino, uno de los dos tenía que echarse prácticamente fuera de la carretera. Afortunadamente era temprano y no había demasiado tránsito. Hacía aproximadamente media hora que salimos del hotel y ya estábamos casi en la cumbre de la misteriosa Peña de Francia. Misteriosa empezando por el nombre (¿qué hace una sierra en plena provincia de Salamanca llamándose Francia?). No era éste el último secreto que aguardaba el monte. Según llegamos nos encontramos con un repetidor televisivo de varios metros de altura que tenía cierta semejanza con un cohete espacial. Rompía totalmente con lo que allí nos encontraríamos.

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En primer lugar, explicaré el porqué del nombre tanto del monte como de la sierra. Y es que tras la Reconquista cristiana sobre los musulmanes, la comarca fue repoblada por franceses (Gastón, Coupet…). De ahí que todavía haya derivaciones de apellidos de procedencia francesa.

Al llegar prácticamente a la cumbre de la montaña una valla nos obligó a dejar el coche para continuar durante unos trescientos metros a pie hasta llegar a lo más alto. Allí muchas cosas empezaron a sorprendernos, comenzando por un monasterio convertido hoy en hospedaje, en cuyo restaurante tomamos un refresco.

A continuación, nos aproximamos a uno de los riscos que parecen estar en la parte más alta no solo de la montaña sino de toda la cordillera. La sensación que comencé a sentir fue una de las mejores que he tenido últimamente. Total libertad, paz interior, alegría, dominio de una grandísima extensión de tierra que desde aquel lugar se divisaba. Los minutos u horas que pasamos allí me parecieron segundos porque podría haberme quedado en aquel enclave toda una eternidad. Tras aquel majestuoso rato nos dimos cuenta de que un reloj de sol estaba construido en piedra en el centro de “la rotonda” que hay en la explanada de la parte alta del monte. Esta zona recibe el nombre de “El Salto del Niño” por la imponente caída que hay desde el lugar.  Por otra parte, tengo que decir que pudimos ver cabras montesas en la lejanía desde el lugar donde éramos reyes de kilómetros a la redonda.

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En cuanto al paisaje, era inmejorable, pasemos al plano litúrgico: allí se levanta el Santuario de la Virgen de la Peña, comandada por la orden de los dominicos. La leyenda y la magia volvían a llamar a nuestra puerta. Un monasterio con una iglesia en la que curiosamente se da misa diariamente (y cuanto menos es curioso simplemente por la distancia que deben recorrer los feligreses para acudir a su cita con dios). Eso sí, lo hacen sólo en meses estivales, pues en invierno la nieve hace inexpugnable el ascenso al santuario.

Pudimos descubrir, a parte del recinto religioso que hay allí construido, la extraña virgen que tan venerada es en aquellas alturas (1727 metros). Una pequeña virgen que en alguna ocasión ha sido robada (en la última de estas ocasiones el propio ladrón decidió devolverla tras tenerla en su poder durante unos años). Hablo de una virgen que guardan en la pequeña gruta en la que fue encontrada, que prácticamente no ha sido modificada. No es la típica capilla que encontramos en toda iglesia. Y es que podemos decir que lo que han hecho ha sido construir un gran templo al aire libre, con estas pequeñas capillas a las que todos tienen acceso. Una de ellas, bajando unas pequeñas escaleras, guarda a la pequeña y cuanto menos extraña pieza que representa a la Virgen de la Peña de Francia.

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La virgen, a la que se venera desde hace más de seis siglos, fue encontrada por un francés: Simon Roldan, un estudiante parisino al que se le produjo la advocación de la virgen que antes comentaba y al que recomendó buscar la imagen de la misma en tierras de Occidente. Las palabras que la Virgen de Peña mentó, fueron: “Simon, vela y no duermas, busca en Occidente hasta encontrar una imagen semejante a mí. Allí sabrás cómo actuar después”. Cuatro años estuvo Simon buscando dicha imagen en tierras de Bretaña y finalmente desalentado decidió volver a París, pasando por Santiago para hacer una peregrinación religiosa. Confundido, llegó a tierras salmantinas dónde casualmente escuchó en la localidad de San Martín del Castañar algo sobre alguna extraña virgen que había sido vista en las alturas de la sierra. Desde entonces y durante tres días estuvo (exhausto) buscando por la Sierra de Francia, hasta que de nuevo la Virgen de la Peña se le apareció indicándole dónde estaba la imagen y solicitándole que tras cavar y encontrarla la colocara en lo más alto de la montaña, construyendo un santuario que pasaría a llamarse Santuario de la Virgen de la Peña. Así lo hizo, y en el año 1434 comenzó la construcción del templo. En él se pueden, además, encontrar imágenes de San Andrés a parte de capillas, como antes explicaba, dedicadas al Santo Cristo y al propio Santiago.

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Otra de las capillas improvisadas que hay, está formada por una escultura construida mediante tiras de hierro y que muestra una imagen de Santiago Apóstol sobre su caballo y con una cruz sobre su mano derecha; este rinconcito es llamado el Balcón de Santiago. Esta capilla, junto con las de San Andrés, la capilla del Cristo y la ya mentada capilla de la Virgen de la Peña de Francia, están situadas justo en el lugar dónde se encontraron sus respectivas imágenes.

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Después de un par de horas en aquellas alturas decidimos volver a la civilización, dirigiéndonos hacia la capital de la provincia en la que nos situábamos, Salamanca.

PASEANDO POR LAS TRADICIONES Y LEYENDAS DE DOS DE LOS PUEBLOS MÁS BONITOS DE ESPAÑA: MOGARRAZ Y LA ALBERCA


Es obvio que para nosotros un fin de semana sin asuntos laborales por delante es sinónimo de viaje, de nuevas tierras por conocer. Sin embargo, el pasado fin de semana (primero de Agosto) estuvimos titubeando sobre si viajar, dónde viajar y cómo viajar hasta el último momento. Y es que hasta el viernes no tomamos la decisión final. Lo que yo pretendía en realidad era, que mi mente se trasladara lo más lejos posible, ya que el estrés que invadía mi cuerpo y mi mente la anterior semana hacía complicado el hecho de afrontar un fin de semana más en nuestra ciudad, rodeado de lo que nos envuelve cada día de la semana. En fin, necesitaba evadirme totalmente aunque fuera por 48 horas.

El destino, como comentaba, fue elegido casi en el descuento, concretamente el viernes a mediodía. Escogimos la zona de la Sierra de Francia, concretamente una pequeña villa denominada Mogarraz, muy cercana a la localidad de La Alberca, bastante más afamada. Sinceramente no estaba muy convencido en un primer momento del destino que nos esperaba, pero poco a poco fui empapándome de información sobre la región salmantina que tocaríamos y comenzó a engancharme. ¿Dónde nos hospedaríamos? Escogimos el Hotel Spa Villa de Mogarraz, con alojamiento, sesión de spa y desayuno incluido por un precio de 98€ para los dos. Respecto a los precios que había por la zona en hoteles considerablemente interesantes era cuanto menos sorprendente un precio tan económico. Marcharíamos rumbo a la Sierra de Francia, limítrofe con la mítica y misteriosa comarca de Las Hurdes, dónde tantas leyendas y tradiciones se guardan como un tesoro esperando a ser descubierto. Gracias a varios documentales, libros y reportajes era conocedor del arraigo con el que los habitantes de aquella comarca se acogen a sus milenarias tradiciones y las resguardan del paso del tiempo para que sigan tan intactas como hace siglos. El viernes por la noche nos aprovisionamos de toda la información necesaria para crear una ruta que nos llevaría por las localidades de Mogarraz, La Alberca, Salamanca, y alguna que otra sorpresa más, que posteriormente describiré.

Mogarraz (plano zona)

Dicho y hecho, salimos el sábado por la mañana sobre las nueve de la mañana, y tras una hora y media de viaje pusimos nuestros pies en la capital de provincia que se encuentra a más altura respecto al nivel del mar en toda España. Efectivamente hablo de Ávila, que tendrá una entrada en nuestro blog dentro de muy poco. Tras un suculento y económico desayuno en uno de los centros comerciales que se ubican en la periferia de la ciudad, cogimos de nuevo el coche para enfrentarnos a nuestro verdadero viaje. Desde Ávila podíamos tomar dos caminos: uno, era sencillo, continuar por la A-5 hasta llegar a Salamanca desde donde deberíamos dirigirnos, ya por carreteras comarcales hasta lo más profundo de la Sierra de Francia; sin embargo, escogimos la senda más salvaje, y pusimos rumbo a Piedrahita por medio de una carretera comarcal en buen estado y sin excesiva circulación, acompañados de un paisaje embellecido por la Sierra de Gredos que íbamos dejando a nuestra izquierda hasta plantarnos en otra serranía que prácticamente la daba continuación, la Sierra de Béjar. Los pueblos que comenzábamos a dejar atrás empezaban a ser pintorescos, muy bonitos. Sobrepasamos entre ellos Barco de Ávila y la propia localidad de Béjar. Tras esto, el paisaje se volvió agreste. La meteorología también, pues lo que comenzó en Madrid como una soleada jornada se convirtió en un nuboso y fresco día en el que la lluvia comenzaba a hacer acto de presencia. Los últimos kilómetros antes de alcanzar la localidad en la que nos hospedaríamos convirtieron mis deseos en realidad. Y es que realmente pareció que habíamos recorrido cientos y cientos de kilómetros. Dejamos atrás las altas temperaturas de la capital, los terrenos que en estos meses nos brindan un color amarillento por la falta de vegetación y la abundancia de campos estériles para adentrarnos en algo asombroso, en una maraña verde que envolvía por completo la carretera, que en los últimos kilómetros incluso dejó de mostrarnos la línea que limita un carril del otro. Nos adentramos en un carreteril, en buen estado, eso sí, pero en el que uno casi tenía que parar si se encontraba con un coche en dirección contraria.

Fue entrar en la villa de Mogarraz, chocar casi con el Hotel Spa Villa de Mogarraz, y sacar nuestros cuerpos del coche para comprobar cómo un ambiente totalmente opuesto al que sentía tan sólo hacía unas horas envolvía todo mi cuerpo. Estábamos inmersos en una sierra tan verde como infinita, en una pequeña localidad que impactó nuestras retinas por sus maravillosas construcciones de pizarra y granito y sus magníficas vigas de madera formando una ornamentación inigualable en dichas construcciones. Comprobamos porqué Mogarraz está, como una placa muestra en la entrada del pueblo, dentro de la red de los pueblos más bonitos de España, distinción que no tienen más de 24 localidades españolas.

Mogarraz (3)

Nuestros primeros pasos nos guiaron hacia el hotel, un hotel con encanto y rústico a la vez, completamente reformado para dar una sensación de cobijo al huésped, la cual debe ser tan acogedora en verano como en invierno. La recepción era pequeña, parece en diversos aspectos que nos encontramos en un hotel familiar, lo que favorece el trato que recibe el cliente. Tras recibir los consejos de la recepcionista sobre qué ver y visitar durante nuestra estancia en la comarca, subimos a dejar nuestras cosas para inmediatamente bajar de nuevo a comer. La propia recepcionista nos aconsejó un restaurante que está situado en la misma entrada de Mogarraz, un pueblo de poco más de 300 habitantes. La distancia entre el hotel y el restaurante, llamado Mirasierra, unos 15 ó 20 metros. En cuanto a la distancia entre el hotel y la plaza de la villa, no más de 400, con lo cual todo andando. Lo que sí debemos aconsejar es reservar en el restaurante Mirasierra, ya que debe llenarse todos los fines de semana. Nosotros tuvimos suerte ya que falló alguna reserva y pudieron atendernos a las 15.30.

Tuvimos tiempo para dar un pequeño paseo por la villa y adaptarnos a la maravilla que estábamos viviendo. ¡Y es que era justo lo que necesitaba! Paz, naturaleza, frescor en el ambiente (casi frío por momentos) y un clima de desconexión que me hizo entrar en éxtasis para no abandonarme en todo el fin de semana.

Mogarraz (mapa_turistico)

Como dije anteriormente,  hasta las 15.30 no nos dieron posibilidad de sentarnos en el restaurante Mirasierra, con lo cual investigamos durante la media horita que nos sobraba por las calles de la villa… o más bien por la calle, puesto que es una estrecha y larga calle la que recorre Mogarraz casi de principio a fin hasta desembocar en la plaza. Una calle que comienza en la llamada Ermita del Humilladero, con una pizca de misterio y otra de poder gracias a la cruz que se presenta en piedra ante ella.

Mogarraz (4)

Pero no es esto lo que llama la atención a los ojos de uno cuando entra en Mogarraz. Es algo mucho más obvio y misterioso. Y es que en cada fachada aparecen los retratos de personas que parecen de otra época. Esto ocurre en cada casa y construcción mogarreña, incluyendo la propia iglesia. La razón la explica un cartel cercano a la ermita del Humilladero. En el año 1967, el fotógrafo Alejandro Martín Criado retrató a cada habitante mayor de edad de la localidad para poner su fotografía en el entonces documento de identidad; dicho archivo fotográfico fue después rescatado por Florencio Maíllo, quién plasmó cada uno de los 388 retratos con la intención de dar un toque de morbo al mostrarse eterna y públicamente a lo ancho y largo el pueblo. Es cierto que la sensación que uno percibe al verlas es un tanto virulenta. Puede significar un poco macabro para alguno porque es cierto que cuando uno clava la mirada en alguna de ellas, ésta parece responderte fijándose todavía más en ti. Lo que no deja lugar a dudas es que el sello de originalidad que da a Mogarraz es único y exclusivo.

Mogarraz (5)

Mogarraz (12)Llegamos hasta la plaza en poco más de 5 minutos, lo que tardamos en recorrer la calle que atraviesa la villa. Chocamos directamente con la Iglesia de Nuestra Señora de las Nieves, en la que, a parte de encontrarnos con más rostros inmortalizados, comprobamos que el campanario estaba separado del resto del edificio sagrado. Tiene una explicación lógica,  y es que en vez de construir una iglesia entera dejaron la torre que servía allá por el siglo XVI de vigilancia para construir la parroquia principal en torno a ella. Lo que no pudieron fue unir ambos edificios por completo.

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Tras ello, bajamos a la plaza Mayor, que curiosamente se encontraba vestida de gala para darnos a entender que eran fiestas en la villa. Realmente nos adelantamos, pues las fiestas son el segundo fin de semana de Agosto. No obstante, alrededor de la plaza estaban colocadas las barreras que se utilizaban en festejos y corridas de toros en todas las plazas castellanas antaño, algo que allí, como explico, se sigue haciendo. El ayuntamiento, con la misma estructura y arquitectura que cualquiera de las otras edificaciones del lugar, diferenciándose de ellas tan sólo por las banderas de la comunidad de Castilla y León y la de la provincia de Salamanca, se mostraba majestuoso, pero eso sí, se anteponía a la iglesia, con lo cual no dejaba ver en plenitud la parroquia mogarreña. Supongo que la misma pared del fondo del ayuntamiento sirve como muro limítrofe de la parroquia. Poco o nada de ambiente había en el lugar, lo que invocaba a una reacción absoluta que no me canso de decir que mi mente necesitaba el pasado fin de semana.

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Pero el misterio y la tradición volvieron a dar un toque todavía más mágico a lo que estábamos viviendo. Tras dar una vuelta en torno a la iglesia nos encontramos con un macabro muro denominado por el cartel que allí rezaba “CALAVERNARIO” y que explicaba que aquella placa conmemora todos los cuerpos que allí iban a parar cuando no se podían almacenar en el cementerio.

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La tradición llamó a nuestras puertas cuando volviendo por la calle principal dirección a la entrada del pueblo nos encontramos con el fabuloso cerdo de San Antón. Recuerdo a mi padre haberme contado en varias ocasiones que antaño un cerdo se soltaba por las calles del pueblo el día de San Antón y los vecinos participaban en su alimentación durante un año entero hasta rifarle un año después y bien engordado para aprovechar toda su carne. Bien, pues o retrocedimos algún siglo que otro en el tiempo o habíamos encontrado un lugar que quedó anclado en él manteniendo una tradición que yo consideraba extinguida. Allí sollozaba plácidamente el cerdito recibiendo el frescor de una fuente bajo la que se resguardaba.

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Poco más nos dio tiempo a hacer antes de caminar de nuevo hacia la entrada del pueblo con destino el Restaurante Mirasierra.

Llegamos al restaurante a las 15.30. Reitero que lo aconsejable es reservar con anterioridad pues, a pesar de no tener sensación de haber gente en el pueblo, el restaurante estaba abarrotado. Las vistas desde el interior del restaurante de toda la Sierra de Francia son maravillosas.

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Veríamos ahora a qué nivel estaba la comida… Adelanto que espectacular, tanto en cantidad como, más si cabe, en calidad. Primero una tabla de quesos, todos ellos castellano-leoneses, junto a un gazpacho para mí que estaba exquisito. “La persona que está a mi lado” tomó una de las decisiones más acertadas que tomamos en todo el viaje, y fue la de degustar las patatas “meneás” que aparecían en la carta (un puré de patatas al que se le da sabor con pimentón y ajo, coronado con torreznos). Con ellas enloquecimos. No son aconsejables, son totalmente imprescindibles si coméis en este restaurante.

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Pero aún faltaba un plato fuerte. Yo no me lo pensé mucho a la hora de escoger un solomillo de bobino de la tierra con patatas fritas, y mi acompañante volvió a acertar de lleno escogiendo unos medallones de carne de ternera, también con patatas, que tuve la oportunidad de probar. Todo retocado por una sabrosa tarta de queso que supuso el remate final a una de las mejores comilonas a las que me he enfrentado últimamente. El precio, no fue muy económico, pero vista la calidad de lo que tomamos no me pareció desproporcionado. Concretamente 75€, unos 37€ por persona.

Acabamos casi a las 17.30 la gran comida y aunque estaba en nuestros planes dar un paseo antes de la sesión de spa que nos esperaba a las 18.00, subimos directos al hotel para coger el albornoz y descender hasta la planta -2, en la que nos esperaba una hora de relajación que nos evadiría por completo de la realidad. El spa se componía de una piscina con varias caídas de agua a distinta presión, una zona de piedras sobre las cuales caminar (pediluvio) para mejorar la circulación en pies y piernas, una sauna, un baño turco, una ducha de sensaciones, diversas camas de baldosas a altas temperaturas, varias piscinas con hidromasaje, un jacuzzi y una pequeña piscina de agua fría. Nos explicaron a la entrada cómo realizar el circuito y una vez comenzado cada uno iba por libre. Éramos un grupo de unas 10 personas (cinco parejas) y no había problemas de espacio. Dispusimos, como dije antes, de una hora. Tras aquella hora parecía no tener fuerza en el cuerpo, pero lo mejor era que mi mente alcanzó por fin el punto de quedarse en blanco, sin preocupaciones, sin agobios y con la posibilidad de abrir los balcones de mi habitación para disfrutar de un paraje simplemente maravilloso, de ensueño.

Mogarraz (1)

Eran las 19.30 y el día comenzaba a despedirnos llevándose un frescor único para traernos una temperatura menor a los 14 grados. Rápidamente nos dispusimos a coger el coche para poder disfrutar de los últimos rayos de sol en la sonada localidad de La Alberca, también entre los 24 pueblos más bellos del país. Y no lo digo yo, por ahora. El trayecto entre Mogarraz y La Alberca, separados por tan sólo 7 kilómetros, me trajo a la mente una de las magníficas leyendas que moran en la zona. El paraje influía en que, si uno no iba conduciendo, cayera tarde o temprano en trance, sobre todo si es conocedor de la leyenda de La Mora. Y es que una moza musulmana de impresionante hermosura residió antaño en la villa de Mogarraz. De familia humilde y con pocos recursos todas las mañanas bajaba al río a por agua que aprovisionaría a su familia para toda la jornada. Una de esas mañanas en las que la mora atravesaba malezas y monte para llenar su cuenco de agua, fue alcanzada por un hechicero que la ofreció fortuna si a cambio se entregaba a él. Ante la negativa de ésta, el hechicero enfureció, enviando un embrujo que condenaba a la joven a vivir bajo el agua durante la eternidad con un atisbo de mínima esperanza, pues la concedería salir cada noche de San Juan de las aguas del río para poder encontrar el amor de alguien que recorriera los majestuosos bosques de la comarca. Efectivamente ocurrió que un vecino de Mogarraz, conocido por ser el veterinario de la población, acudió al pueblo colindante de Monforte, separado tan solo por una ladera en la que la vegetación es tan extensa que impide ver la luz del sol en pleno día, y curiosamente por allí íbamos circulando, lo que hacía mezclarse la fantasía con la realidad que estábamos viviendo. El veterinario tuvo que acudir a Monforte a sanar a una res que llevaba varios días enferma y a la noche tuvo que adentrarse en el bosque para regresar a su pueblo. Aquella era una noche de San Juan. Dicen que el veterinario, entre el cansancio, la penumbra de una incesante noche y las cervezas que había ingerido aquella misma tarde entró en un estado de pánico en el que confundía esa fantasía y la realidad que de momento nosotros sí diferenciábamos, divisó cómo una hermosa joven salía del agua. Laila intentó abrazar al joven, que no intentó zafarse del encanto que desprendía la joven. Sin embargo el hombre llevaba un anillo de casado, lo que causó gran dolor en Laila, que arrastró al hombre hasta lo más profundo del río Tejada. Obviamente el joven murió ahogado.  Dicen que la mora sigue apareciendo la noche de San Juan en uno de los senderos que atraviesa aquella serranía y que pasa cerca del río en el que descansa el resto del tiempo, esperando ser algún día rescatada del embrujo al que fue sometida. Este suceso, hecho o leyenda, cada uno como lo quiera mirar, llegó a mi cabeza y a la de “la persona que tengo al lado” durante los 7 kilómetros que separan las localidades de Mogarraz y La Alberca.

La Alberca (1)Tras despertar de este pequeño sueño en el que mis ojos se mantenían abiertos, nos plantamos en La Alberca, localidad de muchísima fama por la reputación que la persigue por encontrarse, al igual que Mogarraz, entre los pueblos más bonitos del panorama nacional. Notamos un cambio importante respecto al ambiente que se vivía en Mogarraz, aunque en realidad la villa en sí era del mismo estilo. Las casas tienen las mismas características vigas de madera que las hacen únicas y exclusivas y tanto la estructura como los materiales han de ser también los mismos. La única diferencia notable era que en las fachadas de La Alberca ya no aparecían los rostros de aquellos antiguos habitantes mogarreños que aparecían en la localidad vecina. Por lo demás, aparcamos el coche en la carretera que atraviesa por la parte baja el pueblo y subimos a pie por una de las callejuelas (casi más bien era un camino) hasta alcanzar una de las calles que desembocan en la plaza, la calle Tablado, que parecía de lo más comercial que podíamos encontrar en aquella zona. Obviamente, allí encontramos nuestro imancito de La Alberca.

Mogarraz (9)Lo que sí apreciamos fue que, otra similitud con el vecino pueblo de Mogarraz, en la parte superior de las puertas de casi todas las casas aparecían, tanto la fecha de construcción de la casa, como, en algunas de ellas, un símbolo con una clara “I”, una “H” en medio y una “S” a su derecha. Comenzamos a notar una impresionante devoción que se parecía respirar desde que pusimos el primer pie en la localidad. El símbolo, cataloga claramente todas las casas que lo sostienen como cristianas y devotas con el significado de: Iesus Hominum Salvator (Jesús Salvador de los Hombres).

En algunas otras aparecía el símbolo de la Santa Inquisición, con una cruz en medio, una hoja de palma en el lado izquierdo de ésta, y la espada a la derecha.

La Alberca (21)

La Alberca (17)La siguiente parada que hicimos fue la Plaza Mayor, a la que llegamos siguiendo el curso de la calle, y que se mostraba pletórica. Es una típica plaza castellana con soportales, muy regular, cuadrada completamente y en la que, a parte de la casa consistorial, llama la atención otra de las muchas cruces que se pueden encontrar en la zona, lo que en Galicia habríamos denominado, un crucero o cruceiro.

 

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Pero a pesar de la meteorología que se cernía sobre nuestras cabezas no estábamos en tierras gallegas. Las oscuras nubes amenazaban con descargar en cualquier momento, sin embargo un largo paseo nos dio tiempo a dar antes de que las aguas cayesen sobre nuestras cabezas, y lo hicieron con fuerza. No obstante para entonces, ya habíamos completado una caminata que nos dio para contemplar la, ahora sí, imponente iglesia parroquial de la localidad, la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, finalizada en el mismo año que la Catedral Nueva de Salamanca, el 1733.

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Adelanto que antes de llegar a la iglesia por una de las magníficas callecitas empedradas que salen de la plaza para llevarte a la parroquia, fuimos a topar con un muro que volvió a destapar mis ansias de misterio y tradición, que van de la mano en toda aquella comarca. Chocamos con un muro, como decía, en el cual se explicaba que la moza de ánimas rezaría su plegaria durante la eternidad por las calles de la villa, esquila en mano, para dar salvación a las ánimas del purgatorio. El mosaico que mostraba la explicación y la plegaria que “la moza las ánimas” reza durante su trayecto se encontraba escoltado por dos calaveras.

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Bonita leyenda si no fuese porque supimos minutos después que día tras día, este macabro y misterioso personaje sigue paseando cada tarde, justo cuando los últimos rayos de sol lanzan su bienvenida a la noche que moldea la localidad con una belleza singular y un poder místico como en pocos lugares he contemplado. Fuimos conscientes de que la leyenda, convertida y mantenida durante siglos en tradición, se hacía realidad tras oír varios toques o pequeñas campanadas y comprobar como una mujer mayor dobló la esquina para dirigirse calle arriba con una esquila en mano y una cruz en la otra para entonar la anteriormente mostrada plegaria en la esquina a la que llegaría tras recorrer unos metros. ¡Eso es magia! Que todavía permanezcan tradiciones, no sé si centenarias, incluso milenarias, como esta, es auténtica magia. Y todo gracias a que los habitantes de una villa lo han hecho posible. Y seguramente lo mantendrán durante mucho tiempo porque comprobé como, poco antes de que la moza pasara ante nosotros, un niño de no más de trece años nos explicaba con total naturalidad que “la señora con la esquila que sale todos los días del año estaría a punto de pasar para ir rezando en cada esquina y tocando el instrumento en petición a las ánimas del purgatorio”. Comprobé que no debe ser tan dificultoso mantener una tradición si se educa con total naturalidad a la población de determinado lugar desde la juventud para mantener tan vivo como siempre algo que se lleva haciendo desde hace siglos, sin que un acontecimiento así tenga que considerarse un tabú.

Tras observar a “la moza de ánimas” doblar la esquina y, con las últimas luces naturales del día, regresamos a la plaza, no sin antes encontrarnos con el cerdo en granito en honor al marrano de San Antón, que como en Mogarraz, andaba por las calles de la localidad a sus anchas. Lógicamente sería más complicado localizarle, pues La Alberca es una localidad de unos mil habitantes, frente a los poco más de trescientos del municipio vecino, lo que hacía muchísimo más difícil encontrarnos con el puerco de carne y hueso.

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Tras haber contemplado un rito litúrgico que no imaginaba ni en mis mejores pretensiones, descendimos de nuevo al mundo de los vivos para disponernos a tomar algo en las múltiples terracitas que había en la plaza, pertenecientes a los diversos bares y restaurantes que se resguardaban en los soportales de la misma. Fueron pocos los minutos en los que estuvo cayendo aquella tromba de agua, pero fue suficiente para empapar toda silla y mesa que había en la plaza. Además, la tormenta invitó a muchos de los presentes a recogerse, como dicen allí, para cenar y descansar. Nosotros, sin embargo, aprovechamos para buscar un sitio para cenar. Escogimos el bar-restaurante El Soportal, que nos dio la posibilidad de cenar en la planta superior con la puerta del balcón abierta y presidiendo desde allí la emblemática plaza albercana. A pesar de estar con el estómago abarrotado de la comida que degustamos en Mogarraz, tenemos la obligación de poner una nota de diez a los productos que nos pusieron en El Soportal, un plato de jamón ibérico de exquisita calidad, una ración de queso curado muy sabroso y unas croquetas artesanas que no pudimos acabar pero que estaban deliciosas.

La Alberca (26)

Además, tenemos que agradecer al joven que nos atendió, un camarero bejarano que nos comentó que tan sólo llevaba una semanita en el pueblo salmantino y estaba tan alucinado como nosotros del marcado espíritu religioso que se proyecta en toda la villa y de las costumbres y tradiciones que, lejos de ir perdiéndose con el paso de los años, han sabido forjar y reforzar hasta nuestros días. Mérito increíble a los albercanos y agradecimientos a todos ellos por la amabilidad, la sensatez, ternura y educación con la que atendieron nuestras preguntas. Y sobre todo, albercanos, agradeceros el ser participantes de vuestros ritos sin tener que presenciarlos desde el palco de un teatro o un cine, sino ver y corroborar que hay lugares en los que el tiempo se ha detenido para mostrarnos que siguen perviviendo costumbres que hace siglos comenzaron a formarse gracias a vuestra profunda e incesante fe y a vuestro carácter.

Tras la cena, nos encontrábamos en la Plaza Mayor, prácticamente sin gente ya (sólo unos vecinos amenizaban la fresca noche celebrando lo que me imagino se atribuía a una despedida de soltero en la cual el futuro novio iba vestido de vaca, riendo y tocando diversos instrumentos). Hicimos unas últimas fotografías junto al crucero que existe en medio de la plaza y ante la casa más llamativa que hay en todo el pueblo gracias a las flores que decoran los balcones, casa en la que todo el que visita La Alberca, recuerda seguro.

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El frescor que dejó la lluvia sobre las calles comenzó a convertirse en frío, la chaqueta o el jersey eran necesarios y aun así el frío traspasaba las ropas. El ambiente sin embargo, y aún quedando la plaza totalmente vacía, cuando, hacía unas horas, quioscos de especias, golosinas y frutos secos (a parte de las terracitas) la llenaban, seguía siendo mágico, pero echábamos de menos la cama, ya que nuestros cuerpos llevaban una paliza considerable tras haber madrugado y viajado durante el día. Decidimos regresar al coche pero no pudimos bajar por la calle que habíamos subido, pues no había iluminación alguna, y sinceramente daba un poco de miedo, incluso a mí, amante del misterio. Recorrimos toda la calle Tablado hasta llegar a la Carretera de Mogarraz, que rodea el pueblo, y montar en nuestro coche.

El trayecto de vuelta fue diferente al de ida. No por ello menos mágico y misterioso. La impresionante vegetación que presenta la comarca pareció tomar un color mucho más oculto e incluso terrorífico. La sinuosa carretera dejaba lugar a la imaginación dando pie a que en cada curva pudiera aparecer, por qué no, Laila, la mora de la leyenda que en el camino de ida vino a mi mente. Los 7 kilómetros se hicieron largos, sobre todo para la conductora. No le gusta conducir de noche y mucho menos sobre una tierra, cuanto menos, encantada, ya que es una persona muy temerosa. Mirar su rostro y no poder comentarle todas las cosas que a mí se me iban pasando por la cabeza en aquel trayecto era gracioso, pero al mismo tiempo sentía impotencia de no poder contarle todas las cosas que iban surcando mi imaginación.

A pesar de todo, llegamos a nuestra morada aquella noche, y tras un breve paseo nocturno por el centro de Mogarraz, en el que los rostros de las fachadas tomaban un aspecto quizás algo más lúgubre, fuimos a dormir.

Mogarraz (23)

La palabra que más puedo utilizar para describir lo que aconteció el pasado sábado 2 de Agosto es “desconexión”. Buscaba aislarme totalmente de la monotonía que uno siente en un sector como el que ocupo (el turístico), en estas fechas en las que damos el máximo de nosotros para completar una temporada alta lo más satisfactoria posible. Pero esto influye en que uno tenga la necesidad de aislarse y evadirse en algún momento, con lo cual, os puedo asegurar que no hay mejor destino que el que se narra en esta entrada.